Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO QUINCE #2
56%

CAPÍTULO QUINCE #2

Llegan los de la mudanza y Thaddeus les indica con eficiencia dónde colocar mis cosas.

Finalmente, cuando todos se han marchado, libero a Chalk de su prisión.

Sale disparado como una bala y recorre el apartamento como un loco: explora cada rincón, se sube a los muebles y deja pelos blancos en las superficies inmaculadas.

—Necesita tiempo para acostumbrarse —explico, mientras Thaddeus sigue con la mirada los movimientos caóticos del gato—. Se calmará cuando haya marcado el territorio como suyo.

—Es comprensible —dice, aunque su expresión es la de alguien que contempla cómo un pequeño tornado arrasa un orden meticulosamente dispuesto.

Cuando Chalk decide por fin que el brazo del sofá es el lugar perfecto para empezar a afilarse las uñas, noto que Thaddeus se tensa visiblemente.

—Ay, no, Chalk —digo, y me apresuro a intervenir y a cogerlo en brazos—. Mañana compraré rascadores.

—Ya lo he hecho —me informa Thaddeus, sorprendiéndome de nuevo—. Deberían llegar hoy mismo, más tarde, junto con camas, juguetes y otros artículos esenciales para felinos.

—¿Has investigado sobre gatos? —pregunto, realmente impresionada.

—Una investigación básica —responde con naturalidad, pero noto un leve rubor en su cuello—. Eficiencia preventiva.

Sus palabras me hacen sonreír. Su frase favorita se está convirtiendo casi en una broma privada.

—Gracias —digo sencillamente, pero con sinceridad—. Por todo esto.

Mi agradecimiento parece incomodarlo un poco, como si no supiera muy bien cómo responder.

—Es solo lo necesario —dice por fin, y mira el reloj—. Tengo que volver a la oficina. Hay una reunión que no puedo aplazar. Organízalo todo a tu gusto. Los números del ama de llaves y del encargado del edificio están en la lista de contactos que hay junto al teléfono. Si necesitas algo, llámame.

Y, sin más, tan de repente como ha llegado, se va y me deja sola con Chalk en el enorme apartamento.

—Bueno, parece que ahora solo estamos tú y yo —le digo al gato, que ya está intentando abrir los armarios de la cocina—. ¿Qué te parece si convertimos esto en un hogar?

❤

Durante las semanas siguientes empiezo a transformar el apartamento.

Al principio, con sutileza; después, con más confianza.

Plantas, muchas plantas, para dar vida a los espacios impersonales.

Cojines de colores sobre el sofá gris. Una alfombra de estampados vibrantes en el salón.

Pequeñas esculturas y objetos que he ido coleccionando a lo largo de los años, cada uno con su historia.

Invité a Amber a pasar el fin de semana y juntas pintamos una de las paredes del salón de un suave tono turquesa.

No consulté a Thaddeus. El acuerdo dice explícitamente que puedo hacer cambios estéticos sin pedir permiso.

Aun así, siento una mezcla de nervios y callada rebeldía mientras pinto la primera franja.

Las visitas de Thaddeus son regulares, pero breves.

Viene a comprobar cómo estoy, si necesito algo y cómo avanza el embarazo.

Siempre formal, siempre correcto, siempre manteniendo una distancia cuidadosamente calculada.

Pero me doy cuenta de que su mirada registra cada cambio nuevo del apartamento, que repara en cada toque personal que añado.

Me he recuperado por completo de la caída y el tobillo está perfectamente.

Para mi sorpresa, hace unos días recibí una llamada de Madame Beaumont.

Dijo que tiene un puesto para mí en la Academia Swan, mientras pueda seguir entrenando durante el embarazo.

Pensé que después del incidente no querría volver a verme, pero no ha sido así.

Y me alegro; me alegro de tener otra oportunidad, de que se haya puesto en contacto conmigo justo ahora, cuando más lo necesito.

Todos los martes y viernes, Thaddeus viene a cenar para hablar del bebé, de la doctora, de las citas y de todo lo demás de la forma más metódica posible, siempre a la misma hora y trayendo siempre la comida.

Hoy es lunes, y sé que no vendrá, y me invade una ligera sensación de soledad.

Así que decido poner música: elijo a Chaikovski a todo volumen y bailo descalza por el salón, un ejercicio que mi doctora ha aprobado.

Oigo el timbre y sigo bailando al ritmo de la música, creyendo que es la pizza que pedí hace unos minutos.

Cuando abro la puerta, para mi sorpresa, no veo al repartidor, sino a Thaddeus.

Por un momento parece desconcertado: por la música, por mi pelo suelto y revuelto, por las mallas y la camiseta holgada que llevo.

—Perdona por la visita inesperada —dice, retrocediendo sutilmente.

—No pasa nada. —Sonrío y lo invito a entrar—. Solo me estaba moviendo un poco.

Entra y repara de inmediato en la nueva distribución del salón: los muebles ligeramente desplazados para dejar más espacio en el centro, la pared ahora completamente turquesa, el mueble del equipo de sonido que antes no estaba.

—Has cambiado la distribución... otra vez —observa con un tono neutro que no delata ni aprobación ni desaprobación.

—Un poco —confirmo, y bajo el volumen con el mando—. Espero que no te moleste.

—Ahora este apartamento es tu casa —responde diplomáticamente—. Debería reflejar tu personalidad.