CAPÍTULO DIECISIETE
Elowen
Unas semanas después
Las cenas se han convertido en un ritual durante las últimas semanas.
Todos los martes y viernes, a las siete de la tarde en punto, suena el timbre.
Después de tantas reuniones, no creo que quede nada que tratar esta semana, pero una parte de mí espera que aparezca.
Y, para mi sorpresa, el timbre suena puntual y me encuentro a Thaddeus en el pasillo, con la misma postura formal y la misma expresión controlada.
Aunque he empezado a notar pequeños cambios.
Cómo se le destensan un poco los hombros al entrar en el piso.
Cómo saluda a Chalk, que ahora lo recibe restregándose contra sus piernas como si fueran viejos amigos.
—He traído información sobre unos programas de educación temprana que me gustaría comentar —dice a modo de saludo, y saca una carpeta del maletín mientras me entrega una bolsa del mercado gourmet que está a diez manzanas de aquí.
—¿Programas educativos para un feto de dieciséis semanas? —pregunto con una sonrisa, cogiendo la bolsa con nuestra cena—. Eso es nuevo, incluso para tus estándares de previsión.
Un leve rubor le trepa por el cuello, casi imperceptible para quien no lo observe tan de cerca como he aprendido a observarlo yo.
—Las investigaciones indican que la estimulación cognitiva prenatal tiene efectos significativos en el desarrollo neurológico posnatal —responde, y me sigue hasta la cocina—. Nunca es demasiado pronto para sentar unas bases sólidas.
La verdad es que cada semana Thaddeus aparece con un tema más alejado del parto que el anterior.
Casi como si fueran excusas elaboradas para seguir viéndonos con regularidad.
Al principio eran documentos legales de verdad, dudas prácticas sobre el piso, conversaciones sobre médicos.
Ahora son artículos sobre cunas ergonómicas y el impacto de Mozart en el desarrollo cerebral del feto.
—Esta noche he traído comida italiana —comenta mientras saca los recipientes de la bolsa y me observa poner la mesa—. La ha preparado el chef Luigi en persona. Por lo visto, su carbonara es «legendaria» en ciertos círculos.
—No hace falta que traigas la cena cada vez, de verdad —digo, aunque en secreto agradezco el gesto—. No cocino nada mal.
—Considéralo eficiencia calórica —responde al instante—. Tú conservas energía para actividades más importantes y, de paso, nos aseguramos de que te alimentes adecuadamente.
Pongo los ojos en blanco con disimulo, pero no puedo evitar sonreír. Esa manía suya de convertir los gestos amables en ecuaciones de eficiencia resulta extrañamente adorable.
—Me encanta cuando le pones tanto romanticismo a las cosas —bromeo mientras coloco los cubiertos en la mesa.
Algo le destella en los ojos, sorpresa quizá, o vergüenza, antes de recomponer a toda prisa su habitual expresión neutra.
Estos pequeños asomos de vulnerabilidad son cada vez más frecuentes, casi como si Thaddeus se permitiera mostrarme poco a poco quién es de verdad.
Y ojalá no me gustara, ojalá no me diera cuenta o no me afectara, pero… es imposible.
Comemos mientras Thaddeus me explica con todo detalle su nueva teoría sobre la estimulación cognitiva prenatal.
Lo observo hablar, con esa pasión contenida en la voz cuando desgrana estudios y metodologías.
Para alguien tan rígidamente controlado en todos los aspectos de su vida, se anima de una forma sorprendente cuando el tema es el bienestar del bebé.
¿Y por qué me enternece tanto? Maldita sea.
—Te has pasado la noche entera investigando esto, ¿verdad? —pregunto cuando por fin hace una pausa para comer.
—Solo unas horas —admite mientras corta con meticulosidad un trozo de carne—. Había discrepancias en los estudios que era necesario verificar.
—Thaddeus —digo con suavidad—. Es admirable la dedicación que le pones a esto, pero sabes que no tienes que convertirte en un experto en absolutamente todo lo relacionado con el embarazo y los bebés, ¿verdad?
Deja el tenedor y sopesa mis palabras con la seriedad que le dedica a todo.
—No puedo proteger como es debido lo que no comprendo del todo —responde al fin.
La sencillez de la respuesta, y lo que revela sobre sus motivos, me llega de un modo inesperado. Este hombre, al que tantos consideran frío, calculador y despiadado en el mundo de los negocios, está canalizando toda esa intensidad en proteger una vida diminuta a la que todavía ni ha conocido.
—Vas a ser un gran padre —digo en voz baja; las palabras se me escapan antes de que pueda frenarlas.
Sus ojos buscan los míos y, por un instante, veo en ellos una sorpresa intensa, evidente, antes de que recupere la compostura.
—No tienes pruebas suficientes para afirmar eso —replica, claramente incómodo con el cumplido.
Sonrío, acostumbrada ya a cómo procesa las emociones a través del filtro de la racionalidad clínica.
—Acepta el cumplido, Thaddeus. Es una predicción basada en una observación minuciosa.
Algo parecido a una sonrisa le roza los labios antes de volver a su postura formal. La cena pasa volando, más deprisa de lo que me gustaría, y parece que cada vez que viene los minutos se empeñan en correr un poco más.
—Bueno, adiós —dice en la puerta.
—Buenas noches, Thaddeus —respondo con una sonrisa casi avergonzada, sin saber muy bien por qué.
Se instala un silencio entre los dos. Aparto la mirada, intento concentrarme un segundo en el suelo, pero es imposible ignorar la electricidad suspendida en el aire, esa corriente familiar, densa, casi tangible.
No es nada nuevo. Siempre está ahí cuando estamos juntos, como si nuestros cuerpos no hubieran olvidado nunca el primer roce, la primera mirada cruzada, el primer desliz inconsciente que nos acercó más de lo que debíamos.
Esta tensión vive entre las líneas de cada conversación, en cómo sus ojos se detienen a veces un segundo de más en mis labios, o en cómo reacciona mi piel cuando su mano roza la mía por accidente; o quizá no tan por accidente.
Y ahora, en este momento concreto, se intensifica. Como si estuviéramos al borde de algo.
Thaddeus alza los ojos hacia los míos y descubro en ellos algo en carne viva, algo que escapa a la lógica y a la razón que tanto valora.
Su mirada es calor y vacilación, deseo y contención.
Es como si dos fuerzas libraran una batalla silenciosa dentro de él: una que quiere ceder y otra que se niega a permitirlo.
Sigue ahí, de pie en el umbral, como si su cuerpo quisiera marcharse, pero algo invisible lo mantuviera cautivo de mi mirada.
Debería decir algo, cualquier cosa que rompiera el silencio, pero se me cierra la garganta.
Porque la verdad es que no quiero romperlo.
Quiero entender qué pasa en este espacio que hay entre los dos, qué palpita en este aire pesado y dulce a la vez.
La electricidad es asfixiante. Está en cada centímetro del espacio que nos separa, en esta nada que lo es todo.
Bajo los ojos hasta su boca, no a propósito, sino por puro reflejo. Y cuando vuelvo a levantarlos, él también está mirándome los labios. Lo sé. Sé cómo evita mirar de frente, pero los ojos se le quedan en ese punto exacto demasiado tiempo para que sea inocente.
Esta carga ha estado siempre entre nosotros. Desde el primer roce, desde la primera mirada que se prolongó un segundo de más. Como si nuestros cuerpos guardaran una memoria propia, como si recordaran cosas que la mente se empeña en negar.
—Elowen... —dice, y mi nombre en su voz suena demasiado íntimo, un susurro cargado de todo lo que intenta contener.
Doy un paso adelante. No lo suficiente para tocarlo, pero casi. Siento el calor de su cuerpo, ese aroma amaderado, tenue, delicioso y masculino. No retrocede. Se queda ahí. Firme. Me mira como si luchara con cada fibra de su ser por no perder el control.
Quiero tocarle la cara. Solo eso. Un roce ligero, para ver si se desmorona, si se le resquebraja alguna muralla. Pero no me muevo, porque sé que, si lo toco, saldrá corriendo.
Aun así, parece dudar. Se le oscurecen los ojos, le pesa la respiración. Levanta un poco la mano izquierda, como si fuera a tocarme el brazo... pero la cierra en un puño antes de llegar. Se contiene. Siempre se contiene, igual que todas las otras veces que hemos llegado a este casi.
Pero esta vez no se marcha.
Sigue con la mirada clavada en mí, como si algo dentro de él gritara por salir. Como si este silencio entre nosotros ya no fuera una pausa, sino un preludio. Y lo es, lo noto... y entonces da un paso.
Solo uno, pero basta para que la distancia entre nosotros desaparezca.
No me toca con las manos, pero acerca el rostro despacio, como si cruzara una línea invisible que él mismo trazó y que ahora, por primera vez, decide cruzar.
Siento su piel rozar la mía, una caricia completamente electrizante; la barba que se afeitó esta mañana, que al anochecer ya vuelve a asomar, me raspa un poco la cara.
Es áspera y suave a la vez, y el contraste resulta casi insoportable: tan real, tan presente, tan carnal.
Apoya la frente contra la mía y respira sobre mi piel como si le faltara el aire, como si necesitara ese contacto para seguir en pie. Cierro los ojos; no puedo evitarlo.
Y entonces murmura mi nombre, bajito, con la voz ronca por todo lo que intenta reprimir.
—Elowen...
Cuando vuelvo a abrir los ojos, ya no intenta contenerse. O quizá todavía lo intente, pero está perdiendo. Por primera vez veo a Thaddeus perder aquello de lo que más orgulloso está: el control.
Su boca encuentra la mía como si lo arrastrara algo más fuerte que él, más antiguo, más inevitable.
No hay prisa ni brusquedad. Pero tampoco vacilación.
Es un beso dulce, delicado, y al mismo tiempo rendido, cargado de un deseo que lleva meses creciendo, el mismo que yo he ido alimentando.
Lo noto en cómo se apodera de mi boca, en cómo su lengua se desliza contra la mía, en que su deseo es igual que el mío: desesperado, necesitado.