Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO UNO #2
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CAPÍTULO UNO #2

—Un poco. Por eso me pediste la cita, ¿no?

—Sí. Llevas casi un mes con estos dolores de cabeza y tienes que volver a que te den los resultados de las pruebas. No es normal, El. —Cierra los libros que tiene esparcidos alrededor y se levanta—. Ve a ducharte y descansa un rato antes de salir. Estás agotada.

—Solo estoy un poco cansada —digo, quitándole importancia, aunque sé que tiene razón. Llevo semanas forzando mi cuerpo más allá de sus límites.

—«Solo estoy un poco cansada», dice. —Amber me imita, remedando mi voz suave—. ¡La semana pasada te desmayaste después del ensayo!

—Solo fue un mareo —protesto débilmente.

—Un mareo que te hizo besar el suelo del vestuario. —Se cruza de brazos—. Suerte que no te rompiste la nariz ni nada peor. Una bailarina con la nariz torcida sería... peculiar.

—Sería única —la corrijo con una sonrisa.

—Estaría en el paro —replica Amber, y las dos nos echamos a reír.

Así gestionamos las preocupaciones en nuestra familia de dos: con humor. Desde que perdimos a nuestros padres en un accidente de coche, cuando yo tenía solo catorce años y Amber dieciocho, aprendimos que a veces reír es la única forma de seguir adelante.

Amber acababa de empezar Derecho con una beca completa cuando ocurrió.

Podría haberme mandado con algún pariente lejano, podría haber seguido con su vida.

En lugar de eso, se buscó tres trabajos, convenció a los servicios sociales de que podía hacerse cargo de mí y, aun así, consiguió licenciarse. Un auténtico milagro de determinación.

Por eso, cuando digo que quiero ayudarla económicamente, no es solo gratitud. Es una necesidad casi física de devolverle al menos una parte de todo lo que sacrificó por mí.

—Te preparo algo para el camino —anuncia Amber, ya de camino a la cocina—. Te conozco: seguro que no has comido nada en todo el día.

—¡Me he comido una manzana! —protesto mientras la sigo.

—¡Vaya, una manzana entera! ¡Qué derroche nutricional! —Pone los ojos en blanco mientras abre la nevera.

Me siento en el taburete alto de la barra y observo a Amber mientras prepara un sándwich.

Somos muy distintas. Mientras yo me muevo con la precisión calculada de una bailarina, ella es pura energía caótica.

Mientras yo hablo en voz baja y evito los enfrentamientos, ella es explosiva y no tiene ningún filtro entre el cerebro y la boca.

—El Dr. Ryan es bueno —dice Amber mientras unta queso crema en el pan integral—. Me informé bien sobre él antes de que fueras. Tiene unas reseñas buenísimas.

—Sigo pensando que esto es exagerado —murmuro—. Seguramente solo necesito descansar más.

Amber deja lo que está haciendo y me mira fijamente.

—Elowen Castellan, tienes veinte años y una carrera brillante por delante.

No voy a permitir que ignores las señales de alarma de tu cuerpo por ese compromiso casi suicida que tienes con la danza.

—Me señala con el cuchillo de untar para recalcarlo—.

Vas a ir a esa cita, vas a recoger los resultados y, si el médico te manda más pruebas, te las haces y sigues sus recomendaciones. ¿Entendido?

—Sí, señora —respondo automáticamente, con una sonrisa involuntaria. Cuando Amber usa ese tono, sé que no tiene sentido discutir.

—Bien. —Vuelve a lo del sándwich—. Además, si te mueres, ¿quién va a alimentar a esa bestia peluda a la que llamas gato? Yo, desde luego que no.

Como si entendiera lo que estábamos diciendo, Chalk salta a la encimera y maúlla indignado.

—¿Lo ves? Está de acuerdo conmigo.

Me río y acaricio las suaves orejas de mi gato.

—Lleva tramando mi asesinato desde el día que lo traje a casa —declara Amber mientras aparta con suavidad a Chalk de la comida—. Y pensar que te regalé a ese demonio por tu cumpleaños porque me pareció una monada.

—Y lo es —digo en su defensa, y cojo a Chalk en brazos. De inmediato empieza a ronronear.

—Contigo. Conmigo se convierte en el Anticristo felino.

Nos reímos juntas y, por un momento, el dolor de cabeza parece aliviarse. Con Amber siempre es así. Tiene el poder de hacer que las cosas malas parezcan más pequeñas, más llevaderas.

Después de una ducha rápida y relajante, cambio la ropa de ballet por unos vaqueros, una camiseta blanca y un cárdigan azul claro, mi uniforme informal. Me recojo el pelo en una coleta baja, me doy un poco de brillo en los labios y lista.

—¡No te olvides del sándwich! —grita Amber desde el sofá, donde ahora está tumbada con un libro de derecho penal apoyado sobre el pecho—. ¡Y llámame en cuanto salgas de la consulta!

—Sí, mamá. —Pongo los ojos en blanco, pero sonrío mientras cojo el sándwich, envuelto meticulosamente en papel de aluminio.

—Lo digo en serio, El. —Su voz se suaviza—. Estoy preocupada por ti.

Vuelvo al sofá y le doy un beso en la frente.

—Lo sé. Pero todo va a salir bien. Seguramente solo sea estrés.

—Seguramente —concede, aunque en sus ojos sigo viendo la preocupación.

Salgo del piso con una sensación extraña en el estómago. No son nervios exactamente, más bien un presentimiento. Sacudo la cabeza y aparto los pensamientos negativos. «Solo es una consulta de rutina, no va a cambiar nada».

La consulta del Dr. Ryan está a solo quince minutos a pie de nuestro piso. Hace un día de otoño perfecto: cielo azul, temperatura suave y hojas doradas bailando al viento. En días así es imposible no sentirse esperanzada.

De camino, devoro el sándwich que me ha preparado Amber. Tiene razón, no estoy comiendo bien. Entre los ensayos intensivos para la audición y las clases que doy a niños los fines de semana para sacarme un dinero extra, apenas tengo tiempo para respirar, y mucho menos para llevar una dieta decente.

Llego a la clínica cinco minutos antes de la cita. La puntualidad es otra cosa que me enseñó el ballet. El lugar es agradable y moderno, con paredes claras y plantas de verdad en los rincones. La recepcionista, una mujer de mediana edad y sonrisa amable, me atiende con eficiencia.

—¿Señorita Castellan? El Dr. Ryan la atenderá en breve.

Me limito a asentir con una sonrisa.

Mientras espero, observo a las demás personas de la sala.

Un anciano hojea una revista, una pareja se da la mano y habla en susurros, y una mujer visiblemente embarazada se acaricia la prominente barriga.

La escena me hace sonreír. Siempre me han encantado los niños.

Por eso me gusta dar clases de ballet a los más pequeños los fines de semana.

Sus caritas concentradas mientras intentan seguir los pasos, sus risitas cuando consiguen dar una vuelta, el orgullo con el que les enseñan a sus padres lo que han aprendido…

Es mágico. Me encanta enseñar. Si pudiera vivir solo de eso, si estuviera bien pagado, lo elegiría sin dudarlo.