CAPÍTULO DIECIOCHO #2
Necesito ver a Elowen, asegurarme de que está bien.
Mientras subo al coche que me espera, compruebo los mensajes del móvil.
Decenas de notificaciones sobre asuntos corporativos, una adquisición en Asia, fluctuaciones bursátiles en Europa, problemas legales en el mercado sudamericano. Pero no tengo tiempo para nada de eso.
Entro en el edificio de Elowen y, sin esperar al ascensor, subo los dos últimos tramos de escaleras con el pulso retumbándome en los oídos.
La llave de repuesto entra en la cerradura con un clic suave, casi inaudible.
El apartamento está en silencio, demasiado silencioso.
¿Qué esperaba encontrar? Miro el reloj: ya marca las seis y diez de la tarde.
Elowen debería haber vuelto ya de la academia.
¿Por qué demonios no la he llamado? ¿Qué estoy haciendo aquí?
¿Irrumpiendo en su apartamento con una llave que se supone que solo debo usar en caso de emergencia?
Mierda, ¿qué me está pasando? Me comporto como un adolescente fuera de control.
Pero ninguno de esos razonamientos consigue acallar la necesidad urgente de comprobar con mis propios ojos que está bien.
—¡Elowen! —Mi voz resuena por la habitación, más áspera de lo que me gustaría.
Nada. No hay respuesta.
El corazón me da un vuelco y los sentidos se me ponen en alerta. Recorro el salón, la cocina… todo está en orden. Pero sigo sin verla.
Entonces lo oigo. Una música suave, envolvente, fluida. Sigo el sonido como quien persigue un fantasma y cruzo el pasillo hasta la puerta de la antigua habitación de invitados, ahora transformada.
Me detengo en el umbral y ahí está.
De espaldas a mí, los brazos en alto, el cuerpo moviéndose con una ligereza que desafía el peso del mundo. Va descalza; el vestido vaporoso acompaña sus giros como si el aire mismo se inclinara ante ella.
Los espejos reflejan cada ángulo. Cada línea. Cada respiración de su cuerpo en movimiento. Baila como si estuviera sola en el universo. Como si el caos del mundo no pudiera alcanzarla allí.
Y durante un segundo, un mísero y traicionero segundo, me olvido de todo.
La llamada. La amenaza. El pasado.
Gira. Y veo el instante exacto en que descubre mi reflejo en el espejo, pero no se sobresalta ni muestra sorpresa alguna… sigue bailando. Aunque ahora lo hace de otra manera. Como si ya no bailara solo por el placer del movimiento, sino específicamente para mí. Para mis ojos.
Lo que sucede después supera cualquier expectativa.
No es una actuación coreografiada ni una demostración de técnica formal.
Es algo más orgánico, más visceral. Sus movimientos fluyen con la música como si fueran extensiones naturales de las notas, expresiones físicas de la melodía.
Como si quisiera mostrarse ante mí: su esencia, su arte, su… alma.
Elowen baila. Un baile intenso, apasionado y...
sensual. Sus ojos me buscan de vez en cuando en el espejo, como si saborease mis reacciones.
Me quedo completamente inmóvil, incapaz de apartar la mirada.
Hay algo hipnótico en su forma de moverse, en la armonía perfecta entre el control y el abandono, entre la disciplina técnica y la pura expresión emocional.
El embarazo, visible en la curva que se dibuja bajo su vestido, no merma su agilidad; al contrario, parece añadir una nueva dimensión a su baile, una cualidad casi trascendente.
Gira con suavidad, los brazos extendidos en líneas precisas, y luego se pliega en movimientos que desafían toda noción de cómo puede doblarse y fluir el cuerpo humano.
No hay nada técnicamente extravagante en esta danza, ningún salto elaborado ni movimiento que pueda poner en riesgo su estado.
Hay, en cambio, una intensidad contenida, una expresividad que dice más de lo que jamás podrían decir las palabras.
Y siento cada parte de ella.
La revelación me golpea con una fuerza casi física. Me está entregando algo profundamente personal, una forma de comunicación mucho más íntima que nuestras conversaciones cuidadosamente medidas sobre cunas y estimulación cognitiva.
La música se eleva, y su baile se eleva con ella. Aquí hay una historia que se está narrando, aunque me falta el vocabulario para descifrarla del todo. Solo puedo absorberla, contemplarla, sentir su impacto emocional sin comprender necesariamente todos sus matices.
Cuando las notas finales de Debussy se disuelven en el aire, da un último giro, lento y controlado, y sus pies descalzos tocan el suelo con suavidad. Los brazos le descienden como pétalos al caer, y Elowen se detiene a unos pasos de mí. Muy cerca. Demasiado cerca.
Todavía respira entrecortadamente. Yo también.
Es como si el silencio se curvara a nuestro alrededor, denso, íntimo. Nuestros pechos suben y bajan al mismo ritmo. La sincronía es absurda. Involuntaria. Instintiva.
Me mira, y es como si viera a través de mí.
A apenas unos centímetros, su piel brilla tenuemente por el sudor del esfuerzo; sus ojos siguen llenos de esa luz que solo se enciende cuando baila. Una luz cruda, poderosa. Real.
No puedo moverme.
Mi mente es un campo de batalla: la amenaza sigue latiendo, el pasado palpita como un hematoma mal curado, pero mi cuerpo... mi cuerpo está completamente atrapado en el suyo. En el presente. En lo que acaba de hacer.
—¿Qué haces aquí, Thaddeus? —susurra, y el sonido de su voz me destroza más que cualquier grito.
—Necesitaba saber si estabas bien —digo, aunque no tengo la mente en las palabras, sino en los labios de Elowen y en su dulce aliento contra mí.
—Estoy bien —dice con suavidad, sin apartar de mí su mirada intensa.
—Eso veo —respondo.
Se muerde ligeramente el labio inferior, como si intentara contener algo: una sonrisa, una pregunta, una emoción demasiado grande para caber entre las palabras. Entonces sus dedos me rozan el pecho, apenas, como si comprobara si soy real.
Y me inclino hacia ella.
No por deseo carnal, aunque está ahí, salvaje bajo mi piel, sino por necesidad. Por la urgencia de tocarla, de aferrarme a lo verdadero cuando todo lo demás parece a punto de derrumbarse.
Apoyo la frente contra la suya. Nuestros alientos siguen mezclándose.
No pregunta nada más. Yo tampoco digo nada.
Elowen me lleva una mano al rostro y sus dedos me rozan la mandíbula con una delicadeza asombrosa.
El gesto es tan inesperado y, sin embargo, cada partícula de mi cuerpo responde con tal fervor que no puedo evitar cerrar los ojos un instante.
Cuando vuelvo a abrirlos, me observa con una expresión que me acelera el corazón contra mi voluntad.
No sé quién recorre los últimos centímetros. Quizá ella, quizá yo, quizá los dos a la vez. Lo que sé es que un instante estamos quietos, mirándonos, y al siguiente estamos unidos.
De nuevo, su sabor adictivo, dulce y salvaje, me inunda los sentidos; de nuevo, la oleada de sensaciones deliciosas que solo ella puede provocarme se apodera de mi cuerpo.
Mis manos encuentran su cintura y la sujeto con firmeza, pero también con un cuidado consciente por su estado. Las suyas suben hasta mi cuello, los dedos se le enredan en el pelo de mi nuca y me recorre un escalofrío por la columna.
El beso se intensifica, se vuelve más apremiante.
Años de control meticuloso se desmoronan ante esta mujer menuda que lleva a mi hijo en el vientre y que despierta una intensidad que creía enterrada para siempre.
El deseo, puro y simple, me recorre, y no solo por la conexión física, sino por algo más, algo que ni siquiera me atrevo a nombrar en mis pensamientos más íntimos.
—¿Qué estamos haciendo, Thaddeus? —susurra contra mis labios, con la voz quebrada, un hilo de razón en mitad del incendio.
Debería responder con lógica. Debería detenerme. Apartarme. Pero todo en mí está entumecido, ahogado en la urgencia de tenerla, de sentirla, de mantener este instante congelado para siempre.
Vuelvo a apoyar la frente contra la suya; nuestros alientos siguen danzando juntos.
Calientes. Vivos. Su aroma me rodea y siento su corazón contra el mío.
Siento su cuerpo pequeño apretado contra el mío y, Dios...
¿cómo es posible que un ser humano albergue tanta belleza, tanta fuerza, tanta vulnerabilidad en un solo gesto?
Abro los ojos. Necesito verla, y ahí está.
Sus ojos son dos esmeraldas encendidas, dulces, abiertos, confiados. Tan distintos del mundo que conozco. Tiene los labios hinchados por nuestro beso, húmedos, entreabiertos, como si aún pudieran saborear el contacto. Está tan cerca, tan entregada. Tan mía, aunque nunca lo pedí.
Se me oprime el pecho.
No por deseo, eso ya no es ninguna novedad. Es por un miedo antiguo y cruel que amenaza con volver a alzarse. Elowen es todo aquello para lo que mi mundo no tiene espacio. Ella es arte donde yo soy cálculo. Ella es entrega donde yo soy contención. Ella es pura emoción donde yo soy una trinchera.
Pero la deseo.
Y, más que eso...
Necesito que esté a salvo.
Le sostengo el rostro entre las manos y le rozo con los pulgares, con reverencia, las mejillas encendidas. No aparta la mirada. No retrocede. Me ve. Me ve entero. Incluso cuando yo no puedo verme a mí mismo.
—Voy a protegerte, Elowen —digo con voz baja, pero firme, cargada de todo lo que no puedo convertir en frases largas—. Te lo juro.
Sus ojos se llenan de algo que no sé nombrar; quizá sorpresa, quizá emoción, quizá miedo. Pero no dice nada.
Solo vuelve a apoyar la frente contra la mía. Y se queda así.
Como si, por un instante, el mundo pudiera guardar silencio.