CAPÍTULO OCHO #2
—Sus abogados consiguieron darle la vuelta a todo. De repente, las pruebas «sugerían» que papá se había metido en el carril contrario. Que iba distraído. —Le tiembla la voz de pura indignación contenida—. Y ellos ya no estaban vivos para defenderse, El.
Se me encoge el estómago. Da asco tanta injusticia.
—¿Así que, en lugar de recibir una indemnización por sus muertes, a nosotras nos demandaron por las «lesiones y daños psicológicos» que sufrió el pobre Hayes? —La incredulidad en mi voz es palpable.
Amber asiente.
—Exacto. Y como no teníamos dinero para contratar buenos abogados y nuestros parientes más cercanos no quisieron meterse en una batalla contra los Hayes... perdimos.
—Pero ¿cómo se convirtió en una deuda tan enorme? ¿Y por qué la estás pagando tú sola?
Se pasa una mano por el pelo y se deshace aún más el moño, ya de por sí revuelto.
—La sentencia original eran doscientos cincuenta mil dólares —explica, y veo que la vieja rabia le sigue ardiendo en los ojos—.
Cuando cumplí los dieciocho, justo cuando conseguí tu custodia legal, venció el plazo.
O pagábamos, o se quedaban con la casa que nos dejaron nuestros padres y con todo lo demás que teníamos.
Me acuerdo de aquella época. Amber, recíen salida del instituto, consiguió milagrosamente mi custodia legal, vendió la casa familiar y nos trajo a este piso diminuto de Nueva York para que yo pudiera seguir con mi formación de ballet.
Siempre pensé que la mudanza había sido sobre todo por mí, para estar más cerca de la Academia Swan.
Nunca imaginé que detrás había una deuda descomunal e injusta.
—¿Por qué no me lo contaste nunca? —le pregunto, y le cojo la mano.
—¿De qué habría servido? —Se encoge de hombros—. Tenías catorce años y acababas de perder a tus padres. Por fin volvías a ser feliz con el baile. No podía... No quería cargarte también con ese peso.
—Así que has cargado con ello sola todos estos años. —No es una pregunta.
—Me dieron una indemnización —continúa—. Vendí la casa, pagué una parte y negocié el resto a plazos. Tuve tres trabajos a la vez durante la carrera, mientras cuidaba de ti. A veces, cuando la cosa se ponía muy fea, pedía un aplazamiento. Y siempre me cobraban más intereses, claro.
La admiración que siempre he sentido por mi hermana se multiplica.
Sabía que había hecho sacrificios por mí, pero nunca imaginé hasta dónde llegaban en realidad.
Mientras yo perseguía mi sueño de bailar, ella vendía literalmente su juventud para pagar una deuda injusta y mantener a flote nuestro pequeño mundo.
—El dinero de la indemnización del hospital —digo de repente—. Podemos usarlo para saldar parte de la deuda.
Amber niega con la cabeza, triste.
—Ya he echado cuentas. Incluso con todo el dinero de la indemnización, nos faltarían unos ciento veinte mil dólares.
Lo desesperado de la situación me golpea de lleno. Es una cantidad imposible para las dos. Con lo que ganamos, apenas cubrimos los gastos del día a día.
—Tiene que haber algo que podamos hacer —insisto—. ¿Y si recurres la sentencia original? Ahora estudias Derecho, tienes que conocer algún procedimiento...
—El plazo ya ha prescrito, El —explica con paciencia—. Además, legalmente, cuando acepté el acuerdo de pago, reconocí la deuda. No hay ninguna salida legal.
Nos quedamos en silencio unos instantes, con el peso de la situación flotando sobre nosotras. La mano se me va, involuntaria, al vientre. Ahora hay otra vida en la que pensar. Una vida que dependerá de mí... de nosotras.
Quiero contarle a Amber lo del embarazo. Se merece saberlo. Pero le veo la cara de agotamiento, la preocupación grabada en cada rasgo, y no puedo echarle encima también esta carga ahora mismo. Hoy no.
—Encontraremos una solución —digo al fin, apretándole la mano—. Juntas.
Sonríe débilmente y me devuelve el apretón.
—Siempre protegiendo a tu hermana mayor, ¿eh? —Su tono es ligeramente burlón, un intento de aliviar la tensión.
—Alguien tiene que hacerlo —respondo, forzando una sonrisa.
❤
Sigo despierta, con la mirada clavada en el techo. Tengo la mano apoyada sobre el vientre y susurro promesas silenciosas al pequeño ser que ni siquiera sabe que existe.
Te protegeré. Encontraré la manera. Por ti, por nosotros, por nuestra familia.
¿Pero cómo?
La respuesta llega como un susurro en la oscuridad. La elegante tarjeta que cogí del apartamento de Thaddeus. Thalassinos Holdings. CEO. Un hombre evidentemente rico. El padre de mi hijo.
La idea me revuelve el estómago. Sería tan... calculador. Tan oportunista. Tan poco propio de mí. ¿Buscarlo ahora, después de marcharme sin despedirme, solo para pedirle dinero?
No. No puedo. No haría algo así. Hay líneas que no cruzo, ni siquiera por desesperación.
Pero tiene derecho a saber lo del bebé. Al margen de la deuda y de las circunstancias en las que nos conocimos. También es su hijo.
Así que la pregunta es: ¿cómo lo abordo? ¿Qué le digo? «Hola, ¿te acuerdas de mí? Soy la mujer del vestido rojo que desapareció antes del amanecer. Estoy embarazada de tu hijo».
La sola idea me hace estremecer de vergüenza y de miedo. Con sus pocas palabras dejó claro que no es un hombre para relaciones. Que no se permite «perderse». Un hijo es la definición misma de la complicación, del compromiso permanente.
Y, sin embargo... y, sin embargo...
Me levanto en silencio, voy a mi habitación y saco la tarjeta de donde la escondí, dentro de mi diario. Recorro con los dedos las letras en relieve. Thalassinos. Un nombre que mi hijo llevará ahora en la sangre, aunque no lo lleve en el apellido.
Respiro hondo y vuelvo a guardar la tarjeta en su escondite. Esta noche no voy a decidir nada. Ni mañana. Primero tengo que confirmar el embarazo con un médico. Necesito prepararme emocionalmente. Tengo que encontrar las palabras adecuadas.
Porque en el momento en que se lo cuente a Thaddeus, todo cambiará. Para mí. Para él. Para nuestro hijo. Y hay cambios que, una vez empezados, ya no tienen vuelta atrás.