CAPÍTULO NUEVE
Elowen
Dos mañanas después, vuelvo a estar sentada en la consulta de un médico.
No en la del Dr. Ryan —no volvería a poner un pie allí ni loca—, sino en una clínica que me recomendó Sophie.
No hizo preguntas cuando le pedí que me recomendara a alguien; se limitó a darme un abrazo fuerte y a decirme que estaría ahí para lo que necesitara.
La doctora, la Dra. Hopkins, es cálida y directa, nada que ver con la distante formalidad del Dr. Ryan. Tras una exploración preliminar y un análisis de sangre, confirma lo que ya sé.
—Enhorabuena, señorita Castellan. Está embarazada de aproximadamente un mes.
Un mes.
—Y... ¿todo está bien? —pregunto titubeante—. ¿Con el bebé?
—Según las pruebas iniciales, sí. —Sonríe—. Pero lo vigilaremos todo de cerca. ¿Ha dicho que es bailarina profesional? Tendremos que hablar de cómo adaptar sus entrenamientos.
Adaptar. La palabra resuena en mi mente. Hace apenas un mes, mi vida giraba por completo en torno a la danza. Ahora todo tendrá que adaptarse a esta nueva realidad.
La audición. Mi sueño de entrar en la Compañía Nacional. ¿Seguirá siendo posible?
—Dra. Hopkins... —Vacilo, sin saber cómo formular la pregunta—. Tengo una audición importante dentro de dos semanas. ¿Sería... sería seguro para el bebé que participara?
Se toma la pregunta en serio, sin el juicio que me temía.
—Depende de la intensidad —responde al fin—. El primer trimestre es crucial para el desarrollo del feto. En general, el ejercicio al que su cuerpo ya está acostumbrado es seguro, pero nada extremo. Nada que provoque un agotamiento absoluto o someta al cuerpo a una tensión excesiva.
Nada extremo. La audición para la Compañía Nacional es la definición misma de algo extremo. Tres horas bailando sin parar, demostrando técnicas que llevan al cuerpo hasta el límite mismo de sus posibilidades.
—Lo entiendo —murmuro, sintiendo que mi sueño se me escapa entre los dedos.
La Dra. Hopkins debe de notar mi expresión abatida, porque añade con dulzura:
—Cada embarazo es único, Elowen. La vigilaremos de cerca. Si se encuentra bien, sin náuseas intensas ni mareos, y se mantiene hidratada y come bien, quizá pueda seguir bailando. Solo... escuche a su cuerpo. Él le dirá cuándo parar.
Le doy las gracias por su sinceridad y pido cita de revisión para la semana siguiente. De camino a casa, me desvío por el parque que hay cerca de nuestro piso. Necesito pensar. Asimilarlo. Decidir.
Me siento en un banco y observo a los niños jugar en la zona infantil. Madres y padres atentos, sonrisas orgullosas, pequeños dramas por helados caídos y rodillas raspadas. La vida cotidiana. La vida real.
¿Seré una de ellos dentro de poco? ¿Una madre en el parque, viendo jugar a mi hijo?
La idea me aterra y, al mismo tiempo, me reconforta de una manera extraña.
Mi mano vuelve a buscarme el vientre, en un gesto que cada vez me sale de forma más instintiva. Hola, pequeñín. Esta comunicación silenciosa me transmite una paz inesperada.
De repente, sé lo que tengo que hacer. O, al menos, cuál es el primer paso.
Tengo que contárselo a Amber. A mi hermana, mi roca, mi familia. Merece saberlo. Nos enfrentaremos a ello juntas, como siempre.
Y, en cuanto a Thaddeus... esa decisión puede esperar un poco más. Primero necesito comprender del todo qué quiero y qué espero de él. Si es que espero algo más allá de que reconozca que es el padre.
Me levanto del banco con una determinación nueva en los pasos. La vida tal como la conocía ha terminado. Empieza otra. Y, por aterrador que resulte, hay una extraña belleza en este momento de transformación.
Soy Elowen Castellan. Bailarina. Hermana. Y ahora, madre.
Tres identidades que equilibrar. Tres mundos por los que abrirme camino.
El desafío es enorme. Pero, por primera vez desde que vi aquellas dos líneas rosas en la prueba de embarazo, no siento únicamente miedo. También siento esperanza.
Y, por ahora, eso basta para dar el siguiente paso.
❤
Estoy sentada a la mesa de la cocina, removiendo distraídamente el té de jengibre que me he preparado para aliviar las náuseas matutinas. Amber está sentada enfrente, repasando sus apuntes para el examen de mañana, completamente ajena a la tormenta que se agita en mi interior.
Respiro hondo. Ha llegado el momento. Ya no puedo posponer más esta conversación.
—¿Amber? —Mi voz suena más débil de lo que pretendía—. ¿Puedo hablar contigo un minuto?
Levanta la vista de los libros y una expresión de preocupación le cruza el rostro al instante. Desde que salió a la luz lo de la deuda, se ha mostrado más abierta conmigo, como si compartir el secreto le hubiera quitado un peso de encima.
—Claro. —Cierra el libro y me presta toda su atención—. ¿Qué pasa?
Aprieto las manos alrededor de la taza caliente, buscando consuelo en su calor. ¿Cómo se lo digo? ¿Cómo se anuncia algo que va a cambiarnos la vida por completo otra vez?
—Yo... —Vacilo, con las palabras atascadas en la garganta. Entonces decido soltarlo sin más. Sin rodeos. Sin preámbulos. Como arrancar una tirita de golpe—. Estoy embarazada.
El silencio que sigue es absoluto. Amber parpadea una vez, dos, tres, como si necesitara procesar cada sílaba por separado. Abre mucho los ojos verdes y entreabre los labios, pero no emite ningún sonido.
—Embarazada —repite por fin, como si la palabra le resultara extraña y pesada en los labios—. Estás... embarazada.
No es una pregunta, pero aun así lo confirmo con un lento asentimiento.
—De un mes. Lo confirmé ayer con la doctora.
—De un mes —repite, y entonces la comprensión le ilumina los ojos—. Aquella noche en el bar. Ese tal Thaddeus.
Vuelvo a asentir, incapaz de decir nada más. La vergüenza y el miedo se me enredan en el pecho hasta dejarme sin aire.
—¿No... no usasteis protección? —pregunta, no para acusarme, sino intentando entender.
—Sí —respondo en voz baja—. Usó preservativo. Lo vi.
Amber se enrosca un mechón de pelo en el dedo, un gesto que reconozco como su manera de asimilar una noticia inesperada.
—Los accidentes ocurren —dice por fin, en un tono más suave—. Es raro, pero pasa. Ningún método es eficaz al cien por cien.
Silencio de nuevo. Observo su expresión, intentando leerle el pensamiento. ¿Está decepcionada? ¿Enfadada? ¿Preocupada? Probablemente todo eso y más.
—Y qué vas a... —empieza, y vuelve a empezar—. ¿Qué planes tienes?
Hay una pregunta que no formula: «¿Vas a quedártelo?»
—Voy a tener al bebé —digo con una certeza que no sabía que tenía hasta este momento—. No sé exactamente cómo, pero voy a tenerlo.
Amber asiente, y algo en sus hombros parece relajarse, como si la respuesta la aliviara.
—¿Y el padre? Ese Thaddeus. ¿Vas a decírselo?
La pregunta que he estado evitando desde que vi las dos líneas rosas en la prueba.
—Todavía no lo sé —respondo con sinceridad—. No es... de los hombres que buscan compromiso.
—En cualquier caso, tiene derecho a saberlo —dice Amber, siempre la voz de la razón ética—. Y, francamente, teniendo en cuenta nuestra situación económica...
No termina la frase, pero no hace falta. La deuda. Los ciento ochenta y cinco mil dólares que penden sobre nuestras cabezas. Un niño supondrá gastos de más que sencillamente no podemos permitirnos.
—No quiero ir a pedirle dinero —digo con firmeza, sintiendo que me arde la cara—. No soy esa clase de persona.
—Sé que no lo eres. —Amber alarga la mano y cubre la mía con sus dedos finos—. Pero tiene responsabilidades como padre, sin importar cómo os conocisteis.
Suspiro, sabiendo que tiene razón. Aun así, la idea de enfrentarme a Thaddeus, de volver a ver aquellos ojos intensos, de explicárselo todo... me aterroriza. Además, está la cuestión de mi carrera. La audición para la Compañía Nacional. El sueño de media vida.
Como si me leyera el pensamiento, Amber pregunta:
—¿Y el ballet? ¿La audición?
La pregunta me golpea con fuerza renovada. Desde que me confirmaron el embarazo, he evitado pensar demasiado en ello, aunque siga entrenando.
—Voy a intentarlo —digo, con más determinación de la que siento en realidad—. La Dra. Hopkins ha dicho que puedo seguir bailando si me encuentro bien y no llevo el cuerpo al extremo.
Amber parece escéptica, pero no discute. En lugar de eso, se levanta de la silla, rodea la mesa, se arrodilla a mi lado y me abraza con fuerza.
—Nos enfrentaremos a esto juntas —me promete al oído, y noto que se me llenan los ojos de lágrimas—. Como a todo lo que nos ha tocado afrontar. Como una familia.
Le devuelvo el abrazo y dejo que ahora las lágrimas corran libres. El alivio de compartirlo por fin, de no cargar sola con este secreto, es inmenso.
—Incluso con toda la deuda, incluso con todos los problemas... —susurro contra su hombro.
—Sobre todo con toda la deuda y todos los problemas —termina ella, apartándose lo justo para mirarme a los ojos—. Estamos juntas en esto, El. Siempre.
Y en ese momento creo de verdad que, de algún modo, todo saldrá bien.
❤
Las dos semanas siguientes pasan en una nebulosa de ensayos intensos, náuseas matutinas y decisiones aplazadas.
No se lo he contado a nadie más, salvo a Amber.
Ni siquiera a Madame Beaumont, que sin duda me retiraría de la audición.
Ni a mis compañeras de baile, que me apoyarían, pero que también tendrían que guardar un secreto capaz de afectar a sus propias posibilidades.
Y a Thaddeus, desde luego, tampoco.
Cada mañana me despierto pensando que hoy será el día en que llame al número de aquella elegante tarjeta. Cada noche me acuesto sabiendo que he vuelto a aplazar la decisión.
Mientras tanto, mi cuerpo sigue cambiando, aunque los demás no lo noten.
Las náuseas son ahora menos frecuentes, gracias al té de jengibre y a las comidas pequeñas y frecuentes que Amber insiste en que tome.
Pero el cansancio permanece, una fatiga profunda que no se alivia del todo por mucho que duerma.