CAPÍTULO VEINTICUATRO
Elowen
—Relájate —murmura mientras caminamos hacia el comedor—. Solo es una cena familiar.
El vestíbulo principal de la mansión Thalassinos me intimida más de lo que me gustaría admitir.
Las altas paredes decoradas con arte contemporáneo, los muebles elegantes que probablemente cuestan más que mi antiguo apartamento, ese aire general de riqueza heredada y poder consolidado.
Todo ello debería hacerme sentir completamente fuera de lugar, pero el suave apretón de la mano de Thaddeus sobre la mía me transmite una tranquilidad silenciosa.
—Solo una cena familiar con una de las familias más influyentes de Nueva York —respondo en un susurro—. Y están a punto de conocerme como la madre de tu bebé…
Antes de que pueda continuar, se acerca una mujer elegante. Marina Thalassinos es aún más impresionante en persona que en las fotos que he visto. Lleva el pelo gris recogido en un moño sofisticado y sus ojos, tan azules como los de Thaddeus, brillan con una inteligencia aguda.
—Tú debes de ser Elowen —su voz es cálida, sincera—. Por fin conseguimos sacar a mi hijo de la oficina para una cena familiar.
Me abraza con suavidad, y el gesto me pilla desprevenida. Esperaba formalidad, quizá incluso frialdad, no esta calidez maternal inmediata.
—Es un placer conocerla, señora Thalassinos.
—Marina, por favor —me corrige, y se aparta un poco para mirarme mejor—. Y estás absolutamente radiante. El embarazo te sienta de maravilla.
Me sonrojo ligeramente y me toco el vientre, que ya muestra una curva evidente.
—Gracias. Me encuentro bien.
—Ven, los demás ya están en el comedor —dice Marina, y me enlaza del brazo para guiarme como si fuéramos viejas amigas—. Andreas acaba de volver de Ginebra y se muere de ganas de conocerte.
Thaddeus nos sigue con una ligera expresión de sorpresa en el rostro. Está claro que él tampoco esperaba que su madre me recibiera con tanta calidez.
El comedor es magnífico: una larga mesa de caoba, cristal reluciente, porcelana fina. Orion y Kanidas ya están sentados, charlando animadamente. Ambos se ponen de pie cuando entramos.
—La famosa Elowen —dice Kanidas con una sonrisa mientras se acerca a besarme en la mejilla—. Bienvenida oficialmente a la locura familiar.
Orion es más reservado, pero su sonrisa es sincera cuando me saluda.
—Me alegra volver a verte. ¿Cómo te encuentras?
—Bien, gracias —respondo, agradecida por la normalidad de la pregunta.
Un hombre al que aún no conozco entra en la habitación y enseguida comprendo que es Andreas. Tiene la misma complexión que sus hermanos, la misma mandíbula marcada y el mismo atractivo que permite emparentarlos a primera vista, aunque sean distintos en muchos aspectos.
—Andreas —lo presenta Thaddeus—. Esta es Elowen.
Andreas me saluda con un firme apretón de manos y me examina con curiosidad clínica.
—Encantado de conocerte. Thaddeus comentó que estás en el segundo trimestre, ¿no?
—Sí, de veintiséis semanas —confirmo.
—Una etapa excelente. ¿Se te han pasado las náuseas matutinas?
La conversación médica parece relajar a todos y, poco después, estamos sentados a la mesa mientras el discreto personal nos sirve los platos. Marina lleva la conversación con habilidad y me pregunta por mi carrera en el ballet, mi familia y mis intereses.
Es sorprendentemente… normal. No hay juicios velados ni preguntas invasivas sobre cómo nos conocimos Thaddeus y yo. Solo una familia compartiendo una comida que me incluye con naturalidad en su círculo.
—Entonces, ¿sigues dando clases en la Academia Swan? —pregunta Marina cuando sirven el plato principal.
—Sí, trabajo con las clases de los más pequeños —respondo—. Es distinto de actuar, pero gratificante a su manera.
—Debe de ser maravilloso transmitir tus conocimientos —dice con una sonrisa—. Siempre he admirado la disciplina de los bailarines.
La conversación fluye con facilidad. Kanidas cuenta historias divertidas sobre sus viajes, Orion habla de las últimas adquisiciones de la empresa y Andreas comparte detalles de su investigación médica.
Thaddeus permanece relativamente callado, pero cada poco su mano encuentra la mía bajo la mesa, un contacto reconfortante.
—Mathis no ha podido venir, pero estoy segura de que le encantarías. Lo conocerás pronto —dice Marina, y Thaddeus da un sorbo a su copa antes de añadir:
—El cabrón la adoraría un poco demasiado para mi gusto —dice, y todos se ríen—. ¿Y cuándo piensa volver? —pregunta.
—El mes que viene, creo, pero ya sabes… con Mathis nunca se puede estar seguro —responde.
Después del postre, Marina sugiere que tomemos café en la terraza. El aire nocturno es agradable y la vista de la finca resulta impresionante, con unos jardines cuidados al detalle que se extienden hasta donde alcanza la vista.
Me quedo sola un momento mientras los demás comentan un asunto de negocios. Me acerco al borde de la terraza y admiro las luces suaves que iluminan los senderos del jardín.
—Impresionante, ¿verdad? —La voz de Andreas me sobresalta. Se acerca con dos vasos en las manos—. Te he traído zumo de arándanos. Sé que no puedes beber alcohol.
—Gracias. —Cojo el vaso, conmovida por el detalle.
Nos quedamos en silencio unos instantes, contemplando la noche.
—Pareces distinta de lo que esperaba —dice por fin.
—¿Distinta en qué sentido?
—Más… auténtica. —Escoge la palabra con cuidado—. Teniendo en cuenta las circunstancias, esperaba a alguien más calculador.
No me ofendo. Su sinceridad resulta refrescante.
—Las circunstancias fueron… inesperadas para todos —respondo con diplomacia.
Andreas se ríe suavemente.
—Eso es quedarse corto. —Da un sorbo a su bebida—. Thaddeus nos cogió completamente por sorpresa. Después de lo que pasó, pensábamos que no volvería nunca a…
Deja la frase inconclusa, pero entiendo a qué se refiere.
—¿Conocías a Helena? —pregunto, porque la curiosidad vence a la discreción, y entonces me doy cuenta de lo obvia que era la pregunta. Por supuesto que la conocía.
—Sí. —Asiente—. Crecimos en el mismo círculo social. Nuestras familias eran muy unidas.
Dudo antes de hacer la siguiente pregunta.
—¿Cómo era ella?
Andreas me estudia un momento, como si sopesara mis intenciones.
—Helena era... bueno... era educada, refinada y siempre sabía exactamente qué decir en cualquier situación, algo que a mí personalmente me resultaba un poco inquietante, como si siempre estuviera interpretando un papel a la perfección.
—Hace una pausa—. Su matrimonio fue casi concertado, ¿sabes?
Dos familias poderosas que unían fuerzas. Sobre el papel, tenía sentido.
—¿La quería? —Las palabras se me escapan antes de que pueda evitarlo.
—Sí, creo que sí, a su manera —responde Andreas con sencillez—. Pero...
—¿Pero?
Se gira para mirarme de frente.
—Pero ya no. Y antes de que preguntes cómo puedo estar seguro... —Esboza una leve sonrisa—. Mi hermano te mira con una intensidad que nunca tuvo con ella. Nunca lo había visto así. Nunca así.
Sus palabras me calan hondo y confirman algo que he sentido, pero que nunca me he atrevido a poner en palabras.
—¿Cambió mucho después de... después del accidente?
—Sí. No lo admitirá, pero es evidente que se culpó del accidente. Se convirtió en una versión congelada de sí mismo —responde Andreas, pensativo—. Puro control, ninguna emoción. Levantó unos muros tan altos que pensamos que nunca volvería a ver más allá de ellos. Hasta que apareciste tú.
—Yo no hice nada especial.
—Exactamente. —Sonríe—. No intentaste escalar los muros ni derribarlos. Simplemente... exististe. Y, de alguna manera, eso bastó para que empezara a desmontarlos él mismo.
—¿Conversaciones profundas en el jardín? —La voz de Thaddeus nos interrumpe. Se acerca y nos mira a uno y a otro con curiosidad.
Andreas y yo intercambiamos una sonrisa cómplice.
—Solo estaba conociendo mejor a mi cuñada —responde Andreas con ligereza—. Por cierto, ha pasado la prueba.
—No sabía que hubiera una prueba. —Thaddeus arquea una ceja.
—Siempre la hay. —Andreas me guiña un ojo antes de alejarse—. Voy a ver si mamá necesita ayuda con el café.
Cuando nos quedamos solos, Thaddeus se acerca y me rodea con los brazos.
—¿De qué hablábais en realidad?
—De ti —respondo con sinceridad—. Y de muros. Y de que, a veces, la mejor forma de derribarlos es no intentarlo.
Me mira con intensidad un instante y luego me besa la frente.
—Andreas siempre ha sido demasiado perspicaz.
—Me cae bien —declaro—. En realidad, me caen bien todos. Tu familia es... cálida.
—A ellos también les has caído bien —confirma—. Sobre todo a mi madre. Ya está planeando una habitación para el bebé en la mansión.
Sonrío y me acurruco contra su pecho, sintiendo el latido firme de su corazón bajo la camisa. El calor de su cuerpo me envuelve y me resguarda de la brisa suave que barre la terraza.
—Son distintos de lo que imaginaba —confieso con voz baja contra su pecho—. Pensaba que serían fríos, reservados... pero me han acogido como si ya fuera una de ellos.
—Ahora eres una de ellos —dice con una firmeza serena—. Parte de mí. Parte de nuestra familia.
La sencillez de sus palabras me reconforta en algún lugar muy hondo. No solo porque llevo a su bebé dentro de mí, sino porque, por fin, siento que pertenezco a algún sitio.
Thaddeus guarda silencio un instante y luego, de repente, dice:
—Quiero llevarte lejos unos días.
—¿Lejos? ¿Adónde?
—Es una sorpresa. —Hay un brillo en sus ojos que rara vez le veo—. Pero te prometo que te encantará. Necesitamos salir de aquí, alejarnos de la prensa rosa, los cotilleos, todo lo demás. Solo tú y yo.
—¿Y cuándo sería eso?
—Mañana por la mañana, si estás de acuerdo.
La espontaneidad es tan impropia de él que no puedo evitar sonreír.
—¿Thaddeus Thalassinos dejándose llevar por un impulso? ¿Qué le está pasando al mundo?
—Quizá estoy aprendiendo que algunas de las mejores cosas de la vida pasan cuando soltamos el control —responde, y hay una vulnerabilidad en su voz que me conmueve profundamente.
—Entonces sí —acepto—. Escapémonos juntos.
❤
Me despierto temprano y me encuentro a Thaddeus ya vestido y listo. Hay algo distinto en su energía, una ligereza que rara vez le veo.
—Ponte ropa cómoda —me indica—. Y trae bañadores.
—¿Esa es la única pista que me vas a dar?
—La única. —Sonríe, con esa sonrisa infrecuente que le transforma el rostro.
Una hora después estamos en su avión privado, despegando hacia un destino desconocido. Me acomodo en el suave asiento de cuero, maravillada ante la naturalidad con la que el lujo forma ya parte de mi vida.
—¿Sigues sin querer decirme adónde vamos? —pregunto cuando alcanzamos la altitud de crucero.
—Paciencia —responde, y entrelaza los dedos con los míos—. Algunas sorpresas merecen la espera.
Me quedo dormida durante el vuelo; el embarazo me deja más cansada de lo habitual. Me despierto cuando Thaddeus me acaricia el pelo con suavidad.
—Ya hemos llegado —anuncia.
Miro por la ventanilla y se me corta la respiración. Abajo se extiende una isla privada, rodeada de aguas cristalinas de un azul imposible. Playas de arena blanca, palmeras que se mecen suavemente y una villa elegante enclavada en la vegetación tropical.
—Thaddeus... es precioso.
—Espera a verlo de cerca.
Sonríe.
El aterrizaje es suave y nos recibe un pequeño grupo de empleados que se retira enseguida, en cuanto nos deja instalados.
La villa es espectacular: arquitectura moderna que se integra a la perfección en el entorno natural, con ventanales de suelo a techo desde los que se ven unas vistas impresionantes del océano.
—Este lugar es nuestro durante los próximos días —explica Thaddeus mientras recorro las habitaciones—. Sin interrupciones, sin tabloides, sin reuniones. Solo nosotros.
—Es perfecto —me vuelvo hacia él, conmovida—. Absolutamente perfecto.
Se acerca y me sostiene el rostro entre las manos.
—Te mereces la perfección, Elowen. Tú y nuestra hija os merecéis todo lo que pueda daros.
Lo beso con suavidad y siento una oleada de amor tan intensa que casi me duele.
«¿Cómo puedo querer tanto a este hombre? ¿Cómo ha podido nacer dentro de mí algo tan intenso?»