Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO DIECISIETE #3
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CAPÍTULO DIECISIETE #3

—¿El señor Control Total se ha marchado por fin? —pregunta Amber, y entra sin esperar a que la invite—. Hemos traído helado para ti y vino para nosotras. Noche de chicas de emergencia.

Sophie me abraza y susurra con dramatismo:

—Se muere por saber todos los detalles picantes. Le he dicho que seguramente solo habéis hablado de la decoración del cuarto del bebé y de vitaminas prenatales, pero no me cree.

—No hay detalles picantes —protesto mientras cierro la puerta, todavía intentando que el corazón vuelva a su ritmo normal—. Solo hemos cenado y hablado. Como siempre...

—Venga ya. —Amber pone los ojos en blanco y ya está sacando copas de la cocina—. Viene aquí religiosamente dos veces por semana, con excusas cada vez más ridículas. Y tú prácticamente resplandeces cada vez que se va.

—No estoy «resplandeciendo» —digo en mi defensa, y noto que el calor me sube aún más a la cara.

—Oye, no hay nada de qué avergonzarse —dice Sophie mientras abre el helado—. Está ridículamente bueno, de un modo que intimida. Y está clarísimo que le fascinas.

—No... ¡te equivocas! Le interesa el bebé —la corrijo—. Es normal que quiera implicarse.

Amber me lanza una mirada escéptica mientras sirve el vino.

—Claro, porque todos los futuros padres tienen que hablar de la influencia de Mozart en el desarrollo neurológico del feto mientras miran fijamente la boca de la madre de su hijo —comenta con sarcasmo, en referencia al día que él vino mientras ella estaba aquí.

—No me miraba la boca... —empiezo a protestar, pero me detengo—. ¿De verdad se notaba tanto?

Sophie se ríe y me tiende un cuenco de helado.

—¿Para cualquiera que estuviera mirando? Totalmente. Pero no te preocupes, lo disimula bien. Casi siempre.

Me siento en el sofá, intentando asimilarlo todo. Mi boca y mi piel todavía vibran con su sabor mientras escucho hablar a Sophie y a Amber, pero es casi como si hubiera un televisor encendido en la habitación de al lado.

—¿El? ¡Tierra llamando a El! —dice Amber, y respondo deprisa.

—¡No hay nada romántico entre nosotros! —digo con firmeza.

Las dos intercambian una mirada y sonríen.

—¡Lo digo en serio! Thaddeus Thalassinos y yo... eso no va a pasar nunca.

—Ajá —murmura Amber, nada convencida—. ¿Y por eso te arreglas tanto antes de que venga?

—Yo no me... —empiezo a negarlo, pero recuerdo que esta noche me he cambiado de ropa tres veces antes de que llegara—. Es solo una cuestión de respeto. Él siempre va impecable.

—Claro que sí —dice Sophie, mientras Amber se ríe.

Las voces de Amber y Sophie siguen flotando a mi alrededor, llenas de risas, de bromas y de comentarios sarcásticos sobre los hombres, las hormonas y las maravillas del vino.

Sophie se ríe mientras hunde la cuchara en la tarrina de helado y comenta que los «antojos del embarazo» no son más que una excusa con clase para atiborrarse en grupo.

Pero todo me llega de muy lejos.

El helado se derrite despacio en mi cuenco, olvidado en mi regazo. Finjo prestar atención, sonrío en los momentos estratégicos, incluso se me escapa alguna risa apagada. Pero por dentro todo me palpita. Todo es un caos.

Mi cuerpo sigue ardiendo y mi mente... mi mente intenta, en vano, entender qué ha significado aquello. Si ha significado algo.

Porque durante un segundo cedió. Durante un segundo me deseó. No como la madre de su hijo. No como un compromiso racional ni un plan logístico. Me deseó como mujer. Como deseo. Como algo que se le escapó del control al que se agarra con tanta fuerza.

Y aun así... se marchó.

Me tomó como si no pudiera evitarlo. Y luego dijo que no podía. Que no debía. Que había jurado protegerme. No amarme.

Respiro hondo e intento centrarme en el entorno, en las voces a mi alrededor, pero la mente se me va al instante en que sus labios se separaron de los míos. A la mirada devastada que me dirigió. Al portazo.

—¿El? —Sophie me da un toquecito en la rodilla con la cuchara—. Estás muy callada. Normalmente ya le habrías gritado a Amber por saquearte la cocina como si viviera aquí.

—Estoy bien —respondo automáticamente—. Solo... cansada.

—Estás en otro planeta —dice Amber con los ojos entrecerrados—. Un planeta con barba de dos días, voz grave y un problema de autocontrol.

Pongo los ojos en blanco, pero ni siquiera se me ocurre una réplica ingeniosa. No esta noche.

Vuelven a hablar entre ellas, ahora discuten qué serie se van a ver del tirón después del helado, pero apenas las oigo. Porque, en el fondo, me pregunto: ¿y si no vuelve nunca? ¿Y si lo de esta noche es todo lo lejos que Thaddeus está dispuesto a llegar? ¿Y si esto lo cambia todo?

El dolor palpita en silencio, en lo más hondo del pecho.

Un dolor agridulce. Porque su sabor sigue en mí.

Pero él... no. Me acurruco en el sofá y aprieto un cojín contra el pecho, como si así pudiera contener el vacío que se me ha instalado dentro.

Amber dice algo de abrir una segunda botella de vino.

Sophie pregunta si puede ponerse mis calcetines de peluche.

Digo que sí con la cabeza, pero la mía sigue atascada en una pregunta que me atormenta más de lo que debería:

¿Por qué huyó... si parecía desearlo tanto como yo?