CAPÍTULO DIEZ #3
Sus palabras de aquella noche vuelven con una fuerza aplastante. No era una metáfora. Ni una filosofía de vida. Era una sentencia literal.
Elowen se está muriendo. Solo le quedan tres meses de vida. Y ya ha pasado la mitad de ese tiempo.
El pánico que siento es tan visceral, tan primario, que apenas lo reconozco como mío. Es como si algo que llevaba dormido hubiera despertado de golpe y rugiera con furia salvaje ante la posibilidad de que muera.
Orion me agarra del brazo cuando echo a andar hacia el escenario.
—Thaddeus, los sanitarios están de camino. No puedes hacer nada.
Me zafo de su mano, incapaz de articular una palabra coherente. Mi mente, normalmente tan ordenada y lógica, repite ahora un único bucle frenético: «alcanzarla, protegerla, no dejar que desaparezca».
Kanidas aparece a mi lado, sorprendentemente sobrio.
—Es ella, ¿verdad? —pregunta mientras observa el revuelo del escenario, donde los sanitarios ya están examinando a Elowen—. La mujer del vestido rojo.
Asiento con rigidez, incapaz de apartar la mirada mientras la suben a una camilla. Tiene el rostro pálido, terriblemente pálido, y su cuerpo, normalmente tan lleno de vida, parece extrañamente pequeño y frágil bajo las luces ahora crudas del teatro.
—Manhattan General —oigo anunciar a uno de los sanitarios mientras pasan corriendo junto a nosotros hacia la salida de emergencia.
Al fondo, veo dos figuras que corren hacia ellos: una joven de delicados rasgos asiáticos y otra mujer tan parecida a Elowen que solo puede ser su hermana. La desesperación de sus rostros refleja lo que yo siento por dentro.
Las dos suben a la ambulancia sin vacilar, justo detrás de los sanitarios, sin atender a ningún protocolo. No hay tiempo para preguntas. Solo urgencia.
—Vamos tras ellas —digo mientras me doy la vuelta—. Orion, sigue a la ambulancia. Rápido.
Kanidas me observa un instante, me lee el rostro en silencio. Después asiente y saca las llaves del bolsillo.
—Conduzco yo.
Esta vez no discuto. Me limito a subir al coche con él, sin apartar la vista de la trasera iluminada de la ambulancia que se lleva a Elowen.
No rezo; renuncié a toda apariencia de fe cuando murió Helena. Pero algo dentro de mí suplica, negocia y promete cosas que nunca creí posibles.
«No te la lleves. No ahora».
Es lo único que mi mente acierta a suplicar, aunque no entiendo por qué alguien a quien conocí hace apenas una noche tiene tanto poder sobre mis emociones como lo tiene ahora.
En el hospital espero en la sala mientras se llevan a Elowen para hacerle pruebas. Orion, Kanidas, la hermana y la amiga están allí también. Nadie habla. El silencio pesa como el plomo.
Pasa una hora eterna. Demasiado larga. Por fin aparece un médico y se dirige hacia la hermana.
—Está bien —anuncia, y el alivio en el ambiente resulta casi tangible—. Deshidratación grave, azúcar baja, agotamiento físico. Tiene el tobillo ligeramente torcido, pero no hay nada roto. Y el bebé también está bien.
Bebé.
La palabra me golpea como un puñetazo. El mundo entero parece congelarse y luego arrancar de nuevo a cámara lenta.
Bebé.
La hermana me mira, intentando comprender mi reacción. Sus ojos, tan parecidos a los de Elowen, se llenan de pronto de dudas sobre quién soy. La otra bailarina ahoga una exclamación. Orion y Kanidas intercambian miradas de absoluta conmoción.
Pero yo solo oigo esa palabra, que resuena sin fin en mi mente.
Bebé. Bebé. Bebé.
—¿Puedo verla? —pregunta la hermana.
—Habitación 415 —le indica el médico—. Pero necesita descansar. Solo unos minutos.
Veo a la hermana y a su amiga encaminarse hacia la habitación mientras yo me quedo allí, paralizado.
¿Un bebé? ¿Está embarazada? ¿Cómo es posible? Era la primera vez que lo hacía... Eso significa que...
—Thaddeus, ¿qué está pasando? —pregunta Kanidas cuando nos quedamos solos los tres.
—Creo... Creo que está embarazada de mi hijo. —Me cuesta pronunciar las palabras; mi voz suena más insegura que nunca.
—¡¿Qué?! —exclama Orion—. ¡¿Cómo es posible?!
—¡No lo sé! —bramo—. Yo... Necesito verla.
Camino hasta el ascensor en un estado alterado de conciencia, vagamente consciente de que Orion y Kanidas intercambian comentarios en voz baja, atónitos, a mi espalda. La realidad parece haberse convertido en algo irreconocible en las últimas horas.
Cuando las puertas del ascensor se abren en la cuarta planta, Orion me toca el hombro.
—Thaddeus —dice con una voz extrañamente suave—. Sea lo que sea lo que esté pasando... respira hondo antes de entrar.
Asiento con rigidez, incapaz de poner en palabras la tormenta de emociones que me desgarra por dentro. Mientras me acerco a la habitación 415, cada paso parece adentrarme en un territorio cada vez más desconocido.
Por fin abro la puerta.
Y ahí está. Elowen. Viva. Respirando. Más pálida de lo que debería, más frágil de lo que recuerdo, pero innegablemente aquí.
Nuestras miradas se encuentran y veo el reconocimiento inmediato en sus extraordinarios ojos verdes. Sorpresa. Confusión. Y algo más que no logro descifrar.
—¿Qué...? —empieza con la voz suave, exactamente como la recuerdo—. ¿Qué haces aquí?