Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO DIECIOCHO
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CAPÍTULO DIECIOCHO

Thaddeus

Aún puedo saborearla.

Mis labios, mi cuerpo, todo mi ser sigue ardiendo.

Con cada paso que doy por el pasillo, más rápido, más fuerte, siento que voy dejando pedazos de mí por el camino.

Pero es inútil. No sirve de nada huir. No sirve de nada cerrar la puerta tras de mí ni respirar hondo.

Elowen está dentro de mí, en mi piel, en mi memoria, en la respiración entrecortada que no consigo calmar.

La pared del ascensor me recibe con su frialdad metálica cuando apoyo la frente contra ella, intentando recuperar el control. Pero el control ya se ha esfumado. Se evaporó en el instante en que mi boca encontró la suya otra vez, cuando la sentí caliente y húmeda, cuando la hice gemir.

Maldita sea. Maldita sea. Maldita sea.

Cómo me miró. Cómo se le cerraron los ojos despacio, como si ella supiera, incluso antes que yo, que no sería capaz de resistirme. Y no pude. No cuando estaba tan cerca, tan... viva. La suavidad de sus labios. La forma en que se entregó a mí, como si llevara toda la vida esperando aquello.

El ascensor desciende despacio, en un contraste absurdo con la avalancha que se precipita dentro de mí. Cada centímetro de mi cuerpo palpita con el recuerdo. Del calor, de su aroma, de la textura de su piel contra la mía, de su sabor. De cómo se inclinó hacia mí, permitiéndolo, deseándolo.

Crucé una línea. Y no debía haberlo hecho.

Durante todas estas semanas, viendo su sonrisa, lo bonito que se le marcan los hoyuelos en las mejillas, su bondad y su dulzura...

Lo intenté. Intenté mantener las distancias, no perder la concentración, mantener la cabeza fría.

Pero cada detalle de ella parece cuidadosamente diseñado para desarmarme.

Cómo se recoge el pelo y se olvida de algunos mechones sueltos que le caen sobre la cara, y cómo sopla con suavidad para apartárselos, distraída.

Cómo le habla a Chalk como si fuera una persona de verdad.

El sonido de su risa queda cuando algo le hace gracia, aunque no siempre lo admita.

Incluso cómo me planta cara cuando cree que estoy exagerando, y pronuncia mi nombre con esa dulce firmeza, como si me conociera mejor de lo que yo me permito mostrarme.

Elowen ve más allá de la superficie. Se fija en las pausas de mis frases, en los segundos de silencio entre mis argumentos, en las miradas que no quiero que descubra.

Percibe lo que intento ocultar. Incluso cuando no quiero que lo haga.

Incluso cuando necesito esconderlo. Lo que siento por ella no es solo una atracción física, carnal, aunque esa sea primitiva y salvaje; también hay una atracción emocional... Es una combinación peligrosa.

Y logra tocarme por dentro. Incluso cuando no lo intenta. Sobre todo cuando no lo intenta.

Cuando abre la puerta sonriente, descalza, con los ojos brillantes por alguna emoción contenida, un libro, un recuerdo o un pensamiento pasajero, todo mi ser reacciona. Es algo físico. Instintivo. Como si todo mi cuerpo reconociera en ella algo que mi mente todavía se resiste a aceptar.

Todo en ella es diferente. Nuevo. Demasiado luminoso.

Y no sé cómo manejarlo.

Juré proteger a Elowen. Protegerla. Ofrecerle estabilidad, seguridad, estructura.

Eso es lo que hago. Lo único que sé hacer; ya no estoy hecho para ningún otro tipo de vínculo.

No sé amar a alguien sin destruirlo todo por el camino, no sé amar a nadie sin cegarme tanto que pierda el control y lo arruine todo.

Y yo... yo me niego a hacerle daño. Me niego.

Pero ahora, después de sentir su boca sobre la mía, después de sentir su piel, después de probar lo que significa ceder durante un instante... todo parece más difícil. Como si hubiera abierto una puerta que no sé cómo cerrar.

Porque aquello fue más que un desliz. Fue verdad, fue necesidad. Fue deseo acumulado que estalló de la única manera posible: con un hambre desesperada. Y huí, como un cobarde.

El ascensor llega al garaje. Las puertas se abren, el frío me golpea, pero no me alivia en nada.

Me subo al coche. Agarro el volante con fuerza. Cierro los ojos.

Quiero volver arriba ahora mismo, subir las escaleras corriendo. Volver a tocar su piel. Decirle que mentí. Que quizá sí, juré protegerla. Pero, sin darme cuenta, quizá también... ¡maldita sea! ¡Maldita sea!

Arranco el motor.

Es un error que no volveré a cometer. No lo haré.

Pero ella me desarma con pequeños gestos, con esa forma tan dulce de existir, con el cariño natural que ofrece sin pedir nada a cambio. Y eso es lo que me destruye. Que no espere nada. Ni promesas, ni control, ni garantías. Y, aun así, me mira como si confiara en mí.

Ojalá fuera el hombre que ella cree que soy.

Pero no lo soy.

Estoy hecho de estructuras rígidas, control calculado y límites definidos. Y ella... ella es el caos con forma de ternura. Es la pregunta a la que mi cerebro no sabe responder con lógica.

Y, aun así, cada vez que me toca, aunque sea por accidente, aunque apenas me roce, tengo que luchar con todas mis fuerzas para no ceder. Para no agarrarla y hacerla mía. Para no perder el equilibrio. ¿Cómo ha pasado todo tan deprisa? ¿Cómo no lo vi venir? ¿Cómo se me ha ido tanto de las manos?

Pero esta noche he perdido.

He perdido todo el control.

Y ahora nada volverá a ser como antes, casi como si hubiera probado una droga de la que llevaba años en abstinencia y ya no fuera capaz de parar.

❤

Intento comportarme con normalidad. Camisa impecable, corbata oscura, café amargo, pasos firmes. Saludo al personal con la misma fría cortesía de siempre. Firmo informes, reviso previsiones, doy instrucciones. Pero mi cuerpo... mi cuerpo todavía guarda su tacto. Su sabor. El recuerdo. ¡Maldita sea!

Repiten mi nombre dos veces antes de que me dé cuenta de que llevo casi tres minutos mirando la misma hoja de cálculo sin procesar una sola línea.

—¿Señor Thalassinos? —Lauren aguarda en el umbral, la voz suave, quizá preocupada.

—Pasa —digo, y me aclaro la garganta.

—Tiene una llamada en la línea dos. Llevan varios minutos intentando localizarlo.

—La atiendo. Gracias, Lauren —digo sin haber oído siquiera sonar el teléfono, y la veo salir del despacho.

—Thaddeus Thalassinos. —Mi voz suena controlada, fría, firme.

Durante un segundo no hay respuesta. Solo silencio. Un silencio pesado, demasiado cargado para ser inocente.

Entonces llega una voz. Lejana. Distorsionada.

—Las mujeres embarazadas tienden a morir… cuando están con Thaddeus Thalassinos.

La silla, que giraba despacio, se detiene en seco.

—¿Quién habla? —pregunto con el tono de un hombre que no está acostumbrado a que lo amenacen—. Dígame qué quiere o rastrearé esta llamada.

La voz ríe por lo bajo. Cruel.

—Juraste protegerla, ¿no? Entonces quizá va siendo hora de que empieces a pensar en cómo. Antes de que acabe como la otra.

El corazón me late desbocado. Pero el rostro no se me altera. Entrenado.

—¿De qué está hablando?

—¿De verdad crees que el pasado permanece enterrado, Thalassinos? Ahora ella lleva tu debilidad dentro. Y las debilidades… mueren.

Clic.

La línea se corta.

Me quedo mirando el teléfono largos segundos, hasta que el pitido continuo de la llamada cortada es lo único vivo en la habitación.

Dejo el auricular sobre el escritorio con cuidado, como si pudiera explotar. Me hormiguean los dedos. La cabeza se me pone a trabajar por su cuenta, buscando ya patrones, conexiones, cualquier cosa. Pero mi mente es un torbellino de imágenes. Elowen. El bebé. Anoche. La voz. La amenaza.

Me levanto despacio, con el estómago revuelto por el recuerdo de un dolor antiguo. Un pasado que juré enterrar bajo hormigón y silencio. Pero parece que vuelve a salir a la superficie.

De repente, el teléfono suena otra vez. Contesto deprisa.

—¡Maldito hijo de puta, voy a destruirte! —bramo, con la voz cargada de una furia cruda, incontrolable.

—¿Señor Thalassinos? —La voz al otro lado suena confundida—. Soy del equipo…

Al otro lado de la línea se hace un silencio vacilante, seguido de un carraspeo incómodo.

—¿Señor Thalassinos…? Soy Marco… del equipo de diseño. —Su voz suena tensa, desconcertada—. Yo… solo llamaba para informarle de que hemos terminado la reforma del apartamento, tal como solicitó. El estudio de ballet está listo.

Marco.

Mierda.

Cierro los ojos un segundo y me presiono el puente de la nariz con los dedos. La ira todavía me palpita dentro, pero ahora se mezcla con la vergüenza.

—Sí. Lo siento. Pensaba que era otra persona. —Mi voz sale más contenida, seca—. Continúe.

—Por supuesto, señor. Hemos seguido la distribución aprobada. Suelo flotante acolchado, barras fijas en las dos paredes laterales, espejos de cuerpo entero con iluminación indirecta… todo lo que pidió. También hemos dejado funcionando el sistema de sonido integrado.

Parpadeo. Me había olvidado. Por completo.

La idea se me ocurrió hace unos días, quizá más, cuando Elowen comentó de pasada que echaba de menos bailar.

Dijo que su nuevo puesto en la Academia Swan estaba bien, pero que añoraba bailar sola, la energía de su cuerpo en movimiento.

Solo fue un comentario. Un deseo susurrado entre una cucharada de helado y una conversación divagante. Pero se me quedó dentro.

Se me quedó en la mente, como todo lo que tiene que ver con ella.

Y, por impulso, sin pensar en lo que significaba, le dije que haría unas reformas en el apartamento mientras ella estuviera en la academia. No sospechó nada; creyó que era algo para el bebé. Mandé reformar para ella una de las habitaciones vacías del apartamento. Para que tuviera este sitio.

Para que pudiera bailar, incluso los días en que el mundo fuera un caos.

Y ahora… está listo.

—Perfecto. Gracias, Marco —digo, y cuelgo.

Me quedo inmóvil, con el teléfono todavía en la mano, mirando el vacío del despacho. La llamada anterior sigue martilleándome la cabeza. La amenaza. El pasado. La sombra que creía haber enterrado. Pero ahora todo se me mezcla con este gesto que hice sin pensar, casi… por instinto.

Tengo que controlarme, tengo que ser frío. Esto no puede esperar.