Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO UNO
3%

CAPÍTULO UNO

Elowen

Actualidad

Práctica, sudor, perfección. Eso resume mi vida. Y me encanta cada segundo.

Estiro la pierna a lo largo de la barra y noto cómo el tirón me recorre cada músculo.

El espejo refleja la imagen que llevo años cultivando: la espalda recta, el cuello largo, la postura impecable.

El moño que llevo en lo alto de la cabeza está tan tirante que me estira la piel, pero ya me he acostumbrado a esa sensación.

Pequeños pinchazos de dolor que se traducen en concentración.

—¡Cinco minutos más de estiramientos y empezamos la coreografía del segundo acto! —Madame Beaumont da una palmada y su marcado acento francés resuena por el estudio.

Sigo la instrucción sin cuestionarla, como siempre.

La obediencia no es una carga para mí; forma parte de quien soy.

Mi cuerpo obedece a la disciplina porque mi mente acepta el orden de las cosas.

Así es como he llegado hasta aquí: soy la bailarina principal más joven que ha tenido la Academia Swan en quince años.

—¿Estás bien, Elowen? —Sophie, mi amiga del cuerpo de baile, se acerca mientras me cambio las zapatillas—. Hoy estás un poco pálida.

—Solo me duele un poco la cabeza. No es nada grave. —Sonrío y endulzo la respuesta para quitarle hierro. No me gusta preocupar a nadie.

La verdad es que los dolores de cabeza se han vuelto frecuentes.

Al principio eran sutiles, una molestia pasajera, pero en las últimas semanas han empeorado.

Esta misma mañana me he despertado con las sienes palpitando y ni tres pastillas han conseguido calmarlas del todo.

Pero aquí, en el estudio, concentrada en lo que amo, casi consigo olvidarlo.

—¡Primera posición, por favor! —Madame Beaumont me toca ligeramente el hombro—. Elowen, dirige la demostración del adagio.

Noto cómo el orgullo de siempre me calienta el pecho cuando ocupo mi lugar en el centro del estudio.

Las demás bailarinas retroceden para dejarme espacio.

El pianista arranca con los primeros acordes suaves y mi cuerpo responde como si la música no estuviera fuera de mí, sino que naciera de mi interior.

Plié, relevé, développé... cada movimiento fluye hacia el siguiente con la precisión de un reloj suizo. No necesito pensar. Mi cuerpo lo sabe. Mi cuerpo lo recuerda. Quince años de ballet han construido esta memoria muscular que ahora me resulta tan natural como respirar.

La música crece y mi confianza con ella. Durante unos preciosos instantes me olvido del dolor de cabeza, me olvido de las preocupaciones de dinero, me olvido incluso del tiempo. Solo existen el movimiento, la música y esa sensación liberadora de estar volando.

—¡Magnifique, Elowen! —Madame Beaumont aplaude cuando termino con un arabesque perfecto—. Chicas, fijaos en la línea del cuello, en la extensión de los brazos. Eso es lo que buscamos. Perfección en los detalles.

Intento no mostrar demasiado orgullo, pero se me escapa una pequeña sonrisa. Estos son los momentos que compensan todas las ampollas de los pies, todos los músculos doloridos, todas las fiestas que me perdí de adolescente. Este es el momento en que sé que nací para esto.

Durante las dos horas siguientes me sumerjo por completo en la danza.

Ensayamos el segundo acto de El lago de los cisnes tantas veces que me tiemblan las piernas de agotamiento.

Pero es un temblor bueno, de esos que significan progreso.

El sudor me recorre la espalda y me pega el maillot negro a la piel.

Noto cómo algunos mechones se escapan del moño tirante y forman pequeños rizos húmedos alrededor de la cara.

Cuando Madame Beaumont por fin nos deja marchar, siento esa mezcla habitual de alivio y desgana. Nunca quiero dejar de bailar, ni siquiera cuando mi cuerpo me suplica que descanse.

—Hoy te has superado, El. —Juliet, otra bailarina del cuerpo de baile, me da una botella de agua mientras entramos en el vestuario—. Ese triple fouetté ha sido impecable.

—Gracias. —Acepto el cumplido con una sonrisa tímida y bebo agua a grandes tragos.

—¿Vas a presentarte a la audición de la compañía nacional el mes que viene? —pregunta mientras se quita las zapatillas.

La pregunta hace que se me acelere el corazón. La audición. Mi sueño desde los siete años.

—Sí —respondo sin más, ocultando el torbellino de emociones tras esa única sílaba.

La audición para la Compañía Nacional de Ballet es la oportunidad por la que he trabajado toda la vida.

Si me aceptan, significa un contrato profesional, significa estabilidad, significa que todos los sacrificios han merecido la pena.

Significa que por fin podré ayudar económicamente a Amber, mi hermana, que prácticamente me crió después de que nuestros padres murieran hace seis años.

Me doy una ducha rápida en el vestuario y dejo que el agua caliente me destense los músculos.

Mientras me visto, estudio mi reflejo en el espejo empañado: un cuerpo esbelto y tonificado, resultado de años de disciplina; la piel clara, salpicada de pecas tenues sobre la nariz y los pómulos; el pelo negro y liso, que me llega hasta la cintura cuando lo llevo suelto; y unos ojos verdes, tan verdes que parecen dos esmeraldas, un regalo de nuestra madre irlandesa.

La genética fue generosa con Amber y conmigo, aunque nunca me considero tan guapa como mi hermana.

A diferencia de ella, no sé llamar la atención. Hablo en voz baja y camino como si pidiera perdón por ocupar espacio. «Una bailarina fuera del escenario», bromea Amber. Sobre el escenario soy fuerza y presencia. En la vida, apenas soy una sombra.

El móvil me vibra en el bolso y veo un mensaje de Amber:

«¡No te olvides de tu cita a las cuatro! He recogido a tu gato loco de la peluquería. El demonio peludo ha arañado a la recepcionista. ¡Te voy a cobrar un suplemento por transportar a un felino psicópata!»

Me río para mis adentros mientras escribo la respuesta:

«Chalk es un ángel incomprendido. Y no me olvidaré de la cita, lo prometo.»

Salgo del estudio después de despedirme de todo el mundo y la fresca brisa de otoño me acaricia la cara. Camino tres manzanas hasta la parada del autobús y disfruto de ese rato de soledad. Me encanta bailar, me encanta estar en el estudio, pero también agradezco estos pequeños instantes de calma.

El autobús va hasta arriba, como siempre a las dos de la tarde. Pillo un asiento junto a la ventanilla y apoyo la frente en el cristal frío mientras noto que el dolor de cabeza vuelve. Es como si alguien me martillease las sienes con suavidad. Respiro hondo, con la esperanza de que se me pase.

Veinte minutos después me bajo delante de nuestro edificio. No tiene nada de lujoso: ladrillo visto, seis plantas y un ascensor que funciona cuando está de buen humor. Pero es nuestro hogar desde que Amber y yo nos mudamos a la gran ciudad para perseguir nuestros sueños.

Subo los cuatro tramos de escaleras —hoy el ascensor está de mal humor— y abro la puerta del apartamento 402.

—¡Ya estoy en casa! —anuncio, y dejo las llaves en el cuenco de colores de la entrada.

—¡En mi habitación! —La voz de Amber resuena por el pasillo.

Nuestro piso es pequeño, pero acogedor: dos dormitorios diminutos, un salón con cocina abierta y un baño donde apenas caben dos personas.

Aun así, hemos decorado cada centímetro con cariño: fotos nuestras en marcos de colores, plantas colgadas en las ventanas y cojines de estampados vistosos sobre el sofá raído que compramos en una tienda de segunda mano.

Antes incluso de llegar a la habitación de Amber, noto algo suave que me roza las piernas. Miro hacia abajo y me encuentro con dos ojos amarillos que me observan con superioridad felina.

—Hola, señor Chalk. ¿Te has portado bien en la peluquería?

—pregunto mientras me agacho a acariciarle el pelaje, suave y completamente blanco, como una barra de tiza.

De ahí le viene el nombre: es todo blanco salvo la punta de la cola, donde una manchita negra parece el borrón que queda en el encerado.

Chalk responde con un maullido que suena sospechosamente a negativa y se marcha con la dignidad ofendida de un rey destronado.

Encuentro a Amber sentada en la cama, rodeada de libros de derecho y montones de apuntes.

Lleva el pelo negro recogido en un moño descuidado, nada que ver con el mío, siempre impecable.

Tenemos el mismo corte, los mismos ojos verdes y las mismas pecas, pero ahí acaban los parecidos.

Donde yo soy suave, ella es afilada. Donde yo soy silencio, ella es una explosión.

—Tu gato tiene vetada la entrada en todas las peluquerías de mascotas en diez kilómetros a la redonda —anuncia sin levantar la vista del libro—. La mujer estuvo a punto de llamar a la protectora de animales.

—Es que se pone nervioso fuera de casa —digo, en defensa de mi compañero peludo, mientras me siento en el borde de la cama—. ¿Qué tal va el estudio?

Amber levanta por fin la vista y se pasa una mano por la cara cansada.

—Si leo una página más sobre derecho constitucional, me va a estallar el cerebro y tendrás que recogerlo tú. —Cierra el libro de golpe, con dramatismo—. Pero voy a aprobar este maldito examen aunque tenga que vender mi alma. O, mejor aún, mi cuerpecito sexy.

No puedo contener la risa. Así es mi hermana: tozuda hasta el final.

—Aprobarás —digo con convicción—. Eres la persona más lista y más testaruda que conozco.

—Gracias por lo de testaruda. —Pone los ojos en blanco, pero sonríe—. ¿Qué tal el ensayo de hoy?

—Increíble. —Se me iluminan los ojos sin querer—. ¡Madame me ha elogiado delante de todo el mundo!

—Pues claro. Eres la mejor de esa academia y lo sabe todo el mundo —dice Amber con esa certeza absoluta que siempre ha tenido sobre mi talento, incluso cuando yo dudaba de él.

Así somos nosotras: ella cree en mí más que yo misma, y yo creo en ella cuando duda de sí misma. Somos complementarias.

—¿Sigues teniendo dolores de cabeza? —pregunta con el ceño fruncido de preocupación.

Vacilo un segundo, pero asiento. No puedo mentirle a Amber.