Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO NUEVE #2
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CAPÍTULO NUEVE #2

En el estudio lo doy todo, pero ahora con una conciencia nueva de mis límites. Ya no fuerzo el cuerpo hasta el agotamiento absoluto. Ya no ignoro las señales de fatiga. La vida que llevo dentro es lo primero, incluso por delante de la danza que siempre ha sido mi oxígeno.

Es una transformación sutil, pero profunda. Un cambio de prioridades que nunca imaginé que experimentaría tan pronto.

La audición para la Compañía Nacional está programada para mañana.

Pero antes, hoy, tenemos un acontecimiento especial: una actuación para posibles inversores y benefactores de la academia.

Una función que, según Madame Beaumont, podría determinar el futuro económico de la Academia Swan en los próximos años.

Y yo soy la bailarina principal. La estrella en torno a la que se ha coreografiado toda la actuación.

Estoy en el camerino, ajustándome el tutú blanco y comprobando el moño por última vez, cuando siento esa oleada de mareo que ya me resulta familiar. Cierro los ojos y respiro hondo, esperando a que pase.

—¿Estás bien? —pregunta Sophie a mi lado, ya con su traje azul celeste—. Se te ve un poco pálida.

—Estoy bien —respondo automáticamente—. Solo estoy nerviosa.

Me aprieta el hombro en señal de solidaridad.

—Vas a bordarlo, como siempre.

Su confianza es sincera y reconfortante.

Madame Beaumont aparece en la puerta del camerino, con el rostro, normalmente severo, aún más tenso.

—¡Cinq minutes, mes filles! —anuncia, dando palmadas con autoridad—. Recordad que la sala está llena. Directores de Nueva York. Y unos cuantos magnates que patrocinan causas benéficas. ¡Ni un error!

Magnates. Benefactores. Las palabras resuenan de forma extraña en mi cabeza. Por alguna razón, pienso en Thaddeus. Parecía el tipo de hombre que asistiría a un acto así. Rico. Poderoso. Influyente.

De pronto, la idea vuelve a revolverme el estómago. ¿Y si está ahí fuera? ¿Y si me reconoce? Niego con la cabeza y aparto el pensamiento. Nueva York es enorme. Las probabilidades son mínimas. Improbable. Casi imposible.

—Vamos —Sophie me tira del brazo—. Es la hora.

Nos dirigimos a los bastidores mientras el murmullo de las conversaciones llega desde el público. Me asomo entre las cortinas y veo elegantes siluetas en las primeras filas. El teatro está lleno hasta los topes, más abarrotado que nunca en una representación de la academia.

Respiro hondo para centrarme. Siento el conocido aleteo en el estómago, esa mezcla de expectación y terror que siempre aparece antes de una actuación importante.

Pero ahora hay algo más. Soy intensamente consciente del diminuto ser que llevo conmigo, completamente ajeno a lo que está a punto de ocurrir.

«Por ti, pequeñito», me prometo en silencio. «Tendré cuidado. Por ti».

Comienza la música, un arreglo clásico de Chaikovski. Las demás bailarinas salen primero, en un dibujo coordinado de azules y blancos. Espero mi señal y cuento los compases mentalmente.

Y entonces entro. En cuanto mis pies tocan el escenario, todas mis preocupaciones se disipan. Solo soy movimiento, música y expresión. Mi cuerpo sabe qué hacer, entrenado por incontables horas de repetición y disciplina.

La coreografía fluye con naturalidad. Giros, saltos y movimientos precisos que cuentan una historia de anhelo y transformación. Siento las miradas del público sobre mí, atentas a cada gesto y a cada expresión.

Se acerca el gran momento. El salto culminante, el punto álgido de toda la actuación. Un grand jeté seguido de una secuencia de fouettés que exige todo lo que tengo. Respiro hondo para centrarme.

Y entonces salto.

Es en lo más alto del movimiento, en ese instante de suspensión perfecta, cuando lo siento. Un mareo repentino, más intenso que cualquier otro que haya sentido. El mundo da vueltas, no de la forma controlada de los giros del ballet, sino caóticamente.

Pierdo el equilibrio. Mi cuerpo, entrenado para caer con una gracia precisa, me falla. Mis pies no encuentran el suelo como deberían. Se me doblan los tobillos.

Me caigo.

El impacto contra el duro escenario es instantáneo y el sonido reverbera por todo el teatro silencioso. Oigo exclamaciones ahogadas entre el público y cómo las demás bailarinas contienen la respiración. Intento levantarme, retomar la coreografía, pero mi cuerpo no responde.

La oscuridad empieza a cerrarse en los bordes de mi visión, como un telón que baja despacio. Oigo voces lejanas, preocupadas. Alguien grita pidiendo ayuda. Las luces del escenario parecen volverse dolorosamente brillantes y después se atenúan.

Mi último pensamiento consciente es para la vida que llevo dentro. «Por favor, que esté bien. Por favor».

Y entonces, nada.

❤

pum-pum... pum-pum... pum-pum...

El sonido es rápido y constante, como un diminuto tambor. O como un caballo galopando a lo lejos. Rítmico. Reconfortante. Vivo.

Abro los ojos despacio y parpadeo ante la luz fluorescente. No estoy en el escenario. No estoy en casa. Paredes blancas. Sábanas blancas. El inconfundible olor del desinfectante.

Hospital.

El recuerdo regresa en destellos fragmentados. El salto. El mareo. La caída.

—El bebé... —Mi voz es un susurro ronco, casi inaudible.

—Lo está oyendo ahora mismo.

Giro la cabeza hacia la voz. Una mujer de mediana edad con bata blanca está junto a la cama y sostiene lo que parece un pequeño dispositivo contra mi vientre todavía plano. El sonido procede de ahí. Es el corazón de mi bebé.

pum-pum... pum-pum... pum-pum...

—¿El bebé está bien? —pregunto, y noto que se me llenan los ojos de lágrimas.

La doctora, que no es la Dra. Hopkins, sino alguien a quien no reconozco, sonríe con amabilidad.

—El bebé está bien. Fuerte y sano, por lo que podemos ver.

Retira el dispositivo y el precioso sonido desaparece. Lo echo de menos al instante.

—Ha tenido suerte, señorita Castellan. Esa caída podría haber sido mucho peor.

Yo no me siento afortunada. Me siento aterrorizada, aliviada y culpable, todo a la vez.

—¿Qué me ha pasado? —pregunto, e intento incorporarme. Un dolor agudo me atraviesa el tobillo derecho y me arranca un gemido.

—Con cuidado —me advierte la doctora—. Se ha torcido el tobillo al caer.

No es nada grave, pero tendrá que dejarlo descansar.

En cuanto al desmayo, probablemente se ha debido a una combinación de bajada de azúcar, deshidratación y un esfuerzo físico intenso.

El embarazo hace que su cuerpo sea más vulnerable a esos factores.

Cierro los ojos un instante, asimilando el impacto de esas palabras. Mi cuerpo, que siempre ha sido un instrumento perfectamente afinado, ahora se rige por reglas nuevas. Unas reglas que tengo que aprender a respetar.

—¿De verdad está bien el bebé? —pregunto otra vez, porque necesito oírlo de nuevo.