CAPÍTULO DIECISÉIS
Thaddeus
La recepción de la clínica resulta excesivamente acogedora para mi gusto.
Paredes en tonos suaves, música ambiental discreta, revistas sobre maternidad y paternidad colocadas con una pulcritud meticulosa.
Me siento en uno de los sillones ergonómicos y mantengo una postura formal, pese a un diseño que invita claramente a relajarse.
Elowen está a mi lado, hojeando distraída una revista.
Su expresión es serena, casi radiante, un fenómeno que llevo varias semanas observando.
El embarazo parece envolverla en un aura luminosa que no logro explicar de forma racional.
Su vientre, antes plano, dibuja ahora una curva clara bajo el sencillo vestido que lleva y, de algún modo, cada día está más hermosa.
—¿Nervioso? —pregunta de pronto, levantando la vista de la revista.
—¿Por qué iba a estarlo? —respondo automáticamente, mientras me ajusto discretamente el puño de la camisa—. No es más que una consulta médica rutinaria.
Una pequeña sonrisa le asoma a los labios, como si viera a través de mi fachada de indiferencia calculada.
—Es la primera vez que vas a ver al bebé —aclara con suavidad—. Escuchar los latidos. Es normal estar nervioso.
—Lo tengo todo perfectamente controlado —afirmo, y consulto el reloj con disimulo.
Su sonrisa se ensancha un poco, pero no insiste.
Es una de las cualidades que más aprecio en Elowen: sabe respetar los límites sin necesidad de comentarios ni desafíos constantes.
Simplemente acepta, observa y, de vez en cuando, ofrece perspectivas alternativas con una delicadeza que hace que cueste rechazarlas de plano.
—¿Elowen Castellan? —llama la enfermera desde la puerta, con la vista en su portapapeles.
Nos levantamos al mismo tiempo. Elowen se alisa el vestido y apoya inconscientemente una mano sobre la curva del vientre, otro gesto que, según he notado, se le ha vuelto costumbre en las últimas semanas. Seguimos a la enfermera por un pasillo luminoso hasta una sala de exploración.
La Dra. Hopkins, una mujer de mediana edad, de mirada perspicaz y competencia evidente, nos recibe con cálida profesionalidad. Ya la conozco: investigué a fondo sus antecedentes y sus credenciales antes de aprobarla como obstetra de Elowen.
—Señor Thalassinos, me alegro de volver a verle. —Me tiende la mano y se la estrecho brevemente—. Y tú, Elowen, ¿cómo te encuentras?
—Mucho mejor —responde Elowen mientras se sienta en la silla que le indica—. Las náuseas han desaparecido casi por completo.
—Excelente. Es lo habitual al entrar en el segundo trimestre. —La Dra. Hopkins anota algo en su tableta—. ¿Alguna molestia abdominal? ¿Dolor lumbar?
—Solo cansancio de vez en cuando. Estoy siguiendo la rutina de ejercicios que me recomendó.
Observo la interacción entre ellas y registro mentalmente cada dato.
La Dra. Hopkins repasa los resultados de las últimas pruebas y explica detalles sobre el desarrollo fetal y los marcadores bioquímicos.
Me mantengo algo apartado, lo bastante cerca para seguir la conversación, pero no tanto como para interferir.
Estoy aquí como observador, como recopilador de datos, como garante de que todo se desarrolle conforme a los estándares más exigentes.
—¿Pasamos a la ecografía? —propone la Dra. Hopkins tras la revisión inicial.
Elowen asiente con entusiasmo y se le ilumina el rostro de expectación. Va hasta la camilla, se tumba y se descubre el vientre, siguiendo las indicaciones de la doctora.
—Señor Thalassinos, ¿quiere acercarse para verlo mejor? —sugiere la Dra. Hopkins mientras enciende el aparato.
Vacilo un instante antes de dar dos pasos cautelosos hacia ellas. Este es el momento que llevaba evitando en mi cabeza. El momento en que el concepto abstracto —un hijo, un embarazo, una responsabilidad futura— se convierte en algo concreto, visible, irrefutable.
Le extienden el gel por el vientre y la Dra. Hopkins coloca el transductor. Al principio, la pantalla que tenemos al lado solo muestra formas imprecisas en blanco y negro, difíciles de interpretar para unos ojos inexpertos. Luego, con la precisión que da la práctica, la doctora ajusta el ángulo.
—Ahí está —anuncia, señalando la pantalla—. Su bebé.
La imagen se afina y, de pronto, aparece una forma humana inconfundible. Pequeña, aún en desarrollo, pero sin duda un bebé. La cabeza, la columna, unas extremidades diminutas.
Algo se me contrae en el pecho, un espasmo involuntario que me pilla por completo desprevenido. Mantengo la expresión cuidadosamente neutra, pero noto una presión creciente detrás de los ojos. El meticuloso control que ejerzo sobre mis reacciones físicas se tambalea de pronto.
—Mira, Thaddeus. —La voz de Elowen me llega suave, emocionada—. Es nuestro bebé.
Me obligo a mirarla y veo que sus ojos verdes brillan de lágrimas contenidas. Hay algo tan puro en su emoción, tan sin filtros, que por un instante me desorienta. Extiende la mano hacia mí, una invitación silenciosa a compartir el momento.
Tras un segundo de vacilación, le cojo la mano. Sus dedos están cálidos, firmes, delicados; un ancla en la realidad que ahora mismo me resulta extrañamente necesaria.
—Ahora vamos a escuchar los latidos —anuncia la Dra. Hopkins mientras ajusta el equipo.
Y entonces, llenando la sala, llega el sonido. Rápido, fuerte, decidido. Un latido.
Pum, pum, pum, pum.
La sala a mi alrededor parece desdibujarse. El sonido atraviesa cada barrera levantada con cuidado, cada capa protectora, cada compartimento mental meticulosamente organizado.
Pum, pum, pum, pum.
De repente, estoy en otro lugar. Otra clínica. Otra sala de ecografías. Helena a mi lado, apretándome la mano con fuerza mientras escuchábamos el mismo sonido rítmico y poderoso.
—Es nuestro milagro, Thaddeus —había susurrado, con los ojos brillantes de lágrimas de alegría—. Nuestro futuro.
Yo lo había planeado todo con detalle, por supuesto. La casa con una habitación especial para el bebé. La mecedora que ella tanto deseaba. El mejor colegio, a tres manzanas. El fondo para la universidad, abierto antes incluso de la primera ecografía.
Teníamos tantos planes. Tantos sueños. Tantas certezas.
Después llegó la lluvia. La curva de la carretera. El impacto. El silencio donde antes había vida.
Pum, pum, pum, pum.
La sala vuelve a enfocarse. El sonido continúa, implacable, vivo. Real.
—Fuerte y sano. —La voz de la Dra. Hopkins me llega como desde muy lejos—. Exactamente lo que queremos oír.
Me doy cuenta de que le estoy apretando la mano a Elowen con demasiada fuerza. Relajo los dedos de inmediato, pero ella no retira la suya. Al contrario, me la aprieta con suavidad, como si lo entendiera.
—Discúlpenme. —Las palabras salen tensas, forzadamente controladas—. Tengo que comprobar una cosa.
Le suelto la mano y salgo de la consulta antes de que nadie pueda responder. En el pasillo, respiro hondo. Control. Disciplina.
Un fallo imperdonable. Una exposición inaceptable de mi vulnerabilidad.
Camino hasta el final del pasillo y encuentro un rincón más tranquilo junto a una ventana. El cielo de Nueva York está encapotado, gris, reflejo de la tormenta interior que trato de calmar desesperadamente.
Oigo unos pasos suaves a mi espalda. No necesito volverme para saber que es ella. En las últimas semanas, algo en su presencia se ha vuelto para mí inconfundiblemente familiar.
—¿Thaddeus?
Su voz es suave, sin presión ni exigencias.
—Necesitaba revisar unos correos urgentes.
La mentira suena falsa incluso a mis propios oídos.
Se coloca a mi lado, no directamente en mi campo de visión, pero lo bastante cerca para que su presencia resulte ineludible.
—No pasa nada, ¿sabes? —dice con suavidad—. Sentir no tiene nada de malo.
—No sé de qué hablas.
Mi voz suena más rígida de lo que pretendía.
Permanece callada unos instantes, limitándose a estar ahí, a mi lado. Sin exigir, sin presionar. Solo presente.
—Cuando escuché el latido por primera vez —prosigue por fin, como si compartiera una confidencia sin importancia—, lloré durante casi veinte minutos. La enfermera tuvo que traerme más agua y pañuelos.
Me vuelvo un poco para observar su perfil. Mira por la ventana, con una mano pequeña apoyada en el vientre.
—Es abrumador, ¿verdad? —continúa—. Darte cuenta de que ahí dentro hay toda una vida. Una persona completamente nueva que antes no existía.
El nudo de la garganta se me aprieta. Intento tragar y me cuesta.
—No sé cómo hacer esto.
Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas, bajas, casi inaudibles.
Ella se vuelve hacia mí y sus ojos verdes se encuentran con los míos. No hay ningún reproche en ellos, solo comprensión.
—En realidad, nadie lo sabe —responde con una sinceridad sorprendente—. Todos improvisamos y esperamos no estropearlo todo.
—No me refiero a eso —me obligo a continuar—. No sé cómo hacer esto sin que duela…
Hago una pausa antes de seguir.
—Estaba embarazada de ocho meses cuando murió.
Los ojos de Elowen se abren un poco, pero parece contenerse para no parecer demasiado afectada por la información. Ni siquiera sé por qué se lo he contado de una forma tan brusca.
El momento de vulnerabilidad queda suspendido entre nosotros, expuesto e irreversible.
Elowen no aparta la mirada ni ofrece palabras vacías de consuelo.
En cambio, para mi completa sorpresa, alza la mano y me toca la cara.
Sus dedos se posan en mi piel ligeros como una pluma, pero siento el contacto como un hierro al rojo vivo.
—Va a doler —dice sin más—. Hay cosas que siempre dolerán. Pero no te paralizarán.
Su contacto es breve, más una declaración de solidaridad que un gesto romántico. Pero cuando retira la mano, siento su ausencia como una pérdida física.
—La doctora quiere hacerme algunas pruebas más —me informa, sin prisa ni presión—. Si lo prefieres, puedes esperar aquí. Lo entiendo perfectamente.
Respiro hondo y recupero el control que he perdido por un momento.
—No.
La decisión se forma al instante.
—Vuelvo contigo.