Una noche antes del adiós (Los Thalassinos, Libro 1) CAPÍTULO SEIS
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CAPÍTULO SEIS

Thaddeus

Cierro el grifo de la ducha. Exactamente veinte minutos, como cada mañana, aunque esta no se parezca a las demás.

El vapor empaña el espejo y distorsiona mi reflejo.

Abro la puerta del baño esperando encontrarla aún dormida.

Ese cuerpo delicado enredado en las sábanas oscuras.

El contraste de la piel clara contra la tela gris.

El pelo negro desparramado sobre las almohadas.

Pero la habitación está vacía.

Algo se me cierra en el pecho, una sensación desconocida. Incómoda.

Reviso el vestidor, el pasillo, el salón principal. Ni rastro de ella. Solo el tenue aroma a flor de cerezo flotando en el aire, como un fantasma.

Vuelvo al dormitorio. Entonces lo veo: una pequeña hoja de papel sobre la almohada. Tres palabras escritas con una caligrafía delicada, casi artística.

«Me has despertado».

Cojo el papel. Lo leo otra vez. Una vez. Dos. Como si pudiera arrancarle algún sentido más allá de lo evidente.

Me has despertado.

Y entonces se me escapa una pregunta que rompe el silencio de la habitación:

—¿Quién demonios eres?

Elowen. Solo un nombre. Sin apellido, sin número de teléfono. Sin dirección. Nada que me sirva para encontrarla.

Me acerco al espejo del dormitorio y contemplo mi reflejo, ahora visible a través del vapor que se disipa. Los músculos definidos. Las viejas cicatrices. Los ojos endurecidos por años de autodisciplina implacable.

Sin querer, me llevo la mano al cuello y toco el punto exacto donde se posaron sus labios durante la noche. Una marca casi imperceptible. Un leve morado que en cualquier otro contexto me resultaría molesto. Una grieta en mi control. Una imperfección.

Pero al tocarlo vuelvo a sentir esa opresión en el pecho. Inaceptable.

Las mujeres entran y salen de mi vida. Acuerdos mutuos. Transacciones claras. Noches sin mañana; así funciona. Así es como se supone que debe funcionar.

Entonces, ¿por qué esta sensación de... pérdida?

Ridículo.

Me visto con eficiencia mecánica: pantalón de vestir negro, camisa blanca perfectamente planchada, corbata gris marengo y gemelos de platino. Uniforme de guerra.

Mientras el ascensor baja, saco el móvil. Escribo un mensaje al jefe de seguridad del edificio.

«Necesito las grabaciones de las cámaras del vestíbulo y de la entrada, de cinco a siete de esta mañana. Urgente.»

La respuesta llega de inmediato, como cabe esperar de alguien a quien pago generosamente.

«Sí, señor Thalassinos. Las tendrá en su correo en quince minutos.»

Albert ya me espera en el coche. Puntual, como siempre.

—Buenos días, señor Thalassinos. ¿A la oficina?

—Sí.

No le doy explicaciones por llevar treinta minutos de retraso sobre mi rutina. No se las debo. No es asunto suyo.

De camino consulto el correo de forma compulsiva, esperando las imágenes de seguridad. No me reconozco. Esta ansiedad no es propia de mí.

Por fin llegan. Abro el vídeo y lo paso rápido. Las 6:22 de la mañana. Aparece en el vestíbulo con el mismo vestido rojo, ahora algo arrugado. Lleva el pelo suelto, más revuelto que la noche anterior. Habla un momento con el portero, que le para un taxi con un gesto.

Congelo la imagen. Hago zoom. Se le ve parte del rostro. Una sonrisa discreta en los labios. No es la sonrisa de alguien avergonzado ni arrepentido. Es la sonrisa de quien guarda un secreto.

Una noche. Un nombre. Una nota. Y un vacío absurdo en el pecho.

Sigo viendo la grabación. El taxi se detiene, ella sube y desaparece.

—Mierda —murmuro, y Albert me lanza una mirada curiosa por el retrovisor que retira de inmediato en cuanto nuestros ojos se cruzan.

Envío otro mensaje al jefe de seguridad.

«La matrícula del taxi.»

Tres minutos después tengo la respuesta. Llamo a mi investigador privado, Alexander Reid. Descuelga al primer tono.

—Buenos días, señor Thalassinos.

—Reid, necesito que localices un taxi.

Le doy los datos. No ofrezco explicaciones y él no pregunta.

—Entendido. Me pondré en contacto con usted en cuanto tenga algo.

El coche se detiene frente al edificio de Thalassinos Holdings. Cincuenta y dos plantas de cristal y acero. Mi imperio. Construido con una determinación implacable tras la muerte de Helena. Un monumento al control. Al orden. Al poder... a mi poder.

Cruzo el vestíbulo sin mirar a mi alrededor. Los empleados me saludan con respeto. Esquivo cualquier intento de conversación.

El ascensor ejecutivo me sube directamente a la última planta. Lauren, mi asistente desde hace años, me recibe con su eficiencia habitual.

—Buenos días, señor Thalassinos. La reunión de la junta está prevista para las nueve y media.

Los documentos de la adquisición de Meridian están en su escritorio para la revisión final.

El señor Wilkins ha llamado tres veces. Parece inquieto por las proyecciones del tercer trimestre.

Y sus hermanos han confirmado que asistirán al almuerzo familiar del domingo.

Asiento con la cabeza y asimilo cada dato sin mostrar la menor reacción.

—Gracias, Lauren. Tráeme un café solo, sin azúcar, por favor —ordeno mientras entro en mi despacho y cierro la puerta.

La vista de la ciudad se despliega ante mí tras los ventanales que van del suelo al techo. Nueva York, implacable, indiferente... como siempre lo ha sido, pero hoy parece ligeramente distinta.

Suena el teléfono. Es Lauren.

—Señor Thalassinos, el señor Reid está en la línea uno.

Descuelgo de inmediato.

—Reid. ¿Qué tienes para mí?

—El taxista dejó a una mujer vestida de rojo en la estación de Grand Central a las 6:47 de esta mañana. No oyó adónde se dirigía. Pagó en efectivo, sin dejar rastro. Ahora estoy revisando las cámaras de la estación.

—Sigue buscando —ordeno, y cuelgo sin despedirme.

Lauren entra con el café. Me observa con esa mirada discretamente evaluadora. Lleva conmigo el tiempo suficiente para detectar cambios en mi comportamiento.

—¿Necesita algo más, señor?

—No.

Vacila en la puerta; está claro que quiere decir algo.

—¿Qué ocurre? —pregunto con brusquedad.

—Nada, señor. Es solo que... el señor Wilkins parece realmente nervioso por esta reunión.

—Jeffrey siempre está nervioso. Por eso se le da bien su trabajo —respondo, y la despido con un gesto.

Miro el reloj. Las 9:15. Quedan quince minutos para la reunión de la junta. Tiempo suficiente para revisar los documentos de Meridian. Me concentro en las cifras, las cláusulas, los detalles. Es lo que mejor se me da: analizar. Diseccionar. Controlar.

Pero, detrás de las cifras, veo un vestido rojo. Bajo las cláusulas del contrato, oigo una voz suave. «¿Eres de esos hombres que se permiten perderse de vez en cuando, señor Thalassinos?».

Cierro los ojos un segundo. Un solo segundo de debilidad permitida. Después vuelvo a la armadura que forjé tras el accidente. Tras Helena.

Thaddeus Thalassinos no se pierde. No se distrae. No se obsesiona con desconocidas de ojos verdes y notas crípticas.

La reunión de la junta es una guerra, como siempre. Los directores defendiendo su territorio. Los accionistas preocupados por los dividendos. Los abogados advirtiendo de los riesgos. Y yo, en el centro, orquestándolo todo con mano de hierro.

—El margen de beneficio proyectado para el tercer año no es realista —se atreve a cuestionar Bernard Cooper, el representante de los accionistas minoritarios.

Cualquier otro día, respondería con hechos. Gráficos. Proyecciones detalladas.

Hoy me limito a mirarlo fijamente.

—Si le parece poco realista, Cooper, quizá debería vender sus acciones. Estoy seguro de que encontraremos compradores que entiendan el valor de lo que estamos construyendo.

El silencio en la sala es denso. Pesado. Se cruzan miradas. Este no es mi estilo habitual. Soy calculador, no impulsivo. Frío, no agresivo.

Jeffrey Wilkins, siempre diplomático, interviene.

—Lo que quiere decir el señor Thalassinos es que nuestras proyecciones se basan en datos sólidos. Puedo explicarle la metodología en detalle después de la reunión, si lo desea, señor Cooper.

Cooper asiente, todavía con los ojos clavados en mí y expresión desconcertada.

El resto de la reunión sigue su curso. Los documentos de Meridian se aprueban por unanimidad, tal como estaba previsto. Nadie más se atreve a desafiarme directamente. Todos perciben la energía diferente, más intensa, más volátil.

Cuando la sala por fin se vacía, solo queda Jeffrey, que ordena sus notas con meticulosidad.

—No hacía falta que le hicieras eso a Cooper —comenta sin mirarme directamente.

—Estaba cuestionando mi competencia.

—Estaba haciendo su trabajo. —Jeffrey alza por fin la vista—. Hoy pareces... diferente.

—No sé de qué me hablas.

Esboza una leve sonrisa. Me conoce desde hace quince años, desde antes de Helena. Desde antes de que me convirtiera en esta versión endurecida de mí mismo.

—Tienes cara de haber visto un fantasma —dice mientras recoge sus cosas para marcharse.

La respuesta se me escapa antes de que pueda contenerla.

—Lo he visto. Y olía a flor de cerezo.

Jeffrey se queda inmóvil, visiblemente desconcertado por la confesión. Me estudia el rostro un largo instante.

—Lamento oír eso —dice sin más, antes de salir y cerrar la puerta.

Estoy solo en la sala de juntas. Los últimos rayos del sol de la mañana entran por las ventanas e iluminan la mesa pulida. Permanezco inmóvil, dejando que el silencio se asiente.

El móvil vibra en mi bolsillo. Reid.

«La hemos localizado en las cámaras de Grand Central. Cogió la línea 6 a las 6:55. Después le perdimos la pista. Seguimos buscando.»

Guardo el móvil sin responder. ¿Qué estoy haciendo? ¿Perseguir a una mujer que claramente no quiere que la encuentren? ¿A una desconocida que pasó una noche en mi cama y se marchó sin mirar atrás?

Patético.

Vuelvo a mi despacho. Lauren me informa de las llamadas perdidas, las reuniones programadas para la tarde y los documentos que necesitan mi firma. Asiento mecánicamente, pero en realidad no la escucho.

—Y sus hermanos han llamado. Todos —añade, pendiente de mi reacción.

—¿Qué querían? —pregunto sin verdadero interés.