25
Nuevos comienzos
H ace poco más de una semana que salí del despacho de Recursos Humanos y, pese a estar aterrizando ya en Dublín, aún no me creo que esté volviendo a casa.
Mis hermanas están metidas en el ajo y son las únicas que están al tanto de mi nueva realidad.
Quiero darle una sorpresa tanto a mi abuela como a Aiden, con los que he estado fingiendo de manera muy torpe en los últimos días, así que Siobhan me viene a recoger con el coche y una sonrisa que se ensancha hasta sus máximos topes.
No ha dejado de parlotear durante las tres horas de viaje y no ha hecho más que preguntarme si de verdad vuelvo a casa. La noto tan excitada como preocupada al mismo tiempo, aunque intuyo que es porque tiene miedo a perderme otra vez.
No sé qué me deparará la vida dentro de un año. Lo único que ahora tengo claro es que quiero abrazar esta oportunidad, tanto personal como laboral, que se me presenta en este instante .
—Grace Callaghan, ¿qué ingrediente nuevo estás probando para que huela tan bien la casa? —le pregunto en cuanto entro en la cocina, de espaldas a mí.
Mi abuela se gira con los ojos bien abiertos, sin dar crédito a lo que está escuchando, cuando reconoce mi voz.
—¡Hija! ¿Qué haces aquí?
Se acerca con incredulidad y me palpa la cara con las manos, como si no se creyera del todo que esté aquí en carne y hueso.
—¡Sorpresa!
—¿Cuándo…? ¿Cuándo has vuelto?
—Shiv me acaba de recoger en el aeropuerto hace unas horas —confieso, señalándola con el dedo, mientras nos muestra una sonrisa traviesa desde el umbral de la puerta.
—¡Será sinvergüenza esta niña! Por eso lleva un par de días dándome largas sin decirme a dónde va.
Ambas nos reímos y me acerco para envolverla entre mis brazos.
—No la culpes, quería darte una sorpresa. Siéntate que tengo que contarte algo.
—Ay, no me asustes, cariño, que ya estoy mayor para más disgustos.
—No, abu, esto es algo bueno. —Me sostiene la mirada con esperanza y la agarro de las manos para confesar—: Vuelvo a casa.
—¿Cómo? Ay, Sarah, no juegues conmigo que tengo los sentimientos a flor de piel ahora mismo.
Una lágrima se desliza por su mejilla, aunque sé que no es de tristeza, sino de emoción .
—Me han ofrecido un trabajo para viajar por Europa haciendo fotos para la revista en la que trabajo.
—¡Ahhh! —suelta un chillido que probablemente hayan oído hasta los habitantes de Cork. Se levanta con una agilidad pasmosa y me abraza.
Shiv también se suma y nos envuelve a las dos con su cuerpo, mientras Cupcake no quiere perderse el momento familiar y se une frotándose contra mis piernas.
El timbre de la puerta interrumpe este momento de ternura y las tres nos miramos con cara de circunstancia, por lo que intuyo que no esperan ninguna visita a estas horas.
Mi hermana se acerca a la puerta principal y, cuando abre, reconozco una grave voz familiar que no esperaba.
Mi hermana lo invita a pasar y cuando llega a la cocina, parece que no me ha visto, porque solo saluda a mi abuela.
—Buenos días, Grace. Venía a traerte este táper. La tarta estaba deliciosa; como ves no ha quedado ni un pedazo… —Se gira cuando nota mi presencia y puedo ver su gesto desconcertado—: ¡Sarah! No sabía que estabas aquí. Te hacía en Nueva York.
—Lo estaba, pero acabo de regresar. Me alegro de verte, James.
—Yo también. Quería… Quería haber hablado contigo a solas antes de que te fueras, pero…
—No te preocupes. Parece que ahora tendremos todo el tiempo del mundo —le dedico una sonrisa, y él la recibe con esperanza.
—Ahora iba al Gallagher’s a almorzar, pero si te apetece uno de estos días, podemos comer juntos y tener esa charla pendiente.
—Me encantaría, pero ¿sabes qué? —Asiente con la cabeza y le pregunto—: Si a mi abuela no le importa, ¿te apetece que te acompañe al pub ahora? Tengo un asunto pendiente que tratar allí.
—Por supuesto, nada me haría más feliz.
Vamos dando un paseo por el pueblo. Tras una década en Nueva York, tanta tranquilidad en las calles de Middleton me abruma, y presiento que todavía me tendré que acostumbrar a ello.
Aunque, como dice el refrán: «Sarna con gusto no pica».
Pese a las bajas temperaturas del mes de enero, unos tímidos rayos de luz batallan por colarse entre las nubes, lo que interpreto como un gesto de esperanza en esta nueva etapa.
James me cuenta que la abuela se ha disculpado por su comportamiento con él todos estos años y que, como ofrenda de paz, lleva una semana agasajándolo con pasteles y galletas de canela.
Bendita sea la yaya, que con su repostería tiene el don de calentar el alma.
Nos acomodamos en una de las mesas de madera del pub.
A lo lejos, distingo a Aiden charlando con uno de los proveedores.
Todavía no se ha percatado de nuestra presencia, aunque a estas horas del mediodía, solo se encuentra él tras la barra, así que será quien nos atienda.
No tiene escapatoria y me preparo para la sorpresa.
James dice que está hecho un alma en pena desde que me fui y me confiesa que, «sin el derecho de querer meterse en mi vida privada» como él afirma, Aiden y yo formamos una preciosa pareja.
Admite que es un buen hombre y que se alegró enormemente de descubrir nuestra relación, porque eso significaba que tarde o temprano yo volvería a casa.
Aiden se acerca hacia nosotros y me cubro la cara con el menú para que no note mi presencia.
—¿Qué tomaremos por aquí? ¿Lo de siempre, James ?
—Sí. Gracias, hijo.
No me pasa desapercibida esa apelación cariñosa y, aunque soy consciente de que no la ha dicho en ese sentido, una sonrisa se me ha dibujado en la cara.
—¿Y por aquí qué será? —me pregunta y todavía tardo unos segundos en contestar.
—Yo tomaré la especialidad de la casa: tostadas francesas con nata, frambuesas y canela.
—Lo siento, pero ese plato no lo tenemos en la cart… ¡Sarah!
Deposito el menú sobre la mesa y su mirada me descubre. Veo una mezcla de sorpresa y excitación en sus ojos antes de levantarme. Me acerco a él y me aferro a sus hombros, atrayéndolo hacia mí.
—¿Qué…? ¿Qué haces aquí?
Lleva las manos de su rostro a mis brazos, como si temiera tocarme, como si temiera que no fuera real. ¿Por qué todo el mundo piensa que soy un fantasma?
—Me marché sin darte tu regalo de Navidad y he vuelto para entregártelo.
Por fin veo cómo una sonrisa asoma por sus comisuras.
—No me lo puedo creer. Dime qué no se trata de una broma.
Ahora sí, me acerca hacia él y atrae mi cabeza hacia su pecho donde por fin me siento como en casa.
—Nunca bromearía con esto.
—Parejita —nos interrumpe James que carraspea por detrás—, os voy a dejar un poco de intimidad y mientras tanto voy a ir a la cocina a pedirle a Bridget que vaya preparando mi bocadillo .
Muestra una sonrisa traviesa y se escabulle por detrás de la barra.
—Con razón no querías que comprara un vuelo para ir a verte, tonta. Pensaba que ya no querías saber nada más de mí.
—Lo sientooo. Se me da fatal mentir. Sabía que ibas a pillarme antes de tiempo.
Se me escapa una media sonrisa y me aprieta más contra su pecho, como si no quisiera dejarme marchar de nuevo. Inhalo su aroma, que se me antoja irresistible mientras se cuela por mis fosas nasales, y me ruega contra mi pelo:
—Por favor, no te marches nunca más. Lo he pasado fatal esta semana —finge moquear.
Le explico brevemente lo de mi nuevo proyecto laboral. Me escucha con atención sin dar crédito a lo que le cuento. Tan solo me interrumpe un par de veces para abrazarme y besarme, en un gesto lleno de ternura que me deja sin aliento.
—¿Sabes qué? —me susurra al oído—. Las tostadas francesas no están en la carta, como bien sabes, pero creo que hoy por mi clienta favorita haré una excepción.
—Espero que la hagas más a menudo.
—Cuando quieras, todos los días de nuestra vida.