Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO DOS
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CAPÍTULO DOS

Elowen

No sé cómo llego a casa. Los pies se me mueven solos, uno tras otro, en una danza mecánica y torpe, tan distinta de la coreografía que llena mi vida. Mi vida. Tres meses de ella. Eso es todo lo que me queda.

El diagnóstico resuena en mi cabeza como un mantra cruel. Glioblastoma multiforme. Tumor cerebral. Tres meses. Las palabras son como piedras pesadas que se hunden en un lago y levantan ondas que lo perturban todo a su alrededor.

Cuando abro la puerta del piso, Amber está en la cocina, tarareando mientras prepara algo que huele a ajo y hierbas.

En cualquier otra circunstancia, la escena me haría sonreír.

Mi hermana, la futura abogada que no sabe cocinar sin convertir la cocina en un campo de batalla, pero que nunca deja de intentarlo.

—¡Por fin! —exclama al verme, y se da la vuelta con una cuchara de madera en la mano—. ¿Cómo ha ido con el médico? ¿Qué te ha dicho de la cabe…

La voz se le apaga cuando ve mi cara. O quizá sea mi palidez. O el vacío de mi mirada. No sé qué me delata primero.

—¿El? —Ahora su voz suena suave, preocupada.

Respiro hondo. No puedo decírselo. Ahora no.

No así. No cuando está tan ilusionada con su futuro, cuando por fin ha conseguido compaginar el trabajo y los estudios, cuando está a solo unos meses de cumplir su sueño de ser abogada.

¿Cómo voy a destrozarle todo eso con tres palabras? «Me estoy muriendo, Amber».

—Cree que solo es estrés. —Las mentiras salen de mis labios con una facilidad que me sorprende incluso a mí—. Necesito descansar más, comer mejor. En eso tenías razón.

El alivio que se le dibuja en la cara es inmediato y duele verlo.

—¡Te lo dije! —Sonríe y se gira otra vez hacia la olla—. Te exiges demasiado, El. El cuerpo de una bailarina no es indestructible.

—¿Qué estás preparando? —pregunto para cambiar de tema, agradecida por la distracción.

—Intento recrear esa salsa que hacía la abuela. ¿Te acuerdas? Con vino blanco y…

Mientras me lo cuenta, siento una lágrima que me resbala por la mejilla sin que ella lo note. Me la seco rápido. No puedo derrumbarme. No delante de ella.

—Estoy agotada —la interrumpo con suavidad—. Voy a darme una ducha y quizá me tumbe un rato.

—Claro. —Amber agita la cuchara—. La cena estará lista en una hora.

Voy hasta mi habitación, cada paso más pesado que el anterior. Cuando cierro la puerta, apoyo la espalda contra ella y me dejo resbalar hasta el suelo. Como si me hubieran arrancado toda la fuerza del cuerpo.

Chalk, como si percibiera mi angustia, salta de la cama, se acerca a mí y me restriega la cabeza contra la mano. El suave roce de su pelaje rompe algo dentro de mí. Las lágrimas empiezan a caer, primero en silencio y después entre sollozos ahogados contra mi propia mano.

Chalk se me sube al regazo y se acomoda; su ronroneo constante es como una nana. Le acaricio el pelaje suave mientras las lágrimas siguen cayendo, mezcladas ahora con una extraña sensación de… ¿liberación?

Es casi absurdo. Estoy llorando por mi propia muerte inminente, pero al mismo tiempo siento que algo nuevo brota en mí. Una claridad que nunca antes había experimentado. Quizá sea negación.

Tres meses.

Si eso es todo lo que me queda, necesito que cada segundo cuente.

Me seco las lágrimas con determinación y me levanto, todavía con Chalk en brazos. Lo dejo en la cama y voy hasta el escritorio, donde guardo un pequeño cuaderno azul, un regalo de Amber de las Navidades pasadas. Está prácticamente sin estrenar. Lo reservaba para notas especiales, para el futuro.

Qué ironía.

Me siento en la silla, abro el cuaderno por la primera página y escribo con letras grandes.

COSAS QUE HACER ANTES DE IRME.

El bolígrafo se queda suspendido sobre el papel unos instantes. ¿Qué quiero hacer de verdad antes de morir? ¿Qué lamentaría no haber vivido nunca?

Empiezo a enumerar:

Bailar bajo la lluvia (no limitarme a correr para resguardarme)

Comer el postre antes del plato principal (¡en un restaurante elegante!)

Ver el amanecer en un lugar espectacular

Viajar sola, sin itinerario fijo

Entrar en una tienda cara y comprar algo completamente innecesario

Cantar en un karaoke (aunque desafine)

Cortarme flequillo

Me detengo ante el octavo punto que quiero escribir y vacilo. Me tiembla un poco la mano. Al final, escribo:

Hacer el amor con alguien que me haga sentir viva

Me quedo mirando esa frase un largo rato.

A mis veinte años sigo siendo virgen. No por ninguna convicción religiosa ni moral, sino simplemente porque siempre he sido demasiado metódica, demasiado prudente.

Siempre creí que habría tiempo para encontrar a la persona adecuada, para sentir la conexión perfecta.

Ahora, el tiempo es justo lo que ya no tengo.

Sigo con la lista hasta el número quince, cuando se me ocurre otra idea. Clara, vibrante, casi iluminada en mi mente:

15. Ir a un bar elegante, vestir de rojo, beber algo fuerte y hablar con un desconocido guapo

Sonrío ante la idea, tan sencilla y, sin embargo, tan atrevida para la Elowen de siempre. La Elowen que pide permiso, que sigue las normas, que nunca se sale de la raya.

Pero esa Elowen ya tiene fecha de caducidad.

Cierro el cuaderno con una nueva determinación. Voy a empezar por el número quince. Esta noche.

Me doy una ducha larga, cierro los ojos bajo el agua caliente e intento no pensar en cuánto tiempo me queda. Cuando salgo del baño envuelta en una toalla, Chalk está tumbado a sus anchas en medio de mi cama, observándome con sus inteligentes ojos amarillos.

—¿Qué opinas, Chalk? ¿Puedo ser otra persona durante una noche?

Parpadea despacio y lo interpreto como una señal de aprobación.

Voy al armario y me enfrento a mi reflejo en la puerta de espejo.

Años de danza han moldeado mi cuerpo: músculos largos, cintura estrecha, piernas tonificadas, pechos generosos.

Pero mi ropa no refleja nada de eso. Tengo vestidos sencillos y prácticos, de colores neutros.

Nada que llame la atención, nada que diga «miradme».

Esta noche quiero que me vean.

Salgo de mi habitación y voy a la de Amber. Llamo suavemente a la puerta.

—¡Pasa!

Está sentada en la cama, rodeada de libros de Derecho y con las gafas de lectura apoyadas en la punta de la nariz. Tan distinta de mí y, sin embargo, tan parecida.

—Hola, necesito pedirte un favor —digo, todavía aferrada a la toalla—. ¿Me prestas tu vestido rojo?

Amber alza las cejas, sorprendida.

—¿El rojo? ¿Mi vestido rojo? —Parpadea varias veces, como si no estuviera segura de haber oído bien—. ¿Para…?

—Estoy pensando en salir esta noche.

—¿Tú? —Cierra el libro que estaba leyendo, ahora completamente alerta—. ¿Elowen Castellan, la que preferiría quedarse en casa haciendo estiramientos, quiere salir un miércoles por la noche?

Me encojo de hombros, intentando parecer despreocupada.

—El médico ha dicho que necesito relajarme, ¿no? He pensado en ir a un bar, quizá bailar un poco.

Amber me observa durante un largo instante. Me conoce mejor que nadie en el mundo. Sé que busca algo más detrás de todo esto.

—¿Qué ha pasado en la consulta, El? ¿De verdad?

Un escalofrío me recorre la espalda. Durante un segundo, me planteo contárselo todo.

El diagnóstico. La fecha límite. El miedo.

Pero entonces veo la pila de libros a su alrededor, la taza de café fuerte y los pósits de colores que marcan las páginas importantes.

Su vida sigue adelante. La mía se está acabando.

No puedo arrastrarla conmigo a este abismo.

—De verdad, solo ha sido estrés. —Fuerzo una sonrisa—. Pero tiene razón. Trabajo demasiado, soy demasiado exigente conmigo misma. Nunca me permito… simplemente vivir.

Amber sigue observándome, no del todo convencida, pero asiente despacio.

—El vestido está colgado detrás de la puerta del armario —dice al final—. Pero es… bueno, digamos que no está hecho para pasar desapercibido.

—Perfecto —respondo, y me dirijo ya hacia su armario.

El vestido es aún más espectacular de lo que recordaba. Rojo sangre, con tirantes finos, un escote pronunciado y un corte que se ciñe a cada curva hasta medio muslo. Nunca he llevado nada parecido en toda mi vida.

—Tengo que verlo. —Amber se levanta y se apoya en la puerta del armario mientras saco el vestido.

Veinte minutos después, vuelvo a su habitación completamente transformada.

El vestido rojo se ciñe a mi cuerpo como una segunda piel.

Me he soltado el pelo del eterno moño y ahora me cae en ondas negras hasta la cintura.

Un maquillaje sencillo, rematado con una barra de labios roja a juego con el vestido, completa el conjunto.

Amber suelta un silbido bajo.

—¿Quién eres y qué has hecho con mi hermanita?

Sonrío y doy una vuelta despacio.

—¿Qué opinas? ¿Estoy… presentable?

—¿Presentable? —Se ríe—. El, estás absolutamente deslumbrante. Los hombres van a caer rendidos a tus pies. Y las mujeres también, probablemente.

Siento que me arden las mejillas. Nunca se me han dado bien los cumplidos.

—¿Seguro que no quieres venir conmigo? —pregunto, mientras me ajusto uno de los tirantes del vestido.

Amber parece realmente tentada y mira con pesar los libros desparramados a su alrededor.

—No me puedo creer que esté diciendo esto, pero no puedo. Mañana tengo un examen y, si no apruebo este, puedo olvidarme de las prácticas en el bufete del señor Martínez. —Suspira y después sonríe—. Pero estoy muy orgullosa de ti por hacer esto. Siempre he dicho que necesitabas soltarte un poco.

Si supiera por qué…

—Por cierto, ¿adónde vas? —pregunta, y se acomoda de nuevo en la cama.

—Había pensado en el Velvet Lady. —Menciono un bar elegante del centro, conocido por sus cócteles sofisticados y su ambiente discreto.

—Buena elección. Elegante, pero no intimidante. —Amber asiente con aprobación—. Solo… ten cuidado, ¿vale? No aceptes bebidas de desconocidos, lleva el móvil cargado y mándame un mensaje cuando llegues y cuando te marches.

Sonrío ante su preocupación de hermana.

—Sí, mamá.

Me lanza un cojín y lo esquivo entre risas.