CAPÍTULO CUATRO
Elowen
El coche se desliza en silencio por las calles de Nueva York, tan elegante y discreto como su dueño. Thaddeus Thalassinos. Hasta su nombre parece sacado de una novela: fuerte, exótico, con esa cadencia griega que parece hecha para susurrarse.
Sentada a su lado en el suave asiento de cuero, siento una mezcla de emociones que no había sentido nunca. Miedo. Emoción. Deseo. Expectación. Es como estar entre bastidores antes de una gran actuación, ese instante suspendido en el que se me encoge el estómago y el tiempo parece ralentizarse.
No dice gran cosa durante el trayecto. De vez en cuando siento sus ojos sobre mí, intensos, evaluadores, casi tangibles. Cuando nuestras miradas se encuentran, salta algo eléctrico entre nosotros. Una comunicación sin palabras que me pone la piel de gallina.
Saco discretamente el móvil del bolso y escribo un mensaje rápido a mi hermana: «No me esperes despierta. Llegaré tarde, pero estoy bien y a salvo; no te preocupes. Buenas noches». Lo envío antes de que se me acabe el valor. No quiero que se preocupe.
—Aún estás a tiempo de cambiar de opinión.
Su voz grave rompe el silencio cuando el coche se detiene frente a un imponente edificio del Upper East Side.
Miro por la ventanilla. El edificio es como él: elegante, imponente, discretamente lujoso. Respiro hondo para calmar el corazón desbocado.
—¿Siempre le das una salida a la gente? —pregunto, y me vuelvo hacia él.
Una media sonrisa le asoma a los labios, pero no llega a los ojos.
—Solo cuando sé que podrían arrepentirse después.
La cruda honestidad de sus palabras, en lugar de alejarme, no hace más que reafirmarme. Este es el hombre perfecto para esta noche: sin ilusiones ni promesas vacías.
—No me arrepentiré —digo, con la voz más firme de lo que me siento por dentro—. Recuerda: tres meses. No tengo tiempo para arrepentimientos.
Algo le atraviesa la mirada, una sombra de... ¿comprensión? ¿Empatía? Desaparece enseguida, pero sé que estaba ahí.
—Vamos, entonces —dice sin más, y el chófer ya nos abre la puerta.
El vestíbulo del edificio es suntuoso, con mármol italiano y detalles de bronce pulido.
El portero saluda a Thaddeus con una inclinación respetuosa, pero no se muestra sorprendido al verme.
Imagino que no soy la primera mujer que sube con él a su apartamento.
La idea debería molestarme, pero, por extraño que parezca, me da igual.
No busco exclusividad ni un lugar especial en su vida. Solo esta noche.
El ascensor es privado y requiere una llave especial que Thaddeus introduce en el panel. Cuando las puertas se cierran y nos dejan solos en aquel espacio reducido, la atmósfera cambia. Se vuelve más densa, cargada de posibilidades.
Está a menos de un metro de mí, pero es como si notara el calor que emana de su cuerpo. Su colonia, algo caro, con notas de sándalo y almizcle, llena el pequeño espacio y me nubla un poco los sentidos. O quizá sea el Old Fashioned que me he bebido demasiado deprisa.
El ascensor sube en silencio. Piso tras piso. Hasta el último, me doy cuenta. Cómo no: tenía que vivir en el ático.
Cuando las puertas se abren, no estamos en un pasillo, sino directamente en su apartamento. El ascensor privado da acceso directo a su casa. Un nivel de riqueza que no había visto nunca.
El espacio que se abre ante mí es impresionante: amplio, minimalista, con ventanales de suelo a techo que ofrecen una vista panorámica de Manhattan iluminado de noche.
Predominan los grises, los negros y los blancos, con toques ocasionales de azul oscuro en detalles sutiles.
Es elegante, masculino y, de un modo extraño... solitario.
No hay fotografías en las paredes. Ninguno de esos pequeños objetos personales que convierten una casa en un hogar. Es como una página de una revista de decoración: perfecto, impersonal, intacto.
—¿Quieres tomar algo? —pregunta mientras se quita la chaqueta y se afloja la corbata.
—Agua, por favor —respondo, de pronto consciente de que quiero estar del todo presente para lo que viene—. Quiero recordar cada detalle de esta noche.
Me observa un instante antes de asentir; una leve sonrisa le curva la comisura de la boca. Se dirige al elegante bar del rincón mientras yo me acerco a los ventanales, maravillada por las vistas.
La ciudad se extiende bajo nosotros, un océano de luces palpitantes. Gente que vive su vida contando con el mañana, con el año que viene, con la próxima década. Yo también contaba con eso, hasta ayer.
—Es precioso, ¿verdad?
Su voz suena cerca y me doy cuenta de que se ha acercado en silencio por detrás. Me tiende un vaso de agua de cristal fino.
—Gracias. —Cojo el agua y nuestros dedos se rozan un instante. Incluso ese roce mínimo me provoca un escalofrío que me sube por el brazo—. Y sí, es impresionante.
Todo en este hombre me deja sin aliento.
—La vista fue lo que me hizo comprar este sitio —comenta, y se coloca a mi lado para contemplar la ciudad—. Hay algo reconfortante en observarlo todo desde la distancia. Sin implicarse.
—¿Te gusta mantener las distancias? —pregunto, y doy un sorbo al agua mientras lo observo por encima del borde del vaso.
—Sobre todo con las personas —responde con una sinceridad desarmante, y se vuelve hacia mí—. Excepto esta noche, al parecer.
Sus ojos se clavan en los míos, azules, con matices oscuros y profundos como un océano de noche. Noto que algo se me contrae en el bajo vientre: deseo, puro y simple. Nunca había sentido nada así, una atracción tan visceral, casi primitiva.
—¿Por qué has hecho la excepción? —susurro, y dejo el vaso en una mesa cercana.
Se toma un momento para pensar la pregunta, como si él también tratara de comprenderla.
—Hay algo en ti —dice por fin, con la voz una octava más grave—. Algo que va más allá de la belleza evidente. Una... urgencia. La reconozco porque yo también la he sentido.
Da un paso hacia mí y acorta parte de la distancia que nos separa.
—Cuando pierdes algo que nunca podrás recuperar... —prosigue, sin apartar los ojos de los míos—, aprendes a reconocer esa misma pérdida en los demás.
No sé qué perdió, pero puedo sentir el vacío que le dejó. Está ahí, en las comisuras de sus ojos, en la tensión de los hombros, en la forma en que mantiene a distancia todo y a todos.
—Esta noche no va de pérdidas —digo en voz baja, y doy también un paso hacia él—. Va de ganar algo. Una experiencia. Un recuerdo. Un momento.
Estamos tan cerca que siento su calor y distingo los pequeños detalles de su rostro: la sombra de la barba que empieza a asomar, una cicatriz diminuta, casi imperceptible, sobre la ceja izquierda, el tono exacto de sus ojos, que no son simplemente azules, sino una mezcla compleja de ámbar y cristal.
—¿Qué quieres exactamente, Elowen? —pregunta, y mi nombre sale de sus labios como una caricia.
La pregunta queda suspendida entre nosotros, cargada de posibilidades. Podría responder de tantas maneras... Algunas poéticas, otras prácticas. Pero esta noche no es para medias verdades.
—Quiero saber qué se siente cuando te tocan por deseo, por necesidad. —Las palabras me salen directas del corazón, sin filtro—. Y tú ya lo estás haciendo. Me devoras solo con la mirada.
Algo cambia en su expresión. La contención se rompe, como un dique que cede. Sin avisar, sin pedir permiso, me toma la cara entre las manos y su boca encuentra la mía.
El beso no tiene nada de vacilante ni de delicado.
Es brusco, hambriento, casi desesperado, como si él también se estuviera muriendo de alguna manera y aquello fuera su último acto en la tierra.
Sus manos son grandes y firmes; me sujetan como si temiera que fuera a desaparecer en cualquier momento.
Y su sabor... Dios, su sabor es delicioso.
En lugar de apartarme ante semejante intensidad, siento que mi cuerpo reacciona por instinto.
Mis manos suben hasta su pecho, se agarran a la camisa y tiran de él para acercarlo más.
Un pequeño gemido escapa de mi garganta cuando su lengua encuentra la mía, explorando, saboreando, reclamando.
Sabe exactamente qué hacer y cómo hacerlo.
Es distinto de cualquier beso que haya recibido. Aunque tampoco es que tenga mucha experiencia. Unos cuantos encuentros torpes en la adolescencia, nada que dejara huella. Pero ¿esto? Esto es como ser consumida por las llamas.
Sus manos bajan por mi espalda, encuentran mi cintura y me estrechan contra su cuerpo con una fuerza controlada. Siento cada centímetro de él: los músculos duros bajo la camisa cara, el calor que desprende a través de la tela, la inconfundible evidencia de su deseo presionando contra mi vientre.
Cuando por fin nos separamos para tomar aire, sus ojos están más oscuros, casi negros de deseo. Veo mi propio reflejo en ellos: los labios hinchados, las mejillas encendidas, los ojos dilatados por la pasión.
—Última oportunidad para echarte atrás —murmura con la voz ronca por el deseo contenido.
En respuesta, mis manos suben hasta su corbata, ya aflojada, y se la quitan del todo. El gesto es atrevido, decidido, tan distinto de la Elowen de siempre que apenas me reconozco.
—No quiero echarme atrás —susurro, mientras mis dedos empiezan a soltarle los botones de la camisa—. Quiero sentirlo todo: cada sensación, cada instante.
Observa cómo mis dedos van soltando los botones, con una intensidad que me hace arder la piel.
Cuando termino, le deslizo la tela por los hombros y dejo al descubierto un torso esculpido, no como el de un modelo de gimnasio, sino como el de un hombre que se mantiene en forma por disciplina, no por vanidad.
También tiene cicatrices, algunas pequeñas y otras no tanto. Historias escritas en su piel que desconozco y que no necesito conocer. Mis dedos recorren una especialmente larga que le cruza las costillas.
—Un accidente de coche —explica brevemente; la respiración se le altera bajo mi contacto—. Hace seis años.
No pregunto nada más. Esta noche no es para historias completas. Solo fragmentos. Piezas del rompecabezas, no la imagen entera.