CAPÍTULO DOCE
Thaddeus
Salgo de la habitación del hospital con la mente funcionando en varios planos a la vez.
Cruzo el pasillo con pasos calculados, medidos, hacia un rincón más discreto donde hacer unas llamadas.
Controlo cada músculo del cuerpo a la perfección, aunque por dentro me sacude una tormenta como no sentía desde hacía años.
Un hijo. Todavía no acabo de asimilarlo. Un hijo mío, creciendo dentro de una mujer a la que conozco desde hace una sola noche. Una mujer que creía estar muriéndose cuando decidió pasar aquellas horas conmigo.
Lo absurdo de la situación resultaría casi cómico si no me estuviera cambiando la vida de raíz.
Orion y Kanidas están en la sala de espera, hablando en voz baja. Se callan en cuanto me ven.
—¿Y bien? —pregunta Orion con voz controlada, aunque percibo la curiosidad apenas contenida.
—Es mío —confirmo mientras me ajusto discretamente los puños de la camisa, un gesto automático que me da tiempo para ordenar las ideas—. La situación es... complicada.
—Siempre lo es cuando hay una vida humana de por medio —comenta Kanidas, sorprendentemente serio, tratándose de él—. ¿Cuál es el plan?
—Primero, información —respondo, y me dirijo a un rincón más apartado del pasillo mientras les hago una seña para que me sigan—. Necesito entender todo el contexto antes de decidir una estrategia.
Mis hermanos me conocen lo suficiente para reconocer mi modo de operar. Primero, información. Después, análisis. Por último, acción calculada.
—¿Qué podemos hacer? —ofrece Orion, que ya saca el móvil, listo para movilizar los recursos que hagan falta.
Así funciona la familia Thalassinos. Competimos entre nosotros sin piedad, pero cuando uno necesita algo, los demás cerramos filas sin dudar. Es casi genético.
—Quiero una investigación completa sobre Elowen y Amber Castellan —ordeno en voz baja—. Económica, profesional y personal. Con discreción.
—Nuestro departamento jurídico puede tenerlo en unas horas. —Orion ya está escribiendo.
—No uses los canales oficiales de la empresa —advierto, sopesando los riesgos—. Contrata a Reid. Quiero que se haga en la sombra.
Orion arquea una ceja, pero acepta sin decir palabra. Es demasiado discreto para cuestionarme abiertamente, aunque sé que se pregunta por qué soy tan cauteloso.
—¿Y tú? —pregunta Kanidas con curiosidad en la cara—. ¿Qué vas a hacer mientras esperamos la información?
—Voy a conocer su mundo —respondo sin más.
Dejo a mis hermanos a cargo de recabar información y bajo al aparcamiento, donde Albert ya me espera con el Bentley. Me abre la puerta sin decir palabra, tan profesional como siempre.
—A casa, Albert —digo—. Necesito una hora.
—Por supuesto, señor.
La ciudad duerme, silenciosa y gris, mientras atravesamos las avenidas desiertas. En el apartamento sigue reinando la oscuridad. No enciendo las luces. Me acerco sin más al amplio ventanal del salón y miro cómo cambia de color el cielo.
Pienso en todo lo que se ha dicho y en todo lo que no.
Elowen, el bebé... otro hijo mío.
La vida tal como la conocía ya ha empezado a torcerse en otra dirección, y ni siquiera sé hacia dónde.
Me cambio de ropa. Bebo un café fuerte y amargo que no consigue más que despertar el cansancio acumulado. Echo un vistazo a las primeras novedades que Orion me ha enviado al correo. Datos preliminares, todavía en bruto. Pero es un comienzo.
Cuando vuelvo al coche, ya ha amanecido. Un hilo de sol atraviesa el día que despierta despacio, como si también él intentara entender lo que está pasando.
—A la Academia Swan —indico ahora, con la mente algo más despejada.
—Sí, señor.
De camino me permito un raro momento de reflexión sin control.
Helena. Pensar en su pérdida todavía me duele, incluso después de seis años, aunque de otra manera.
Ya no es un dolor tan afilado, sino un recordatorio constante de lo que ocurre cuando dejo que las emociones interfieran en el control calculado.
Esta vez no cometeré el mismo error. No permitiré que el sentimentalismo me nuble el juicio. Este hijo no buscado, esta bailarina imprevista en mi vida ordenada, se gestionará con la misma precisión que aplico a los negocios. Protección. Control. Resultados medibles.
La Academia Swan se alza ante mí: un edificio histórico de ladrillo rojo con detalles ornamentados. Nada ostentoso, pero hay elegancia en su austera sencillez. Entiendo al instante por qué atrae a alguien como Elowen: aquí hay disciplina arquitectónica.
—Lamento la hora. Te lo compensaré con un pago extra y los días libres que quieras, pero por ahora, por favor, espérame aquí —le digo a Albert, que se limita a asentir.
El vestíbulo está prácticamente vacío después del evento de anoche. El hombre de recepción levanta la vista cuando entro, claramente sorprendido de ver a alguien vestido con tanta formalidad a esas horas de la mañana.
—¿En qué puedo ayudarle, señor? —pregunta, intentando esconder su inc comodidad bajo una profesionalidad apresurada.
—Quisiera hablar con Madame Beaumont —digo, sin dar más explicaciones.
—Está reunida de urgencia con la junta. —Vacila—. Después del incidente de ayer...
La mención del «incidente» —el desmayo de Elowen— me hace apretar la mandíbula sin querer. Recupero el control enseguida.
—Precisamente de eso quiero hablar. —Mantengo un tono neutro, pero con la autoridad suficiente para que nadie me cuestione—. Soy Thaddeus Thalassinos.
El reconocimiento es instantáneo. El apellido Thalassinos abre puertas, sea cual sea el contexto. Percibo el instante exacto en que cambia de postura: la vacilación se convierte en un afán por complacerme.
—Por supuesto, señor Thalassinos. Acompáñeme, por favor.
Me conduce por pasillos silenciosos. Las paredes están decoradas con fotografías en blanco y negro de bailarines famosos, a algunos de los cuales reconozco de los actos culturales a los que he asistido a lo largo de los años.
Oigo música clásica a lo lejos, el sonido de pianos y de instrucciones severas. El mundo de Elowen.
La reunión se celebra en una elegante sala de la segunda planta. Mi guía llama a la puerta e interrumpe lo que parece una discusión acalorada.
—Perdone la interrupción, Madame —dice, visiblemente nervioso—. Está aquí el señor Thalassinos y desea hablar del incidente de ayer.
Un silencio palpable cae sobre la sala. Veo a unas ocho personas sentadas alrededor de una mesa antigua; todas se vuelven para mirarme.
En el centro, una mujer de unos sesenta años, con el pelo canoso recogido impecablemente en un moño severo y la espalda recta como una regla. Madame Beaumont, supongo.
—Señor Thalassinos. —Se pone en pie; el acento francés le pesa incluso en esas dos palabras—. No esperábamos su visita.
El mensaje implícito es claro: se trata de una interrupción inoportuna. Ignoro deliberadamente el tono.
—Madame Beaumont. —Inclino ligeramente la cabeza a modo de saludo—. Disculpe la interrupción. ¿Podemos hablar en privado?
Vacila; está claro que sopesa sus opciones. Al final, el peso del apellido Thalassinos se impone.
—Certainement. —Se vuelve hacia los demás—. Continuaremos dentro de quince minutos.
Los demás miembros del consejo salen rápidamente, no sin lanzarme miradas curiosas. Cuando nos quedamos solos, Madame Beaumont me señala una silla, pero yo permanezco de pie. Prefiero la ventaja psicológica de la altura.
—Supongo que ha venido por la actuación de ayer —empieza, directa—. Fue un incidente desafortunado que dañó considerablemente nuestra imagen ante posibles benefactores.
La observo con atención y reparo en que su principal preocupación es la reputación de la academia, no el bienestar de Elowen. Información útil.
—He venido por Elowen Castellan —confirmo, con la voz deliberadamente neutra—. Tengo entendido que es su primera bailarina.
Madame Beaumont hace un gesto vago con la mano, como si espantara un insecto molesto.
—Était. Lo era —corrige—. Lo de ayer, sumado al descenso de su rendimiento en las últimas semanas... —Suspira con teatralidad—. Mademoiselle Castellan tiene talento, sin duda, pero la Academia Swan no puede permitirse riesgos. Y menos ahora, con una situación financiera tan precaria.
—Está embarazada —le informo, observando con atención su reacción.
Madame Beaumont no parece sorprendida. El rostro permanece impasible; solo se le tensan ligeramente los labios finos.
—Je vois —responde con sequedad—. Eso explica muchas cosas. Y no hace más que confirmar mi decisión. No podemos mantener a una bailarina en su estado. Los riesgos son inaceptables, tanto para ella como para nuestra reputación.
Algo se me tensa por dentro al oírla hablar con tanta ligereza de deshacerse de ella, pero mantengo la expresión bajo control. No es momento para emociones. Es momento de negociar.
—Entiendo su posición, Madame —digo, calculando cada palabra—. La academia depende de los inversores. De los patrocinios.
—Précisément —asiente, al parecer complacida de que comprenda la situación—. El arte requiere dinero, señor Thalassinos. Incluso la expresión artística más pura.
—¿Y si yo garantizara ese dinero? —pregunto, y veo cómo se le afilan los ojos de interés al instante—. Un patrocinio sustancial de la Fundación Thalassinos para la Academia Swan.
Me mide con otros ojos, calculando posibilidades, cifras, intenciones.
—Sería... extraordinariamente generoso —dice con cautela—. Pero no entiendo qué relación tiene con Mademoiselle Castellan.
—Quiero que conserve su puesto en la academia —explico con voz firme—. No como primera bailarina durante el embarazo, evidentemente, pero quizá como profesora asociada. O como becaria artística. El título no importa. Lo que importa es que siga vinculada al ballet.
Madame Beaumont entrecierra los ojos y procesa la situación a toda velocidad.
—Tiene usted un interés personal en la situación de Mademoiselle Castellan. —No es una pregunta.
No le veo sentido a negarlo.
—Así es.
Una sonrisa diminuta, casi imperceptible, le curva los labios. Una jugadora que reconoce a otra.