CAPÍTULO DIECINUEVE
Elowen
—Voy a protegerte, Elowen.
Eso fue lo que dijo, pero antes había dicho: «Prometo protegerte, no amarte».
¿Y eso qué se supone que significa? ¡Maldita sea!
Doy vueltas en la cama tratando de conciliar el sueño y, justo cuando creo que me he dormido, algo me despierta otra vez.
El reloj digital de la mesilla marca las 2:47 de la madrugada cuando me despierto con una oleada de náuseas tan intensa que apenas me da tiempo a llegar al baño.
Arrodillada sobre las baldosas frías, vomito con violencia y el cuerpo me tiembla por el esfuerzo.
Creía que esta fase del embarazo ya había pasado, que las náuseas matutinas, que nunca respetaron el horario que su nombre sugiere, por fin me habían dado un respiro.
Pues está claro que me equivocaba.
Cuando por fin pasa el espasmo, me quedo sentada en el suelo del baño, con la espalda apoyada en la bañera, intentando recuperar el aliento. El pelo se me ha pegado a la frente sudada, tengo calor y frío a la vez, y un sudor incómodo me cubre la piel.
—Esto no estaba en el plan, cariño —murmuro, acariciándome con suavidad el vientre—. Creía que habíamos hecho un trato: esta parte ya se había acabado.
Como respuesta, otra oleada de náuseas me sacude. Vuelvo a inclinarme a toda prisa sobre el inodoro, aunque ya no me queda nada en el estómago que expulsar. Solo arcadas dolorosas y bilis amarga.
Chalk aparece en la puerta del baño y me observa con sus ojos amarillos y lo que parece una auténtica preocupación felina. Se acerca con cautela y me toca la rodilla con la pata, como si comprobara que estoy bien.
—Estoy bien, amigo —intento tranquilizarlo, aunque la voz temblorosa me contradice—. Solo estoy un poco indispuesta.
Se sienta a mi lado y ronronea bajito: una compañía silenciosa que resulta sorprendentemente reconfortante. Cierro los ojos con la intención de descansar solo un momento antes de intentar levantarme y volver a la cama.
El timbre me sobresalta. ¿Quién puede ser a estas horas? Miro el reloj: son las 3:05 de la madrugada. Quizá me lo estoy imaginando. El timbre vuelve a sonar, más insistente.
Me cuesta un esfuerzo considerable ponerme de pie; me agarro al lavabo para no perder el equilibrio mientras el mareo me domina un instante. Llego a la puerta dando tumbos y me detengo a mirar por la mirilla antes de abrir.
Thaddeus.
Está de pie en el pasillo, con un pantalón de pijama y una camiseta sencilla, un aspecto que jamás habría imaginado en él. Tiene el pelo ligeramente despeinado, como si acabara de despertarse. Su expresión es de preocupación contenida.
Abro la puerta y mantengo una mano bien aferrada al pomo para sostenerme.
—¿Thaddeus? ¿Qué haces aquí a estas horas?
Me recorre con la mirada en un segundo: el pelo revuelto, la piel pálida y, seguramente, una pinta horrible con el pijama arrugado.
—Estás enferma.
No es una pregunta, es una afirmación.
—Solo son náuseas —intento quitarle importancia, aunque otra oleada de mareo me hace tambalearme un poco—. No es nada grave.
Se mueve con rapidez y me rodea la cintura con un brazo para sostenerme.
—Vamos, tienes que sentarte. —Su voz es suave pero firme mientras me guía de vuelta al interior del piso.
—¿Cómo lo has sabido? —pregunto mientras me ayuda a sentarme en el sofá.
—Sistema de monitorización de sonidos —responde con naturalidad, como si fuera lo más normal del mundo.
—¿Me estás espiando? —La indignación me da fuerzas un instante.
—No es espionaje —me corrige, ya camino de la cocina—. Es un sistema de vigilancia para emergencias. Detecta sonidos de angustia, caídas o peticiones de auxilio, no conversaciones normales.
Lo observo mientras llena un vaso de agua y saca de un cajón algo que no recuerdo haber guardado allí.
—Eso no explica cómo has llegado tan rápido —señalo, y acepto el vaso de agua que me ofrece.
Titubea y me doy cuenta de que está decidiendo si contarme algo. Al final, deja escapar un suspiro leve.
—He adquirido el piso de debajo de este. Como... medida preventiva.
—¿Una medida preventiva? ¿Qué crees que va a pasar? ¿Que alguien va a matarme mientras duermo, en un piso lleno de guardias de seguridad y cámaras? —digo.
Me mira fijamente y, durante un segundo, parece ocultar algo, pero enseguida recupera su actitud controlada.
—Como he dicho, una medida preventiva.
—¿Has comprado un piso entero para estar preparado por si me pongo enferma?
—Entre otros posibles escenarios de emergencia —confirma, como si fuera lo más razonable del mundo—. Intenta beber un poco de agua. A sorbos pequeños.
Obedezco, más por sed que por sumisión. El agua fresca me alivia un momento el sabor amargo de la boca.
—¿Cuándo has hecho esto? —pregunto después de unos sorbos.
—No hace mucho —responde mientras abre un paquete pequeño que reconozco: galletas de jengibre para las náuseas—. Había un piso libre en la novena planta. Una coincidencia conveniente.
—No creo en las coincidencias cuando se trata de ti —murmuro, y acepto una galleta—. Seguro que has convencido a alguien para que se mude.
Una leve sonrisa le curva la comisura de los labios.
—La anterior ocupante del piso recibió una oferta generosa por su propiedad de Staten Island, que llevaba ocho meses en venta sin encontrar comprador. Fue una negociación beneficiosa para ambas partes.
Quiero indignarme por su intromisión calculada, por esa manía de controlar todo lo que lo rodea. Pero, sinceramente, ahora mismo, con mi cuerpo traicionando mi dignidad de forma tan absoluta, agradezco en secreto que esté aquí. Aunque jamás lo admitiría en voz alta.
—¿Te has puesto mala a menudo? —pregunta, y se sienta a mi lado en el sofá.
—No desde el primer trimestre —respondo con sinceridad—. Creía que ya había superado esa etapa.
—Los cambios hormonales del embarazo pueden provocar reapariciones puntuales de las náuseas incluso en el segundo trimestre —comenta, y no me sorprende que parezca haberse memorizado un libro de medicina entero sobre el tema—. Sobre todo después de periodos de actividad intensa.
Otra oleada de náuseas me sacude y me inclino hacia delante por instinto.
En un movimiento sorprendentemente rápido, Thaddeus coge una papelera pequeña que no había visto antes y la coloca estratégicamente delante de mí.
Con la otra mano me aparta el pelo de la cara y me lo sujeta con suavidad mientras intento respirar para sobrellevar la oleada de malestar.
El gesto es tan inesperadamente íntimo, tan cuidadoso, que por un momento me distrae de las náuseas. Sus dedos son sorprendentemente suaves en mi nuca, una presencia firme y reconfortante.
Cuando pasa el espasmo y no sale nada, me doy cuenta de que estoy temblando ligeramente.
—Prepararé un té —dice mientras se levanta—. De jengibre y limón. Te ayudará a calmar el estómago.
Asiento en silencio y, en cuanto se dirige a la cocina, aprovecho la pausa para levantarme también.
Camino despacio hasta el baño; ya me siento algo mejor.
Me cepillo los dientes con la esperanza de librarme del sabor agrio que se empeña en quedarse en mi boca.
Después me echo agua fría en la cara para devolver algo de color a mi piel pálida.
El reflejo del espejo sigue pareciendo frágil.
Me pongo la loción de flores de cerezo en el cuello y en las manos; su aroma suave me ayuda a sentirme un poco más yo misma. Con un suspiro, vuelvo al salón.
Lo observo moverse por mi cocina con una familiaridad sorprendente: encuentra al instante el hervidor, las especias y la miel. Hay algo extrañamente doméstico en esta escena: Thaddeus Thalassinos, CEO multimillonario, preparando té para una bailarina embarazada en plena madrugada.
—No tenías que venir —digo en voz baja, aunque mi tono contradice mis palabras—. Podrías haberte limitado a llamar.
No responde de inmediato, concentrado en medir con precisión la cantidad de jengibre fresco que está cortando en trozos pequeños y uniformes.
—Habría sido ineficiente —dice al fin—. Mi presencia física te ayudaría más que una simple llamada telefónica.
Traduzco mentalmente su respuesta del «thaddeusiano» a lenguaje llano: estaba preocupado y quería comprobar por sí mismo que yo estaba bien. La idea me llena el pecho de una calidez inesperada.
«Te prometí protegerte, Elowen». La frase vuelve a apoderarse de mi mente. Está aquí por el bebé, para protegerme mientras llevo a su hijo en el vientre, y nada más. Eso es todo, Elowen, eso es todo.
El aroma del jengibre y el limón empieza a llenar el apartamento, extrañamente reconfortante. Inspiro hondo y noto que el estómago se me revuelve menos solo con el olor.
Thaddeus vuelve con una taza humeante, sosteniéndola con cuidado para que no se derrame.
—Bebe a sorbos pequeños —me indica mientras se sienta otra vez a mi lado—. La temperatura es adecuada para beber, pero no demasiado alta para tu aparato digestivo sensibilizado.
—Gracias —digo con sinceridad, y cojo la taza.
El té está perfecto: lo bastante fuerte para hacer efecto, pero suavizado con la cantidad exacta de miel.
¿Cómo sabe exactamente cómo me gusta el té?
Comprendo que seguramente ha estado prestando atención a detalles que ni siquiera me daba cuenta de que estaba revelando durante nuestras cenas habituales.
—¿Cómo aprendiste a cuidar de alguien enfermo? —pregunto después de unos sorbos de té—. No parece el tipo de habilidad que enseñen en la formación para CEO.
Se hace un silencio breve y cargado. Comprendo de inmediato que he tocado algo personal.
—Helena —responde por fin; el nombre le sale como algo a medio camino entre un suspiro y una oración—. Sufrió hiperémesis gravídica durante el embarazo. Náuseas intensas que a veces requerían hospitalización. Aprendí a reconocer las señales y a mitigar los síntomas cuando era posible.
Es la primera vez que menciona a su difunta esposa con tanta naturalidad. Siento el peso de lo que comparte: no solo la información, sino la vulnerabilidad de volver a esos recuerdos.
—Lo siento mucho —digo en voz baja, sin saber qué más ofrecerle.
—Fue hace mucho tiempo —responde, y su tono recupera la neutralidad habitual. Pero sus ojos cuentan otra historia; hay dolor en ellos, quizá no tan agudo como antes, pero todavía presente.
Bebemos en silencio unos minutos, en una calma extrañamente cómoda. Mi cuerpo se relaja poco a poco a medida que el té hace efecto. El agotamiento empieza a apoderarse de mí; el desgaste de las náuseas y lo tarde que es me pasan factura.
Sin darme cuenta, empiezo a inclinarme ligeramente hacia él. Debe de notarlo, porque me quita con delicadeza la taza casi vacía de las manos.
—Tienes que descansar. —Su voz es baja, casi un murmullo.
—Mmm —acepto somnolienta—. Solo un minuto más.
Apoyo la cabeza en su hombro y una parte de mí espera que se aparte, que restablezca la distancia profesional de antes de nuestros besos, para que entienda de una vez por todas que no significaron nada.
Sin embargo, tras un instante de vacilación, siento que me rodea con el brazo con suavidad y me acomoda para que esté más cómoda.
Hay algo extraordinariamente reconfortante en que me sostenga así, no con pasión ni deseo, sino con cuidado y protección. Los ojos se me cierran solos y mi cuerpo se relaja contra el suyo.
—Prometo que me levanto dentro de un minuto —murmuro, con la voz ya pastosa por el sueño que se avecina.
—No hay prisa —responde, y siento las palabras más de lo que las oigo, una vibración suave en su pecho contra mi mejilla.
En este estado entre la vigilia y el sueño, me permito absorber su presencia. El calor de su cuerpo, el ritmo constante de su respiración, el aroma sutil de su colonia mezclado con algo más básico, más elemental, puramente él. Resulta extrañamente familiar y completamente nuevo al mismo tiempo.
No sé cuánto tiempo permanecemos así. Soy vagamente consciente de que sus dedos dibujan trazos suaves en mi brazo, un movimiento casi inconsciente que parece calmarnos a los dos.
Cuando empiezo a hundirme más en el sueño, noto que se mueve un poco. Abro los ojos con pereza y lo encuentro mirándome con una expresión que no le había visto nunca, despojada de sus barreras habituales y llena de algo que no me atrevo a nombrar.
Ahora nuestros rostros están muy cerca. Distingo los detalles de sus ojos, las pequeñas variaciones de azul en las que nunca me había fijado, la línea precisa de sus párpados, unas pestañas sorprendentemente largas para un hombre.
Su respiración cambia de forma sutil, se vuelve más profunda, más controlada, como si fuera demasiado consciente de lo cerca que estamos.
Por un instante, estoy segura de que va a besarme. Hay una tensión en el aire entre nosotros, una energía casi tangible que parece empujarnos el uno hacia el otro. Mis propios labios se separan sin querer, una respuesta instintiva al deseo que reconozco en él y que resuena dentro de mí.
Entonces, como si se disparara una alarma interna en mi cabeza, tomo aire de golpe y desvío la mirada hacia un lado. Él inspira hondo y se echa un poco hacia atrás; ha captado el mensaje.
No sé por qué lo he hecho, no sé por qué me he apartado. Tal vez sea mi corazón, que intenta protegerse a la desesperada.
—Tienes que descansar como es debido. —Su voz suena cuidadosamente controlada—. En tu cama, no incómoda en el sofá.
El cambio es tan brusco que me deja desorientada un instante, como si me hubieran arrancado de un sueño especialmente vívido.
—Sí —concedo—. Tienes razón.
Con una ternura inesperada, me ayuda a levantarme. Sus manos me sujetan los brazos con firmeza, me sostienen, pero ahora resultan impersonales, como si quisiera negar a propósito el momento de intimidad que acabamos de compartir.
—Desde aquí puedo sola —digo al llegar a la puerta de mi dormitorio, porque necesito espacio para asimilar lo que acaba de pasar o, más bien, lo que no ha pasado.
Titubea; está claro que calcula si me he recuperado lo suficiente.
—Si estás segura.
—Lo estoy —respondo, quizá con más firmeza de la necesaria—. Gracias por la ayuda. Por el té. Por… todo.
Asiente brevemente; ya se está apartando.
—Mi número está en la marcación rápida de tu teléfono. Si vuelven los síntomas o empeoran, o si pasa cualquier cosa… —Hace una pausa, como si sopesara las palabras—. Si pasa algo, llámame de inmediato. Estaré justo abajo.
—Estaré bien —le aseguro, aunque no sé si hablo de mi salud física o del torbellino emocional que llevo dentro.
Me observa un instante más, como si quisiera decir algo más. Luego, con un breve asentimiento, se da la vuelta y echa a andar hacia la puerta principal. Pero algo me impulsa a decir unas palabras que ni siquiera he pensado bien… así que lo llamo.
—¿Thaddeus?
La palabra se me escapa sin permiso.
Se detiene y se vuelve a medias, con una ceja ligeramente arqueada, interrogante.
—Gracias por estar aquí —digo sin más, agradecida.
Me acerco y le doy un beso en la mejilla.