CAPÍTULO DIEZ #2
—El programa menciona a una bailarina principal llamada Elowen Castellan, y Orion juró haber oído una conversación tuya con Reid en la que se mencionaba un nombre parecido. ¿Tiene algo que ver con cierta mujer del vestido rojo que últimamente ocupa tus pensamientos?
Todo mi cuerpo se congela. Elowen. Aquí. Ahora.
—Mándame la dirección —digo, mientras cuelgo y cojo el abrigo.
Quince minutos después, mi chófer se detiene frente al edificio histórico que alberga la Academia Swan. El vestíbulo está lleno de la Nueva York de etiqueta: gente de la alta sociedad, empresarios, filántropos, todos orbitando alrededor del arte y del prestigio que este confiere.
Orion sale a mi encuentro en cuanto entro, con un vaso de whisky en la mano y una expresión de genuina sorpresa en el rostro.
—Has venido de verdad —observa mientras me tiende la bebida—. Kanidas presumirá de esto durante el resto del año.
—¿Dónde está? —pregunto, ignorando el comentario mientras recorro la sala con la mirada.
—Probablemente encandilando a esa violonchelista pelirroja que no le ha quitado los ojos de encima desde el principio de la velada —responde Orion, señalando con la cabeza hacia el otro extremo del vestíbulo, donde nuestro hermano mediano mantiene, en efecto, una conversación íntima con una mujer deslumbrante, gesticulando con las manos mientras ella se ríe de algo que él acaba de decir.
—¿Ha empezado el programa?
—Estamos en el descanso. La segunda parte empieza en cinco minutos.
Me estudia con ojos perspicaces.
—¿Así que de verdad está aquí? ¿La misteriosa mujer que ha conseguido atravesar la fortaleza Thalassinos?
No me digno a responder. Me dirijo a las puertas que conducen al teatro principal. Orion me sigue, con una expresión de fascinación contenida en su rostro, normalmente impasible.
Encontramos nuestros asientos, unas localidades privilegiadas en el centro de la tercera fila. Muy propio de Kanidas: incluso en sus momentos más frívolos, nunca deja de conseguir lo mejor para la familia. Instantes después, las luces se apagan y el silencio se adueña del público.
Arranca la música, algo clásico e impreciso que apenas registro. Tengo los ojos clavados en el escenario y estudio cada figura que sale de entre bastidores con su vestuario azul y blanco. Y entonces...
Ella.
No hay ninguna duda posible. Ni siquiera bajo los focos, ni siquiera con el pelo recogido en un moño tirante en lugar de caer en ondas negras sobre mis almohadas, ni siquiera con un tutú blanco en vez del vestido rojo... es ella. Elowen.
Su entrada transforma por completo el escenario.
Hay una gracia en sus movimientos que va más allá de la mera técnica; una expresividad que comunica más de lo que podrían hacerlo jamás las palabras.
La observo, completamente absorto: cada movimiento de sus delicados brazos, la elegante línea de su cuello, la precisión de unos pasos que parecen desafiar a la gravedad misma.
Es brillante. Extraordinaria. Perfecta.
No puedo apartar los ojos de ella. Sigo cada giro, cada salto, cada instante aparentemente imposible de suspensión. Es como si el resto del mundo hubiera desaparecido y solo quedaran ella, su presencia, su arte, su vitalidad desbordante.
Es ella, es realmente ella, justo delante de mis ojos una vez más.
El pensamiento resuena con absoluta claridad en mi mente, acompañado de una sensación casi desconocida, algo parecido al asombro. Las seis semanas que he pasado intentando ignorar los pensamientos sobre ella parecen irse de golpe al traste.
La coreografía avanza hacia lo que es claramente su momento culminante. Elowen se prepara, con una concentración absoluta en el rostro, para lo que parece un salto especialmente exigente.
Se lanza al aire, el cuerpo formando una línea perfecta, suspendida un instante en un estado de gracia que parece desafiar todas las leyes de la física.
Y entonces, inexplicablemente, algo cambia.
Una vacilación imperceptible para unos ojos menos atentos.
Un fallo microscópico en la precisión que había marcado cada uno de sus movimientos anteriores.
En cuanto sus pies tocan el escenario, se tambalea. Intenta recuperar el equilibrio, pero resulta evidente el esfuerzo extraordinario que le cuesta. Durante un segundo, un único y terrible segundo, nuestras miradas se encuentran, pero ella no parece verme. Hay confusión en sus ojos y, entonces...
Se cae.
El impacto de su cuerpo contra el escenario resuena por todo el teatro silencioso. Durante un instante se produce una parálisis colectiva, como si el público no pudiera asimilar la ruptura de la perfección que estábamos contemplando. Después, estalla el caos.
Se encienden las luces de la sala. Alguien grita que llamen a un médico. Las bailarinas rodean a Elowen, con los rostros convertidos en máscaras de preocupación. La coreógrafa, una mujer mayor con un marcado acento francés, ordena a todos que se aparten.
Estoy de pie antes incluso de ser consciente del movimiento, con una sola sentencia que resuena en mi mente con una claridad devastadora:
«Tres meses, ¿recuerdas? No tengo tiempo para arrepentimientos».