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Hogar, (no tan) dulce hogar
D ormir tres horas escasas y levantarse para ir a trabajar debería ser ilegal, pero entre el pequeño retraso que tuve en el segundo vuelo y que llegué a casa de madrugada, cuando suena la alarma del móvil a las seis de la mañana, comienzo a notar los estragos del cansancio físico y emocional.
Cuando el taxi me dejó frente a la puerta del edificio donde vivo en Brooklyn y subí a casa, comprobé cómo Rachel ya llevaba un buen rato dormida en la cama.
Suele madrugar más que yo para ir a la oficina y veo que me ha dejado una nota en la cocina para que la pase a buscar a su planta y tomemos un café a media mañana.
Estará deseosa de que le cuente cómo han ido estos días por casa, sin embargo, ahora mismo solo siento que me acabo de despertar de un sueño y todo lo acontecido estos últimos días está lejos de ser realidad.
Miro a través de la ventana y gruño al ver el alboroto de vehículos que se apiñan entre el tráfico de la calzada.
Ya echo de menos la tranquilidad de las calles de Middleton y el olor a galletas recién horneadas de mi yaya.
No obstante, no tengo tiempo que perder, así que me doy una ducha rápida, me enfundo mi traje y mis tacones, además de empolvarme con una capa de maquillaje con la que ahora mismo me cuesta reconocerme frente al espejo.
Las calles de Manhattan van retirando sus adornos navideños y todo vuelve poco a poco a la normalidad, aunque aún queda algún rezagado como el hombre vestido de Papá Noel que pide dinero a las puertas del edificio donde trabajo.
Hay algo en él que me resulta vagamente familiar, pero enseguida deshecho la idea y voy directa a la cafetería de la esquina para insuflarme mi dosis diaria de cafeína y aguantar lo que queda de día.
—Bienvenida, Sarah. —Mi compañero de departamento me recibe con una pila de documentos en las manos—.
Espero que hayas pasado buenas fiestas con tu familia, aunque sé que has ido por otros motivos.
Siento lo de tu abuelo, no sabía nada. Me enteré el otro día que lo comentó el jefe cuando fuimos a comer.
—Gracias —contesto de manera escueta.
Peter es un buen tipo, pero viene siempre a trabajar con las pilas excesivamente cargadas por las mañanas.
Yo, por otro lado, sigo en modo avión hasta que no me tomo el tercer café del día.
Sinceramente, no estoy de humor para una charla de ascensor a estas horas, así que me voy directa a mi cubículo, pero antes de llegar me interrumpe:
—Acaba de venir Leslie, de Recursos Humanos, a por ti. Le he dicho que no habías llegado todavía, aunque estarías al caer. Espero que no te importe.
—¿Leslie? ¿Y qué quería? —pregunto extrañada ya que apenas nos cruzamos un par de veces al mes en el ascensor .
—No lo sé, no ha mencionado nada. Pero dice que en cuanto puedas pases por su despacho, quiere hablar contigo. No se moverá de allí hasta la hora de comer.
Asiento y regreso sobre mis pasos para dirigirme hacia la décima planta.
Voy con el semblante cabizbajo desconociendo el motivo de la reunión.
Tal vez me lleve una buena reprimenda por haber prolongado las vacaciones cuando alegué que iba al funeral de mi abuelo.
En ocasiones, los americanos son demasiado reacios a coger días libres y espero que tengan la empatía suficiente para comprender que este tiempo lo he empleado en acompañar a mi familia, y no tener ninguna amonestación.
Toco con los nudillos en la puerta y una voz de fondo me invita a pasar.
Observo a Leslie sentada tras la mesa de su inmenso despacho, con vistas al río Hudson, en el barrio de Tribeca.
A su lado, un hombre que no conozco la escolta con rictus serio.
Esto está tomando unos tintes más formales de los que había pronosticado al principio.
—Buenos días, señorita O’Hara. Pase, por favor.
Accedo y tomo asiento en una de las sillas mientras miro con asombro a los presentes.
—Siento mucho el fallecimiento de su abuelo. Lo poco que sabemos es que él fue como un padre para usted, así que entendemos perfectamente la magnitud del suceso.
—Gracias, así es. Mis padres fallecieron cuando yo era pequeña en un accidente de coche y fueron mis abuelos los que nos criaron a mis hermanas y a mí.
Omito la realidad de cómo murió mi padre, no hace falta entrar en detalles escabrosos para que la gente me mire con lástima... una vez más.
—Debió de ser muy duro.
—Lo fue, para todos —apunto con nostalgia y se hace un silencio en la sala—.
Disculpe, les agradezco su comprensión. No quiero ser desconsiderada, pero ¿ha pasado algo durante mi ausencia para que esté aquí?
¿Me he tomado demasiados días de vacaciones?
Llevaba mucho tiempo sin ir a Irlanda y…
tenía que acompañar a mi familia en estos momentos tan duros.
—No, para nada, Sarah. Si me permites tutearte... —Asiento y dijo que siga adelante —. ¿Cuánto tiempo llevas trabajando aquí?
No sé a dónde nos está llevando esta conversación y el corazón comienza a desbocarse en mi pecho por la incertidumbre.
—Hará unos cinco años esta próxima primavera.
—¿Eres feliz trabajando en esta empresa?
«¿Es una pregunta trampa?».
—Sí, claro. No tengo queja.
—Perdona mis formas. No os he presentado. Sarah, él es Brad, director de Diseño Gráfico y Fotografía de Europa y África. Es el responsable de la visión artística y la gestión del equipo dentro del departamento.
—Encantada.
—Igualmente. —Él toma el mando de la conversación—. Sarah, iré al grano, no me voy a andar con rodeos. He tenido la oportunidad de hablar con tus superiores y me han dado muy buenas referencias de ti, así que te quería proponer un nuevo proyecto.
—¿Yo? Esto... Estoy muy contenta donde estoy. ¿Cómo podría encajar en su departamento?
—Creemos que estás desaprovechando tu potencial y queremos personas que puedan extraer el máximo de sus habilidades dentro de esta empresa. Solo si tú aceptas, claro está .
—No me cierro a nuevas oportunidades. ¿En qué consistiría?
—He estado echando un vistazo a las fotos que le has enviado a mi equipo, además de tus redes sociales. Tu trabajo es muy bueno. Tendrías que afinar un poco la técnica, pero se nota que pones alma en lo que haces y eso es esencial en este trabajo.
—Vaya, gracias. Si le digo la verdad, pensé que era una simple afición, no sabía que podía llegar a algo más.
—Pues créetelo. Y, por eso, quiero proponerte un contrato de un año para trabajar desde Europa como freelance .
Me quedo congelada unos instantes procesando la información.
—¿En serio?
No puede ser verdad lo que estoy escuchando.
—Sé que es un cambio muy drástico. No sé si tienes pareja o si tu vida está montada aquí en Nueva York, pero creo que podría ser una buena oportunidad profesional.
Trato de buscar las palabras acertadas, aunque estoy tan nerviosa que apenas un hilo de voz sale de mi boca.
—Queremos a alguien local como tú. Si te parece bien, podemos usar algunas de las fotos que nos has enviado de Irlanda para el número de enero y el resto de los meses los vamos organizando con el equipo de redacción y edición.
Este proyecto me cae como agua del cielo en medio de una sequía.
Aun así, tengo todavía muchas dudas. Sería una buena oportunidad para pasar más tiempo en Middleton, aunque no sé si me obligará a viajar tanto que apenas tendré tiempo de verlos.
Quiero asegurarme y tener todo atado antes de dar un paso en falso.
—¿Y tendría que ir y venir a Nueva York o… ?
—En realidad, puedes gestionar el trabajo como quieras, sin horarios. Tendrías que estar cuatro o cinco días en los puntos más importantes del país y el resto podrías teletrabajar desde donde quisieras. No hace falta decir que te cubriríamos los viajes y el resto de las dietas, por supuesto.
—Suena demasiado bonito, ¿hay algún «pero»?
—Solo que tú accedas.
Mi mente fría se resiste a aceptar esta nueva oferta de trabajo, pero una fuerza interior me alienta a tomar esta oportunidad y vivir el presente, tal y como me recordó Aisling hace tan solo unos días.
—¡Acepto! ¡Sí, acepto!
—De acuerdo —comenta Leslie—, comenzaremos a redactar tu nuevo contrato y durante la mañana pasarás a firmarlo.
—¡Bienvenida a nuestro departamento!
—Muchas gracias, Brad, Leslie. A los dos, de corazón.
—Dáselas a tu amiga Rachel, ella ha sido clave para tomar la decisión final. —Me guiña un ojo mientras salgo por la puerta.
Bajo las diez plantas por las escaleras, con la adrenalina desbordándome por el cuerpo; aún no salgo de mi asombro tras la noticia que acabo de recibir.
Quiero llamar a Rachel para celebrarlo juntas, pero me dicen que sigue reunida, así que esta noche saldremos a celebrarlo y la invitaré a cenar y a tomar unas copas después. Tengo una amiga que no me la merezco.
Salgo a la calle, con una sonrisa en la cara y un mar de emociones llenando mi estómago. Debo de estar muy distraída porque no me doy cuenta de que alguien me está llamando. Me giro y veo al hombre vestido de Papá Noel de esta mañana.
—¡Sarah! ¡Sarah O’Hara !
Según me acerco, ya reconozco de qué me suena.
—¿Es usted el Papá Noel que vi en el aeropuerto?
—Ya le dije que los milagros navideños existían. —Me guiña un ojo y arquea sus canosas cejas como un anciano adorable.
Me acerco un poco más para charlar y darle las gracias, pero un hombre trajeado con demasiada prisa me intercepta y me fulmina con la mirada.
—¡Quítese del medio! —me espeta en la cara con un marcado acento neoyorquino.
—¡Será imbécil!
Me giro de nuevo y veo que el anciano ha desaparecido. ¿Habrá sido todo fruto de mi imaginación? No puede ser, parecía tan real...
Sea lo que fuere, no le falta razón: al final, la magia de la Navidad ha hecho su trabajo, transformándose en un regalo inesperado que me llevará de vuelta a casa.