CAPÍTULO ONCE
Elowen
Thaddeus sigue inmóvil en el umbral de mi habitación, como una estatua de mármol enfundada en un traje impecable.
Su rostro, siempre tan controlado, muestra una mezcla de emociones que nunca le había visto: conmoción, confusión y algo más vulnerable que no sé nombrar.
Noto cómo crepita el aire entre nosotros, cargado de preguntas sin hacer y de verdades sin decir.
Amber y Sophie están a mi lado, tan paralizadas como yo por su imponente presencia. El silencio se alarga varios latidos antes de que recupere la voz.
—¿Cómo me has encontrado? —repito, esta vez con la voz más firme.
Por fin da un paso dentro de la habitación y cierra la puerta tras de sí. No aparta los ojos de los míos ni un segundo.
—Estaba en la representación.
Su voz suena controlada, pero le noto un ligero temblor.
Una coincidencia tan improbable que casi parece cosa del destino. Trago saliva con dificultad y noto cómo se me acelera el corazón en el monitor que tengo al lado, que traiciona mi calma aparente.
—Te desmayaste en el escenario —continúa, y se acerca a la cama con cautela, como si yo pudiera desvanecerme de un momento a otro—. Te vi caer.
—¿Y decidiste seguirnos hasta el hospital? —interviene Amber, que se coloca entre Thaddeus y yo en actitud protectora—. ¿Por qué? Me pareció rarísimo veros a todos ahí plantados como postes.
Thaddeus desvía la mirada hacia mi hermana y la estudia con intensidad calculada antes de volver a centrarse en mí. Baja un instante los ojos a mi vientre, todavía plano, y los devuelve a mi cara; entre nosotros queda flotando una pregunta silenciosa.
—El médico ha mencionado un bebé —dice al fin, pronunciando cada palabra con sumo cuidado.
El monitor cardíaco vuelve a delatar mis nervios con un pitido acelerado. Noto que Sophie me aprieta la mano en silencioso apoyo.
—Sí —respondo sin más, convencida de que ya no tiene sentido ocultarlo—. Estoy embarazada.
Veo cómo se le tensa la mandíbula y cómo le late débilmente una vena en la sien.
—¿Y es mío?
Su voz es apenas un susurro, pero arrastra el peso de mil preguntas.
—Sí —confirmo de nuevo, sosteniéndole la mirada.
Amber da un paso al frente, con los ojos llameantes.
—Si estás pensando en poner en duda su palabra…
—No pienso hacerlo —la interrumpe Thaddeus con un tono sorprendentemente suave—. Solo necesitaba oírlo.
Se pasa una mano por el pelo, un gesto tan humano, tan falto de defensas, que me pilla desprevenida. Por un instante veo una grieta en esa armadura perfectamente construida, un atisbo del hombre que se esconde detrás de la fachada.
—¿Por qué no acudiste a mí? —pregunta por fin, mirándome a los ojos—. Cuando te enteraste.
La pregunta queda suspendida entre los dos, cargada de una acusación tácita. Noto que se me llenan los ojos de lágrimas, pero me las trago. Ahora no puedo permitirme desmoronarme.
—Fue… complicado —empiezo, buscando las palabras adecuadas—. No siempre tuve claro que fuera a contártelo.
Su expresión se endurece.
—¿Pensabas ocultármelo para siempre?
—No —respondo deprisa—. Es solo que… necesitaba tiempo para asimilarlo todo. Han pasado muchas cosas desde aquella noche.
Da otro paso hacia mí, tan cerca que ya puedo oler su colonia, esa tan familiar que todavía visita mis sueños.
—¿Qué cosas, Elowen? —Su tono se suaviza al pronunciar mi nombre, casi como una caricia—. ¿Qué ha pasado?
Miro a Amber y a Sophie, que contemplan la escena con expresión preocupada.
—¿Podríais dejarnos unos minutos? —pregunto con suavidad.
Sophie asiente de inmediato, me da un abrazo rápido y se dirige a la puerta. Amber vacila; sus ojos verdes lanzan puñales a Thaddeus.
—Estoy segura de que tienes preguntas —le digo, apretándole la mano—. Y te prometo que responderé a todas más tarde. Pero necesito hablar con él a solas.
—Estaré justo ahí fuera —avisa, y le dedica a Thaddeus una última mirada de aviso antes de salir.
Cuando por fin nos quedamos solos, el silencio parece tener masa y volumen. Thaddeus permanece de pie, inmóvil, como si esperara a que empiece yo. Decido contárselo todo desde el principio. Merece conocer toda la verdad.
—El día que nos conocimos acababan de diagnosticarme una enfermedad terminal —empiezo, y veo que abre un poco los ojos—. Un tumor cerebral. Un glioblastoma. El médico dijo que me quedaban tres meses de vida.
Él se limita a mirarme.
—Hice una lista. Cosas que quería vivir antes de morir. Ir a un bar elegante, vestirme de rojo, hablar con un desconocido guapo…
Noto que me arden las mejillas.
—Nunca había hecho nada parecido.
—Era tu primera vez —murmura, más para sí mismo que para mí.
—Lo era —confirmo, y observo cómo procesa cada dato con método, aunque sus ojos delatan una emoción intensa—. Aquella noche, esos momentos contigo, fueron preciosos para mí. Fue real. Verdadero.
Se acerca más y al final se sienta en el borde de la cama, a una distancia respetuosa.
—Y luego, unas semanas después, descubrí que había habido un error —prosigo con la voz ligeramente temblorosa—. Habían confundido los resultados de mis pruebas con los de otro paciente. No tenía ningún tumor, no me estaba muriendo.
Thaddeus cierra los ojos un instante, como si absorbiera el impacto de esas palabras con… ¿alivio? Un alivio tan profundo en alguien que ni siquiera conoce mi apellido.
—Y justo después descubrí que estaba embarazada —concluyo, y mi mano busca el vientre sin que yo lo decida—. De nuestro hijo.
Otra vez el silencio. Observo cómo trabaja su mente: ata hechos, procesa implicaciones, calcula posibilidades. Resulta fascinante y un poco intimidante ver ese poder intelectual en acción.
—Creías que solo te quedaban tres meses de vida —dice al fin, con voz baja e intensa—. Y elegiste pasar una noche conmigo.
Hay algo en su tono que no acabo de descifrar. ¿Sorpresa? ¿Admiración? ¿Incredulidad?
—Sí —contesto, sin más.
Me observa con intensidad, como si tratara de averiguar si le digo la verdad.
—¿Y ahora qué? —Su voz es casi neutra, salvo por un trasfondo de tensión—. ¿Cuál es tu plan?
La pregunta parece sencilla, pero encierra muchas capas de significado. Respiro hondo antes de responder.
—Voy a tener a este bebé —digo con firmeza—. Y seguiré bailando mientras pueda, aunque... —Bajo la vista hacia el tobillo vendado y siento que se me cierra la garganta—. La audición para la Compañía Nacional era mañana. Era mi última oportunidad.
Algo se ablanda en su mirada.
—Lo entiendo —dice, y tengo la extraña sensación de que de verdad sabe lo que significa perder un sueño por el que has trabajado toda la vida.
Se pone de pie de repente y se ajusta el impecable traje.
—Me haré responsable. —Su tono es formal, casi empresarial—. Por supuesto, cubriré todos los gastos. Un apartamento adecuado. La mejor atención médica. Lo que haga falta.
Siento que me sube una oleada de irritación por el pecho. ¿Eso es lo que piensa de mí? ¿Que habría acudido a él por dinero?
—No quiero tu dinero —digo con firmeza, y lo sorprendo—. No te he contado lo del bebé para sacarte nada en lo económico.
Frunce el ceño, sinceramente desconcertado.
—No estoy insinuando eso. Simplemente asumo la parte de responsabilidad que me toca en esta situación.
—Esta «situación» es nuestro hijo —lo corrijo, y noto que la frustración me crece dentro—. Y no es un negocio que se pueda negociar.
Intento incorporarme en la cama para quedar frente a él, pero una punzada de dolor en el tobillo me arranca un gemido. Al instante, Thaddeus está a mi lado, con las manos firmes pero delicadas, y me ayuda a encontrar una postura más cómoda.
—Con cuidado. —Su voz es ahora suave, casi tierna—. Necesitas descansar.
Nuestros ojos se encuentran y, por un momento, volvemos a aquella noche. La misma conexión. La misma electricidad. Su contacto reverbera por todo mi cuerpo y despierta recuerdos que tanto me he esforzado por enterrar.
—No pretendía ofenderte —dice, todavía demasiado cerca; su aroma me resulta embriagador—. Solo quiero asegurarme de que al bebé y a ti no os falte nada.
Suspiro y noto cómo se me va la rabia.
—Lo sé. Pero necesito que entiendas una cosa: no busco que nadie me mantenga. Llevo toda la vida pasando penurias. Podría criar a este niño sola si hiciera falta.
Su mirada se oscurece un poco.
—Pero no tienes por qué hacerlo —afirma, no como una opinión, sino como un hecho—. No voy a permitir que carges con todo sola.
Hay en su voz una determinación casi tangible. Y algo más, algo que resulta casi... protector. La idea me reconforta y me inquieta a la vez.
—No te pedí que formaras parte de esto —digo en voz baja—. No acudí a ti cuando supe que estaba embarazada porque no quería que te sintieras obligado. Fue solo una noche, ¿recuerdas? Un capítulo, no el libro entero, como dije.
—Las circunstancias han cambiado —replica, casi con severidad. Luego suaviza el tono—. Elowen, no soy de los hombres que ignoran sus responsabilidades. Y menos aún una de semejante magnitud.
Le estudio la cara, tan controlada y, sin embargo, tan expresiva para quien sabe leer las señales. Hay firmeza en ella, pero también algo más, algo casi vulnerable.
—¿De verdad quieres formar parte de esto? —pregunto en voz baja—. ¿Ser padre?
La pregunta parece pillarlo por sorpresa. Durante un instante veo una sombra de duda en sus ojos, que la determinación borra enseguida.
—Soy padre desde el momento en que este bebé empezó a formarse dentro de ti. No es algo que se pueda elegir, Elowen.
Sus palabras quedan suspendidas entre nosotros, cargadas de significados que aún no hemos explorado.
No sé qué responder a eso. No sé qué me está proponiendo ni insinuando en realidad. Lo único que sé es que, cuando pronuncia mi nombre de esa manera, algo dentro de mí reacciona a un nivel casi celular.
—No quiero presionarte —continúa, y se aparta un poco—. Has pasado por mucho estas últimas semanas. Ahora necesitas descansar y recuperarte.
Asiento, agradecida por esta tregua momentánea. Me da vueltas la cabeza con todo esto: la caída, el hospital, la reaparición de Thaddeus en mi vida, tan inesperada.
—¿Y tu carrera? —pregunta de pronto—. El ballet. Esa audición que has mencionado.
Se me oprime el pecho solo de pensarlo.
—Probablemente se haya acabado —admito, y la crueldad de esa verdad por fin me golpea de lleno—.
Mi cuerpo está cambiando. Me he estado desmayando en los ensayos.
Y después de esta caída... —Miro el tobillo vendado—.
Las compañías de ballet no esperan a los bailarines lesionados.
Y mucho menos a las bailarinas embarazadas.
Algo cambia en su mirada: una determinación calculada que casi puedo ver tomar forma.
—Puede —dice simplemente—. O puede que haya alternativas que todavía no te has planteado.
Antes de que pueda preguntarle a qué se refiere, la puerta se abre y entra la enfermera a tomarme las constantes. Thaddeus retrocede y recupera su postura formal.
—Tengo que hacer unas llamadas —me informa, y ya se saca el móvil del bolsillo—. Vuelvo pronto. Descansa.
Hay una dulzura en su orden que me sorprende. Como si, a pesar de su evidente carácter controlador, estuviera intentando adaptarse a esta nueva realidad tanto como yo.
Cuando se marcha, la habitación parece extrañamente vacía, como si se hubiera llevado consigo parte de la vida del lugar. Me recuesto en las almohadas, con una mano apoyada por instinto sobre el vientre y la otra rozándome los labios, donde todavía siento el fantasma de su beso de aquella noche.
El mundo que conocía acaba de cambiar de raíz. Otra vez. Primero, con el diagnóstico erróneo. Después, con el embarazo. Y ahora, con el regreso de Thaddeus a mi vida.
Nada volverá a ser como antes. Y, por sorprendente que parezca, a pesar del miedo y la incertidumbre, siento algo que no esperaba: esperanza. Una sensación tenue, pero inconfundible, de que quizá, solo quizá, este giro inesperado pueda llevar a algo bueno.