CAPÍTULO VEINTIDÓS
Thaddeus
Reid ya me espera en la sala de reuniones, de pie ante la cristalera, con los brazos cruzados y el gesto más hermético de lo habitual. Se vuelve en cuanto entro: sin formalidades y sin palabras de más.
—Tienes cinco segundos para decirme qué está pasando —exijo, y me detengo frente a la mesa.
Suelta el aire despacio, como si sopesara cada palabra antes de pronunciarla.
—El nombre es Harrison Hayes —dice sin rodeos.
—¿Hayes? ¿El cabrón que embistió a los padres de Elowen? ¿Qué demonios significa eso? —pregunto con impaciencia.
Reid se acerca al expediente abierto sobre la mesa y desliza una fotografía hacia mí. Un hombre. Traje caro, sonrisa artificial, ojos vacíos.
—No fue solo la llamada anónima lo que me inquietó —prosigue—.
Investigué más a fondo. Me pediste que lo comprobara todo, incluso lo que pareciera irrelevante.
Tu accidente con Helena y el de los padres de Elowen ocurrieron el mismo día, con minutos de diferencia, hace seis años.
Pensé que había que mirarlo con más detenimiento.
Y en los dos aparece el nombre de Hayes.
Reid respira hondo, con el rostro sombrío, y extiende más fotografías y documentos sobre la mesa.
—No sé exactamente qué quiere Harrison Hayes, pero puedo confirmar que está detrás de las llamadas anónimas.
Rastreé el número a través de tres sociedades pantalla, todas vinculadas a él —dice, y señala los registros telefónicos que tenemos delante—.
Lo que aún no acabo de entender es qué relación tiene con tu accidente con Helena, pero la coincidencia de las fechas no puede ser casualidad.
Me quedo mirando las pruebas con la mandíbula tan apretada que un músculo me salta en la sien.
—¿Que los dos accidentes ocurrieran el mismo día, con minutos de diferencia?
La probabilidad de que pase al azar es astronómicamente baja —continúa Reid—.
El de los Castellan fue a las 20:13; el tuyo, a las 19:42, apenas treinta y un minutos antes.
Distintos agentes en el lugar, distintos hospitales, distintos informes... , pero conectados de algún modo.
—¿Cómo? —pregunto con una calma peligrosa—. ¿Cómo es posible?
—Aún no lo sé —admite Reid, y se pasa una mano por el pelo—. Pero Hayes estuvo directamente implicado en el accidente de los Castellan; conducía el otro coche. Y ahora te está haciendo llamadas amenazantes a cuenta del embarazo de Elowen. Hay algo ahí, algo que no estamos viendo.
Golpeo la mesa con el puño y el chasquido seco hace que Reid dé un respingo.
—Lo quiero todo —gruño, con una furia helada que me arde en el pecho—.
Cada detalle de la vida de Hayes. Dónde duerme, qué come, con quién habla.
Cada conexión empresarial, cada deuda, cada secreto.
Encuentra el vínculo entre estos accidentes.
Averigua por qué va a por mí ahora, por qué la amenaza a ella.
Reid asiente, imperturbable ante mi arrebato. Ya me ha visto así antes, aunque en contadas ocasiones.
—Voy a necesitar más recursos —dice con calma—. Este tipo es poderoso y tiene contactos. La familia Hayes tiene las manos metidas en todo: desde la industria farmacéutica hasta el transporte marítimo, del inmobiliario a...
—Lo que necesites —lo interrumpo sin vacilar—. El dinero no es un problema. La discreción es esencial. Elowen no puede enterarse todavía.
—¿Y si Hayes vuelve a ponerse en contacto?
Me endereza y ajusto los puños de la camisa con la precisión mecánica que mis rivales conocen tan bien. Mi rostro adopta la máscara fría del cálculo que he aprendido a llevar a la perfección.
—Deja que crea que no sé quién es —digo con frialdad—. Que se crea que lleva ventaja. Mientras tanto, duplica el equipo de seguridad de Elowen. Vigilancia remota, alertas de proximidad. Quiero saber si alguien sin autorización se le acerca a menos de quince metros.
—Ya está hecho —confirma Reid—. ¿Y lo de hoy? Tenéis cita en la clínica, ¿verdad?
Miro el reloj.
—La cita sigue en pie. Iré con ella personalmente. Que un equipo revise la ruta y asegure la clínica antes de que lleguemos.
Mientras Reid recoge sus archivos, mis ojos se clavan en la fotografía de Harrison Hayes. La sonrisa de ese hombre parece burlarse de mí: una pieza del rompecabezas que no encaja, pero que de algún modo conecta las tragedias de mi vida y la de Elowen.
Cuando Reid se marcha, me quedo de pie, con la vista fija en las pruebas que hay sobre la mesa. La cabeza no me da tregua: posibilidades, cálculos, planes de contingencia. Si Hayes va a por Elowen por mi culpa, por alguna conexión que todavía no alcanzo a ver...
Cojo el móvil y compruebo la hora. Aún me queda una hora antes de recogerla para la cita. Una hora para recuperar el control, para enterrar esta rabia lo bastante hondo como para que ella no la note ni sospeche que algo va mal.
Hoy no puede interponerse nada. Nada puede manchar este momento que vamos a compartir. No permitiré que Hayes, ni nadie, nos lo arrebate.
Echo un último vistazo a la fotografía de Hayes antes de guardarla en un sobre.
—No la tocarás —prometo entre dientes—. Sea cual sea el juego al que estás jugando, sea cual sea tu conexión conmigo..., termina ahora mismo.
Con precisión metódica, recojo los archivos, los guardo bajo llave en mi caja fuerte personal y me preparo para volver junto a Elowen, decidido a protegerla de la tormenta que se avecina, aunque ella nunca llegue a saber que existe.
Unos golpes en la puerta del despacho me arrancan del caos que tengo en la cabeza.
—Adelante —digo, y veo a Orion asomar por detrás de la puerta.
—¿Qué te pasa? —pregunta.
—Sé más concreto —respondo en tono neutro.
—Ayer apenas prestaste atención al debate sobre la expansión asiática —señala, y se cruza de brazos—. Jeffrey presentó tres escenarios distintos y tú aceptaste los tres a la vez, lo cual es físicamente imposible. Y hoy ni siquiera has aparecido en la reunión de finanzas.
Cierro los ojos un instante y asumo el descuido. Imperdonable.
—Una distracción momentánea. No volverá a ocurrir.
—No es solo eso —continúa Orion, con el tono algo más suave—. Estas últimas semanas has estado... diferente. Menos presente. Menos...
—¿Menos qué?
—Menos obsesionado con tenerlo todo bajo control —termina con una leve sonrisa—. ¿Es por Elowen?
La forma en que pronuncia su nombre, como si estuviera poniendo a prueba una teoría, hace que algo se me tense por dentro.
—Mi relación con la madre de mi hijo no es relevante para el negocio.
—¿Ah, no? —Alza una ceja—. ¿Y desde cuándo te refieres a ella como «la madre de mi hijo» en lugar de «señorita Castellan»?
Me siento expuesto, como si acabara de localizar una grieta en la armadura que he construido con tanto cuidado.
—Simplemente estoy adaptando mi lenguaje a unas circunstancias cambiantes —respondo, esquivando su mirada perspicaz.
Orion suspira y se sienta en el borde del escritorio.
—Thaddeus... soy tu hermano. No soy la prensa, ni un empleado, ni un competidor. No tienes que soltarme frases calculadas al milímetro.
Nos quedamos callados un largo rato. Siento cómo crece la presión de algo que llevo dentro, algo que he mantenido rigurosamente contenido, cuidadosamente compartimentado.
—Estoy enamorado de ella.
Las palabras salen antes de que pueda detenerlas y nos sorprenden a los dos con su cruda sinceridad. Nunca quise ponerlo en palabras, ni siquiera ante mí mismo. Y menos aún ante mí mismo.
Orion no muestra la conmoción que esperaba. Al contrario: asiente despacio, como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Y te aterroriza.
No es una pregunta. Es la afirmación de una verdad que llevo tiempo evitando. La precisión de su observación rompe algo dentro de mí.
—Estoy completamente aterrorizado —admito, y la voz me baja hasta volverse casi un susurro—. Porque sé exactamente qué viene después.
—¿Qué viene después? —pregunta con suavidad.
—Lo pierdes todo. —Las palabras salen ásperas, dolorosas—. Construyes una vida. Haces planes. Te permites creer en un futuro. Y entonces, en un instante, todo desaparece.
Me acerco a la ventana y contemplo la ciudad a mis pies sin verla realmente.
—Con Helena fue devastador. La amaba profundamente y, cuando la perdí, cuando perdí a nuestro hijo aún no nacido... pensé que nunca me recuperaría. Y, en muchos sentidos, no me recuperé.
Me vuelvo para mirarlo.
—Pero con Elowen... es diferente, más profundo de una forma nueva, más visceral. No puedo explicarlo con lógica; no tiene sentido, teniendo en cuenta que solo la conozco desde hace unos meses, pero es como si ella fuera la medida exacta para llenar huecos dentro de mí que ni sabía que existían.
Orion no dice nada, se limita a escuchar mientras las palabras siguen brotando de mí, incontrolables ahora que el dique se ha roto.
—Si le ocurre algo a ella, a nuestro hijo... esta vez no habrá recuperación. No habrá reconstrucción. No quedará ningún Thaddeus Thalassinos capaz de levantar un imperio de entre las ruinas.
Me paso una mano por el pelo, un gesto de frustración tan inusual en mí que parece de otra persona.
—¿Cómo puedo permitirme necesitar tanto a alguien y tan deprisa? Es irracional. Es imprudente. Es...
—Humano —termina Orion con voz suave—. Es profundamente humano, Thaddeus.
Se acerca y me pone una mano en el hombro, un gesto que rara vez compartimos.
—Lo que le ocurrió a Helena fue una tragedia devastadora. Pero no puedes pasarte el resto de la vida definido por esa pérdida, levantando muros cada vez más altos para asegurarte de no volver a sentir ese dolor.
—Puedo intentarlo —respondo, aunque el intento de broma me sale más amargo de lo que pretendía.
—¿Y qué tal te ha ido hasta ahora?
La pregunta queda suspendida entre nosotros, retórica de puro evidente. Está claro que no funciona. No desde que una bailarina de ojos verdes entró en el Velvet Lady con un vestido rojo, convencida de que solo le quedaban tres meses de vida.
—Te mereces algo más que sobrevivir, hermano —continúa Orion, y me aprieta el hombro antes de apartarse—. Te mereces volver a vivir. Y, por lo que veo, ella ya ha conseguido lo que ninguno de nosotros logró en seis años.
—¿El qué?
—Te ha hecho volver. —Sonríe con sinceridad—. No solo al CEO, no solo a la máquina de la eficiencia, sino a ti. Al hombre que existía antes de la pérdida. Al hombre capaz de sentir.
No respondo de inmediato; dejo que sus palabras se asienten. Hay en ellas una verdad que no puedo negar, por mucho que mi parte calculadora se empeñe en negarla.
—Nos están amenazando, hermano —digo, casi como una confesión.
Orion se yergue, con los ojos clavados en los míos, como si quisiera descifrar todo lo que no digo en voz alta.
—¡¿De qué estás hablando?! —pregunta, exasperado.
Cruzo los brazos y siento cómo los músculos se tensan bajo la camisa.
—Harrison Hayes. El cabrón que mató a los padres de Elowen tiene algo que ver, de algún modo, con el accidente de Helena. Pero estoy listo para acabar con él.
Orion palidece un poco. Conoce este tono de mi voz. El mismo que empleé cuando le declaré la guerra a un conglomerado que intentó destruir Thalassinos Holdings desde dentro. Pero esta vez... es personal.
—¿Tienes pruebas?
—Todavía no todas. Pero Reid está encajando las piezas del rompecabezas. Y, aunque aún no tengamos todas, mi instinto grita. Algo está a punto de ocurrir, y no es casualidad que todo esto salga a la luz ahora... cuando Elowen está embarazada. Cuando por fin... vuelvo a tener algo que perder.
La última frase se me escapa, cruda y sincera, y me obliga a enfrentarme a lo que más me asusta: la vulnerabilidad.
Orion se acerca despacio, con los ojos fijos en los míos.
—¿Y qué vas a hacer?
—Proteger —respondo sin titubear—. Proteger a Elowen, proteger a nuestro hijo, proteger todo lo que esta mujer ha resucitado en mí sin darse cuenta siquiera.
Aunque eso signifique dejar salir lo peor de mí.
Al despiadado. Al cruel, si hace falta. Al que destruye las amenazas antes de que lleguen lo bastante cerca para respirar.
Guarda silencio un instante, como si sopesara cada palabra.
—¿Crees que puedes hacerlo... sin destruirla en el proceso?
La pregunta me golpea como un puñetazo en el estómago.
Porque ese es exactamente el dilema. Elowen no está hecha de acero.
Es fuerte, sí, más fuerte que cualquier mujer que haya conocido.
Pero también es sensible e intuitiva. Y, si descubre lo que está pasando, querrá implicarse.
Querrá enfrentarse a mí, querrá entenderlo...
Y no puedo permitirlo. Me pidió que no hubiera secretos entre nosotros; fue la única condición que puso en nuestro acuerdo, y voy a romper mi promesa a sabiendas.
No puedo dejar que se entere de nada de esto.
—No lo sé —confieso—. Pero si tengo que elegir entre alejarla y perderla... prefiero que me odie. Mientras siga con vida.
Orion cierra los ojos un instante, como si intentara aceptar una verdad amarga.
—Entonces prepárate, hermano. Porque, si te adentras demasiado en ese pozo... puede que, cuando todo acabe, ni siquiera te reconozca.
Esbozo una media sonrisa, fría y resignada.
—No importa. Mientras sepa que está a salvo.
El móvil vibra en el bolsillo. Lo miro. Una notificación discreta del sistema de seguridad. La clínica está despejada. Ruta verificada. Equipo en posición.
—Tengo que ir a buscarla —digo mientras ya me alejo—. Hoy puede que sepamos el sexo de nuestro bebé. Y no voy a permitir que ninguna sombra se cierna sobre ese momento.
Orion se limita a asentir y, al pasar junto a él, me apoya la mano en el hombro una última vez.
—No dejes que la oscuridad vuelva a tragarte.
No respondo. Porque, en el fondo, no puedo garantizárselo.
Salgo del despacho con el rostro impasible. Pero, por dentro, la tormenta ruge con más fuerza que nunca. Y sé, con una claridad brutal, que voy a la guerra.
Sea lo que sea lo que Hayes pretende, él arderá antes de poder consumarlo.