Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO QUINCE
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CAPÍTULO QUINCE

Elowen

La sala de reuniones del bufete resulta demasiado intimidante para lo que debería ser una simple firma de documentos.

Todo es de madera oscura, con una enorme mesa ovalada donde cabrían sin problema veinte personas y que ahora solo sirve para ampliar la distancia entre Thaddeus y yo, sentados en extremos opuestos.

Los abogados, tres de su parte y solo uno de la mía, murmuran en voz baja mientras repasan los últimos detalles antes de presentarnos la versión definitiva de lo que Thaddeus insiste en llamar «el acuerdo».

Amber está a mi lado; sus ojos perspicaces recorren cada página como corresponde a la futura abogada que es. Su expresión se mantiene neutra, profesional, pero noto su tensión. No se fía del todo de esto, ni de Thaddeus, ni de toda la situación. Pero ha respetado mi decisión.

—Señorita Castellan, hemos incorporado todos los puntos que tratamos.

—Mi abogado, el señor Bennett, un hombre de mediana edad que me recomendó un amigo de Amber, desliza hacia mí el montón de documentos—.

Custodia compartida, con decisiones conjuntas sobre la salud y la educación.

Amplio apoyo económico, pero sin intromisiones.

Su independencia profesional queda intacta.

Y, tal como solicitó, no existe ninguna obligación de convivencia permanente, solo durante el embarazo, para garantizar un seguimiento médico adecuado.

Asiento y hojeo las páginas sin leerlas de verdad. Amber ya ha revisado cada palabra, cada coma, y me ha explicado todas las implicaciones legales. El acuerdo es sorprendentemente justo, incluso generoso.

Alzo la vista y me encuentro con la intensa mirada de Thaddeus. Parece completamente cómodo en este entorno corporativo, con el traje impecable, la postura erguida y la expresión controlada. Este es su mundo, no el mío.

—¿Hay algún cambio de última hora que quiera proponer? —pregunta con voz neutra, aunque no fría.

—No. —Cojo el bolígrafo que me ofrece el señor Bennett—. Los términos están claros.

Firmo en la línea indicada; mi nombre parece extrañamente formal en ese documento lleno de jerga legal. Elowen Charlotte Castellan. El nombre que me dieron mis padres, ahora unido para siempre al suyo.

Cuando termino, deslizo los papeles de vuelta por la mesa. Thaddeus los firma con movimientos precisos y eficientes. Thaddeus Alexander Thalassinos. El hombre que conocí una noche en un bar, ahora el padre de mi hijo y mi socio legal durante las próximas décadas.

—Ya está —dice, y le entrega los documentos a su abogado principal, que de inmediato empieza a preparar copias para todas las partes.

Algo en el carácter definitivo de sus palabras me deja un peso en el estómago.

No es exactamente arrepentimiento, sino la comprensión de la magnitud de esta decisión.

Estoy cediendo parte del control de mi vida a un hombre al que apenas conozco, pero que será una parte permanente de mi futuro. Del futuro de mi hijo.

—Así que ahora compartimos oficialmente la custodia de alguien que ni siquiera ha nacido —digo, en un intento de aliviar la tensión con algo de humor.

Una sonrisa casi imperceptible asoma a los labios de Thaddeus.

—Eficiencia preventiva —responde. Es el mismo término que emplea para justificar su meticulosa planificación de cada aspecto de la situación.

Los abogados empiezan a guardar los documentos e intercambian sus datos de contacto. Amber se engancha en una conversación técnica con el señor Bennett sobre un aspecto concreto de la custodia compartida que todavía le preocupa. Eso me deja un momento a solas con Thaddeus.

—¿Estás bien? —pregunta inesperadamente, bajando la voz para que solo yo lo oiga—. ¿Con todo esto?

La pregunta me sorprende, no por su contenido, sino por lo que revela: una preocupación sincera que rara vez permite que asome bajo la fachada de eficiencia clínica.

—Sí —respondo con sinceridad—. Es extraño, pero... de algún modo, me parece lo correcto.

Asiente y estudia mi rostro con una intensidad que a veces todavía me incomoda, como si intentara memorizar cada detalle, catalogar cada expresión.

—El apartamento está listo —me informa—. Puedes mudarte cuando quieras.

—Hoy —decido de pronto—. No hay motivo para retrasarlo.

Algo le cruza la mirada: sorpresa, satisfacción, posiblemente ambas cosas.

—Yo me encargo de todo —dice sin más.

❤

—¿Seguro que no quieres venir? —le pregunto a Amber por tercera vez mientras me ayuda a empaquetar el último montón de ropa—. Thaddeus ha dejado claro que también hay sitio para ti.

Amber sonríe mientras dobla con cuidado mi maillot favorito.

—Segura. Al menos de momento. —Lo mete en la maleta—. Las prácticas en el bufete del señor Martínez son en el centro, cerca de aquí. Y, sinceramente, Thaddeus y tú tenéis que encontrar vuestra propia dinámica sin que yo esté en medio haciendo de incómodo sujetavelas.

Suspiro, sabiendo que tiene razón, pero detestando la idea de dejarla.

—¿Me prometes que vendrás a verme? ¿A menudo?

—Prácticamente viviré allí —me asegura, y cierra la cremallera de la maleta—. Voy a atormentar tus mañanas con mi presencia y a vaciarte la nevera cada dos por tres. El señor Lo-Controla-Todo me va a odiar antes de una semana.

No puedo evitar reírme, aunque pensar en cómo se llevarán Thaddeus y Amber en el día a día me inquieta un poco. Los dos tienen un carácter arrollador y ambos son protectores hasta el extremo, al menos conmigo.

—Va a cuidarte bien, El —dice Amber, y su voz se suaviza—. Detrás de toda esa fachada de CEO robótico, parece un hombre honorable.

—Creo que sí —convengo, sorprendida por la convicción de mi propia voz.

Chalk nos observa desde la cama; sus ojos amarillos siguen cada objeto que guardamos. Sabe que algo pasa.

—Y tú, señorito —le digo mientras le rasco debajo de la barbilla—, ¿vas a portarte bien en el apartamento nuevo? ¿Nada de destrozar muebles caros ni aterrorizar al personal de limpieza?

Parpadea perezosamente, algo que interpreto como una negativa a hacer semejante promesa.

El telefonillo suena puntualmente a las tres de la tarde para anunciar la llegada del equipo de mudanzas que ha enviado Thaddeus.

En menos de una hora, mis escasas pertenencias están en cajas y maletas.

No soy demasiado materialista. Los años de vida modesta me enseñaron a valorar más las experiencias que las cosas.

Thaddeus aparece en persona cuando el equipo está terminando, lo que me sorprende. Esperaba que enviara a un ayudante o a un chófer.

—¿Está todo listo? —pregunta, cortés y formal delante de los de la mudanza.

—Sí —respondo, sosteniendo el transportín donde va Chalk, que no ha dejado de maullar indignado desde que lo metí dentro—. Solo quedan estas cajas y maletas.

Thaddeus observa mis escasas pertenencias con expresión neutra, pero noto que le sorprende lo corto que es el inventario.

—No necesito gran cosa —explico, respondiendo a la pregunta que no ha llegado a formular.

Se limita a asentir y se gira para dar instrucciones al equipo. En unos minutos estamos en el ascensor, bajando a la calle, donde nos espera un lujoso todoterreno negro. Los de la mudanza nos siguen en otra furgoneta.

Despedirme de Amber resulta emotivo, aunque sé que la veré en unos días. Nos abrazamos con fuerza; ella me susurra palabras de ánimo al oído y me hace prometerle que la llamaré todos los días.

—Cuida bien de ella —le dice Amber directamente a Thaddeus cuando nos separamos. No es una petición, sino una orden.

—Tienes mi palabra —responde él con una seriedad que parece satisfacerla.

El trayecto por el Upper East Side transcurre en silencio. Observo cómo las calles se vuelven cada vez más elegantes y los edificios, más imponentes. Chalk sigue protestando de vez en cuando desde su transportín.

—Perdona por el ruido —le digo a Thaddeus—. Odia estar encerrado.

—Es perfectamente comprensible —responde, y mira el transportín con curiosidad—. Nunca he tenido mascotas.

—¿Nunca? ¿Ni siquiera de niño?

Él niega con la cabeza.

—Mi padre consideraba que las mascotas eran una distracción innecesaria.

Algo en su manera de decirlo me hace imaginarme su infancia: reglamentada, estructurada, posiblemente solitaria. Muy distinta de la mía, llena de caos creativo incluso en los momentos duros.

El coche se detiene frente a un elegante edificio de piedra clara con un portero uniformado. Es exactamente el tipo de lugar que siempre he admirado desde lejos, sin imaginar jamás que algún día viviría en un sitio así.

—Hemos llegado —anuncia Thaddeus innecesariamente, y baja para abrirme la puerta.

El apartamento está en la décima planta y tiene vistas al parque.

Al abrirse la puerta, me recibe un espacio amplio, luminoso y completamente impersonal.

Todo está decorado en tonos neutros —gris, blanco y negro—, con muebles elegantes, pero sin personalidad.

Parece una sala de exposición de diseño de alta gama, no un hogar.

—Espero que sea adecuado —comenta Thaddeus mientras observa cómo contemplo el espacio—. Naturalmente, podemos cambiar cualquier cosa que no se ajuste a tus necesidades.

—Es precioso —digo con sinceridad, porque lo es—. Solo un poco…

—¿Impersonal? —termina él por mí, sorprendiéndome con su perspicacia—. Pensé que lo mejor era dejarte a ti los detalles decorativos para que pudieras personalizarlo según tus preferencias.

«O quizá simplemente no sabe hacer que un espacio resulte acogedor», pienso mientras recorro las habitaciones. El apartamento es enorme: salón, comedor, cocina gourmet, tres dormitorios, dos cuartos de baño y un amplio balcón.

—Hay una habitación para Amber —dice Thaddeus, señalando una de las puertas—, para cuando quiera quedarse.

El gesto me conmueve. De verdad ha pensado en todo.