CAPÍTULO TRES #2
—Nada —respondo con sinceridad—. Escapar de algo, quizá. No busco nada.
—¿Escapar de la vida real? —pregunta, e inclina un poco la cabeza.
—Escapar de la vida, sin más. —Las palabras salen antes de que pueda detenerlas.
Su mirada se suaviza. No con lástima. Habría cortado la conversación al primer indicio de lástima. Sino con comprensión. Como si reconociera el terreno.
—Parece que somos polos opuestos, entonces —comenta, con una leve sonrisa asomándole en las comisuras de los labios—. Yo, con ganas de empaparme de más vida. Usted, intentando escapar de ella.
La observación es sagaz. Perspicaz. Esta mujer no es solo belleza dentro de un vestido rojo. Detrás de esos ojos verdes hay una mente que no para de trabajar.
—Puede que no seamos tan opuestos —digo, y doy un largo sorbo al whisky—. Al fin y al cabo, los dos estamos aquí. Huyendo de algo.
—O hacia algo —replica con suavidad.
Mark se acerca e interrumpe el momento.
—¿Algo más, señor? ¿Señorita?
Miro a Elowen con una pregunta silenciosa.
—Otro Old Fashioned, por favor —pide, y me sorprende. Parece que la inocente del vestido rojo tiene más agallas de las que deja entrever.
—Lo mismo para mí —confirmo, y Mark se aleja.
—Entonces, señor Thalassinos —prosigue, y se gira en el taburete para quedar frente a mí—, ¿qué hace cuando no intenta escapar de la vida en bares elegantes?
La pregunta es ligera, casi casual, pero me doy cuenta de que intenta llevar la conversación a un terreno más seguro. Se lo permito.
—Compro y vendo empresas —respondo sin entrar en detalles—. ¿Y usted? ¿Qué hace cuando no está enfrascada en misiones de autodescubrimiento?
Una sonrisa sincera le ilumina el rostro.
—Bailo —dice, y de pronto parece más joven, más llena de vida—. Ballet clásico. Soy bailarina principal en la Academia Swan.
La Academia Swan. Una de las más prestigiosas de la ciudad. Así que no es una bailarina cualquiera. Es extraordinaria.
—Eso explica tu postura —observo—. Nunca había visto a nadie sentarse tan recto en un taburete.
Se ríe con un sonido cristalino que parece fuera de lugar en esta sala de susurros y conversaciones apagadas. Varias cabezas se vuelven hacia nosotros por un instante. Su risa es como ella: un rayo de luz en una estancia deliberadamente oscurecida.
—Quince años de disciplina no se desconectan así como así —explica, y se endereza aún más sin darse cuenta—. Ni siquiera cuando intento rebelarme.
—¿Y eso es rebelarse para ti? —pregunto con sincera curiosidad—. ¿Un vestido rojo y una copa en un bar?
Algo le atraviesa la mirada. ¿Tristeza? ¿Determinación? No consigo descifrarlo.
—Es un comienzo —responde sin más—. El primer punto de una lista mucho más larga.
Mark vuelve con nuestras copas. Se lo agradezco con un gesto de cabeza, en silencio.
—¿Una lista? —pregunto cuando se marcha.
—Cosas que quiero hacer —explica, y da un pequeño sorbo a su nueva copa—. Antes de…
De nuevo deja la frase sin terminar. Y de nuevo siento esa inquietud. Esa sensación de que aquí hay algo más. Algo que va más allá de una mujer hermosa en busca de aventuras.
—¿Estás enferma? —La pregunta me sale brusca, directa. Muy propio de mí. Helena siempre decía que tenía la sutileza de un tren de mercancías.
Abre mucho los ojos, sorprendida, pero no hay indignación en ellos. Solo una resignación serena.
—¿Cómo ha…?
—Reconozco las señales —digo sin más—. La mirada de alguien con fecha de caducidad.
Baja los ojos y estudia el líquido ambarino de la copa.
—Tres meses —murmura, tan bajo que casi no la oigo—. Al menos eso es lo que dijo el médico.
Algo se me contrae dolorosamente por dentro. Tres meses. Noventa días. Un suspiro.
—Lo siento —digo, y por primera vez en años lo siento de verdad.
Alza la vista; la determinación le brilla tras las lágrimas contenidas.
—No quiero que me compadezca, señor Thalassinos —declara con voz firme—. Quiero su compañía. Esta noche. Si le interesa.
La propuesta queda suspendida entre nosotros, cargada de implicaciones. En cualquier otra circunstancia, con cualquier otra mujer, no dudaría. Una noche. Sin expectativas. Sencillo. Sin complicaciones.
Pero hay algo en ella, en la forma en que sostiene la copa con los dedos ligeramente temblorosos, en cómo sus ojos revelan más vulnerabilidad de la que admiten sus palabras, que me hace vacilar.
—¿Sabes lo que estás pidiendo? —pregunto sin dejar de observarla.
—Le estoy pidiendo a un desconocido, a un desconocido extremadamente encantador y atractivo por el que me siento completamente atraída, que me convierta en mujer. Sí, sé lo que estoy pidiendo, señor Thalassinos, y no podría estar más segura de mis palabras.
Su respuesta me sorprende, no solo por lo que dice, sino por la firmeza con que lo hace, sin rastro de duda ni inseguridad.
—¿Lo has hecho antes? —pregunto mientras estudio cada microexpresión de su rostro.
El rubor le sube por el cuello hasta las mejillas.
—¿Estaría sentada sola en un bar con este vestido si lo hubiera hecho? —responde con otra pregunta, mientras una pequeña sonrisa nerviosa le asoma en los labios.
La confirmación de lo que ya sospechaba. No es solo inocente en este juego en particular. Es completamente inexperta.
Debería marcharme ahora. Levantarme, pagar la cuenta e irme. Se merece algo mejor para su primera vez. Algo significativo. Algo con futuro. No un hombre roto que no tiene nada que ofrecer salvo una noche.
Pero hay algo en sus ojos… una determinación, un hambre de vida que reconozco. Que envidio.
—¿Por qué yo? —pregunto, porque necesito entenderlo—. Hay docenas de hombres en este bar que darían lo que fuera por tener una oportunidad contigo.
No vacila.
—Porque sus ojos son como los míos —responde sin más—. Parece alguien que ha perdido algo importante. Alguien que conoce el valor del tiempo.
La observación me golpea con precisión quirúrgica. ¿Cómo puede ver tanto a partir de tan poco?
—No sabes nada de mí —respondo con una dureza mayor de la que pretendía.
—Sé lo suficiente —replica, y en sus palabras hay una serena confianza—. Sé que no fingirá que esto es algo más de lo que es. No prometerá cosas que no pueda cumplir. No complicará lo que debería ser sencillo.
Se termina la copa de un solo trago y vuelve a sorprenderme. Deja el vaso vacío en la barra con una delicadeza que contradice la audacia del gesto.
—Entonces, señor Thalassinos —dice sin apartar los ojos de los míos—, ¿he dejado suficientemente claras mis intenciones?
Estoy acostumbrado a controlar todas las situaciones. A anticipar cada movimiento. A que nunca me pillen desprevenido.
Pero esta mujer, Elowen, con sus ojos verdes y su vestido rojo, ha conseguido lo imposible. Me ha dejado completamente desconcertado.
—Clarísimas —respondo con la voz más ronca de lo habitual—. Pero sigo pensando que deberías reconsiderarlo.
—Reconsiderar es un lujo al alcance de quienes tienen tiempo —dice, y bajo la suavidad de su voz se percibe una voluntad de hierro—. No le estoy pidiendo mañana, señor Thalassinos. Solo hoy.
Algo se quiebra dentro de mí. Una grieta en el muro levantado con tanto cuidado. Una fisura en la armadura.
Me pongo en pie y le tiendo la mano.
—Thaddeus —digo sin más—. Si vamos a hacer esto, llámame Thaddeus.
Ella pone su delicada mano en la mía y vuelvo a sentir esa corriente eléctrica. Más fuerte ahora. «¿Cómo puede provocar esto el simple roce de su mano?»
—Thaddeus —repite ella, como si probara el nombre en los labios.
Pago las copas con un simple gesto a Mark, que asiente con discreción: lo ha entendido.
Mientras la acompaño hacia la salida del bar, me invade una extraña inquietud. Una sensación que no tenía desde hacía años. Como si estuviera a punto de adentrarme en un territorio desconocido y peligroso.
Es el caos hecho persona. Luz frente a la oscuridad metódica que he cultivado. Vida que brota entre las grietas del hormigón.
Y, por alguna razón que no logro explicar, ahora mismo no deseo nada más que perderme en ese caos. Aunque solo sea una noche.
Aun sabiendo que, como todo en la vida, llegará a su fin.
«Tres meses», pienso mientras la ayudo a subir al Bentley que Albert ya ha acercado a la puerta del bar. Tan poco tiempo para alguien que todavía brilla con tanta fuerza.
Cuando se acomoda en el asiento de cuero y me mira, expectante, nerviosa, decidida, sé que esta noche cambiará algo en mí. Y, por primera vez en seis años, no me resisto al cambio.
Dejo entrar el caos.