CAPÍTULO CUATRO #2
Aparta mi mano de la cicatriz y se la lleva a los labios, me besa la palma con una ternura inesperada. El contraste entre el hambre del beso anterior y este gesto delicado hace que el corazón me dé un vuelco.
Entonces, con un movimiento fluido que me pilla por sorpresa, me alza en brazos como si no pesara nada. Los años de ballet me han dado un cuerpo ligero y tonificado, pero aun así impresiona la facilidad con la que me lleva.
—¿Adónde...? —empiezo a preguntar, pero silencia la pregunta con otro beso, este más controlado, más deliberado, mientras me lleva por el apartamento. Y yo me pierdo en su sabor... Es delicioso, salvaje, emocionante.
Su dormitorio es como el resto de la casa: elegante, minimalista, dominado por una cama enorme con sábanas gris oscuro. Una vez más, nada personal. Ni fotografías. Ni un solo objeto que cuente su historia.
Me tumba con cuidado en la cama y se queda un instante suspendido sobre mí, recorriéndome con la mirada: el vestido rojo, ahora arrugado y algo torcido, deja a la vista más piel que antes.
—Eres preciosa —dice, y no suena a cumplido de cortesía, sino a la constatación de un hecho—. Casi irreal.
Sus manos encuentran los finos tirantes del vestido y los deslizan por mis hombros con una lentitud deliberada. Es como si estuviera desenvolviendo un regalo largamente esperado, saboreando cada instante del descubrimiento.
La tela resbala sobre mi piel como el agua y deja al descubierto los pechos, el vientre, las caderas. No llevo sujetador: el vestido no lo permite. Solo unas bragas de encaje negro que ahora parecen demasiado sencillas para la ocasión.
A él no parece importarle. Sus ojos recorren mi cuerpo desnudo con una admiración casi reverente. No me siento cohibida bajo su mirada, como había imaginado. Al contrario: me siento poderosa, deseada, viva de una manera que nunca antes había conocido.
—Te toca —consigo decir, con la voz más firme de lo que esperaba.
Sonríe, esta vez de verdad; una sonrisa que le llega a los ojos y los suaviza por un instante. Con movimientos eficientes, se quita el resto de la ropa y se muestra ante mí.
Su cuerpo es impresionante: fuerte, definido, con esa seguridad que no viene solo del atractivo físico, sino de aceptarse del todo. Me fijo en que tiene más cicatrices. Algunas antiguas, otras no tanto. Cada una cuenta una historia que desconozco.
Cuando está completamente desnudo, vuelve a la cama y se acomoda a mi lado, no encima de mí. Una mano grande y cálida se posa en mi vientre, dibuja círculos suaves y asciende despacio.
—Tenemos toda la noche —murmura, y sus labios encuentran la curva de mi cuello—. No hay prisa.
Pero sí la hay, pienso. Hay toda la prisa del mundo cuando cada día cuenta. Cada hora. Cada minuto. Aun así, entiendo lo que quiere decir. Este momento hay que saborearlo, no apresurarlo.
Sus manos son expertas y descubren rincones de mi cuerpo que ni siquiera sabía que eran sensibles.
Una caricia detrás de la oreja. Un beso en la cara interna de la muñeca.
El recorrido de sus dedos por la curva de mis costillas.
Cada contacto me provoca estremecimientos de placer en la piel y acumula una tensión deliciosísima en lo más hondo del vientre.
Cuando por fin sus labios encuentran mi pecho, un gemido escapa de mi garganta. Su lengua rodea el pezón sensible antes de atraparlo con los labios y succionar con suavidad. La sensación es eléctrica, envía oleadas de placer que resuenan entre mis piernas.
Instintivamente, muevo las caderas en busca de más contacto, más fricción, más algo. Él nota mi inquietud y su mano desciende hasta el borde de mis bragas.
—¿Puedo? —pregunta; sus ojos buscan los míos, a la espera de confirmación.
Asiento, incapaz de articular una palabra coherente. Su mano se desliza bajo la delicada tela y encuentra el centro de mi deseo. Cuando sus dedos me tocan ahí, todo mi cuerpo se arquea en respuesta.
—Qué receptiva —murmura contra mi piel, con la voz cargada de admiración y de un deseo intenso.
Sus dedos exploran con destreza y encuentran ritmos y presiones que me aceleran la respiración y me hacen agarrar las sábanas con fuerza. Es distinto cuando es otra persona la que te toca. Muy distinto de mis propias exploraciones vacilantes.
Prolonga esta dulce tortura mientras sus labios recorren mi cuello, mis hombros, mis pechos. La combinación de sensaciones es casi insoportable. Noto que algo se acumula dentro de mí, una presión deliciosa que crece y crece.
—Thaddeus…
Su nombre escapa de mis labios como una plegaria.
—Estoy aquí —responde, y su pulgar encuentra ese punto exacto que me hace ver las estrellas—. Déjate llevar, Elowen. Permítete sentir.
Y lo hago. La oleada de placer me golpea con una fuerza que me deja sin aliento. Todo mi cuerpo tiembla bajo sus manos, oleada tras oleada de sensaciones tan intensas que las lágrimas se me escapan por las comisuras de los ojos.
Cuando por fin vuelvo en mí, él me observa el rostro con una expresión que no logro descifrar del todo. Hay deseo, por supuesto, pero también algo más. Una ternura que resulta extraña en un hombre tan evidentemente poderoso y dueño de sí mismo.
—Eso ha sido…
Intento encontrar las palabras, pero ¿cómo se describe algo para lo que no tienes ningún punto de referencia?
—Solo es el principio —termina él, y una leve sonrisa le curva los labios.
Con un movimiento fluido me quita las bragas y me deja completamente desnuda ante su mirada. Instintivamente quiero cubrirme, pero resisto el impulso. Esta noche quiero ser valiente. Atrevida.
Se coloca sobre mí, con los brazos formando una jaula protectora alrededor de mi cuerpo. La sensación de su piel contra la mía es indescriptible: ardiente, íntima, electrizante. Siento cada centímetro de él, sobre todo la prueba de su deseo, que presiona contra mi muslo.
Alcanza la mesilla de noche y coge un preservativo. Lo observo fascinada mientras se lo pone con una eficiencia práctica. Después se acomoda entre mis piernas, sin apartar los ojos de los míos.
—¿Estás segura? —pregunta una última vez, con los ojos clavados en los míos.