CAPÍTULO OCHO
Elowen
Embarazada.
La palabra resuena en mi mente mientras sigo sentada en el frío suelo del baño, con la prueba todavía entre las manos temblorosas. Embarazada. Una vida creciendo dentro de mí. Una vida concebida en una sola noche con un hombre al que apenas conozco.
No consigo identificar lo que siento. Es como si todas las emociones posibles hubieran decidido visitarme a la vez. Hay un pánico que crece, por supuesto: las implicaciones prácticas son abrumadoras. Pero también hay algo más, algo que no esperaba: una alegría eufórica.
Llevo la mano por instinto al vientre, todavía plano. Aún no hay nada visible, ninguna prueba tangible más allá de la que tengo en las manos. Pero sé que está ahí. Una célula que se convirtió en dos, luego en cuatro, después en ocho... y ahora en un diminuto conjunto de potencial y posibilidades.
El hijo de Thaddeus. Mi hijo.
Las lágrimas empiezan a caer, y ni siquiera sé si son de miedo, de alegría o de puro desbordamiento emocional. Hace unas semanas creía que solo me quedaban tres meses de vida. Ahora descubro que he creado una nueva vida. La ironía es tan absoluta que casi me hace reír entre lágrimas.
Me levanto del suelo, todavía con las piernas temblorosas. Necesito sentarme. Pensar. Decidir cuál es el siguiente paso.
Salgo del baño y entierro la prueba en el fondo del cubo de la basura. Todavía no estoy preparada para que Amber se entere. Primero necesito asimilarlo yo sola, entender qué es lo que siento.
Chalk me encuentra en el pasillo y se frota contra mis piernas, como si pudiera percibir lo alterada que estoy. Lo cojo en brazos y lo estrecho contra el pecho, reconfortada por su ronroneo constante.
—¿Qué voy a hacer, Chalk? —susurro mientras le acaricio el suave pelaje.
Me siento en el borde de la cama, abrazo a mi gato e intento respirar hondo. Paso a paso, me digo. Primero necesito confirmarlo con un médico. Las pruebas de farmacia pueden dar falsos positivos, ¿verdad?
Pero, incluso mientras lo pienso, sé que es verdad.
Todos los indicios están ahí. Las náuseas matutinas.
El agotamiento extremo. Los mareos. La sensibilidad en los pechos, que atribuí al esfuerzo físico.
Y, por supuesto, el retraso de la regla, que ignoré a conveniencia y achaqué al estrés de todo lo que ha pasado.
Mis pensamientos se ven interrumpidos por el timbrazo estridente del teléfono en el salón. Durante un instante, me planteo no contestar, pero podría ser Amber, que necesita algo. Dejo a Chalk sobre la cama, voy al salón y cojo el teléfono sin mirar quién llama.
—¿Diga?
—Buenas tardes —responde una voz masculina, formal y ligeramente irritada—. Intento localizar a Amber Castellan.
—Ahora mismo no está —respondo con vacilación—. ¿Puedo ayudarle? Soy su hermana, Elowen.
Se produce un silencio al otro lado de la línea, seguido de un ruido de papeles que alguien revuelve.
—Sí, señorita Castellan. Me llamo Richard Hoffman y trabajo en el departamento de cobros de Meridian Financial Solutions —hace una pausa significativa—. Llamo por el préstamo 37489-C, a nombre de su hermana.
—¿Un préstamo? —repito, confundida. Amber nunca me ha hablado de ningún préstamo.
—Sí, señorita —responde el hombre con el tono de quien explica algo obvio—. El acuerdo al que llegamos permitía realizar pagos parciales durante doce meses, un plazo que está llegando a su fin. Tenemos que hablar de las opciones para saldar el importe restante.
Mi confusión va en aumento. ¿De qué me está hablando? ¿Qué préstamo es ese?
—Lo siento, señor Hoffman, pero no tengo constancia de ningún préstamo. ¿Puede explicarme exactamente de qué se trata?
Al otro lado se oye un suspiro impaciente.
—Señorita Castellan, he intentado localizar a su hermana en su móvil en repetidas ocasiones, tal como ella indicó, pero no he recibido respuesta —su tono se vuelve más duro—.
El plazo para saldar la deuda se está agotando y no podré ampliarlo más ni aceptar pagos parciales.
Si no se abona el importe según lo acordado, nos veremos obligados a tomar medidas más drásticas.
—¿Qué deuda? —pregunto, y la voz me sube una octava—. ¿De cuánto estamos hablando?
—Ciento ochenta y cinco mil dólares, más los intereses acumulados —responde secamente, como si mencionara el precio de un café.
Noto cómo la sangre se me va de la cara. ¿Ciento ochenta y cinco mil dólares? Es una fortuna. ¿De dónde iba a salir una deuda así?
—Tiene que haber algún error —digo con la voz temblorosa—. Mi hermana estudia Derecho. Nosotras no...
—No hay ningún error, señorita —me interrumpe con brusquedad—.
Este préstamo se solicitó hace casi seis años para cubrir los daños de la demanda Castellan contra Hayes.
Su hermana ha ido haciendo pagos periódicos, aunque insuficientes.
Le sugiero que hable con ella y se ponga en contacto conmigo antes de que acabe la semana con una propuesta para liquidar la deuda.
—Pero...
—Que tenga un buen día, señorita Castellan.
La línea se queda en silencio. Ha colgado. Me quedo ahí de pie, con el teléfono en la mano, intentando asimilar lo que acabo de oír. Hace seis años. Fue entonces cuando nuestros padres tuvieron el accidente. Castellan contra Hayes. ¿Una demanda?
Devuelvo el teléfono a su sitio con la sensación de que me ha arrollado un camión. Primero el embarazo y ahora esto. Es demasiado para asimilarlo todo de golpe.
Voy a la cocina y bebo un vaso de agua mientras intento ordenar mis pensamientos. Amber tiene una deuda que lleva años pagando sin contarme nada. Una deuda relacionada con el accidente en el que murieron nuestros padres. ¿Qué significa eso?
Decido mantenerme ocupada con algo práctico, algo que me mantenga en marcha hasta que pueda pensar con claridad.
Abro la nevera y empiezo a preparar algo de comer para Amber; siempre vuelve muerta de hambre de la biblioteca.
Cojo pan integral, corto tomate y queso, y lo meto todo a tostar.
Mientras el olor familiar empieza a llenar la cocina, remuevo distraídamente una taza de té: mis manos ocupadas contrastan con la tormenta que sigue rugiendo dentro de mí.
Miro el reloj. Amber debería volver pronto de la biblioteca. Necesito recomponerme y decidir cómo sacar el tema. Y también tengo que decidir si le cuento lo del embarazo. El embarazo. La idea vuelve como una ola y arrastra con ella todas las complicaciones que por un momento había olvidado.
Oigo las llaves en la cerradura. Amber ya está en casa. Respiro hondo e intento parecer normal o, al menos, menos alterada de lo que estoy en realidad.
Entra cargada con una pila de libros de Derecho y una expresión de agotamiento. Lleva el pelo recogido en un moño revuelto y se le marcan unas ojeras enormes. Ha estudiado muchísimo para los finales.
—Hola —me saluda, y deja los libros sobre la mesa—. ¿Qué tal el ensayo de hoy?
—Normal —miento, incapaz de decir nada más—. ¿Qué tal los estudios?
—Brutales. —Suspira, abre la nevera y saca una botella de agua—. Pero tengo buenas sensaciones con el examen del lunes.
La veo beber el agua y me fijo en que sus hombros parecen soportar un peso invisible. Siempre creí que era solo la presión de los estudios, de las prácticas, de cuidar de mí. Pero ahora me pregunto cuánto de ese peso será en realidad la deuda que me ha ocultado todos estos años.
—Amber... —empiezo, sin saber cómo seguir—. Hoy me han llamado.
Se vuelve hacia mí con una ceja arqueada, curiosa.
—¿Quién?
—Un hombre llamado Richard Hoffman. De Meridian Financial Solutions.
El efecto es inmediato. A Amber se le va todo el color de la cara. La botella se le resbala un poco y derrama agua sobre la encimera. Sus ojos, tan parecidos a los míos, se abren de par en par, con un pánico apenas disimulado.
—¿Ha... ha llamado aquí? —Su voz suena casi irreconocible—. Les di instrucciones expresas de que llamaran solo a mi móvil.
—Por lo visto, lo intentó —respondo sin dejar de mirarla—. Amber, ¿de qué va esa deuda?
Deja la botella en la encimera y se pasa las manos por la cara, un gesto que reconozco: su señal de estrés extremo.
—No es nada de lo que tengas que preocuparte. —Intenta sonreír, pero le sale una mueca tensa—. Yo me ocupo.
—Ciento ochenta y cinco mil dólares no son «nada», Amber —insisto con voz más firme—. ¿Qué está pasando? ¿Por qué hay una demanda que se llama Castellan contra Hayes? ¿Qué tiene que ver con mamá y papá?
Se aparta de la encimera y se mete en el salón, como si necesitara más espacio para respirar. La sigo, decidida a no dejar el tema.
—Por favor, háblame —le suplico mientras me siento a su lado en el sofá—. Somos familia. No debería haber secretos así entre nosotras.
Amber suelta una risa amarga, sin un ápice de humor.
—Lo dice la persona que me ocultó que tenía un tumor cerebral.
El golpe me da de lleno. Y tiene razón, claro. No tengo ninguna autoridad moral para hablar de sinceridad cuando le escondería algo tan importante. En realidad, se lo escondí.
—Vale —admito—. Pero eso no cambia que tengamos que hablar de esto. Por favor, Amber.
Suspira hondo, como si se diera por vencida. Se le hunden los hombros, derrotada.
—Fue después del accidente —empieza, con la mirada fija en sus manos—. Tú eras muy pequeña, así que te ahorré los detalles legales. El otro conductor implicado era Harrison Hayes III, el hijo del propietario de Hayes Industries.
Recuerdo vagamente el nombre de la empresa, un gigante farmacéutico con sede en Nueva York.
—Al principio, la policía determinó que el culpable del accidente era él —continúa Amber, con voz ya inexpresiva, como si recitara los hechos de un caso jurídico lejano y no la tragedia que destrozó nuestra familia—.
Iba borracho y conducía muy por encima del límite de velocidad.
Pero luego... digamos que la influencia y el dinero pesan más.
—¿Qué quieres decir? —pregunto, aunque ya me imagino la respuesta.