CAPÍTULO VEINTICINCO
Elowen
Thaddeus se pasa todo el día extrañamente callado. No es el silencio controlado al que ya me he acostumbrado, sino algo más reflexivo, casi nervioso. Cuando el atardecer cae sobre nuestra isla privada, me pide que me arregle para una cena especial.
—¿Especial en qué sentido? —pregunto, con curiosidad por su comportamiento, tan poco habitual.
—Tú confía en mí —responde, y deposita un suave beso en mi frente—. Ponte algo cómodo, pero elegante. Te espero a las ocho.
Intrigada, sigo sus instrucciones. Elijo un vestido largo de seda azul marino que se ajusta a la perfección a mi vientre, cada vez más prominente. La tela fluye sobre mi cuerpo como el agua y me siento sorprendentemente guapa, pese a los cambios que ha traído el embarazo.
Cuando salgo del dormitorio, lo encuentro esperándome en el salón, con unos pantalones de lino blanco y una camisa azul claro, sin corbata. Es la versión más informal de él que he visto nunca, y el corazón se me acelera al verlo tan guapo y relajado.
—Estás… —Se interrumpe y sus ojos recorren mi cuerpo con una intensidad que me hace sonrojar—. Absolutamente deslumbrante.
—Tú tampoco estás nada mal —sonrío mientras tomo la mano que me tiende—. ¿Adónde vamos?
—Es una sorpresa. —Me saca de la villa.
Caminamos por un sendero iluminado con antorchas y subimos una pequeña colina hasta llegar a una terraza privada con vistas panorámicas al océano.
Hay una mesa para dos puesta y las velas titilan suavemente con la brisa nocturna.
El cielo está teñido de naranjas y rosas mientras el sol se pone en el horizonte.
—Thaddeus… —La voz se me quiebra ante la belleza del momento—. Es perfecto.
Me retira la silla y sus dedos me rozan los hombros desnudos al sentarme. El contacto me recorre la espalda en un escalofrío.
Un servicio discreto nos sirve la cena y desaparece con el mismo silencio con que ha llegado. Comemos marisco fresco, bebemos agua con limón (yo) y vino tinto (él), y hablamos de todo y de nada al mismo tiempo.
Pero esta noche noto algo distinto en él. Una tensión de fondo, como si estuviera reuniendo el valor para algo importante.
Cuando terminamos el postre, se pone en pie y me tiende la mano.
—¿Bailas conmigo?
—No hay música —señalo, pero le tomo la mano de todos modos.
—No nos hace falta. —Me atrae hacia sus brazos, con una mano en mi cintura y la otra entrelazada con la mía.
Empezamos a movernos despacio, siguiendo un ritmo que solo nosotros oímos. El sonido de las olas al romper en la playa, allá abajo, crea su propia melodía.
—Elowen… —Su voz suena grave, casi vacilante—. Necesito decirte algo.
Alzo la vista hacia él, a la espera. Sus ojos azules parecen más oscuros con la luz tenue, llenos de una emoción que rara vez deja ver a nadie.
—Lo que siento por ti… —Se detiene, buscando las palabras adecuadas—. Es tan intenso, tan repentino, que me da miedo.
El corazón me late con más fuerza ante su confesión.
—Durante años levanté muros y me convencí de que nunca volvería a necesitar sentir nada, de que con el control me bastaba. Y entonces apareciste tú, con tu vestido rojo y esos ojos que me ven por dentro, y todas esas defensas simplemente… se desmoronaron.
Deja de bailar, pero no me suelta; mantiene los ojos fijos en los míos.
—Tú eres la razón de que mi corazón volviera a latir en el pecho. —Las palabras le brotan con una intensidad descarnada—. No solo funcionar, sino latir de verdad. Con un propósito. Con vida.
Se me llenan los ojos de lágrimas. Nunca lo había oído tan vulnerable, tan abierto.
—Thaddeus…
Pero una sombra de inseguridad me cruza la mente, tan fugaz como dolorosa. Aparto la mirada y siento que se me cierra el pecho.
—A veces me pregunto… —La voz me tiembla—. Si alguna vez seré suficiente para ti. Si algún día ocuparé de verdad el lugar que ella tenía.
Frunce el ceño y me aprieta la mano con más fuerza.
—Elowen, mírame.
Obedezco y me encuentro con sus ojos, llenos de una urgencia casi desesperada.
—No necesitas ser ella. Nunca has tenido que ser nadie más que quien eres. —Me recorre con los dedos la línea de la mandíbula, como si quisiera grabarme en su memoria.
—Tú eres la mujer a la que amo ahora. Tú eres la que hace girar mi mundo. No hay comparación. No hay competencia. Solo estás tú.
Me toma la cara entre las manos y me acaricia las mejillas con los pulgares.
—Ya no sé vivir sin ti. —La última confesión le sale en un susurro—. Y eso me aterra y me completa al mismo tiempo.
Sin palabras para responderle como es debido, hago lo único que tiene sentido. Me pongo de puntillas y lo beso.
El beso empieza suave, casi reverente, pero enseguida se convierte en algo más urgente, más desesperado. Años de contención parecen estallar entre nosotros y volverse pura necesidad.
Sus manos descienden por mi espalda y me aprietan contra él. Siento cada centímetro de su cuerpo contra el mío, y la fina barrera de nuestra ropa se vuelve de pronto insoportable.
—¿Aquí? —murmuro contra sus labios mientras empieza a cubrirme el cuello de besos.
—Aquí —confirma con la voz ronca de deseo—. Ahora. Ya no puedo esperar más.
Con movimientos sorprendentemente delicados, dada su urgencia, me guía hasta un diván acolchado en un rincón de la terraza. La brisa nocturna me acaricia la piel desnuda mientras me desliza los tirantes del vestido por los hombros.
La tela cae y deja al descubierto mi cuerpo, transformado por el embarazo. Durante un instante me siento vulnerable, consciente de los cambios, pero su manera de mirarme borra cualquier inseguridad.
—Preciosa —murmura, recorriendo con la mirada cada una de mis curvas—. Absolutamente perfecta.
Sus dedos se deslizan por mi piel con una mezcla de veneración y posesión, como si quisiera memorizar cada centímetro de mí. Cuando su boca atrapa uno de mis pezones y lo succiona con un hambre voraz, arqueo el cuerpo contra él y un gemido roto se me escapa de los labios.
Thaddeus gime en respuesta, un sonido grave y ronco que me vibra directamente entre las piernas. Me recuesta sobre el diván con una reverencia feroz, como si fuera a la vez algo precioso y algo necesario, de una forma que desafía toda lógica.
Su boca no da tregua: baja de mis pechos a mi vientre, lo besa, venera el lugar donde crece nuestra hija. Pero cuando sus ojos vuelven a encontrarse con los míos, ya no queda paciencia, solo una necesidad descarnada.
—Te deseo así... —murmura, con la voz rasposa de puro deseo—. Quiero verte la cara cuando te haga mía.
Me sube una pierna sobre la cadera y acomoda su cuerpo sobre el mío; su erección me roza la entrada caliente y húmeda. Y entonces, con una única embestida lenta y profunda, se hunde dentro de mí.
A los dos se nos escapa un gemido entrecortado que se mezcla con el sonido del mar y el crepitar de las antorchas.
Al principio, Thaddeus se mueve dentro de mí con una fuerza medida, cada embestida firme y honda, hasta empujarnos al borde de la cordura.
Pero pronto la contención se le deshace y acelera: su cuerpo golpea contra el mío con un fervor desesperado.
Le arrastro las uñas por la espalda y le dejo marcas de pura necesidad.
Él gruñe, con la fiereza creciéndole dentro, y sus caderas embisten contra las mías con fuerza y precisión mientras sus manos me sujetan la cara y me obligan a mirarlo, a verlo, a sentirlo, a vivir cada segundo de nuestra unión brutal y gloriosa.
—Mía —gruñe, con la frente pegada a la mía y el sudor mezclándonos la piel—. Solo... mía.
Cambia de postura sin salir de mí: me pone de costado, con mi pierna sobre su cadera, y me abre aún más para él. El nuevo ángulo lo lleva todavía más adentro y me arranca un grito ahogado que silencia con su boca sobre la mía.
Y entonces, en el punto álgido de la pasión, con nuestros cuerpos chocando a un ritmo desesperado y los ojos fijos el uno en el otro, como si el mundo entero hubiera desaparecido a nuestro alrededor, suelta las palabras que me abren el alma en dos:
—Cásate conmigo, Elowen. —Su voz es un gruñido ronco, arrancado de lo más hondo de su ser, y cada sílaba viene empapada de una necesidad cruda e indomable—. Sé mi esposa. Mi vida. Mi infierno y mi cielo.
El corazón se me para un instante, como si el tiempo contuviera el aliento; después echa a galopar desbocado. Las lágrimas de emoción y éxtasis me nublan la vista, pero no detienen el frenesí de nuestros cuerpos. Cada embestida es una súplica, una promesa, una exigencia.
—¡Sí! —grito, con la voz temblorosa y hambrienta, mezclando placer y amor en carne viva—. ¡Mil veces sí! ¡Sí, para siempre!
La respuesta le enciende algo dentro. Thaddeus ruge por lo bajo, como un animal hambriento y satisfecho a la vez, y sus movimientos se vuelven aún más violentos, más implacables, como si quisiera marcarme el cuerpo y el alma como suyos para siempre.
—Mi prometida... —gruñe entre dientes, con los ojos salvajes brillando a la luz de las antorchas.
El placer crece de forma vertiginosa; cada embestida profunda nos lanza más arriba y nos hunde más adentro en la deliciosa locura de nuestra entrega. Lo siento por todas partes: dentro de mí, encima de mí, a mi alrededor, clavado en la parte más íntima de mi ser.
—Córrete para mí, esposa —ordena, con la voz rota, obscena, primitiva—. ¡Quiero sentir cómo te cierras en torno a mí!
Y cuando el orgasmo me atraviesa, es violento, catastrófico.
El cuerpo se me contrae con fuerza alrededor del suyo, echo la cabeza hacia atrás y un grito me desgarra la garganta.
Thaddeus también se abandona: suelta un rugido animal mientras estalla dentro de mí, su cuerpo tiembla sobre el mío y nuestros espasmos se enredan en un frenesí brutal y perfecto.
Nos desplomamos, unidos y sudorosos, con la respiración hecha trizas y el corazón retumbando en el pecho como tambores de guerra.
Y aunque la oleada de placer todavía resuena entre nosotros, se mueve, a regañadientes, para alcanzar algo entre la ropa tirada en el suelo.
Lo veo incorporarse con una cajita de terciopelo en las manos y los ojos todavía brillantes de pura emoción.
—Había pensado hacerlo de una forma más tradicional... —Su voz es una mezcla de ronquera y adoración—. Pero no he podido esperar.
Abre la caja y deja al descubierto un anillo: un diamante redondo rodeado de zafiros tan intensos como el mar que nos rodea.
—Elowen Charlotte Castellan, ¿quieres ser mi esposa? ¿Mi reina? ¿Mi para siempre?
Me tiemblan las manos de emoción cuando me desliza el anillo en el dedo, en un gesto posesivo e irrevocable.
Estoy desbordada; lloro y río al mismo tiempo.
—Ya he dicho que sí —susurro entre sollozos y risas, con la voz quebrada—. Y lo diré con cada latido de mi corazón. Con cada respiración. Para siempre.
Me atrae de nuevo entre sus brazos con una ternura feroz y me besa como si quisiera devorarme y protegerme a la vez, un contraste perfecto con la fiereza que aún palpita entre nosotros.
—Nunca más —jura contra mi boca, contra mi piel, contra mi alma— volverás a dudar de lo mucho que eres mía. Y de que yo soy tuyo.
Y acurrucada entre sus brazos, bajo el cielo estrellado y con el sonido del mar arrullando nuestros cuerpos exhaustos, lo sé: cumplirá todas y cada una de sus palabras.
—Te quiero. —Las palabras se me escapan en un suspiro—. Tanto que a veces duele.
—Lo sé —responde con la voz quebrada—. Sé exactamente lo que se siente.
Sonríe contra mi piel, una sonrisa lenta, depredadora, cargada de un hambre todavía insatisfecha.
—La noche... —murmura, con la voz ronca y llena de promesas indecentes—... no ha hecho más que empezar, preciosa.
Antes de que pueda contestar, ya se está moviendo.
Con un solo movimiento ágil y poderoso, Thaddeus me da la vuelta y me pone boca abajo sobre el diván.
Sus manos firmes se deslizan por la curva de mi cintura y me alzan las caderas; me deja completamente expuesta ante él bajo el suave resplandor de las antorchas.
—Cada centímetro de ti —gruñe, clavándome los dedos en las caderas— me pertenece. Y esta noche voy a recordártelo.
Noto su polla dura rozándome la entrada, ya hipersensible, provocándome sin piedad. Gimo, impaciente, pero él me sujeta las caderas con fuerza y me mantiene inmóvil, a merced de su voluntad.
—Ruégamelo —exige, con la voz como un trueno sordo contra mi piel.
—Por favor, Thaddeus —jadeo, perdida entre la necesidad y la rendición—. Tómame. Hazme tuya. Otra vez. Y otra...
El gruñido que se le escapa es casi animal.
Sin más aviso, se hunde dentro de mí de una sola embestida dura y profunda y me arranca un grito ronco y desesperado de los labios. Se mueve con fiereza, con las caderas chocando contra mis nalgas en embestidas rápidas y contundentes, como si quisiera estamparme su marca para siempre.
Con cada embestida brutal siento que el cuerpo se me rompe en añicos y estalla en un placer abrumador.
Se inclina sobre mí, me agarra el pelo con una mano y me echa la cabeza hacia atrás para que nuestras miradas se encuentren.
—Eres mía, Elowen —gruñe en mi oído, con el aliento caliente y ronco—. Solo mía. Cada gemido, cada suspiro, cada estremecimiento de tu cuerpo... me pertenece.
Sus labios me besan el hombro, un beso posesivo y sensual que me estremece aún más. Su otra mano baja por delante de mi cuerpo, en busca frenética de mi clítoris hinchado. Cuando lo frota en círculos intensos, casi crueles, el mundo se desvanece a mi alrededor.
Me corro con un grito desgarrado; todo el cuerpo me convulsiona a su alrededor, lo aprieta, lo exprime con violencia. Pero Thaddeus no se detiene: sigue tomándome sin tregua, como si él también se hubiera perdido en la locura que nos consume.
Cuando llega su propio clímax, se hunde tan hondo dentro de mí que siento el calor de su descarga, el modo crudo y primitivo en que su cuerpo se entrega al mío.
Nos desplomamos juntos, los cuerpos pegados, sudorosos, sucios de deseo y de amor, pero no me suelta. Me estrecha contra él, posesivo, como si quisiera asegurarse de que no pueda escapar nunca.
Sus labios, todavía salvajes, buscan mi cuello, mi oreja, mi boca, mientras sus caderas se mueven en pequeñas embestidas que vuelven a provocarme y encienden un hambre nueva, aún más voraz que antes.
—Te lo dije... —susurra con la voz pastosa y ronca—... que no iba a acabar tan pronto.
Y cuando vuelve a girarme entre sus brazos, con los ojos ardiendo de deseo bajo el cielo nocturno, lo sé: Thaddeus piensa poseerme hasta que el tiempo mismo se olvide de nosotros.
La noche, desde luego, no ha hecho más que empezar.