CAPÍTULO VEINTE #2
—Ahora vas a correrte en mi boca —murmuro, con un gruñido prolongado que vibra contra su piel—. Quiero saborear tu placer. Quiero que cada uno de tus gritos me marque la boca.
Bajo hasta colocarme entre sus piernas abiertas con reverencia animal, sin apartar los ojos de los suyos mientras inhalo su esencia.
Su aroma me embriaga, un perfume intoxicante de lujuria y rendición.
Siento el calor que le corre por los muslos mientras me acomodo, y entonces por fin la saboreo: mi lengua se desliza lenta y firme entre sus labios húmedos, de abajo arriba, hasta el punto donde se me clava toda la atención.
Sabe dulce y deliciosa. Le rodeo el clítoris con la lengua, con precisión y hambre, alternando caricias suaves con movimientos más firmes y rítmicos, hasta que empieza a retorcerse y agarra las sábanas, mi cabeza, cualquier cosa que la ancle a la realidad.
Mis manos le sujetan los muslos con firmeza, mantenríéndola abierta para mí, inmovilizada bajo el asalto placentero de mi boca. Le succiono el clítoris con fuerza y ella grita; ya no hay contención ni vergüenza. Solo placer. Puro, ardiente, arrollador.
—Eso es... —gruño contra ella, y la vibración de mi voz desata un nuevo espasmo—. Córrete para mí. Quiero hasta la última gota de ti resbalándome por la lengua.
Vuelvo a meterle dos dedos, firmes, rápidos, mientras mi boca no abandona su punto más sensible, lamiendo y succionando como si fuera mi única misión en la vida. Está cerca. Muy cerca. Siento el temblor de sus piernas, cómo se le tensa el cuerpo y se le quiebra la respiración.
Me agarra la cabeza con fuerza, como si quisiera que llegara aún más adentro, y obedezco, hundiéndome en ella con todo lo que tengo. Mi lengua, mis dedos, mi corazón. Soy suyo, completamente suyo, y ella es mía de una manera que ninguna palabra podría describir.
Y entonces se rompe.
El orgasmo la golpea con una violencia primitiva, un grito desgarrado le escapa de la garganta mientras arquea el cuerpo, se cierra alrededor de mis dedos y se deshace por completo contra mi boca. Se corre en oleadas; cada contracción me alimenta, cada gemido me pone más duro, más hambriento.
Pero no paro. Sigo succionando, lamiendo cada espasmo, exprimiendo hasta la última gota de placer, hasta que me suplica con la voz débil y entrecortada:
—Thaddeus...
Levanto el rostro despacio, con la boca aún húmeda de ella y el pecho agitado. Nuestras miradas se encuentran. Y lo que veo en sus ojos no es solo placer satisfecho, sino rendición absoluta.
Pero el fuego que llevo dentro no ha hecho más que crecer.
—Eso solo ha sido el principio —susurro con la voz ronca—. Ahora vas a sentir lo que es ser mía de verdad.
—Ahora... lo necesito —suplica, con la voz temblorosa y los ojos brillantes de deseo—. Te necesito ahora.
El sonido de su súplica me atraviesa como un relámpago.
Todo mi cuerpo vibra, cada músculo tenso, cada nervio en llamas.
Su urgencia me devora y mi hambre de ella se vuelve incontrolable.
Le agarro las caderas con fuerza, guío mi cuerpo hacia el suyo y, con una embestida firme, profunda, absoluta, me hundo en ella hasta el final.
El gemido que deja escapar es un grito ahogado de placer puro, crudo, entrecortado.
Sus piernas se cierran alrededor de mi cuerpo y me retienen dentro de ella como si quisiera fundir nuestros cuerpos en uno solo.
Y, durante un segundo, todo se detiene. El mundo.
El aire. El tiempo. Está tan caliente, tan húmeda y tan estrecha a mi alrededor que es un milagro que no me corra ahí mismo.
Cierro los ojos y apoyo la frente contra la suya, luchando por conservar el control para no tomarla con brutalidad; un control que se me escapa entre los dientes apretados.
—Joder, Elowen... —gruño contra su boca, con la voz cargada de lujuria y reverencia—. Me vuelves loco...
Empiezo a moverme. Despacio. Hasta el fondo.
Cada movimiento es una promesa. Cada embestida, una marca.
Quiero que sienta mi tamaño, mi fuerza, mi presencia.
Quiero que cada célula de su cuerpo grite mi nombre.
Pero pronto la necesidad crece y el ritmo cambia: más rápido, más brutal, más sucio.
Nuestros cuerpos chocan con sonidos indecentes, respiraciones entrecortadas, gemidos ahogados que se funden en la habitación como una música obscena.
Me mira fijamente, con los ojos clavados en los míos, y la rendición absoluta que veo en ellos me prende fuego.
Me incorporo en la cama sin salir de ella, la traigo conmigo y la acomodo sobre mi regazo.
Ahora es ella quien cabalga, quien manda, quien me vuelve loco con cada vaivén desesperado de sus caderas.
Sus manos se hunden en mis hombros y sus uñas me arañan la piel como garras de placer.
Me inclino, con la boca hambrienta buscándole los pechos.
Chupo uno con avidez, le torturo el pezón con la lengua hasta notar cómo se estremece violentamente.
Le doy un mordisco fuerte y ella gime alto, cabalgándome con más intensidad, más abandono, más fuego.
Alterno entre sus pechos: chupo, lamo, marco.
Es mía. Toda mía. Y se lo voy a recordar a su cuerpo.
Mis manos recorren su espalda, le sujetan las caderas con firmeza y guían sus movimientos con posesión. La observo entregarse por completo, la cabeza echada hacia atrás, los gemidos saliendo libres, indecentes, puros.
—Eso es, preciosa... —susurro con la voz ronca y cargada de dominio—. Vuelve a correrte para mí. Deshazte encima de mi polla. Quiero sentir cómo me aprietas al perder el control.
Obedece. Sus movimientos se vuelven frenéticos, erráticos; sus gemidos, más altos, más urgentes.
La siento palpitar por dentro, cerrarse con fuerza a mi alrededor, señal de que vuelve a estar al borde.
Le agarro la nuca y le acerco la cara a la mía, los ojos clavados en los suyos, el aliento compartido.
Y entonces embisto más fuerte, más hondo, llenándola hasta el límite, hasta que oigo ese gemido quebrado, ese jadeo que precede a la explosión. Se deshace encima de mí, grita mi nombre, todo el cuerpo sacudido por espasmos deliciosos, los músculos contrayéndose violentamente a mi alrededor.
—Eso es... eso es... —grito contra su boca, y entonces me pierdo con ella, me derramo entero dentro de ella en una oleada ardiente y profunda, los dedos clavados en su cintura, la frente hundida en su cuello, mientras todo mi cuerpo tiembla por la intensidad del orgasmo.
Nos quedamos ahí, pegados el uno al otro, jadeantes, sudorosos, con el corazón retumbando como tambores de guerra.
Por un instante no somos más que instinto, carne y alma.
Ella descansa sobre mí, los pechos apretados contra mi torso, la cara escondida en mi cuello.
Me acomodo en la cama y la atraigo contra mi cuerpo, como si pudiera protegerla de todo, incluso de mí.
Me recorre los músculos con los dedos.
—¿Qué significa esto? —pregunta con voz suave, casi tímida, como si temiera la respuesta.
—Significa... —murmuro con voz grave, cargada de certeza y deseo— que ahora eres mía, Elowen. Toda tú. Cada parte de ti. Siempre.
La aprieto fuerte contra mi pecho y noto cómo se le acelera el corazón.
—No por obligación ni por las circunstancias.
Me aparto lo justo para mirarla a los ojos, para que vea que no hay lugar para la duda.
—Ahora eres mía.
Entreabre los labios, quizá para decir algo, pero no le doy ocasión. Me inclino y la beso, no con el hambre de antes, sino con una intensidad más honda, como una promesa grabada en la carne y en el alma.
Cierra los ojos un segundo, como si absorbiera cada palabra, cada aliento, cada latido de mi corazón, que ahora late solo por ella.
Entonces una sonrisa pequeña se le dibuja en los labios, una sonrisa llena de aceptación, de rendición... de pertenencia.
Mientras la respiración de Elowen se hace más profunda hasta caer en el ritmo pausado del sueño, dejo que se me cierren los ojos. Pero, por primera vez en mucho tiempo, no siento la necesidad de planificar, de anticiparme, de controlar.
Por primera vez en mucho tiempo, simplemente me dejo estar en el presente. Con ella. Y, sorprendentemente, me basta.