CAPÍTULO VEINTISÉIS
Elowen
El regreso a la realidad después de nuestro paraíso temporal es abrupto. Las últimas semanas fueron como un sueño, y ojalá hubiéramos podido quedarnos más tiempo.
El apartamento está en silencio cuando entramos, un silencio que contrasta violentamente con el sonido constante de las olas que nos arrullaron estos últimos días.
Todavía tengo ese brillo en los ojos, y el anillo me centellea en el dedo bajo la luz del salón mientras me muevo por este espacio tan conocido con una extraña sensación de novedad.
Giro sobre mí misma en medio del salón, asimilándolo todo.
—Ahora todo parece distinto, ¿verdad? —digo, con una ligereza que apenas reconozco—. Como si todo hubiera cambiado después de la isla.
Thaddeus se acerca y me rodea la cintura con los brazos, atrayéndome contra su pecho con esa intensidad protectora tan suya.
—Todo es distinto —murmura, y sus labios me rozan la curva del cuello—. Porque ahora eres mi prometida.
Me vuelvo entre sus brazos, con el corazón todavía acelerado por todo lo que hemos vivido.
—Todavía no me lo puedo creer —susurro, y levanto la mano para admirar el anillo—. Parece un sueño.
Me responde con un beso. Un beso que promete cosas que probablemente acabaremos en el dormitorio. Pero, antes de que podamos ir más lejos, el telefonillo lo interrumpe todo con ese sonido agudo e irritante y hace estallar nuestra burbuja de intimidad.
Suspiro contra sus labios y me aparto.
—Quizá sea el pedido que hice antes —digo, y me acerco al telefonillo.
—¿Sí? —contesto, todavía sin aliento.
—Señorita Castellan, su hermana está aquí e insiste en subir —dice el portero con voz tensa—. Está... bastante alterada.
Thaddeus y yo intercambiamos una mirada de desconcierto.
—Puede dejarla subir —respondo, intentando entender qué ocurre.
—Amber no podría haber elegido peor momento —bromea él, alisándose la camisa.
Suelto una risita, pero la sonrisa se me borra en cuanto oigo unos golpes furiosos en la puerta. Me apresuro a abrir y me encuentro a Amber, con el rostro convertido en una máscara de furia.
—¿Qué ha pasado? —pregunto, alarmada.
No me contesta de inmediato. Tiene la mirada clavada en Thaddeus, llena de rabia.
—¡Tú! —gruñe, señalándolo con el dedo—. ¿Cómo te atreves?
—Amber, ¿qué está pasando? —repito, mirando a uno y a otra.
—Lo que está pasando es Thalassinos —casi escupe las palabras—. Ha pagado toda la deuda de nuestra familia. Ciento ochenta y cinco mil dólares. Sin consultarnos. Sin preguntar. Simplemente... la ha pagado.
Siento que el mundo se tambalea bajo mis pies. Me vuelvo despacio hacia Thaddeus.
—¿De qué está hablando? —pregunto con la voz temblorosa.
No contesta enseguida. Endereza los hombros y adopta ese aire frío y controlado que tanto detesto.
—Es verdad. Pero déjame explicártelo...
—¡Eso no es todo! —lo interrumpe Amber, sin darme tiempo a asimilarlo—. También ha investigado el accidente de nuestros padres. Ha rebuscado en toda nuestra vida. Cada detalle. Cada secreto.
Abro los ojos de par en par. Se me cierra el pecho.
—¿Es verdad? —pregunto, aunque ya conozco la respuesta.
Se limita a mirarme. La confirmación está en su silencio, en su rigidez.
—¡Hay más! —dispara Amber, como si quisiera soltarlo todo de golpe—.
La Academia Swan. Madame Beaumont. ¿Tu puesto allí después del accidente?
Todo pagado y amarrado por él. Y no tuve que investigar nada.
Uno de sus abogados es amigo del señor Martínez y estuvo presumiendo de ello después de una noche de copas.
Decía que un hombre poderoso como Thaddeus tiene que protegerse de las cazafortunas.
Se me va la sangre de la cara. Siento que me caigo, aunque tenga los pies bien plantados en el suelo. ¿Qué significa toda esa investigación? ¿Pensaba que era una estafadora que buscaba tener un hijo suyo?
Doy un paso atrás, sin apartar la mirada de Thaddeus.
—Elowen... —empieza, y alarga una mano hacia mí.
—No —susurro, y retrocedo sin tener muy claro qué siento.
No quiero creerlo, pero la cara de Thaddeus lo confirma todo. No lo niega. No intenta explicarse. Se queda ahí, con esa pose de CEO, como si estuviéramos en una reunión de negocios y no hablando de mi vida, esa que ha estado manipulando a escondidas.
—¿Por qué? —pregunto con una voz que apenas reconozco—. ¿Por qué hacer todo esto a mis espaldas?
—Era necesario —responde con tono controlado, aunque le veo la tensión en la mandíbula—. La deuda te estaba aplastando. La academia era tu pasión. Lo hice todo para ayudarte.
—¿Para ayudarla? —interviene Amber, furiosa—. ¿O para controlarla? ¿Para que Elowen dependiera de ti?
—No lo entiendes —dice Thaddeus, sin apartar los ojos de mí—. Había motivos.
Algo en su tono hace que me aparte aún más. Esa sensación creciente de que hay algo más detrás de todo esto, algo que no me está contando.
—¿Qué motivos? ¿Asegurarte de que no iba detrás de tu fortuna?
—digo con un nudo en la garganta—. Lo único que te pedí fue sinceridad.
Si tenías dudas sobre algo, solo tenías que preguntármelo...
Te lo habría contado. Y la Academia Swan, ¿por qué?
¿Por qué no me lo dijiste? ¿Por qué manipular mi vida así, sin que yo lo supiera?
El ballet es mi vida, y creía haber conseguido ese puesto por méritos propios, no mediante un chantaje.
Me miro el anillo en el dedo, el símbolo de un compromiso de hace apenas unos días, que ahora parece manchado de mentiras.
—Necesito aire —declaro de pronto—. Necesito salir de aquí y pensar.
—Elowen, espera.
Thaddeus da un paso hacia mí, pero Amber se interpone entre los dos.
—Déjala ir —advierte mi hermana.
Cojo el bolso y el abrigo y me dirijo rápidamente hacia la puerta.
—No puedes irte ahora —la voz de Thaddeus suena firme, autoritaria—. No es seguro.
Me detengo y me vuelvo despacio para mirarlo.
—¿No es seguro? —repito, incrédula—. ¿De qué estás hablando?
Se pasa una mano por el pelo, un gesto de agitación poco habitual en él.
—Hay cosas que están pasando y de las que no sabes nada...
—¿Más secretos? —le espeto, mientras la rabia sustituye al dolor inicial—. ¿Por eso me llevaste a aquella isla? No fue un gesto romántico, sino una forma de mantenerme «a salvo» mientras llevo dentro a tu hija, ¿verdad?
Su silencio es mi respuesta.
—Dios mío —susurro, mientras la verdad se me viene encima—. ¿La propuesta también formaba parte de esto? ¿Para tenerme bajo control?
—¡No! —responde al instante, y la máscara de control por fin se resquebraja—. No mezcles las cosas. Lo que siento por ti es real, Elowen. Todo lo que te dije en la isla es verdad.
—Pero no toda la verdad —replico—. Nunca toda la verdad.
Me dirijo a la puerta, decidida.
—Me voy. Voy a salir a caminar. Voy a respirar y a pensar en todo esto, y no vas a detenerme.
—Pero mi equipo de seguridad irá contigo.
—¡¿Qué?!
—No es negociable, Elowen. Además de protegerte a ti, tengo que proteger también a mi hija.
La rabia estalla dentro de mí como nunca antes.
—Ya veo. ¿Así que de eso se trata? ¿Solo soy un recipiente para tu heredera? ¿Una propiedad a la que hay que proteger?
—No seas ridícula —responde, con un tono irritado—. Estoy intentando protegerte.
—¿De qué, Thaddeus? ¿Qué es tan peligroso que no puedes contármelo?
Vacila, y veo el conflicto en sus ojos.
—Hay cosas que ahora mismo no puedo explicarte. Confía en mí.
—¿Que confíe en ti? —Suelto una risa amarga.
Abro la puerta, decidida.
—Sí, llevo a tu hija dentro. Eso nos une para siempre, me guste o no. Pero no soy tu propiedad, Thaddeus. No soy algo que puedas controlar, manipular y moldear a tu antojo. Y yo también puedo proteger a mi hija.
—Elowen, por favor...
—No me sigas. Ni tú ni tu equipo de seguridad.
Dicho esto, salgo y cierro de un portazo.
En el pasillo, las lágrimas que he contenido durante toda la discusión por fin caen.
Pulso el botón del ascensor una y otra vez, como si eso pudiera hacerlo llegar antes.
Cuando las puertas se abren, entro y me apoyo en la pared fría, intentando recuperar el control.
No sé adónde voy. Solo sé que necesito distancia, espacio para pensar.
Las revelaciones de Amber no dejan de resonar en mi cabeza.
Thaddeus pagó nuestras deudas, y eso puedo entenderlo; creyó de verdad que era un acto noble, y lo fue.
Pero ¿amañarme el puesto en la academia?
¿Hacerme creer que me lo había ganado cuando todo era un montaje? Eso fue cruel.
Y, sin embargo... sus palabras en la isla, la forma en que me mira, la manera en que me toca... eso no puede ser mentira. No pudo ser solo cálculo frío y afán de control. Entre nosotros hay algo real, lo siento con cada fibra de mi ser. Pero estoy demasiado enfadada para pensar con claridad.
Cuando salgo del edificio, el aire fresco de la noche me golpea. Respiro hondo, intentando despejarme. Echo a andar sin rumbo, siguiendo solo mi instinto, dejando que mis pies me alejen del caos en el que se ha convertido mi vida.
No tardo en darme cuenta. Me están siguiendo. Dos hombres, quizá tres, mantienen una distancia prudente, pero sin duda vigilan mis movimientos. El equipo de seguridad de Thaddeus, obviamente. A pesar de lo que le he pedido de forma explícita, sigue intentando controlarme.
La frustración crece. Tengo que despistar a esos guardaespaldas. Necesito un momento de verdadera soledad, sin ojos que me vigilen, sin la presencia constante de Thaddeus, ni siquiera a distancia.
Doblo una esquina deprisa, y luego otra, y acelero el paso hasta que, sin darme cuenta, echo a correr tan rápido como puedo.
Veo un callejón estrecho entre dos edificios y, sin pensármelo mucho, me meto en él.
Está oscuro y resulta algo intimidante, pero tiene que haber una salida al otro lado, a otra calle.
Creo que por fin he conseguido despistarlos.
Mientras avanzo por el callejón, oigo un ruido detrás de mí. Me vuelvo, esperando ver a uno de los guardaespaldas, preparada para enfrentarme a él de frente.
Pero no es uno de los hombres de Thaddeus.
Son dos hombres a los que nunca he visto. Uno lleva una mascarilla quirúrgica, algo que hoy en día no tendría nada de raro, pero hay algo en sus ojos que me hace retroceder por instinto. El otro se acerca desde el extremo opuesto del callejón y me corta la huida.
—Señorita Castellan —dice el de la mascarilla, con una voz extrañamente tranquila—. Qué feliz casualidad encontrarla aquí.
Algo va mal. Muy mal.
—¿Quiénes son? —pregunto, llevándome instintivamente la mano al vientre.
—Solo unas personas con un mensaje para su prometido —responde, y se acerca un poco más.
El otro hombre saca algo del bolsillo. Un paño.
Intento gritar, pero es demasiado rápido. El paño me cubre la cara y un olor dulce y químico me invade los sentidos.
Mi último pensamiento consciente es Thaddeus. La razón que tenía sobre el peligro. Lo mucho que debería haberle escuchado.
Después, solo oscuridad.