Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO DIEZ
36%

CAPÍTULO DIEZ

Thaddeus

La sala de juntas de la planta ejecutiva de Thalassinos Holdings vibra con una tensión palpable mientras observo a Marcus Wellington, nuestro director financiero desde hace cinco años, intentar justificar lo injustificable.

Le tiemblan ligeramente las manos al pasar las páginas de la presentación y unas gotas de sudor le perlan la frente mientras explica la desviación de fondos de nuestra filial de Singapur, una desviación que orquestó él mismo con todo detalle, convencido de que pasaría inadvertida entre las múltiples capas de auditoría que implanté precisamente para casos como este.

—Como puede ver, señor Thalassinos —prosigue, con la voz tensa por el esfuerzo de mantener la compostura profesional—, la discrepancia fue simplemente un error contable debido a la fluctuación del tipo de cambio entre el dólar de Singapur y...

—Basta —lo interrumpo, con la voz deliberadamente serena, algo que, como todos los presentes saben muy bien, es infinitamente más peligroso que si estuviera gritando—. Estamos perdiendo un tiempo valioso con mentiras elaboradas, señor Wellington.

El silencio que sigue es absoluto; nadie en la sala se atreve siquiera a respirar demasiado fuerte.

Jeffrey Wilkins, sentado a mi derecha, desliza discretamente hacia mí una carpeta azul.

La abro sin prisa y aparecen documentos que me sé de memoria tras pasar la noche en vela estudiando cada detalle: extractos bancarios, transferencias y sociedades pantalla organizadas con precisión milimétrica.

—Seis millones trescientos cuarenta y dos mil dólares —digo, mirándolo fijamente a los ojos, que ya han perdido todo rastro de seguridad—.

No es un error contable ni una fluctuación del tipo de cambio, sino una desviación sistemática durante meses hacia una cuenta en las Islas Caimán registrada a nombre de su cuñada.

Abre la boca, probablemente para ofrecer otra explicación elaborada, pero levanto una mano y lo silencio al instante.

—Lo que me intriga, señor Wellington, no es la sofisticación del plan, que, francamente, he visto ejecutar con mucha más elegancia, sino su ingenuidad al creer que no lo descubriríamos.

Por fin deja de fingir.

—Puedo devolverlo todo —ofrece, desesperado—. Con intereses. Fue un momento de debilidad. Problemas familiares. Mi hija necesitaba tratamientos muy caros y...

—Thalassinos Holdings tiene uno de los seguros médicos más completos del mercado —corto su patética excusa—.

Su hija habría tenido cubierto cualquier tratamiento que necesitara.

Además, su salario anual es de siete cifras.

Si necesitaba ayuda económica, tenía a su disposición infinidad de opciones legítimas.

Wellington se pone aún más pálido, si eso es posible.

—No se trata del dinero —digo, y cierro la carpeta con un movimiento deliberado—. Se trata de lealtad.

Hago un leve gesto hacia la puerta, donde ya esperan dos guardias de seguridad. Siempre eficiente, Lauren debe de haberlos apostado ahí justo en el momento preciso.

—Sus pertenencias ya están empaquetadas —le informo mientras se lo llevan—. Nuestros abogados se pondrán en contacto con usted para hablar de la restitución íntegra. Si coopera plenamente, no presentaré cargos penales.

Cuando la puerta se cierra, parece que el oxígeno vuelve a la sala. Jeffrey carraspea discretamente.

—Ha sido... clemente —comenta, escogiendo las palabras con cuidado.

—No ha sido clemencia —lo corrijo mientras ordeno de nuevo los documentos sobre la mesa—.

Han sido matemáticas. Un proceso penal resultaría caro, largo y potencialmente dañino para nuestra imagen pública.

La solución más eficiente era el despido inmediato y la restitución.

Pero me encargaré personalmente de que ese gusano no vuelva a encontrar trabajo en ningún rincón del planeta.

Jeffrey me observa con esa expresión que conozco tan bien, como si intentara descifrar un código especialmente complejo.

Llevamos trabajando juntos el tiempo suficiente para que sepa que mis decisiones esconden algo más que la pura lógica que expongo, pero también el suficiente para saber cuándo no debe insistir.

—¿Candidatos para sustituirlo? —pregunto, cambiando de tema.

—Tres finalistas. Esta mañana le he enviado los perfiles al correo. Todos con expedientes impecables.

—Bien. Quiero entrevistas antes de que termine la semana.

La reunión pasa a las adquisiciones pendientes, las negociaciones en nuevos mercados, las estrategias de expansión. Asimilo cada dato, intervengo cuando es necesario y tomo decisiones con la eficacia calculada que ha construido este imperio.

Pero una parte de mi mente, pequeña, persistente e irritantemente insubordinada, vuelve una y otra vez a un pensamiento que no tiene nada que ver con fusiones empresariales ni mercados globales: un pequeño trozo de papel con tres palabras escritas con una caligrafía delicada. Maldita sea.

♥

Cuando por fin regreso a mi despacho, el día ya se ha convertido en noche.

Nueva York resplandece allá abajo, una alfombra de luces que se extiende hasta el horizonte.

En noches como esta suelo quedarme hasta tarde, contemplando la ciudad, no por ningún sentimentalismo cursi, sino porque la vista me recuerda lo que he construido, lo que protejo y lo que seguiré expandiendo pese a cualquier obstáculo.

Lauren ya se ha marchado y ha dejado sobre mi escritorio los expedientes de los candidatos a director financiero, ordenados según su potencial, como hace siempre.

También hay un recordatorio sobre el almuerzo familiar del domingo, como si pudiera olvidar el interrogatorio sobre mi vida personal al que mis hermanos intentarán someterme sin duda.

Abro el cajón inferior del escritorio y levanto el fondo falso. Y veo la nota que Elowen dejó aquella mañana.

«Me despertaste».

Tres palabras. Ni un nombre completo ni un número de teléfono. Ni una petición ni una promesa. Solo una afirmación que me ha perseguido más de lo que estoy dispuesto a admitir.

Cierro los ojos un instante y me concedo el raro lujo de recordar.

El vestido rojo. Los ojos verdes, de una intensidad extraordinaria.

La piel delicada bajo mis dedos. La forma en que se entregó, por completo y con honestidad, sin juegos ni manipulaciones.

Una noche de conexión auténtica como no había vivido en...

quizá nunca había vivido algo así de verdad.

—Me despertaste —murmuro, repitiendo sus palabras—. Entonces, ¿por qué he estado dormido desde que te marchaste?

La pregunta queda suspendida en el despacho vacío, sin respuesta. Sacudo la cabeza, irritado conmigo mismo por esa indulgencia emocional. Devuelvo la nota a la caja, la caja a su escondite y vuelvo a centrarme en los expedientes de los candidatos.

A veces pienso en pedirle a Reid que retome la búsqueda. No sería imposible localizarla. Tengo su nombre de pila y su profesión; probablemente baile en alguna compañía de la ciudad.

Pero ¿para qué? ¿Qué le diría cuando la encontrara?

«Me intrigó tu nota». «No consigo dejar de pensar en ti». Ridículo. Patético.

Elowen, sea quien sea en realidad, probablemente ya ha pasado página. Al fin y al cabo, ella misma lo dijo: iba contrarreloj. Solo disponía de tres meses. Y vi la urgencia en sus ojos, en sus palabras; era inconfundible.

Tres meses. Ya han pasado seis semanas desde aquella noche. La mitad del tiempo que dijo tener.

La certeza me golpea con una fuerza inesperada, casi visceral.

Si lo que dijo era cierto (¿y por qué iba a mentir sobre algo así?), entonces el tiempo se le está acabando. Dentro de solo seis semanas más, ella...

No. Es absurdo pensar en ello. Era joven, sana, llena de vida. Quizá solo fuera una metáfora. Una forma dramática de decir que se encontraba en un momento decisivo de su vida.

El teléfono suena e interrumpe mi análisis. Miro el reloj: son casi las diez de la noche. ¿Quién llamaría a la oficina a estas horas en vez de al móvil?

—Thalassinos —respondo, manteniendo a raya la impaciencia.

—¿Sigues trabajando, hermanito? Tan predecible como un reloj suizo.

La voz de Kanidas llega a través de la línea, impregnada de ese tono burlón y divertido que siempre reserva exclusivamente para mí.

—¿Qué quieres, Kanidas? —pregunto sin rodeos, al reconocer el murmullo de conversaciones de fondo—. ¿Y dónde estás?

—En la Academia Swan, un lugar al que va la gente normal cuando decide tener una vida más allá de las hojas de cálculo y los contratos —responde, con la ironía palpable en cada sílaba—.

¿Te acuerdas de ese acto benéfico del que llevo semanas hablándote y que has ignorado sistemáticamente? Se está celebrando ahora mismo.

Me froto las sienes y recuerdo vagamente los distintos intentos de Kanidas y Orion de convencerme para que asistiera a esta función. Algo sobre estrechar lazos con posibles socios para la fundación familiar.

—Estoy ocupado, como puedes ver.

—Siempre lo estás —replica Kanidas—. Pero creo que esta vez te interesará reconsiderarlo. El acto está lleno de posibles inversores para esa expansión al sector del entretenimiento que llevas tiempo planeando, y Orion está haciendo un trabajo excelente para poner el foco en la fundación familiar.

—Y tú, supongo, estás haciendo un trabajo excelente coqueteando con todas las mujeres de la alta sociedad de la sala —observo con sequedad.

La carcajada de Kanidas confirma mi suposición.

—Solo cumplo con mi papel en la dinámica familiar, Thaddeus.

Orion se ocupa de la imagen pública, Mathis asusta a todo el mundo con su temperamento explosivo, Andreas intenta encontrar la cura del cáncer, tú aterrorizas al mundo empresarial y yo...

bueno, yo aporto el encanto del que los cuatro andáis tan desesperadamente faltos.

Hay algo en el tono de Kanidas, una insistencia inusual tras su frivolidad habitual, que capta mi atención.

—¿Cuál es el verdadero motivo de esta llamada, Kanidas?

Se hace un breve silencio. Después: