Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) PRÓLOGO
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Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1)

Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1)

Por Lisa Pinheiro

© inepub.com

PRÓLOGO

Thaddeus

Años atrás

—Helena, aguanta un poco más —murmuro, pero la voz me sale ahogada.

La lluvia cae con fuerza y las gotas azotan el parabrisas mientras intento desesperadamente mantener el control del volante.

Agarro el volante con tanta fuerza que se me blanquean los nudillos, casi sin sangre.

El cielo está oscuro y los relámpagos lo parten en dos.

El asfalto empapado no me obedece y el coche derrapa en cada curva.

Aun así, conduzco más rápido de lo debido, con el corazón desbocado, porque lo único que importa ahora es llegar al hospital.

Lanzo una mirada rápida al asiento del copiloto. Mi mujer está pálida, con la mano temblorosa apoyada en el vientre, ya abultado. Ocho meses de embarazo. Nuestro primer hijo. Veo el miedo bailando en sus ojos y se me parte el alma.

—Algo va mal, Thaddeus… —susurra ella, con la respiración entrecortada, casi un gemido de dolor.

El pelo, normalmente tan bien peinado, se le pega a las sienes, y una fina capa de sudor le cubre la frente. Cada vez que inspira, es como si algo le cediera en el pecho; el sonido es ronco, aterrador.

—Ya casi hemos llegado. —Intento sonar seguro, pero se me revuelve el estómago—. Solo unos minutos más, Helena…

Los limpiaparabrisas se mueven frenéticamente, pero apenas veo la carretera. Es una de las peores tormentas que recuerdo. «Mal presagio», susurra algo en mi cabeza, pero aparto el pensamiento.

Estábamos en casa cuando empezó a encontrarse mal. Un dolor intenso en el abdomen, seguido de presión en el pecho. De camino al hospital nos sorprendió la tormenta. Y ahora estoy aquí, conduciendo demasiado rápido, casi sin visibilidad. Pero no me queda otra. Cada segundo cuenta.

El mundo parece un torbellino de agua y miedo. Helena se pone aún más pálida y, de repente, se lleva la mano al costado y suelta un gemido fuerte.

—Thaddeus… yo… —intenta hablar, pero la voz se le quiebra—. El bebé…

—Lo sé, cariño. Aguanta un poco más.

Suelta un suspiro y, por un instante, cierra los ojos con fuerza, como si luchara por no desmayarse.

Tengo los nervios destrozados. Miro rápidamente el salpicadero, que indica una velocidad normal, pero la lluvia que azota el coche lo hace temblar.

Cada curva es un riesgo enorme. Tengo que mantener la calma, pensar con claridad, ser fuerte por ella.

Maldita sea, tengo que controlar mis emociones.

Pero entonces todo sucede muy deprisa y, al mismo tiempo, es como si el tiempo se arrastrara.

Veo los faros de un coche que ha perdido el control y viene hacia nosotros por el carril contrario. La curva es demasiado cerrada. Noto que el coche derrapa. Giro el volante y piso el freno a fondo, pero no responde. Se desliza por el asfalto mojado como una pastilla de jabón.

El otro coche toca el claxon, pero no hay manera de evitarlo.

El impacto es brutal, un rugido de metal desgarrado y cristales que estallan.

Mi cuerpo sale despedido hacia delante, retenido solo por el cinturón de seguridad, que me atrapa como un cepo.

El aire se me escapa de los pulmones en un sollozo de dolor.

La cabeza se me va contra el reposacabezas. Todo gira; las luces se difuminan en la oscuridad. Por un segundo, no sé si sigo consciente. Me zumban los oídos y noto un sabor a óxido en la boca. Es sangre. El dolor me estalla por todo el cuerpo, sobre todo en los hombros.

—¡Helena! —grito, pero la voz me sale amortiguada.

Abro los ojos a la fuerza. El lateral del coche está aplastado. Sale humo del motor. Veo borroso, pero distingo a Helena de perfil. La ventanilla que tiene al lado ha quedado destrozada y las gotas de lluvia entran y le mojan la cara.

—Helena… —Intento levantar la mano, pero el brazo derecho me duele horrores.

No responde. Tiene el cuerpo desplomado hacia delante, sujeto por el cinturón. Veo un corte profundo en un lado de la cabeza; la sangre le resbala y se mezcla con el agua de la lluvia. El corazón me martillea y la adrenalina me sacude de golpe.

Me desabrocho el cinturón y me giro, ignorando el dolor. Las costillas protestan, pero nada va a impedirme ayudarla. Intento tirar de la hebilla de su cinturón, pero está atascada, deformada por el impacto. Me tiemblan los dedos.

—No… no… ¡Por favor! —Los ojos me arden de lágrimas.

La lluvia sigue golpeando con fuerza y me doy cuenta de que parte del techo se ha retorcido y presiona a Helena. No se mueve, pero aún tiene pulso. Al menos, eso creo. Le noto un latido débil en la muñeca.

—Aguanta, ¿me oyes? —le suplico, intentando mantener la voz firme.

Le miro el vientre. No veo ningún movimiento. Recuerdo el miedo que tenía a que algo fuera mal con el embarazo, y yo siempre le prometía que estaría ahí para cuidarla. Siempre prometí que cuidaría de los dos. Pero ahora me siento completamente impotente.

Grito pidiendo ayuda, pero la lluvia lo ahoga todo.

Pasan coches por la carretera, pero no sé si alguien se habrá dado cuenta ya del accidente.

Con esfuerzo, intento forzar la puerta del lado de Helena, completamente retorcida.

Doy patadas, empujo con el hombro. Cada intento me lanza un latigazo de dolor por todo el cuerpo.

Me chorrea sangre de un corte en la frente.

—Helena…

Ella abre los ojos un instante y veo el pánico reflejado en ellos.

—Estoy aquí, mi amor. Todo va a salir bien.

Intenta decir algo, pero los labios se mueven sin emitir sonido. Tal vez «lo siento» o «te quiero». No lo sé. Su mano pierde fuerza y resbala, demasiado débil para sostener la mía.

—¡Aguanta! —insisto, con la voz quebrada.

El sonido de las sirenas a lo lejos me da un hilo de esperanza. Acerco el rostro al suyo. Noto su respiración, débil, casi inexistente. Un fino hilo de sangre le brota de las comisuras de los labios.

—No… —susurro, tragándome un sollozo—. No me hagas esto, Helena. No puedes dejarme…

Tiro del cinturón una vez más y por fin se suelta con un chasquido. Intento sacarla del coche, pero tiene las piernas atrapadas bajo el salpicadero destrozado. El olor a gasolina me llena las fosas nasales. El miedo se multiplica.

—Thaddeus… —gime ella, apenas audible.

—Estoy aquí —repito, sin saber qué más hacer.

—Perdóname… —La voz le falla y cierra los ojos.

Con la adrenalina, no siento el peso de lo que estoy haciendo. Intento empujar la estructura aplastada del coche, pero no cede. Noto que Helena pesa cada vez menos, como si se estuviera rindiendo. Me arden los ojos y las lágrimas, mezcladas con la lluvia, lo desdibujan todo.

—Por favor, Helena, no te rindas.

Me mira con los ojos entreabiertos. Hay tanto amor y tanto dolor en ellos que me parten en dos. Le busco la mano y se la aprieto con fuerza, como si pudiera pasarle mis ganas de vivir.

—El bebé… —murmura Helena, casi sin voz.

—Todo va a salir bien —respondo, aunque ni yo mismo me creo lo que digo.

Me tiemblan los labios, tengo el cuerpo destrozado por el agotamiento. Entonces oigo voces fuera, gente que grita, y las sirenas cada vez más cerca. Un hombre aparece a mi lado y abre la puerta, que a duras penas funciona ya.

Todo es un caos: veo luces rojas y azules, noto unas manos que tiran de mí, pero me resisto.

—¡Sacadla a ella primero! —exijo, intentando zafarme.

—Nos hará falta material para cortar el metal. No se mueva, señor. Usted también está herido.

—¡Me da igual lo que me pase! —grito, furioso—. ¡Salvad a mi mujer!

Me arrastran a la fuerza y dos bomberos se acercan con herramientas de excarcelación. Veo saltar chispas mientras intentan cortar la carrocería del coche. Con cada minuto que pasa, mi desesperación crece. Helena está ahí mismo, ya inconsciente, casi sin respirar.

Noto que alguien me corta la hemorragia del brazo, pero me da igual. Lo único que puedo hacer es mirar a Helena, cada vez más pálida. La lluvia no da tregua y la carretera está abarrotada de coches detenidos, curiosos y luces de coches patrulla.

Cuando por fin consiguen retirar parte del metal, veo que tiene la pierna torcida en un ángulo imposible. Los bomberos cruzan una mirada sombría, demasiado grave. Es la clase de mirada que delata lo que nadie tiene el valor de decir. Se me encoge el corazón y un miedo asfixiante se apodera de mí.

—¿Qué pasa? —La voz me sale rota, estrangulada—. ¿Qué está ocurriendo?

No responden. Uno de los hombres aparta la mirada; el otro se muerde el labio con fuerza. Lo sé. En el fondo, ya lo sé.

El sanitario se acerca. Se agacha junto al coche y recorre a Helena con la mirada en un instante.

Le roza el cuello y después la muñeca. El gesto es breve.

Silencioso. Veo el momento exacto en que lo comprende.

Agacha la cabeza y suelta el aire despacio, con la mandíbula tensa.

Dirige la vista al reloj de su muñeca. Toma nota mentalmente, pero no necesita decir nada. Yo ya lo he entendido.

—No… —susurro, y la palabra es más sollozo que sonido—. No, no, no…

Se vuelve hacia los bomberos, les murmura algo y por fin se acerca a mí. La mirada que trae me golpea más fuerte que cualquier choque.

—Lo siento muchísimo… —dice, pero no hay compasión en el mundo capaz de amortiguar el golpe de sus palabras—. Ella… se ha ido.

Mi mundo se derrumba. Las palabras me atraviesan como una esquirla de cristal que me quema cada fibra del cuerpo. No existe sonido más fuerte que el que sale de mí.

—¡NO! —El grito estalla como un trueno y resuena más fuerte que la lluvia. Me fallan las rodillas y caigo sobre el suelo empapado; el asfalto frío me desgarra los pantalones y el dolor me abrasa la piel. Pero no es nada comparado con lo que siento dentro.

—¡No, por favor! —le suplico al vacío, a las nubes, al destino cruel. Hundo los dedos en el suelo como si pudiera agarrar ese instante, deshacerlo, arrancarlo de la realidad.

Grito, aúllo, con el dolor de un hombre que lo ha perdido todo. Mis ojos ya no ven nada, solo la sombra de lo que fue y nunca volverá a ser. Helena. Mi Helena. Y el bebé. Nuestro hijo.

Alguien intenta levantarme, pero no quiero. No puedo. No puedo mirar el coche, no puedo mirarla, no puedo aceptar lo que ha pasado.

Todo se siente lejano. Los sonidos se amortiguan, como si estuviera debajo del agua. Las sirenas, las voces, el repiqueteo de la lluvia. Nada importa. Ya nada existe. Solo el agujero oscuro en el centro de mi pecho.

El final llegó, y ni siquiera lo vi venir… pero llegó. Se llevó todo lo bueno que había en mí, absolutamente todo.