CAPÍTULO DOS #2
—Hablo en serio, El. No estás… acostumbrada a ese tipo de ambiente.
—Estaré bien —prometo, y me doy cuenta de que es verdad. Después de todo, ¿qué es lo peor que podría pasarme? Ya me estoy muriendo.
Una hora más tarde, estoy de pie en la acera, frente al Velvet Lady, y el fresco aire nocturno me eriza la piel desnuda. Durante un instante, me planteo volver a casa, cambiar el vestido rojo por un pijama cómodo y ver una película acurrucada con Chalk.
No. Esta noche no.
Con un suspiro decidido, enderezo los hombros y entro en el bar.
El ambiente me envuelve de inmediato: luces tenues en tonos ámbar y morado, música lo bastante suave como para permitir la conversación, el tintineo del hielo en los vasos de cristal. Es elegante sin resultar pretencioso, exclusivo sin ser intimidante.
Algunas cabezas se giran a mi paso mientras camino hasta la barra. No estoy acostumbrada a este tipo de atención. En el estudio de danza me notan por mi técnica, por mi disciplina. Aquí me miran simplemente por existir. Es una sensación extrañamente poderosa.
Me siento en un taburete libre de la barra y le dedico una sonrisa tímida al camarero, un hombre de mediana edad con canas en las sienes y una sonrisa amable.
—¿Es la primera vez que viene al Velvet Lady? —me pregunta mientras coloca una elegante servilleta delante de mí.
Asiento, un poco sorprendida de que se haya dado cuenta.
—¿Se nota tanto?
—Conozco a todos los habituales. —Me guiña un ojo—. ¿Qué le pongo?
Me doy cuenta de que no lo había pensado. Mi experiencia con el alcohol se limita a alguna que otra copa de vino con Amber para celebrar algo.
—Algo... diferente —me aventuro—. Sorpréndame.
Sonríe, como si disfrutara del desafío.
—¿Dulce o amargo? ¿Fuerte o suave?
Lo pienso un momento. La antigua Elowen pediría algo dulce y suave. Pero la antigua Elowen no está aquí esta noche.
—Fuerte —decido—. Pero con un toque dulce. Como la vida, supongo.
Una sombra de sorpresa cruza el rostro del camarero, seguida de una sonrisa comprensiva.
—Tengo exactamente lo que necesita.
Mientras prepara la bebida, me permito observar el lugar.
Hay parejas enfrascadas en conversaciones íntimas, grupos de amigos que ríen y algunos ejecutivos que, al parecer, se relajan después del trabajo.
Es un microcosmos de esa sofisticada vida adulta que siempre he contemplado desde la distancia.
El camarero regresa con un vaso bajo que contiene un líquido ámbar con matices rojizos, adornado con una fina rodaja de naranja y una cereza.
—Un Old Fashioned con un toque especial de la casa —explica—. Lo bastante fuerte como para recordarle que está viva, y lo bastante dulce como para que merezca la pena.
Sonrío ante la descripción, tan perfecta, y le doy las gracias antes de dar un pequeño sorbo. El whisky me quema al bajar por la garganta, pero el azúcar lo disimula lo justo para que resulte agradable. Es una experiencia interesante, ese equilibrio entre la incomodidad y el placer.
Estoy admirando cómo se refleja la luz en el líquido cuando lo noto. Una sensación extraña en la nuca, como si alguien me estuviera observando. No resulta desagradable, pero es lo bastante intensa como para ponerme la piel de gallina.
Me giro despacio en el taburete y echo un vistazo discreto por encima del hombro.
Y entonces lo veo.
En el rincón más alejado del bar, parcialmente oculto entre las sombras, hay un hombre.
Pero no un hombre cualquiera; es de esa clase que parece haber salido de un sueño turbulento.
Alto, con un traje oscuro de corte impecable.
Lleva el cabello negro peinado hacia atrás, dejando al descubierto unos rasgos tan marcados que parecen tallados en mármol.
Una mandíbula fuerte, unos labios firmes.
Pero son sus ojos los que me atrapan. Incluso desde la distancia, puedo sentir su intensidad. De un azul oscuro e impenetrable, están clavados en mí sin el menor intento de ocultar su interés.
Nuestras miradas se encuentran y, por un instante, es como si el resto del bar desapareciera.
Hay algo casi depredador en su forma de observarme.
No me mira como los otros hombres a los que he sorprendido mirando el vestido rojo.
No. Parece mirar a través del vestido, a través de mi piel, directamente a algo más profundo.
Un pensamiento cruza mi mente, tan vívido que casi puedo oír las palabras: «Es de esa clase de hombres que te devoran... y cuyo sabor nunca olvidas».
Soy yo la primera en apartar la mirada y siento que el calor me sube por el cuello hasta las mejillas. Doy otro sorbo a mi bebida, más largo esta vez, en busca de valor en el ardor del whisky.
Cuando vuelvo a mirarlo, se está moviendo. Hacia mí. Cada paso es deliberado, calculado, como el de un gran felino que se acerca a su presa. Ahora ya no podría apartar la mirada ni aunque quisiera.
Se detiene a mi lado y me doy cuenta de que de cerca resulta aún más impresionante.
Debe de medir alrededor de un metro noventa, lo que me obliga a echar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual.
Unas cuantas canas en las sienes solo refuerzan su aire de autoridad.
Y lleva una colonia sutil, con notas de sándalo y algo más primitivo.
—¿Está ocupado este asiento? —pregunta con una voz grave y ligeramente áspera, como si no la usara a menudo.
Trago saliva con fuerza y siento que algo despierta dentro de mí, una sensación nueva y electrizante.
La antigua Elowen respondería con educación, quizá incluso se encogería.
Pero estoy cansada de ser la antigua Elowen.
Cansada de esperar momentos que nunca llegarán.
Solo tengo tres meses, y voy a aprovecharlos para ser valiente.
—Depende —respondo con una voz más firme de lo que esperaba—. ¿Piensa ponerlo interesante?
Un destello de sorpresa cruza sus ojos, rápidamente sustituido por algo más cálido. La comisura de sus labios se curva en una media sonrisa que no llega a sus ojos.
—No parece usted del tipo que viene aquí a menudo —comenta, e ignora mi provocación mientras se sienta a mi lado.
—¿Y de qué tipo parezco? —pregunto, y hago girar despacio el vaso entre los dedos.
Me observa un momento, estudiándome con una intensidad que debería incomodarme, pero no lo hace.
—Del tipo que brilla demasiado para las sombras de este lugar —responde por fin, y hace un gesto sutil al camarero, que se acerca de inmediato.
—¿Lo de siempre, señor Thalassinos? —pregunta el camarero con un respeto casi reverencial.
—Sí, gracias, Mark —responde él antes de volver a centrar su atención en mí—. No me he presentado. Thaddeus Thalassinos.
El nombre parece encajarle a la perfección: fuerte, antiguo, con una musicalidad griega.
—Elowen —respondo sin más, decidida a conservar algo de misterio—. Solo Elowen, por esta noche.
Arquea una ceja, intrigado.
—¿Solo por esta noche? Eso suena al comienzo de una historia interesante.
Doy otro sorbo a la copa y saboreo el ardor que me baja por la garganta y me da valor.
—Quizá lo sea. O quizá solo sea el final de otra.
El camarero vuelve con un vaso con dos dedos de whisky solo. Thaddeus se lo agradece con un discreto gesto de cabeza, sin apartar los ojos de mí.
—¿Y qué trae a «solo Elowen» al Velvet Lady un miércoles? —pregunta, y la voz le baja una octava.
La pregunta queda suspendida entre los dos, cargada de posibilidades. Pienso en mentir, en inventarme alguna historia rebuscada. Pero algo en sus ojos, quizá la sombra de su propio dolor, me hace elegir la verdad. O parte de ella.
—Estoy en una misión —admito, y recorro con el dedo el borde de la copa—. Perderme un poco antes de tener que volver a la vida real.
Da un sorbo a su whisky sin apartar los ojos de los míos.
—¿Y yo formo parte de esa misión?
La pregunta es directa, casi desafiante. Se me acelera el corazón, una mezcla de miedo y emoción que no había sentido nunca.
—Todavía no lo sé —respondo con sinceridad—. ¿Es usted el tipo de hombre que se permite perderse de vez en cuando, señor Thalassinos?
Algo oscuro le cruza los ojos, como una nube que tapara el sol un instante.
—No —responde, ahora con un matiz de frialdad en la voz—. Y no soy el tipo de hombre para las mujeres que sonríen con los ojos, como tú.
La frase debería alejarme de él, pero, en cambio, me intriga aún más. Hay una historia detrás de esas palabras, dolor entre las sílabas.
—Esta noche... —digo, y me inclino un poco hacia él— no busco el libro entero, señor Thalassinos. Me bastaría con un solo capítulo.
Nuestras miradas se enfrentan en un duelo silencioso. Flota algo poderoso en el aire, entre los dos, una electricidad casi palpable.
Cuando los dos alargamos la mano hacia el vaso a la vez, nuestras manos se rozan un breve instante. El roce me recorre el brazo como una descarga eléctrica, y por cómo se queda inmóvil un momento, sé que él también lo ha sentido.
Nunca he creído en las conexiones instantáneas, en la química inexplicable entre desconocidos. Pero aquí, en este bar elegante, con un vestido rojo prestado y tres meses de vida por delante, siento algo que desafía toda explicación.
Algo peligroso. Algo vivo. Algo que, por primera vez en mucho tiempo, me hace sentir que cada segundo es demasiado valioso para desperdiciarlo.