Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO CINCO
18%

CAPÍTULO CINCO

Thaddeus

—¿Estás segura? —pregunto por última vez, con la voz más grave de lo habitual y los ojos clavados en los suyos.

No responde con palabras. Sus manos me buscan los hombros y tiran de mí hacia abajo. Su boca encuentra la mía y, en ese mismo instante, noto que abre las piernas, invitándome a entrar. La invitación más clara y ardiente que he recibido en toda mi vida.

—Estoy segura —susurra contra mis labios, y el sonido de esas palabras casi me hace perder el control allí mismo.

Me acomodo entre sus muslos abiertos y, durante un instante, me limito a mirarla. La forma en que me mira, tan entregada, tan valiente, me vuelve loco. Mi polla palpita de necesidad y, al mismo tiempo, siento una responsabilidad enorme. Esto no es solo sexo. Es algo que va a recordar.

—Te dolerá un poco —digo con la voz más baja, más íntima—. Dime si quieres que pare.

Solo asiente. El pecho le sube y le baja con fuerza. El corazón le late tan deprisa que casi lo siento vibrar bajo mi piel. Me muevo despacio, muy despacio, presionando contra su entrada caliente y estrecha.

La sensación es... joder, increíble.

Caliente. Húmeda. Estrecha.

Pero me contengo. Cada centímetro es una batalla entre el deseo más primario y el cuidado que merece. Cuando empiezo a atravesar su barrera, veo un destello de dolor en sus ojos y me detengo de inmediato, con los músculos tensos, en alerta.

—¿Quieres que pare? —pregunto, y trago saliva mientras lucho contra el impulso, casi animal, de seguir.

—No —responde sin aliento—. Solo... despacio.

Asiento y me inclino a besarle la frente, luego las sienes, la mejilla suave. Necesito que sepa que esto no es solo lujuria. Mis manos encuentran las suyas y entrelazo nuestros dedos, apretándolos contra el colchón. Es mi forma de decirle: estoy contigo.

Entonces, con un movimiento firme pero controlado, atravieso lo que queda de la barrera. Siento su cuerpo cerrarse alrededor del mío, estrecho, virgen, ardiente como el fuego. Un gemido gutural se me escapa de la garganta. No puedo contenerlo. Se siente deliciosa.

Se remueve un poco, con los labios entreabiertos, y me detengo justo ahí, hasta el fondo, sin moverme.

Le doy tiempo para que se acostumbre. Apoyo la frente contra la suya.

Observo cada reacción, cada pequeña contracción, cada temblor de su cuerpo en torno al mío.

Es como una llamada directa al centro de mi placer.

Pero no me muevo. Todavía no. La observo.

Le tiemblan las pestañas, tiene los ojos apretados.

El labio inferior atrapado entre los dientes. El ceño fruncido.

Mi polla palpita dentro de ella, pero sigo inmóvil. Quiero absorber cada reacción, cada expresión, cada matiz.

—¿Estás bien? —pregunto, con la voz aún cargada de deseo, aunque también de una preocupación sincera.

—Sí —responde, y veo el cambio. Sus ojos ya no brillan de dolor, sino de algo... más ardiente.

Empiezo a moverme. Despacio. Medido. Cada embestida está calculada, no para contener el placer, sino para guiarla hacia él. Su cuerpo empieza a amoldarse al mío, a responder, como si ya supiera el camino.

Pronto sus manos bajan por mi espalda, recorren mis músculos, me arañan un poco, marcan territorio. Sus caderas se mueven contra las mías por instinto. Me sigue el ritmo, se acopla a mí, como si lleváramos vidas enteras bailando esta danza.

—Perfecta —murmuro en su oído, con la voz ronca de pura lujuria—. Eres perfecta.

Mi ritmo se acelera a medida que el suyo se intensifica. El sonido de nuestros cuerpos al chocar llena la habitación. Sus gemidos me vuelven loco. Son reales, desinhibidos, sin rastro de vergüenza. Música para mis oídos.

Entonces susurra mi nombre. Una petición. Una súplica. Un grito ahogado de placer.

—Lo sé —respondo, porque de verdad lo sé. Siento cómo su orgasmo se acumula como una tormenta. Quiero que llegue. Quiero verla romperse en pedazos.

Deslizo la mano entre nuestros cuerpos y encuentro el punto que sé que la hace ver las estrellas. Unas cuantas caricias de mis dedos y se deshace.

Siento su cuerpo arquearse bajo el mío, el aliento que se le corta, y el gemido estrangulado que se le escapa de los labios me atraviesa como un relámpago.

Se corre, apretando mi polla con una fuerza deliciosa, involuntaria, como si su propio cuerpo me suplicara que me corriera con ella.

Caliente. Húmeda. Tan viva debajo de mí que por un segundo me quedo sin aliento.

—Eso es... —murmuro contra su piel, rozándole el cuello con los labios, saboreando la sal de su sudor—. Así, preciosa... deja que lo sienta todo.

Todavía tiembla cuando vuelvo a moverme. Más profundo ahora. Más intenso. Su cuerpo ya no se resiste. Me acoge, me quiere dentro, me arrastra hacia su interior como si no pensara soltarme nunca.

Me afianzo con firmeza, con el cuerpo pegado al suyo. Y me muevo. Profundo, lento y fuerte, y después más deprisa, buscando ese punto que la hace perder la cabeza. Sé que lo he encontrado cuando me aprieta los hombros con fuerza, clavándome las uñas, con la boca abierta en un gemido ronco.

Me cabalga desde dentro con la misma intensidad con la que yo la embisto. Es algo crudo, sensual, sudoroso. Piel contra piel. Placer contra placer. Sin dudas, solo instinto y necesidad.

Mis caderas aceleran. El ritmo es más urgente ahora. Vuelve a gemir, más alto, y sé que está a punto de correrse otra vez.

Gime más fuerte, con más urgencia, y algo dentro de mí se rompe. Pierdo el control.

—Ven aquí —ordeno con la voz ronca, casi irreconocible, y ella obedece sin vacilar, con los ojos muy abiertos de deseo.

Tiro de ella con firmeza, pero sin brusquedad, y guío su cuerpo hacia arriba, sobre el mío, hasta que se acomoda en mi regazo. Verla así, a horcajadas sobre mí, con el pelo revuelto, el rostro arrebolado, los labios entreabiertos... ¡joder! Es demasiado. Es salvaje. Es perfecto.

Le sujeto la cintura con las manos firmes y la hago deslizarse sobre mí. Sus pechos rebotan con el movimiento y mis ojos se clavan ahí, fascinados, completamente absortos en el espectáculo crudo e hipnótico que me ofrece sin darse cuenta siquiera.

—Mírame —le digo, casi como una advertencia—. Quiero ver tus ojos cuando vuelvas a correrte.

Se mueve, despacio al principio, girando las caderas sobre mí, sintiéndolo todo.

Después acelera, guiada por su propio placer.

Mis dedos le aprietan la cintura, suben por sus costillas, hasta que le acuno un pecho con la mano y me llevo el otro a la boca, succiono, mordisqueo, marco.

Deja escapar un gemido fuerte y su cuerpo vuelve a temblar.

—Eso es... —susurro contra su piel, saboreando su placer, su entrega, su piel sudorosa—. Enséñame lo que sientes.

Echa la cabeza hacia atrás, con las manos apoyadas en mi pecho y las caderas ya frenéticas. Cada vez que baja, me hundo más. Cada vez que sube, me aprieta y me arrastra desde dentro: caliente, estrecha, húmeda. Un tormento adictivo.

Deslizo una mano entre los dos, encuentro de nuevo ese punto y la acaricio con precisión, ritmo e intención. Grita mi nombre, pero la explosión que se apodera de su cuerpo ahoga el sonido. Se corre otra vez, fuerte, violenta, como una tormenta que arrasa con todo.

Siento cómo se contrae en torno a mí, involuntaria, poderosa, como si me apretara desde dentro.

Y me arrastra con ella. Le sujeto la cintura con fuerza, alzo las caderas en una última embestida profunda y el orgasmo me alcanza con una violencia que me deja sin aliento.

Ella gime contra mi pecho y yo gimo contra su cuello; el cuerpo entero me convulsiona, la respiración se me rompe, el mundo gira.

Se desploma sobre mí, con la cara hundida en mi cuello, y la abrazo. Fuerte. Como si dejarla escapar fuera demasiado peligroso. Seguimos con la piel pegada, sudorosos, el corazón latiendo como tambores desacompasados. Pero algo dentro de mí... es distinto.

Joder.

Tengo el pecho en llamas, y no es solo por el sexo. No es lujuria. No es solo el placer brutal de dos cuerpos que encajan como si estuvieran hechos el uno para el otro, aunque también sea eso. Es algo más. Algo que no entiendo. Algo que nunca había sentido, no así, tan crudo, tan vivo.

Está acurrucada contra mí, pequeña, cálida, entregada, como si ese lugar —mi pecho, mis brazos, mi cuerpo— fuera el único refugio seguro que conoce.

Y entonces, con la voz baja, aún embriagada por el clímax, deja escapar un susurro.

—Gracias.

Tan simple. Tan suave. Y, aun así, me atraviesa con más fuerza que cualquier gemido, cualquier caricia, cualquier grito de placer.

Cierro los ojos. Trago saliva con dificultad. Mi mano recorre despacio la curva de su espalda, intentando anclar mi propio corazón, que ahora late como si quisiera salírseme por la boca. No sé qué es esto. Solo sé que no es normal.

No para mí.

Se suponía que esto iba a ser solo una noche. Se suponía que sería otra historia pasajera, otro cuerpo, otro momento. ¿Por qué, entonces, esta maldita sensación?

Ahora respira despacio, más tranquila, pero sigue aferrada a mí. Y yo me quedo quieto, con ella encima, sintiendo cada centímetro de su piel como un tatuaje al rojo vivo marcado en el alma.

Maldita sea, no debería sentirme así.

❤

Elowen

Me despiertan los primeros rayos de sol que entran por los enormes ventanales. Por un momento, no sé dónde estoy. La habitación es demasiado grande, la cama demasiado blanda, el aire demasiado perfumado. Entonces los recuerdos de anoche me inundan la mente y se me escapa una sonrisa.

Me doy la vuelta despacio, esperando encontrar a Thaddeus aún dormido, pero su lado de la cama está vacío. El calor que queda en las sábanas me dice que se ha levantado hace poco.

Me incorporo y me tapo el cuerpo desnudo con la sábana, un gesto absurdo después de lo que compartimos anoche, pero instintivo de todas formas. Siento el cuerpo distinto. No dolorido, exactamente, pero... cambiado. Como si la experiencia me hubiera reprogramado célula a célula.

Oigo el agua corriendo en lo que supongo que es el baño contiguo. Así que está en la ducha. ¿Qué hora es? Mis ojos dan con un elegante reloj en la mesilla: las 6:15 de la mañana.

De pronto me asalta un pensamiento. Amber. Tiene que estar preocupada. Busco el móvil como una loca y lo encuentro en el bolsito que traía, tirado en el suelo junto a la puerta. Hay tres mensajes suyos y unas cincuenta llamadas perdidas. Dios mío.

«¿Cómo que vas a llegar tarde? Podrías haber gastado algún carácter más en darme detalles».

«El, son más de las dos de la madrugada. ¿Dónde demonios estás, chica?».

«Te juro por Dios que te mato, Elowen Charlotte Castellan».

Sonrío ante el tono sarcástico del último, tan típico de Amber. Teclo deprisa una respuesta:

«Estoy bien. Ya te lo explico. No te preocupes».

Recorro la habitación con la mirada, sopesando las opciones. Podría esperar a que Thaddeus saliera de la ducha, proponerle un desayuno, alargar este sueño unas horas más. Sería fácil, incluso agradable.

Pero algo dentro de mí sabe que sería un error. Lo que compartimos fue perfecto justo porque tuvo un límite: un momento fuera del tiempo, sin pasado ni futuro. Alargarlo diluiría su fuerza, lo convertiría en algo corriente, vulgar.

Además, hoy tengo otra cosa que tachar de la lista. Y luego otra. Y otra más. Hasta que se acaben los tres meses.

Con una determinación repentina, me levanto y me visto deprisa. El vestido rojo, ahora algo arrugado, vuelve a cubrirme el cuerpo. Me peino con los dedos y me doy unas palmaditas en las mejillas para parecer más despierta.

Busco con la mirada papel y bolígrafo. Encuentro un bloc pequeño y un bolígrafo en la mesilla. Dudo un instante, pensando qué escribir.

No quiero darle las gracias; ya lo hice anoche. No quiero promesas: los dos sabemos que no hay futuro. Solo quiero llevarme algo de él y dejarle algo mío.

Al final escribo tres palabras sencillas que resumen la esencia de lo que ha significado esta noche:

«Me despertaste».

Porque es verdad. De algún modo, este hombre al que apenas conozco me ha despertado. No solo sexualmente, sino a la vida. A la necesidad urgente de vivir a fondo cada momento que me queda.

Dejo la nota sobre su almohada, echo un último vistazo a la cama en la que compartimos tantas sensaciones y me dirijo a la puerta. El sonido de la ducha aún resuena por el apartamento.

Cuando el ascensor privado me devuelve al vestíbulo, me siento distinta de la mujer que subió anoche. Más fuerte. Más viva. Más decidida.

En la calle, el aire fresco de la mañana me besa la cara y respiro hondo, llenándome los pulmones. Tres meses. Noventa días. Voy a aprovechar cada uno de ellos antes de que la tristeza y el dolor me alcancen... porque, incluso en medio de mi frenesí, sé que llegarán. Pero hoy no... ahora no.

Tras echar un último vistazo al imponente edificio donde dejé un pedazo de mí misma, me doy la vuelta y camino hacia el metro. Tacho el punto número ocho de mi lista mental y sonrío.

Hacer el amor con alguien que me haga sentir viva.

Hecho. Y con sobresaliente.