Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO TREINTA
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CAPÍTULO TREINTA

Thaddeus

Lo tengo todo delante mientras sostengo el documento.

El papel me quema entre los dedos; cada palabra impresa es una revelación más devastadora que la anterior.

Los registros telefónicos de Helena del día del accidente.

Una llamada a Harrison Hayes III, de doce minutos de duración, hecha apenas veinte minutos antes de la hora que figura en el informe policial.

La misma maternidad a la que íbamos Helena y yo. El mismo día. Casi a la misma hora.

Noto que la bilis me sube por la garganta. Hayes corría a toda velocidad al encuentro de Helena, la madre del hijo que no era mío. Y, de camino, destruyó a la familia de Elowen.

Veo que alguien se acerca. Es Reid.

—Hayes y su esposa llevaban doce meses viéndose antes del accidente. Tengo los registros de un apartamento alquilado a nombre de una de sus empresas pantalla. Registros de hoteles. Mensajes recuperados.

—¿Cómo se te ha pasado esto? —digo entre dientes.

Reid vacila. Su rostro, normalmente inexpresivo, está ahora tenso; sus ojos buscan los míos, como si tratara de encontrar la manera de suavizar el golpe. Pero esto no hay forma de suavizarlo.

—Yo… lo siento, señor. No contemplé esa posibilidad.

—¿Cómo no se te ocurrió? —Mi voz sale más baja de lo que esperaba, pero cargada de furia contenida—. Era mi esposa, Reid. ¿Cómo puedes ignorar cualquier vínculo que la implique?

—Me centré en sus negocios, en las amenazas, en el accidente en el que murieron los padres de Elowen y en el que él estaba implicado.

Esta conexión con su esposa estaba muy bien escondida.

Encubrieron la aventura a la perfección.

Solo ahora que ha salido a la luz he podido seguirle la pista.

Antes de esto habría sido imposible llegar a esa conclusión.

Aprieto el documento entre las manos y noto cómo el papel se arruga entre mis dedos.

—Siento mucho su dolor —dice.

—¿Mi dolor? —repito, y se me escapa una risa amarga—. El dolor que he alimentado durante seis años. El que usé como combustible para mantener todo en marcha. El dolor que, por lo visto, se asentaba sobre una mentira.

Reid guarda silencio. No hay nada que decir a eso. Ningún argumento puede deshacer la sensación de haber sido engañado… no solo por Helena, sino también por mí mismo, por haber creído ciegamente en algo durante tanto tiempo.

—Ahora que hemos cruzado los datos, está todo ahí. Las horas coinciden. Los lugares. Incluso hay un obstetra del Saint Louis que aparece en los pagos extraoficiales de Hayes.

—Hayes sabía que el hijo era suyo.

—Sí, y corría para llegar al hospital a la misma hora que usted.

Cierro los ojos un instante e intento frenar la imagen que empieza a formarse: dos hombres a toda velocidad bajo una lluvia torrencial, rumbo al mismo sitio.

Uno, borracho, corriendo hacia su hijo ilegítimo, y arrastrando con él dos vidas inocentes, las de los padres de Elowen; el otro, llevando a su esposa y al que creía su hijo a la maternidad. Y dos accidentes trágicos en el camino.

Pero nada de eso importa ahora. Helena, Hayes, el pasado… todo queda en segundo plano frente al hecho de que Elowen está en manos de ese psicópata.

—Acaba de llegar el informe de reconocimiento de la finca de Westchester —anuncia Reid, que se acerca con una tableta—. Actividad confirmada. Seis guardias, turnos rotatorios de ocho horas. Sistema de seguridad básico, nada que no podamos sortear.

Estudio las imágenes térmicas de los drones de vigilancia. Hay una fuente de calor en el segundo piso, aislada, inmóvil. Elowen.

—¿Cuánto se tarda en montar una operación? —pregunto, calculando ya cada movimiento en mi cabeza.

—Tres horas para reunir al equipo táctico completo —responde Reid.

—No tenemos tres horas —replico de inmediato—. Hayes podría hacer una locura antes de eso.

Orion se acerca con expresión sombría.

—Thaddeus, tenemos que ir con cuidado. Un asalto precipitado podría…

—¿Podría qué? —lo interrumpo y me vuelvo hacia él—. ¿Ponerla en más peligro del que ya corre? Tiene a mi prometida y a mi hija. Cada minuto que pasa es un minuto más para que ejecute el plan retorcido que tenga en la cabeza.

La sala se queda en silencio. Todos saben que tengo razón. Nadie se atreve a discutir.

—Montamos la operación en una hora —decide Reid al fin—. Equipo más reducido, pero de élite. Entrada silenciosa, extracción rápida.

—La dirijo yo —declaro, sin dejar lugar a discusión.

—Es una locura —interviene Amber, pálida de preocupación—. No tienes entrenamiento táctico.

—No voy a quedarme de brazos cruzados mientras otros rescatan a mi familia —digo con una firmeza que acalla cualquier otra objeción.

En menos de cincuenta minutos estamos en marcha.

Reid, yo y cuatro operativos de élite, hombres que contraté precisamente para situaciones como esta.

Vamos con equipo táctico completo, auriculares discretos y armas no letales.

Quiero a Hayes vivo. Quiero respuestas. Quiero que pague por todo, despacio y con dolor.

El trayecto hasta Westchester transcurre en silencio. Cada uno a lo suyo: pensamientos, preparación mental, revisión del equipo. El corazón me golpea el pecho, pero tengo la mente extrañamente despejada, concentrada. Ahora no hay sitio para las emociones. Solo para la misión.

—Hemos llegado al perímetro —informa el conductor, y aparca el vehículo con discreción a unos quinientos metros de la finca.

La mansión se alza imponente contra el cielo nocturno, con luces encendidas solo en la planta baja y en una única ventana del segundo piso. Me quedo mirando esa ventana iluminada, sabiendo por instinto que ahí está Elowen.

—Aguanta —murmuro, como si pudiera oírme—. Voy a por ti.

El acercamiento es metódico. Los hombres neutralizan a dos guardias del exterior sin disparar un solo tiro: solo sedantes, administrados con precisión letal.

Cortan la valla, desactivan las alarmas.

Todo se desarrolla con una eficacia que debería tranquilizarme, pero algo se me retuerce en el estómago. Es demasiado fácil.

—Nada de resistencia —susurra Reid por el auricular—. Me da mala espina.

—Nos está esperando —respondo, y siento crecer la certeza en el pecho.

Entramos por la puerta trasera, que, sorprendentemente, no está cerrada con llave. La casa está en silencio. Demasiado silencio. No hay guardias dentro, ni trampas, nada salvo un rastro de pétalos de rosa en el suelo que conduce escaleras arriba.

—Es una maldita trampa —siseo, con la rabia subíndome por la garganta.

Hacemos una señal al equipo para que se divida y revise rápidamente cada habitación. Sigo los pétalos con Reid a mi lado, subiendo las escaleras con cuidado, la pistola en la mano y todos los sentidos alerta.

Los pétalos nos llevan hasta una puerta cerrada. Una puerta con una pequeña placa dorada: «Cuarto del bebé».

Se me hiela la sangre. Le hago una señal a Reid, que toma posición al otro lado. Cuento mentalmente. Uno. Dos. Tres.

Derribamos la puerta al mismo tiempo, con las armas en alto, preparados para cualquier amenaza.

Lo que veo me detiene el corazón un segundo.

Elowen está sentada en una silla en el centro de la habitación, amordazada y con las manos atadas a la espalda.

Lleva un vestido rosa pálido, exactamente igual que el que llevaba Helena el día del accidente.

Tiene el pelo recogido en un moño idéntico y el mismo maquillaje.

Es como ver un fantasma a través de ella, una recreación enfermiza de mi pasado.

—¡ELOWEN! —grito mientras corro hacia ella.

—Te estaba esperando, Thaddeus.

La voz viene de un rincón oscuro de la habitación. Harrison Hayes sale de las sombras con un revólver en la mano, apuntando directamente a la cabeza de Elowen. Va vestido de manera formal, con un traje oscuro impecable, como si estuviera en una reunión de negocios y no en medio de un secuestro.

—Estás enfermo —escupo, sin dejar de apuntarlo con el arma mientras busco desesperadamente un resquicio, cualquier oportunidad de abatirlo sin poner a Elowen en peligro.

—¿Enfermo? —Hayes sonríe; es una sonrisa vacía, muerta—. Tal vez. O quizá esto no sea más que justicia poética. Me lo quitaste todo, Thaddeus. A mi Helena. A mi hijo.

—¡Eres un maldito hijo de puta! —bramo.

Hayes suelta una carcajada áspera, quebrada.

—No la merecías. Nunca la mereciste —hunde el cañón del arma en la sien de Elowen, que gimotea a través de la mordaza—. Igual que no mereces a esta. Ni a la hija que lleva dentro.

Elowen me mira con los ojos verdes muy abiertos, no solo de miedo, sino de algo más. Está intentando decirme algo.

—¿Quieres vengarte? —pregunto, dando un pequeño paso adelante—. Aquí me tienes. Suéltala. Es a mí a quien quieres.

—Oh, no, Thaddeus —Hayes niega lentamente con la cabeza—. No te quiero solo a ti. Quiero que sientas lo que sentí yo. Quiero que veas morir a tu mujer y a tu hija delante de tus ojos. Quiero que vivas con eso el resto de tu miserable vida.

El dedo se me tensa sobre el gatillo mientras calculo el riesgo. ¿Podré acertarle? ¿Seré lo bastante rápido?

—Ni se te ocurra —advierte Hayes, presionando el cañón con más fuerza—. Un movimiento en falso y aprieto el gatillo.

—Hablemos —intento mantener la voz serena, aunque por dentro me estoy desmoronando—. Podemos llegar a un acuerdo. Dinero, propiedades, lo que quieras.

—¿Lo que quiero? —Hayes se inclina un poco y susurra algo al oído de Elowen antes de volver a centrar su atención en mí—.

Lo que quiero es que sufras, Thaddeus. Como sufrí yo.

Cada maldito día de los últimos seis años.

Lo peor fue verte interpretar el papel del pobre viudo afligido, ver cómo todo el mundo aplaudía tu duelo como si fuera real, cuando en realidad todo aquello me pertenecía a mí.

¡Ella era mía, el niño era mío! —Su voz adopta una cadencia distinta, enfermiza—.

La cuidé muy bien, ¿sabes? Contraté a una enfermera y todo.

No podía arriesgarme a que se pusiera de parto antes de tiempo o muriera antes de que llegaras. Quería que lo presenciaras todo.

Por el rabillo del ojo veo que Reid se mueve en silencio. Necesito mantener a Hayes hablando, distraído.

—Fue un accidente. La lluvia, la carretera... Nunca quise que ocurriera.

—¡MENTIROSO! —brama Hayes, con el rostro deformado por la furia—. Tú la controlabas. Creías que era esa muñeca perfecta, pero no lo era. Nunca la conociste de verdad. ¡Solo interpretaba un papel para ti! Cuando por fin decidió elegirme a mí, tú... tú...

Está perdiendo el control. Eso es bueno y peligroso al mismo tiempo. Un hombre inestable es impredecible. Pero también se vuelve descuidado.

—Ella nunca te eligió —miento—. Vivian lo admitió. Helena se marchaba, sí, pero para estar sola, no contigo.

Una sombra de duda cruza el rostro de Hayes por un segundo. Es suficiente.

Reid se mueve con la rapidez de una serpiente y apunta a las piernas de Hayes. Al mismo tiempo, yo me abalanzo hacia delante. Todo ocurre en fracciones de segundo.

Hayes capta el movimiento. Se gira. Me apunta con el arma.

El disparo retumba en la habitación, ensordecedor.

Siento el impacto como un puñetazo brutal en el pecho; el aire se me escapa de los pulmones. Caigo de rodillas.

—¡THADDEUS! —El grito de Elowen, ya libre de la mordaza no sé cómo, atraviesa el aire, cargado de puro terror.

Lo primero que noto es el calor de la sangre bajándome por el pecho. Un dolor sordo y palpitante se apodera de mi cuerpo, pero no es eso lo que me pone de rodillas. Es el sonido. El sonido de la voz de Elowen gritando mi nombre. Un grito que parte el mundo en dos.

La vista se me nubla y la habitación se tambalea ante mis ojos. Hayes sigue de pie. Y ahora el arma apunta hacia ella.

«No».

No puedo dejar que apriete el gatillo. No puedo permitir que me la quite a ella también.

Siento que algo se alza dentro de mí. Una fuerza ancestral, primitiva, quizá demencial.

Algo que me levanta del suelo de un tirón.

Las manos, casi sin que yo lo note, aferran el arma.

El dolor desaparece... o se esconde, sofocado por una voluntad que no reconozco como propia.

Rabia pura. Amor desesperado. Una promesa hecha en silencio que ahora está a punto de cumplirse.

Vacila un instante, sorprendido de verme en pie.

Ese fue su error.

Aprieto el gatillo y el disparo suena seco, definitivo. La bala alcanza a Hayes en el centro del pecho. Se tambalea, con los ojos muy abiertos, como si no pudiera creer que siga vivo. Cae de rodillas. La sangre le brota de la boca.

Pero sigue sosteniendo el arma.

Y antes de que se le cierren los ojos, antes de que su cuerpo se derrumbe del todo, aprieta el gatillo una última vez.

El segundo disparo me da en el costado. Esta vez más hondo. Más cruel. Siento el calor que se me escapa, las fuerzas que se me escurren como arena entre los dedos. Las piernas ya no me sostienen. Todo en mí se rinde.

Caigo de espaldas.

El techo gira despacio sobre mí, como un remolino sin fin. El sonido de la respiración de Elowen me llega amortiguado, como si sonara bajo el agua.

—¡Thaddeus!

Su voz... tan hermosa... tan lejana.

Quiero responder. Decirle que todo saldrá bien. Que está a salvo. Que él no volverá a tocarla nunca más. Pero la boca no me obedece. Los ojos tampoco. Solo noto la conciencia que se me escapa como una marea que se retira y se lleva consigo lo último que me queda de los sentidos.

Elowen me sostiene la cara. Siento sus dedos, temblorosos, húmedos: no sé si de lágrimas o de sangre.

Ojalá pudiera ver su sonrisa una vez más.

Ojalá pudiera oír llorar a nuestra hija.

Pero ahora solo me queda la oscuridad. Y la certeza de haber luchado hasta el final.

Por ella. Por nosotros.

Y entonces me dejo ir.