CAPÍTULO TRES
Thaddeus
Odio las reuniones que se alargan más de lo necesario. Odio las conversaciones vacías. Odio las sonrisas fingidas. Y, por encima de todo, odio que me hagan perder el tiempo.
Siete horas y cuarenta y tres minutos. Eso es lo que hemos perdido hoy discutiendo lo evidente.
Adquirir la cadena Meridian es una maniobra estratégica clara.
Las cifras son concluyentes. Las proyecciones, inequívocas.
Aun así, el consejo insiste en dar vueltas sobre los mismos puntos, como perros que se persiguen la cola.
Me ajusto el reloj de platino en la muñeca. Un regalo de mi padre antes de morir. «El tiempo es lo único que no se recupera nunca, Thaddeus», me dijo. «Úsalo como un arma». Un consejo que he seguido al pie de la letra.
Mi chófer abre la puerta del Bentley negro.
—¿A casa, señor Thalassinos?
—No.
La decisión es instantánea. Esta noche no quiero las paredes en silencio. No con los recuerdos que no dejan de aflorar.
—Al Velvet Lady.
Asiente sin preguntar nada y cierra la puerta. Por eso pago bien a mi personal. Competencia. Discreción. Silencio.
Miro por la ventanilla mientras el coche se desliza por el tráfico nocturno de Nueva York. Luces. Movimiento. Vida sucediendo en todas direcciones. Observo sin participar, como siempre.
No siempre fue así. Hubo un antes. Antes de Helena. Antes del accidente. Antes de perder a mi mujer y a nuestro hijo nonato en una curva mojada.
Seis años. Una eternidad y un parpadeo, todo a la vez.
Me vibra el móvil. Jeffrey Wilkins, vicepresidente de Operaciones.
«Las cifras definitivas de la proyección de Meridian están listas. Hemos superado las expectativas en un 12 %. El contrato queda listo para firmar mañana.»
Contesto con un simple «Confirmado» y apago el móvil. Por hoy, nada más de negocios.
El coche se detiene frente al Velvet Lady. Es un local discreto, propiedad de mi primo Lysandros Nikopoulos, sin el alarde vulgar de los establecimientos más nuevos de la ciudad. Llevo años viniendo aquí. Poca gente. Buen licor. Respeto por el espacio ajeno.
—Vuelve en dos horas, Albert —le digo a mi chófer.
—Sí, señor.
El aire nocturno corta la piel, el típico de Nueva York a finales de otoño. Entro en el bar y los hombros se me relajan de inmediato. Una de las pocas constantes de mi vida. Mark, el camarero, me ve y asiente con discreción.
Elijo mi rincón habitual. Una mesa apartada, con una amplia visión de la sala y la espalda protegida por la pared. Las viejas costumbres no se abandonan fácilmente.
Todavía no he decidido si pediré lo de siempre. Quizá algo distinto. Algo que...
Y entonces la veo.
Con un vestido rojo sangre que parece pintado sobre el cuerpo. El pelo, negro como un cielo sin estrellas, le cae en ondas hasta la cintura. Un perfil delicado, la piel clara, un leve rubor en los pómulos. Sentada en la barra, sostiene un Old Fashioned como si no hubiera probado uno en su vida.
Y seguramente no lo haya probado. Hay en ella una inocencia que va más allá de su belleza evidente. Parece un ave exótica que ha entrado por accidente en el lugar equivocado.
No consigo apartar la mirada. Y eso me irrita profundamente.
Las mujeres son una complicación que no me permito desde hace mucho. De vez en cuando elijo compañía para una noche. Elegante. Discreta. Sin expectativas. Sin mañana siguiente. Sin nombres verdaderos.
La del vestido rojo no es de esas. Sus ojos... hay algo en ellos. Vida. Intensidad. Vulnerabilidad. Peligro.
Nota mi mirada. Se vuelve despacio y nuestros ojos se encuentran.
Verdes. Tiene los ojos de un verde absurdo. Como esmeraldas iluminadas por dentro.
Un escalofrío me recorre la espalda. Reconocimiento. No de ella en concreto. Sino de algo más primitivo. Algo que creí haber enterrado junto con Helena:
Deseo, crudo y fugaz.
Ella aparta la mirada primero. Un leve rubor le sube por el cuello. Da un trago largo a su copa, como si buscara valor.
Esa debería ser mi señal para levantarme e irme. No es la clase de complicación que necesito. No es la clase de mujer para una noche sin consecuencias. Hay mucho más en esos ojos verdes. Ni siquiera necesito acercarme para saberlo. Todo su lenguaje corporal delata inocencia y perdición.
Pero me descubro de pie, caminando hacia ella. Cada paso va en contra de años de disciplina autoimpuesta.
—¿Está ocupado este asiento?
Las palabras salen antes de que pueda reconsiderarlas.
Alza la vista hacia mí. Me evalúa. Me sopesa. En sus ojos verdes no hay intimidación, solo una curiosidad casi infantil.
—Eso depende.
Tiene una voz sorprendentemente segura, a pesar de los nervios evidentes.
—¿Piensa hacerlo interesante?
La respuesta me coge por sorpresa. Esperaba timidez, quizá un asentimiento silencioso. No... una provocación.
—No parece de las que vienen por aquí a menudo —respondo, y me siento a su lado sin esperar una invitación explícita.
—¿Y de qué parezco? —pregunta mientras hace girar el vaso entre los dedos, esbeltos y elegantes. Manos de pianista. O de bailarina.
La observo con más atención. Postura perfecta incluso sentada con despreocupación en el taburete alto. Los hombros alineados. El cuello largo. Los músculos sutilmente definidos de los brazos desnudos. Sin duda, algún tipo de bailarina.
—De las que brillan demasiado para las sombras de este sitio.
La respuesta se me escapa antes de que pueda filtrar el sentimentalismo no deseado.
Hago una seña a Mark, que se acerca de inmediato.
—¿Lo de siempre, señor Thalassinos? —pregunta, profesional como siempre.
—Sí, gracias, Mark —respondo, antes de volver a centrar la atención en la mujer de rojo—. No me he presentado. Thaddeus Thalassinos.
—Elowen —responde sin más, y vacila un instante antes de añadir—: Solo Elowen, por esta noche.
Interesante. Una noche. Un nombre. Una historia.
—«¿Solo por esta noche?». Eso suena al comienzo de una historia interesante —bromeo, y me siento extrañamente ligero. No suelo entretenerme con charlas intrascendentes.
—Puede que lo sea. O puede que sea simplemente el final de otra —responde ella, y un destello de melancolía le atraviesa fugazmente la mirada.
Mark regresa con mi whisky. Dos dedos de Macallan 25. Sin hielo. Nada que lo diluya. Solo, como me gusta todo en la vida.
—¿Y qué trae a «solo Elowen» al Velvet Lady un miércoles? —pregunto, atento a cómo reacciona al oír su nombre en mis labios.
Un leve cambio en su postura. Un instante de duda. Como si estuviera decidiendo entre contar una mentira conveniente o una verdad incómoda.
—Estoy en una misión —responde por fin, mientras recorre con delicadeza el borde de la copa con un dedo—. Perderme un poco antes de tener que volver a la vida real.
La respuesta me intriga. No es lo que esperaba. No es frívola ni ensayada. Hay peso detrás de esas palabras. Una sombra que reconozco demasiado bien.
—¿Y yo formo parte de esa misión? —pregunto sin rodeos. No tengo paciencia para los juegos.
Sus ojos verdes me evalúan con una intensidad desconcertante. Como si pudiera ver más allá de las capas que he construido con tanto cuidado a mi alrededor.
—Todavía no lo sé —responde con una honestidad desarmante—. ¿Es usted de esos hombres que se permiten perderse de vez en cuando, señor Thalassinos?
La pregunta me golpea como un puñetazo certero. Imágenes de Helena. Del accidente. De la vida que he construido desde entonces. Fortalezas. Muros. Una disciplina impecable.
—No —respondo, con más frialdad de la que pretendía—. Y no soy el tipo de hombre para mujeres que sonríen con los ojos, como usted.
Una advertencia. Para ella. Para mí. Debería echarse atrás ahora mismo. Cualquier mujer con sentido común lo haría.
Pero se inclina ligeramente hacia mí, y su perfume delicado, algo floral con notas de vainilla, invade mi espacio y me desordena los pensamientos.
—Esta noche... —dice, ahora con la voz más suave— no busco el libro entero, señor Thalassinos. Me bastaría con un solo capítulo.
Siento que se me tensa la mandíbula. Está claro lo que propone. Una noche. Sin compromisos. Sin ataduras. El tipo de acuerdo que suelo preferir.
¿Por qué, entonces, siento este nudo en el estómago? ¿Esta inquietud? ¿Este deseo irracional de saber más? De descubrir qué se esconde tras esos ojos verdes que albergan a la vez una inocencia palpable y una tristeza inusual.
No es como las demás. No es calculadora.
No es frívola. Y desde luego no tiene experiencia en este juego que finge saber jugar.
Bastan unos minutos de conversación para deducirlo por sus gestos, por su forma de mirar...
por cómo actúa. Me enorgullezco de tener buen ojo para leer a la gente y, modestia aparte, se me da bien.
Alargamos la mano hacia nuestras copas al mismo tiempo y nuestros dedos se rozan un instante. La sensación es eléctrica. Inmediata. Visceral. Una corriente que me recorre el brazo, me baja por la columna y se instala en algún lugar que creía muerto desde hacía seis años.
Retiro la mano como si me hubiera quemado. Ella también lo ha notado. Abre un poco más los ojos y sus pupilas se dilatan.
—¿Qué hace aquí en realidad? —pregunto, y me sorprende la curiosidad genuina de mi propia voz—. ¿Vestida así, sola, provocando a desconocidos peligrosos?
Da otro sorbo a su bebida y el rojo del pintalabios deja una marca suave en la copa. Se toma un momento para sopesar la pregunta.
—Estoy en una carrera contra el tiempo —dice por fin, y en esa confesión hay una vulnerabilidad desnuda—. Hay cosas que quiero experimentar antes de que...
No termina la frase, pero no hace falta. Reconozco esa mirada. Es la misma que vi en el espejo durante los meses posteriores al accidente. La expresión de alguien que ha contemplado el abismo y ha vuelto cambiado.
—¿Antes de qué? —insisto, rompiendo mi norma de no meterme en historias ajenas.
Aparta la mirada y fija los ojos en las botellas alineadas detrás de la barra.
—Antes de que sea demasiado tarde —responde sin más. Después vuelve a mirarme, con una sonrisa enigmática en los labios rojos—. ¿Y usted, señor Thalassinos? ¿Qué busca un hombre como usted en un lugar como este?