Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO DIECISIETE #2
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CAPÍTULO DIECISIETE #2

Por fin me toca la cara, y es como si todo mi cuerpo se encendiera bajo su mano.

El beso se hace más profundo, más ardiente, más lento, más íntimo.

No es solo algo físico. Lo es todo. Es ternura y hambre, cuidado y necesidad.

Es como una bebida dulce y fuerte a la vez que me inunda y me marea, que quema y reconforta.

Siento su corazón latir contra el mío, como si nuestros cuerpos intentaran acompasarse.

Y durante un segundo, solo uno, el mundo entero desaparece.

Solo existe este instante. Solo existe él.

Solo existimos nosotros.

Thaddeus me lleva hasta el sofá, se sienta primero con las piernas separadas y me sube a su regazo con un movimiento firme y decidido, con cuidado de mi vientre, ya prominente.

Siento sus manos en la cintura, grandes, seguras, y mi cuerpo cede y se acomoda sobre el suyo como si estuviera hecho para esto.

Nuestras bocas vuelven a encontrarse y esta vez el beso pierde cualquier rastro de duda.

Me besa con un hambre que no es solo de la carne, sino del alma.

Hay una urgencia silenciosa en cada movimiento de su lengua, en cada respiración entrecortada que se escapa de nuestros labios entreabiertos.

Mis manos se enredan en su pelo; sus dedos exploran las curvas de mi cuerpo con reverencia carnal.

Desliza las manos por mi espalda, por mis caderas, por mis muslos desnudos, bajo el vestido que ya me ha subido sin que me diera cuenta. Todo mientras su boca devora la mía con tanto deseo, con una intensidad que me excita y me arranca un jadeo.

Sus caricias no son apresuradas, pero sí intensas, profundas. Me estrecha con más fuerza, me aprieta contra él como si quisiera fundirme con su cuerpo y entonces, sin previo aviso, me deja a su lado en el sofá y se aparta lo justo para mirarme con los ojos oscurecidos de deseo.

Antes de que pueda decir nada, Thaddeus vuelve a inclinarse hacia mí y una de sus manos se desliza entre mis piernas, decidida, ardiente, directa.

—Necesito sentirte, Elowen... —susurra con la voz ronca de deseo.

Su contacto me arranca un gemido bajo, instintivo, cuando sus dedos rozan mi coño, ya húmedo. Él lo nota. Gime también, ronco, como si la respuesta de mi cuerpo lo estuviera volviendo loco.

—Ya estás empapada por mí... —murmura con los ojos clavados en los míos, oscuros, hambrientos.

Sus dedos se deslizan entre mis pliegues con reverencia, pero también con un hambre casi salvaje.

Cada movimiento es una caricia y una forma de reclamarme, como si quisiera venerarme y devorarme al mismo tiempo.

Su boca vuelve a sellarse sobre la mía, pero ahora el beso es algo más que un beso: es una promesa. De posesión. De rendición.

Sus dedos encuentran mi clítoris y empieza a frotarlo en círculos, con firmeza y precisión, hasta arrancarme un gemido más fuerte, más desesperado.

Mi cuerpo tiembla, se arquea, busca más, quiere más.

Y él me lo da. Primero uno, después dos, se hunden en mí despacio, hondo, llenándome con un ritmo que alterna el control absoluto y una urgencia primitiva.

—Tan caliente... tan estrecha... —susurra con la voz espesa de puro deseo.

Abro más las piernas, me rindo; mi mano se agarra a su nuca y lo atrae hacia mí mientras él me folla con los dedos con una intensidad que roza lo salvaje.

Y al mismo tiempo hay algo casi sagrado en ese contacto.

Me explora como si cada gemido mío fuera una plegaria.

Como si mi placer fuera el altar en el que quisiera perderse.

Mi cuerpo vibra; un fuego se me extiende por el vientre, por el pecho, por los muslos. Estoy cerca. Muy cerca.

—Thaddeus... —susurro, suplicante, sin saber si quiero que pare o que siga hasta hacerme pedazos.

No responde con palabras. Solo intensifica sus movimientos: sus dedos se deslizan dentro de mí con una firmeza perfecta, mientras el pulgar me presiona el clítoris con una precisión devastadora. Mi cuerpo pierde todo el control, cada músculo se contrae, tenso, buscando ese clímax inevitable.

—Córrete para mí, Elowen... ahora —ordena con la voz ronca, casi un gruñido, salvaje e irresistible.

Y me corro.

La explosión me atraviesa por completo; un grito ahogado se me escapa de los labios mientras mi cuerpo se acurruca contra el suyo.

Oleadas de placer me recorren, las piernas me tiemblan y se me corta la respiración.

Él me sostiene con firmeza, con los dedos todavía hundidos en mí, acompañándome en cada espasmo con reverencia y posesión.

Cuando el último estremecimiento me abandona, Thaddeus vuelve a atraerme a su regazo con una necesidad feroz.

Su boca encuentra la mía en un beso salvaje, hambriento, desesperado.

Su lengua invade mi boca con la misma intensidad con que invadió mi cuerpo, como si quisiera devorarme entera. Me besa como un hombre poseído.

Poseído por el deseo puro, por el hambre, por el abandono.

Y yo le devuelvo el beso, rendida, extaísiada, sintiendo cómo el peso de su deseo me envuelve por completo.

Pero entonces... algo cambia.

Un segundo está ahí, devorándome la boca como si me necesitara para respirar. Al siguiente, se aparta de golpe, como si algo lo hubiera arrancado de mí desde dentro.

Sus labios se separan de los míos con una urgencia casi violenta, como si el acto mismo lo estuviera quemando. El calor del beso aún vibra en mi piel, pero él ya no está ahí. Me mira fijamente y en sus ojos arde algo feroz: fuego, lujuria, un conflicto interior tan denso que casi puedo tocarlo.

—No —dice sin aliento, con la voz grave y pesada—. No debería. No puedo hacer esto.

Se me oprime el pecho.

—Thaddeus...

Pero levanta una mano, como si necesitara espacio para respirar. O para volver a dominarse.

—Juré protegerte, Elowen. —Sus palabras son afiladas, pronunciadas con dolor y con culpa, como si cada sílaba le costara—. No juré amarte. No juré nada de esto. Esto... esto no puede pasar.

Da un paso atrás. Después, otro.

Y antes de que consiga formular un solo pensamiento, una súplica, una respuesta que no suene a desesperación, ya me ha dado la espalda.

—Thaddeus, espera...

Pero no espera.

La puerta se cierra de golpe tras él y el sonido retumba por el apartamento como un trueno.

Me quedo allí, inmóvil en el mismo sitio, con los labios y el cuerpo aún temblando y su sabor todavía prendido en mi boca y en mi piel.

Y todo lo que llevo dentro grita.

Porque durante un segundo me tuvo.

Y ahora... se ha ido.

Puede que hayan pasado diez minutos o cuarenta, no sabría decirlo, cuando tres golpes en la puerta me sobresaltan. Abro y me encuentro con Amber, que sonríe con picardía, y con Sophie justo detrás.