Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO VEINTINUEVE
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CAPÍTULO VEINTINUEVE

THADDEUS

En cuestión de horas, el apartamento se ha convertido en un centro de mando de operaciones.

Ordenadores, equipos de comunicación, mapas y documentos cubren todas las superficies disponibles.

Todos se mueven con una eficiencia silenciosa: reciben y transmiten información, analizan datos, trazan patrones.

En el centro de este caos organizado, permanezco inmóvil, con la mirada fija en las pantallas que muestran las grabaciones de las cámaras de seguridad de los alrededores del callejón donde desapareció Elowen.

—¿La matrícula? —pregunto sin apartar la vista de las imágenes.

—Parcialmente visible. Estamos pasando algoritmos de reconstrucción para completar los dígitos.

Asiento en silencio. Con cada hora que pasa, las probabilidades de encontrar a Elowen caen en picado. Lo sé. Todos los que están en esta sala lo saben.

Orion se acerca con expresión sombría.

—Ya tenemos los datos financieros de Hayes —informa—. Actividad inusual en las últimas semanas. Tres propiedades adquiridas a través de empresas pantalla: Westchester, Long Island y Nueva Jersey.

—Detalles.

—La de Westchester es la más prometedora. Está aislada, tiene unas ocho hectáreas y es una antigua casa de campo recién restaurada. El consumo eléctrico se ha triplicado en las dos últimas semanas. Hay entregas frecuentes de suministros, incluido material médico.

—¿Material médico? —Ese detalle me capta la atención al instante—. ¿De qué tipo?

—Un monitor fetal, por lo que hemos podido deducir de los albaranes. Suministros básicos de enfermería. Un ecógrafo portátil.

Una chispa de esperanza prende en mi interior. Hayes se está ocupando de ella, al menos en lo médico. Quiere a Elowen y al bebé vivos y sanos.

—¿Y las otras propiedades? —pregunto, manteniendo la voz bajo control.

—Long Island parece un señuelo. Hay movimiento constante, pero demasiado a la vista. Nueva Jersey es más discreta, aunque no hay entregas médicas, solo comida y suministros básicos.

—Está dispersando recursos y creando distracciones —concluyo—. Westchester es nuestro principal sospechoso. Quiero vigilancia, discreta pero exhaustiva. Drones térmicos para determinar cuántas personas hay dentro. Planos del edificio. Rutas de acceso y de escape.

—Ya está en marcha —confirma Orion.

Amber entra en la habitación con los ojos enrojecidos de tantas horas de llanto, pero ahora se mantiene erguida, decidida. Trae una carpeta en las manos.

—He encontrado algo en los archivos del accidente de mis padres —anuncia mientras se acerca—. Algo en lo que nunca me había fijado.

Abre la carpeta y aparece el informe policial del accidente en el que murieron sus padres hace seis años.

—¿El agente que firmó el informe final, el que le echó la culpa a mi padre en vez de a Hayes? —Señala un nombre—. Lo ascendieron dos semanas después. Y se compró una casa nueva tres meses después del accidente, una casa que jamás habría podido permitirse con su sueldo.

—Corrupción —concluyo—. Hayes compró a la policía. Eso ya lo sabía, y no explica qué tiene contra mí.

—Eso no es todo —prosigue Amber con la voz más tensa—. El lugar del accidente... Thaddeus, estaba justo de camino a la maternidad Saint Louis.

Sus ojos se encuentran con los míos y, por un instante, el mundo parece ralentizarse.

—Justo ahora estaba repasando los expedientes de tu accidente y... ¿no era esa la maternidad a la que llevabas a Helena?

Frunzo el ceño de inmediato. Un escalofrío extraño me recorre la espalda.

—Saint Louis... —repito, intentando rescatar los recuerdos de aquella maldita noche—. Sí. Lo era. Era su hospital. Ella... quería dar a luz allí.

Me vuelvo bruscamente hacia Reid.

—¿Cómo se te ha podido pasar esto?

Reid, siempre tranquilo y metódico, parpadea, sorprendido.

—Yo... nunca salió en los registros principales. El informe solo mencionaba la ruta habitual, no el destino final. No... —Se interrumpe a mitad de la frase y se le cierra el gesto mientras procesa la nueva información—. Esto lo cambia todo.

Mi mirada vuelve al informe que Amber tiene en las manos.

El timbre me arranca del hilo de mis pensamientos. De golpe. Seco. Uno de mis hombres de seguridad toma la palabra tras consultar con recepción.

—Señor Thalassinos. Es una mujer llamada Vivian. Viene sola. Lleva unos documentos en el bolso. Insiste en que tiene que verle.

¿Vivian? ¿Qué coño hace Vivian aquí? ¿Ahora?

—Que suba —ordeno sin saber siquiera por qué—. Y tráela aquí dentro.

Lo noto en el pecho, con una claridad instintiva e incómoda: Vivian tiene algo que ver con todo esto. Y si sabe algo sobre Hayes o sobre Helena... voy a averiguarlo ahora mismo.

Vivian entra en el apartamento con su maldito aire de superioridad, los tacones repiqueteando con una precisión irritante sobre el suelo de mármol, como si cada paso estuviera ensayado.

Sus ojos recorren la habitación, los monitores, los mapas, el equipo que trabaja en un silencio tenso y, por primera vez en mucho tiempo, veo algo distinto en su expresión.

Está desconcertada.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —pregunta, clavando en mí la mirada, entre la curiosidad y la alarma—. Esto parece el cuartel general de la CIA.

Doy un paso al frente y mantengo la voz firme y cortante.

—Ahórrate los comentarios, Vivian —me cruzo de brazos sin soltar su mirada—. Limítate a decirme qué haces aquí.

Vacila un segundo, y eso es todo lo que necesito para confirmar lo que ya sospecho: no ha venido por casualidad. Vivian nunca hace nada por impulso. Si ha venido a verme ahora, en medio del caos, es porque está metida en esto. Porque sabe algo.

Algo importante.

Amber y Orion observan en silencio, tensos. Reid ya coloca discretamente la tableta que tiene en las manos, listo para grabar cualquier información útil.

Vivian respira hondo, como si estuviera decidiendo cuánto va a confesar. Y entonces dice:

—¿Cómo te atreves? —sisea con los ojos llameantes—. ¿Cómo te atreves a mandar a tus abogados a amenazarme?

Al principio me quedo completamente desconcertado y solo entonces recuerdo que, la última vez que vino aquí e insultó a Elowen, hice que mis abogados se pusieran en contacto con ella. ¿Entonces es eso? ¿No sabe nada de dónde está Elowen?

—No te amenacé. Te advertí —la corrijo, cambiando el peso de un pie al otro mientras me pregunto si de verdad es eso lo que la ha traído hasta aquí—. Hay una diferencia.

—¡No tienes ningún derecho! —estalla—. Después de todo lo que le hiciste a mi hija…

¿De qué está hablando?

—¿De todo lo que le hice? —Me sale la voz peligrosamente baja—. Se lo di todo.

—¿Todo? —Suelta una risa amarga, cortante—. Nunca le diste lo que de verdad quería.

—¿Y qué era eso? —pregunto, intuyendo que puede que me dé la maldita pieza del rompecabezas que llevo meses intentando encajar.

—Libertad. —Escupe la palabra—. Libertad para ser quien realmente era, no la muñeca perfecta que tú y yo moldeamos.

Hay algo en su forma de decirlo que me encoge el estómago.

—¿De qué estás hablando? Yo nunca manipulé a Helena. Nunca la obligué a nada.

Vivian da un paso hacia mí, con los ojos brillantes de algo que parece una mezcla de triunfo y desesperación.

—¿Crees que Helena era feliz contigo? ¿Que ese matrimonio perfecto era real?

—Vivian…

—Tenía un amante, Thaddeus. —Las palabras le salen disparadas como balas—. Durante meses. Y el niño… el niño que llevaba dentro…

El mundo parece detenerse. Todos los sonidos se vuelven lejanos, amortiguados, como si estuviera bajo el agua. Ahora todas las malditas piezas empiezan a encajar.

—¿Qué estás diciendo? —Mi propia voz me suena extraña.

—El niño no era tuyo —termina, con el rostro convertido en una máscara de rabia y dolor—. Helena se iba a ir. Después del hospital no iba a volver a tu casa. Lo tenía todo preparado para dejarte.

El aire parece desaparecer de mis pulmones. Me quedo ahí, paralizado, como si mi cuerpo se negara a reaccionar mientras mi mente lucha por aceptar lo que acaba de oír.

Helena.

Un amante.

El niño… no era mío.

—Estás mintiendo —murmuro, pero, aun mientras las palabras me salen de la boca, me doy cuenta de lo débiles que suenan, rotas, desesperadas.

Vivian me mira como si hubiera estado esperando mi reacción. Como si supiera que aquello me destruiría. Y quizá, en el fondo, esa haya sido su intención desde el momento en que entró aquí.

—¿Por qué iba a mentir? —Vivian vuelve a reírse, con una risa quebrada—.

¿Crees que yo quería que ocurriera esto?

¿Que la reputación de mi hija quedara por los suelos?

Pero tú… tú tuviste que aparecer con esa…

esa bailarina repugnante, mancillando el nombre de mi familia, saliendo en todas las noticias y exhibiéndola como un trofeo.

—Lárgate —ordeno, temblandome la voz de furia y conmoción—. Sal de mi apartamento. Ahora.

—La verdad duele, ¿eh? —se burla mientras se dirige a la puerta.

—¡LÁRGATE! —rujo.

Vivian se marcha con una sonrisa triunfal en los labios, como si hubiera ganado una batalla que yo ni siquiera sabía que se estaba librando. El sonido de sus tacones contra el suelo se desvanece poco a poco, pero la furia que ha dejado atrás sigue palpitando dentro de mí como una herida abierta.

Me quedo inmóvil, incapaz de moverme o de pensar con claridad. La revelación aún retumba en mi interior como una explosión que recoloca toda la estructura de mi vida.

Helena me engañó.

El niño no era mío.

Se iba a ir.

Y todo eso… iba a ocurrir el día del accidente.

El día en que todo se vino abajo.

Mi mente retrocede y repasa detalles, recuerdos, cosas que ella dijo y que antes no tenían sentido y que ahora adquieren un significado nuevo. Por fin las piezas encajan en una imagen devastadora.

A mi espalda oigo una voz baja y vacilante, como un fino hilo de viento que corta el denso silencio.

—Hayes.

Me vuelvo despacio y veo a Amber junto a la mesa, pálida y con los ojos muy abiertos.

—Hayes era el padre del bebé —dice con la voz quebrada, como si se lo estuviera diciendo más a sí misma que a mí.

Esas palabras no entran con suavidad. Desgarran.

Hayes.

El nombre se repite en mi mente como un tambor lejano, cobrando fuerza con cada golpe.

Hayes. El padre del bebé.

Todo dentro de mí se congela y después implosiona, como si un segundo corazón, hecho de rabia y venganza, hubiera empezado a latirme en el pecho. Por eso. Por eso destruyó mi vida. Porque Helena era suya. Porque el niño era suyo. Porque, de algún modo, me culpa de haberla perdido.

Y ahora… intenta hacerme lo que él cree que yo le hice.

Quitarme a la mujer. Quitarme al niño.

Robarme la oportunidad de redimirme.

Amber me observa, como si intentara adivinar qué vendrá después. Lo entiende. En el fondo, sabe que este momento lo cambia todo.

Va a matarla.

—¡Thaddeus! —Amber deja escapar un gemido de dolor. Lo ha comprendido igual que yo—. Va a matarla como mató a nuestros padres. Va a…

—¡No va a hacer ni una maldita cosa! —la interrumpo y estampo el puño contra la pared—. No se lo permitiré.

Un silencio absoluto se apodera de la habitación hasta que lo rompo:

—Repasad absolutamente todo lo que tengamos sobre Hayes. —Me sale la voz fría, letal—. Quiero saber cada paso que ha dado en los últimos seis años. Cada propiedad, cada reunión, cada transacción. Rastread hasta las putas sábanas en las que duerme.

Nadie contesta. Nadie pregunta. Solo actúan. Rápido.

Porque saben que el hombre que ahora está aquí de pie… no descansará hasta que traiga de vuelta a Elowen.

Y entierre a Hayes bajo sus propios errores.