Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO UNO #3
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CAPÍTULO UNO #3

Algún día, pienso, cuando mi carrera sea estable, quizá yo también tenga un puñado de hijos. Pero ese «algún día» se ve muy lejano ahora mismo. De momento solo tengo un objetivo: la audición para la Compañía Nacional.

—¿Elowen Castellan? —La voz de la enfermera me saca de mis ensoñaciones.

Me levanto y la sigo por el pasillo hasta la consulta. Es un espacio agradable y bien iluminado, con certificados enmarcados en las paredes y varias fotos de lo que supongo que es la familia del doctor sobre el escritorio. Al instante me siento más relajada.

El Dr. Ryan está sentado ante su escritorio, con varios papeles delante. Su expresión es seria, excesivamente profesional. Pero hay algo en sus ojos. ¿Compasión? ¿Preocupación?

—Por favor, siéntese. —Señala la silla que hay frente al escritorio.

Obedezco con la sensación de estar moviendo el cuerpo de otra persona. El silencio pesa entre nosotros durante unos segundos que se me hacen eternos.

—Señorita Castellan, ya tengo los resultados de sus pruebas.

Hace una breve pausa y sus ojos se encuentran con los míos. Y en ese instante, antes de que pronuncie siquiera las palabras, ya sé que algo va mal. Lo sé por la expresión de su rostro, por la exagerada dulzura de su mirada, por la forma en que sostiene los resultados.

«Por favor, no. Por favor. No puede ser grave».

—Hemos encontrado una masa en el lóbulo frontal izquierdo del cerebro. Las imágenes muestran que se trata de un glioblastoma multiforme, un tumor cerebral.

Tumor cerebral. Las palabras flotan en el aire entre nosotros, pesadas, amenazantes, innegables.

—Pero… solo tengo dolores de cabeza. —Me sale la voz en un susurro frágil.

—Por desgracia, este tipo de tumor puede permanecer asintomático durante mucho tiempo. Los síntomas que ha descrito, los dolores de cabeza persistentes, los episodios de mareo y los desmayos, son todos compatibles con la progresión de un glioblastoma.

El corazón me golpea en el pecho y la respiración se me vuelve entrecortada.

—¿Está seguro? —Me tiembla la voz—. Quiero decir… ¿no podría haber algún error? ¿Algún fallo en la prueba?

El Dr. Ryan se endereza en la silla sin apartar los ojos de los míos.

—La posibilidad de error es mínima. La imagen es bastante clara. La ubicación, la forma, la vascularización… todo apunta a un glioblastoma. Podemos hacer más pruebas, por supuesto, pero solo servirían para confirmarlo y cumplir con el protocolo. El diagnóstico está muy claro, señorita Elowen.

El diagnóstico está muy claro.

Pero apenas oigo el resto. Tumor cerebral. «¿Voy a morir?» La pregunta se me queda suspendida en los labios, pero no consigo pronunciarla en voz alta.

Como si me leyera el pensamiento, el Dr. Ryan continúa con voz más suave:

—Señorita Castellan, no voy a mentirle. Estamos hablando de una enfermedad extremadamente grave. El glioblastoma es uno de los tumores más agresivos que conocemos, con una tasa de supervivencia… limitada.

—¿Cuánto tiempo? —Las palabras se me escapan antes de que pueda detenerlas, con la voz extrañamente serena, como si preguntara por el tiempo.

El Dr. Ryan vacila, visiblemente incómodo, y tarda en contestar. Se me revuelve el estómago.

—Por favor —digo en un susurro, sin apartar los ojos de los suyos—. ¿Cuánto tiempo?

Suspira y cede.

—Si las pruebas adicionales confirman que está en la fase que tememos… estadísticamente, los pacientes con este diagnóstico tienen una esperanza de vida media de tres meses. Pero cada caso es único…

Tres meses. Las palabras resuenan en mi cabeza como el tañido de una campana fúnebre. Tres meses de vida. Tres meses para vivir todo lo que siempre he soñado. Tres meses antes de que mi cuerpo me traicione por completo.

La consulta empieza a girar a mi alrededor. Noto cómo se me va la sangre de la cara. La visión periférica se me oscurece un poco.

—¿Señorita Castellan? ¿Se encuentra bien? —La voz del doctor parece llegar de muy lejos.

«¿Qué está pasando?» Es lo único que me viene a la cabeza mientras las paredes de la consulta parecen cerrarse a mi alrededor.

Veo al Dr. Ryan levantarse de golpe, con una preocupación sincera en la mirada. A lo lejos, lo oigo llamar a una enfermera. Noto unas manos que me ayudan a tumbarme y una voz serena que me pide que respire hondo.

Pero lo único que consigo procesar es el número.

Tres meses.

¿Cómo se lo digo a Amber? ¿Cómo voy a dejarla después de todo lo que ha sacrificado por mí? ¿Cómo me despido de la danza, de mis sueños, de la vida que ni siquiera he tenido la oportunidad de vivir plenamente?

Una enfermera me ofrece agua, pero niego con la cabeza. No hay agua que borre esta sentencia. Ningún vaso de agua va a cambiar el hecho de que tengo veinte años y me estoy muriendo.

—Elowen, sé que esto es devastador. Pero no está sola. Todavía se puede hacer algo, aún quedan caminos por recorrer. Y mientras haya tiempo, habrá opciones.

Asiento mecánicamente, pero por dentro algo se remueve. Un interruptor que se acciona.

Tres meses. Noventa días. Unas dos mil doscientas horas.

«¿Qué está pasando?» La pregunta sigue resonando en mi cabeza, pero ahora empieza a tomar forma otra, más urgente, más vital:

¿Qué voy a hacer con el tiempo que me queda?