CAPÍTULO VEINTIUNO
Thaddeus
La luz de la mañana se filtra por las ventanas y dibuja figuras doradas sobre las sábanas revueltas.
Elowen aún duerme, con el cuerpo medio cubierto por la sábana y el cabello negro extendido sobre la almohada como tinta derramada.
Observo el suave movimiento de su respiración, la delicada curva de su mejilla, la pequeña marca de nacimiento del hombro que descubrí durante la noche.
Me he pasado casi toda la noche en vela, no por inquietud, sino por una extraña resistencia a perderme un solo instante de esta nueva realidad. Como si, al cerrar los ojos, pudiera descubrir que nada de esto había sido más que una elaborada ilusión.
Cojo el móvil de la mesilla con cuidado de no despertarla. La pantalla se enciende e ilumina mis dedos. Hay mensajes nuevos de Reid.
«Necesito hablar contigo en persona. He descubierto algo sobre la llamada anónima. Y también sobre el accidente.»
Se me contrae el estómago al leerlo. Repaso rápidamente los mensajes anteriores, todos los datos que le pedí, cada posibilidad, incluso las más improbables.
Lo ha revisado todo: informes policiales, grabaciones de las cámaras de tráfico, registros telefónicos.
Le pedí que no dejara nada fuera, aunque todo apuntara a que el accidente solo había sido eso...
un accidente. Pero ahora, con esa maldita llamada, ya no puedo fiarme de esa versión. Ni de la suerte.
Respondo con los dedos tensos:
«Estaré pronto en la oficina.»
Bloqueo la pantalla y dejo el móvil a un lado.
Vuelvo a mirar a Elowen. Sigue dormida, ajena a todo.
Y yo no le he dicho nada. Todavía no, porque no puedo, porque no quiero asustarla.
No sin saber exactamente a qué nos enfrentamos.
Pero he tomado medidas. La seguridad del edificio se ha reforzado discretamente.
Dos agentes han empezado a seguirla, aunque ella aún no se haya dado cuenta.
Tienen instrucciones de mantener las distancias, no intervenir, limitarse a vigilar.
Y me he instalado en el mismo edificio.
Quería estar más cerca. Quería protegerla sin que notara la tormenta que podría avecinarse.
La idea de que todo eso —el accidente, la llamada— pudiera ser algo más...
algo orquestado, calculado... me corroe por dentro.
Sé que podría tratarse de una maldita broma, pero no puedo bajar la guardia, porque, si es real, ella también está en peligro.
Y no permitiré que les pase nada a Elowen ni a nuestro bebé.
Salgo de la cama con cuidado, moviéndome con precisión calculada para no despertarla.
Necesita descansar, sobre todo después de las náuseas de anoche y del ejercicio que vino justo después.
Me pongo solo el pantalón del pijama y dejo la camiseta en el suelo, donde quedó abandonada en medio de nuestro frenesí.
Chalk, su impertinente gato, me observa desde el sillón del rincón de la habitación, con los ojos amarillos entrecerrados en una evaluación crítica. Sorprendentemente, ya no parece verme como un intruso. Tal vez me haya aceptado en la pequeña tribu doméstica que forman ellos dos.
—Procura que siga dormida —le ordeno al animal en voz baja, sintiéndome un poco ridículo por hablar con un gato.
En la cocina me muevo con una familiaridad sorprendente.
Sé dónde está cada utensilio, cada ingrediente, después de tanto tiempo observándola preparar té, cortar fruta y ordenar su espacio.
Abro el frigorífico y evalúo el contenido con ojo crítico antes de sacar huevos, espinacas, queso y unas hierbas frescas.
Hago el café exactamente como le gusta: fuerte, pero endulzado con una cucharada precisa de miel. El aroma inunda la cocina, reconfortante. Monto una tortilla perfecta y corto los tomates en rodajas uniformes para acompañarla. Todo cronometrado al segundo, ejecutado a la perfección.
La ironía no se me escapa. Yo, que rara vez me preparo la comida, ahora me muevo por la cocina con eficiencia metódica, impulsado por el simple deseo de verle la cara cuando se despierte y descubra el desayuno listo.
Parece un comportamiento desconcertante en alguien que ha construido su existencia en torno al control calculado y la distancia emocional estratégica.
—No sabía que cocinabas.
La voz me sobresalta. Me vuelvo y descubro a Elowen de pie en el umbral de la cocina, con mi camiseta puesta, que le llega hasta la mitad de los muslos. Así parece sorprendentemente pequeña, vulnerable y desconcertantemente hermosa.
—Solo es ciencia aplicada —respondo automáticamente, tratando de ignorar cómo verla con mi ropa despierta algo primitivo y posesivo en mi interior—. Proporciones, temperatura, tiempos. Variables controlables.
Sonríe y se acerca a examinar la tortilla perfecta del plato.
—Y yo que pensaba que cocinar tenía algo de arte.
—El arte es subjetivo. La precisión es fiable. —Dejo el plato sobre la mesa y le indico que se siente—. ¿Cómo te encuentras? ¿Vuelves a tener náuseas?
—Sorprendentemente bien. —Se acomoda, con una leve sonrisa asomándole en los labios—. ¿Tal vez sea un efecto secundario inesperado de... otras actividades?
El leve rubor de sus mejillas provoca en mí una respuesta instintiva. Me inclino y capturo sus labios en un beso breve, pero intenso. Noto su sorpresa ante esa muestra espontánea de afecto, tan contraria a mi manera de ser.
—Hoy tenemos cita —le digo cuando nos separamos, mientras le sirvo café en la taza—. Una ecografía morfológica completa. La Dra. Hopkins ha conseguido adelantarla.
Sus ojos se iluminan al instante.
—¿Hoy? Pero creía que no era hasta la semana que viene.
—La he reservado para las dos —confirmo, y me siento con mi propio café—. Ha comentado que quizá podamos averiguar el sexo del bebé, si la posición es favorable.
Elowen se queda con el tenedor a medio camino de la boca y los ojos muy abiertos.
—¿Crees que sabremos si es niño o niña?
—Es una posibilidad razonable, dada la fase en la que está el embarazo. —Intento mantener un tono neutro, aunque la idea me remueve algo extraño por dentro—. ¿Prefieres saberlo o dejarlo como sorpresa?
—Quiero saberlo —responde sin dudar—. Ya tengo tantas incertidumbres en mi vida... Estaría bien tener al menos esta certeza.
La sinceridad de su voz me golpea con una fuerza inesperada. Es cierto: su vida ha cambiado por completo en apenas unos meses. Un diagnóstico falso. Un embarazo no planeado. Una carrera interrumpida. Y ahora, yo. Nosotros. Esto indefinible que hay entre los dos.
—Entonces lo sabremos —acepto, y dejo que mi mano encuentre la suya sobre la mesa un breve instante.
Desayunamos entre conversación ligera, fácil... familiar, casi como si estuviéramos acostumbrados a despertarnos juntos, algo que para mí tiene una belleza particular.
Cuando termina, insiste en fregar los platos y rechaza mi ofrecimiento de ayuda. La observo moverse por la cocina, con la familiaridad de sus gestos en contraste con la absoluta novedad de esta situación doméstica.
Me vibra el móvil en el bolsillo. Es Reid otra vez; por lo visto, lo que ha encontrado es importante de verdad: no suele ponerse tan nervioso.
—Tengo que ir a la oficina —anuncio, mientras calculo mentalmente los horarios—. Vuelvo a recogerte a la una para la cita.
Se vuelve, secándose las manos con un paño, con una expresión en la cara que no logro descifrar del todo.
—Vale —dice sin más, con un asomo de sonrisa traviesa.
—¿Qué pasa? —pregunto, y la veo morderse el labio con suavidad.
—Creo que podría acostumbrarme a esto —dice al fin.
Me acerco en silencio, guiado por un impulso que no cuestiono. Le rodeo la cintura con las manos y la atraigo hacia mí. Suelta una risita, sorprendida y dulce, que me vibra en el pecho como una nota afinada en la frecuencia exacta.
—¿Podrías acostumbrarte a esto? —bromeo, bajando la voz mientras la miro de cerca—. ¿A qué, exactamente?
—A este lado tuyo... —Sonríe, con los ojos brillantes—. Doméstico. Atento. Casi humano.
Inclino la cabeza, los labios junto a la comisura de su boca.
—¿Casi humano? —murmuro, fingiendo indignación—. ¿Eso ha sido un cumplido o un desafío?
Vuelve a reírse, y es el sonido más bonito que he oído en... Dios, en muchísimo tiempo.
—Una observación. Pero no me malinterpretes. Me... gusta este lado tuyo.
—Bien. Porque solo sale para ti —susurro, y le beso el cuello con suavidad, sintiendo el calor de su piel bajo mis labios—. Haces que quiera ser mejor. Aunque todavía no sepa muy bien en qué intento convertirme.
Noto el leve estremecimiento de su cuerpo en respuesta y sonrío ante su reacción.
—No tardes —dice, y me roza la cara con la palma de la mano.
—Te prometo que vuelvo antes de que me eches de menos —respondo, y me aparto con esfuerzo—. Y, Elowen...
Me mira expectante, en silencio.
—Quédate la camiseta. Te queda mejor a ti que a mí.
La sonrisa que recibo a cambio me acompaña hasta el ascensor. Pero, en cuanto se cierran las puertas, la ligereza se desvanece. Se me endurece el gesto. Reid espera. Y con él, quizá, las respuestas que podrían cambiarlo todo.