Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO VEINTISIETE
87%

CAPÍTULO VEINTISIETE

THADDEUS

La puerta se cierra de golpe con un estruendo que parece resonar por todo el apartamento vacío. Me quedo inmóvil un instante, luchando contra el impulso primario de ir tras ella. No era así como había planeado contárselo todo. No quería que fuera así.

—Eres escoria —sisea Amber, con esos ojos verdes tan parecidos a los de Elowen ardiendo de odio—. Creía que de verdad te importaba.

—Sí me importa —respondo mecánicamente, ya con la mano en el móvil—. Más de lo que puedas imaginar.

Tecleo rápido y activo el sistema de seguridad.

—Objetivo en movimiento. Equipo Alfa, mantened la distancia, pero no la perdáis de vista. Perímetro exterior activado.

—¿Qué estás haciendo? —pregunta Amber, alarmada.

—Lo que no me ha dejado explicarle —respondo mientras envío más mensajes—. Protegerla, incluso contra su voluntad.

—¿Qué está pasando, Thaddeus? —La voz de Amber cambia: ahora menos acusadora, más analítica—. ¿Hay algo realmente peligroso que no nos hayas contado?

La miro directamente.

—Sí. Elowen está en peligro. Puede que tú también. Llevo semanas recibiendo amenazas. Alguien de mi pasado ha vuelto en busca de venganza.

—¿Y por qué demonios no se lo dijiste? ¿Por qué no nos lo dijiste?

—Para protegerla del estrés. Para mantenerla feliz y tranquila mientras nos ocupábamos de la amenaza. Para asegurarme de que la preocupación no perjudicara su embarazo.

—¿Así que tu idea de protegerla era mentirle? ¿Manipularle la vida entera? —Amber niega con la cabeza, incrédula—. Dios, la verdad es que no entiendes nada de ella, ¿verdad?

—Entiendo lo suficiente para saber que tengo que mantenerla a salvo —respondo con frialdad—. El viaje a la isla fue en parte por eso. Quería sacarla de la ciudad mientras intensificábamos la investigación de las amenazas.

—¿Y la petición de mano? ¿También formaba parte del plan de seguridad?

—No —respondo de inmediato, sin vacilar—. Eso fue real. Todo lo que siento por ella es real. Puede que mi forma de actuar para protegerla fuese calculada, pero mis sentimientos nunca lo fueron.

El móvil vibra. Compruebo el mensaje y se me hace un nudo en el estómago.

—Contacto visual perdido. El objetivo ha girado por la calle 67 y ha entrado en un callejón. En persecución.

Algo ha pasado, lo sé. Tecleo a toda velocidad.

—Activad el GPS de su móvil. Todos los equipos, converged en la última ubicación conocida.

—¿Qué ha pasado? —pregunta Amber; la ira ha dado paso a la preocupación.

—El equipo de seguridad la ha perdido de vista. Ha entrado en un callejón.

Llega otro mensaje.

—Callejón vacío. Ni rastro del objetivo. Posible salida al otro extremo. Los equipos están revisando las cámaras de seguridad de la zona.

Una sensación helada se me extiende por el pecho. No. Esto no puede estar pasando.

—Amber, llámala. Ahora.

Obedece de inmediato y marca el número con dedos temblorosos. Ponemos el altavoz y escuchamos los tonos, largos.

Uno, dos, tres, cuatro... El buzón de voz.

—No contesta —dice Amber; el miedo ya es evidente en su voz—. Thaddeus, ¿qué está pasando?

No contesto de inmediato. Estoy ocupado activando todos los protocolos de emergencia que creé precisamente para una situación como esta. Protocolo Sombra. Toda la seguridad movilizada. Acceso a las cámaras de videovigilancia públicas. Contactos avisados.

Ha sido solo un segundo, un segundo en el que aparté la vista de ella, solo uno... ¡joder!

—Thaddeus. —Amber me agarra del brazo y me obliga a mirarla—. ¿Qué le está pasando a mi hermana?

Por fin la miro a los ojos y dejo que vea algo que rara vez muestro: miedo de verdad.

—Hayes.

—¿Qué?

—Harrison Hayes... Se la ha llevado.

La conmoción en el rostro de Amber es inmediata. Retrocede tambaleándose y se agarra al sofá para no caerse.

—¿Hayes? ¿Qué tiene que ver ese cabrón con esto? Él... él... el accidente de mis padres. —Amber parece confusa, aturdida—. ¿Cómo... cómo lo sabes? Quizá solo esté ignorando las llamadas porque quiere estar sola...

—El equipo de seguridad la perdió en un callejón. Elowen es lista, pero no podría haber dado esquinazo a profesionales entrenados con tanta facilidad, no sin ayuda. Y las amenazas que recibí... eran concretas. Hablaban de quitarme algo importante, igual que yo, supuestamente, le quité algo a él.

El móvil vuelve a vibrar. Llegan nuevos mensajes.

GPS del móvil localizado. Dispositivo inmóvil en la calle 68 Este. El equipo lo está comprobando.

Móvil encontrado en una papelera. Ni rastro del objetivo. Revisando las cámaras de la zona.

—Thaddeus —repite Amber con más firmeza—. ¿Qué coño está pasando? Respóndeme.

—Estuvo implicado en mi accidente con Helena, pero no consigo atar cabos... No logro encajar todas las piezas del rompecabezas... —digo mientras doy vueltas por la habitación, con la cabeza hecha un caos y la desesperación ganando terreno—. Piensa, Thaddeus, ¡piensa!

Toda la maldita investigación no llevó a ninguna parte, todo acabó en un callejón sin salida, nada tiene sentido. ¿Por qué quiere Hayes quitarme algo? ¿Por qué? ¡Maldita sea!

—Va a usar a Elowen para llegar hasta ti —susurra Amber, que comprende lo que está en juego—. Y si le hubieras contado todo esto...

—Habría estado preparada. Alerta. No habría salido sola —admito, y la culpa me aplasta—. Creía que la protegía rodeándola de seguridad, ocultándole la gravedad de la situación. Pero mis mentiras la han puesto directamente en sus manos.

Suena el móvil. Número desconocido. El tiempo parece detenerse.

—Activa el rastreador —le digo a Amber mientras conecto el teléfono a uno de los dispositivos que llevo para emergencias. Pongo el altavoz.

—Buenas noches, señor Thalassinos —dice una voz masculina, distorsionada por un modulador—. Imagino que ya se habrá dado cuenta de que su encantadora futura mamá ha desaparecido.

Todos los músculos de mi cuerpo se tensan. Estoy listo para atacar, aunque no tenga ningún objetivo delante.

—Si le has hecho daño...

—Está perfectamente bien —interrumpe la voz—. De momento. El bebé también. Es una niña, por lo que he oído, ¿verdad? Enhorabuena, papá.

Se me hiela la sangre. Sabe el sexo del bebé. Información que nunca hicimos pública.

—¿Qué quieres? —pregunto, manteniendo la voz bajo control a pesar de la furia.

—Justicia —responde—. Usted me quitó algo. Ahora yo le he quitado algo a usted. Poético, ¿no le parece?

—Dime qué quieres.

Una risa distorsionada llena la línea.

—Paciencia, señor Thalassinos. Pronto recibirá instrucciones. De momento, solo una advertencia: si involucra a la policía, morirá. Si intenta rastrear esta llamada más allá de lo que ya intentan sus técnicos, morirá. Si alguno de sus perros guardianes se acerca demasiado, morirá.

—Quiero una prueba de vida. Ahora.

Un breve silencio. Y entonces la oigo.

—¿Thaddeus? —La voz de Elowen suena temblorosa, pero viva—. ¿Qué está pasa...?

La llamada se corta antes de que pueda terminar.

Bajo el teléfono despacio, con la mente ya lanzada en mil direcciones. Cuando me vuelvo hacia Amber, parece congelada en el tiempo, con el terror escrito en el rostro.

—Vamos a encontrarla —digo, con la voz más baja y más firme que he tenido en toda la noche—. Movilizaré todos mis recursos, gastaré hasta el último céntimo. No descansaré hasta recuperarla. Sana y salva.

Amber me mira fijamente, con lágrimas silenciosas que le resbalan por la cara.

—Ella tenía razón sobre ti, ¿verdad? —dice con amargura—. Sobre que quieres controlarlo todo. Sobre que no te fiabas de ella lo suficiente para contarle la verdad.

La acusación me cala hondo porque es verdad.

—Sí —admito; la palabra pesa como el plomo—. Creía que podía controlar incluso el peligro. Anticiparme a cualquier amenaza. Me equivocaba.

Me acerco a la ventana. La ciudad resplandece al otro lado, pero yo solo veo dónde podría estar ella. Dónde la retienen. Elowen y nuestra hija.

—Pero Hayes ha cometido un error —prosigo, y siento cómo la furia se endurece y se convierte en determinación—. Cree que me conoce. Que puede predecir mis reacciones. Pero hay una diferencia fundamental entre el hombre que perdió a Helena... y el hombre que está a punto de perder a Elowen.

—¿Cuál? —pregunta Amber, mientras observa cómo me transformo.

Me vuelvo hacia ella y dejo que lo vea. No al CEO. No al hombre enamorado. Sino al depredador que sobrevivió al dolor.

—Cuando perdí a Helena, quedé destruido. Roto. Tardé años en reconstruirme.

Vuelvo a mirar por la ventana, pero ahora ya no veo el perfil de la ciudad, sino un mapa estratégico.

—Pero no voy a perder a Elowen —concluyo con voz baja y cortante—. Acaba de despertar al monstruo que dormía dentro de mí, y no habrá un solo lugar en el mundo donde Hayes pueda esconderse. Lo encontraré. Y va a entender la verdadera diferencia entre la pérdida... y la destrucción.