CAPÍTULO CATORCE #3
—Y, por último... —continúa, con los ojos verdes encendidos—, sinceridad. Sinceridad absoluta. Si esto va a funcionar, necesitamos la verdad entre nosotros. No puedo confiar en alguien que manipula las circunstancias entre bastidores.
Esta última condición me hace vacilar un instante. La sinceridad no es algo que practique de manera automática. La información es poder, y revelar solo una parte de ella es una herramienta estratégica. Pero sé que negarme sería contraproducente.
—Acepto —digo al fin.
Me tiende la mano para formalizar el acuerdo.
Rozo sus dedos y, una vez más, siento esa corriente eléctrica que parece existir entre nosotros desde el primer instante.
Su piel es suave, pero percibo la fuerza latente, unas manos de artista, capaces tanto de una delicadeza extrema como de una potencia controlada.
—Hagamos que esto funcione —dice, y hay algo en su voz que suena casi a esperanza—. Por el bien de nuestro hijo.
—Por el bien de nuestro hijo —repito, y siento el peso del compromiso.
❤
Una hora después, más o menos, de salir del apartamento de Elowen, tras repasar los detalles preliminares, me siento agotado y lleno de energía al mismo tiempo. Es una contradicción que no puedo explicar racionalmente.
En el coche, repaso las decenas de mensajes acumulados durante mi ausencia. Informes sobre los preparativos del apartamento. Confirmaciones del equipo médico. Documentos legales preliminares redactados por los abogados.
Respondo mecánicamente a los más urgentes, pero mi mente vuelve una y otra vez a aquellos momentos en el sofá, cuando el espacio entre nosotros se redujo y el aire pareció electrizarse de posibilidades.
Suena mi teléfono. Orion.
—¿Lo has conseguido? —pregunta sin rodeos cuando respondo.
—Ha aceptado las condiciones básicas —confirmo, con la voz neutra—. Los abogados ultimarán los detalles.
—Bien. —Hace una pausa—. ¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Cómo estás llevando todo esto? —En la pregunta hay una preocupación sincera que rara vez expresamos abiertamente entre nosotros.
—Estoy gestionando la situación de forma adecuada —respondo automáticamente—. Todo está bajo control.
—No te he preguntado por la situación, Thaddeus. Te he preguntado por ti. —La voz de Orion es inusualmente amable—. ¿Estás intentando no cometer los mismos errores o simplemente estás evitando sentir algo?
La pregunta me golpea con una fuerza desproporcionada y resuena peligrosamente cerca de los pensamientos que llevo tiempo intentando reprimir.
—Eso no es relevante. —Mi respuesta suena más defensiva de lo que pretendía.
—Es lo único relevante —replica Orion con suavidad—. No se trata solo de cerrar un acuerdo comercial. Estás formando una familia.
«Familia». La palabra resuena en mi interior y despierta sentimientos contradictorios que no puedo, ni quiero, analizar.
—Me aseguraré de que no le falte nada —digo por fin—. El resto se resolverá solo.
Orion suspira, claramente poco convencido.
—Solo recuerda una cosa, hermano: hay partes de la vida que no se pueden controlar, solo vivir.
Me quedo helado: sus palabras son casi calcadas a las de Elowen. ¿Cómo es posible que dos personas tan distintas lleguen a la misma idea cada una por su cuenta?
—Tengo que irme —digo con brusquedad—. Hay documentos que requieren mi atención.
—Siempre los hay —responde Orion con un tono resignado—. Estaré aquí cuando de verdad quieras hablar.
Cuelgo sin contestar y me siento inexplicablemente al descubierto. Primero Elowen, ahora Orion: los dos han logrado colarse de algún modo por la armadura que levanté con tanto cuidado y mantengo desde hace años.
Cuando llegamos al apartamento, despido a Albert y entro solo.
Todo está preparado a la perfección, exactamente como lo especifiqué.
Recorro las habitaciones y compruebo cada detalle.
El dormitorio principal, con sábanas de algodón egipcio de la densidad de hilos que pedí.
La cocina, equipada con electrodomésticos de última generación.
La biblioteca, con las estanterías vacías, esperando a que alguien las llene.
Por fin, me detengo frente a una puerta. Respiro hondo y giro el pomo.
La habitación que será la del bebé. Un bebé que será mío... un bebé que nunca ocupará el lugar del que perdí, pero que, de algún modo, me hace recordarlo.
La luz de la luna entra a raudales por los ventanales e ilumina el espacio completamente vacío. Pero casi puedo ver los fantasmas: no de personas que existieron, sino de futuros que nunca ocurrieron.
Helena, sentada en la mecedora que nunca llegaron a entregar. La cuna que encargué en persona, diseñada por un artesano italiano, que desmontaron y tiraron a la basura. Los juguetes educativos que ya había investigado al detalle y que acabaron regalados.
Todo se desvaneció en una curva mojada. Todo se perdió porque no fui capaz de protegerlos. Porque perdí el control.
—Esta vez no —le murmuro a la habitación vacía—. No volveré a perder el control.
Pero, al cerrar la puerta, otra voz resuena en mi mente, la voz suave de Elowen: «La vida no se puede optimizar por completo, Thaddeus. El caos forma parte de la existencia».
Y, por primera vez en seis años, me permito considerar la posibilidad de que quizá tenga razón.