Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 23
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La despedida

L legamos al aeropuerto con los semblantes de las cuatro ocupantes del coche de alquiler ensombrecidos.

Aisling y yo cogeremos el mismo vuelo a Heathrow.

Ella se quedará en Londres y yo volaré hacia Nueva York con previsión de aterrizar en la otra punta del charco a las tantas de la mañana.

Me arrepentiré cuando toque la alarma para ir a trabajar, pero quería apurar las últimas horas con mi familia lo máximo posible.

Aiden tenía que gestionar unos asuntos en el pub y ha preferido cubrir el turno de mi hermana para que disfrute de los últimos instantes conmigo.

Sin embargo, esta mañana, cuando me he despertado en su casa, me ha prometido que estaría aquí, antes de que saliera el vuelo, para darme un último beso de despedida.

Comienzo a impacientarme. Ambas hemos facturado nuestras maletas y estamos cerca del control de seguridad del aeropuerto donde ya solo tienen acceso el personal y los pasajeros con tarjetas de embarque.

Miro el reloj y mis ojos se dirigen hacia la puerta de entrada, donde un buen número de personas ocupa la terminal para regresar a sus casas tras la Navidad… , pero ninguno de ellos es él.

—Llegará, ya lo verás —trata de tranquilizarme mi abuela mientras me contempla mordiéndome la uña del dedo pulgar con evidente nerviosismo—. No dejará que te marches sin haberos despedido.

—Lo sé, abuela —contesto y miro a la tienda del duty free donde Aisling y Siobhan han ido a comprar un libro para amenizar el viaje de la primera—. Y si no, no pasa nada. Lo importante es que vosotras estéis aquí.

—Te voy a echar de menos, cariño. —Me envuelve entre sus pequeños brazos y me dejo mecer como cuando era pequeña—. Siento que ahora que os vais las dos, echaré también más de menos a tu abuelo. Habéis sido un oasis para mí, después del entierro, y os estaré eternamente agradecida.

—No digas tonterías, abuela. No tienes que estarlo.

En todo caso, soy yo la que tengo que reconocer que me habéis tratado tan bien que me arrepiento de no haber vuelto antes en estos diez años.

—Le doy un beso en la sien y me aprieta la mano muy fuerte—.

Yo también te echaré mucho de menos. Espero que puedas sobrellevar la ausencia del abuelo lo mejor posible, y ya sabes que puedes venir a Nueva York cuando te apetezca.

—Yo ya estoy mayor para esos viajes, pero me alegra saber que pudimos hacerlo todos juntos hace tres años.

—Pasamos unos días increíbles —recuerdo con nostalgia y nos invade el silencio.

—Todo irá bien, hija. Vosotras sois mi motor, las que me hacéis levantarme con ánimo cada mañana. Y siento un dolor inmenso cada vez que os veo sufrir por cualquier cosa.

Soy consciente de que sigue dándole vueltas a que no me contara lo de mi padre.

Sin embargo, hemos tenido la oportunidad de hablar largo y tendido sobre lo que sucedió y comprendo los motivos de su silencio.

Jamás podré culparla de querer evitar nuestro dolor y siento que todo el amor y el cariño que nos ha dado esta mujer, tanto como abuela como madre, no podría devolvérselo ni con todo el oro del mundo.

—No te preocupes por nosotras, estaremos bien.

Ash se acerca y nos cuenta lo enganchadísima que está a la saga de highlanders que está revolucionando el mercado anglosajón.

Nos muestra la portada de la novela, donde un tipo con unos inverosímiles abdominales en el vientre acapara toda la cubierta.

Shiv pone los ojos en blanco e intuyo, por su gesto, que debe de llevar un buen rato hablando de ello.

Miro de nuevo la esfera del reloj, y mi abuela y mis hermanas me observan con tristeza.

Saben que estoy esperando a Aiden, pero la hora se acerca y no podemos demorar más el paso por el control si no queremos perder el vuelo.

Me pregunto si se ha arrepentido de venir y, finalmente, ha decidido cerrar lo nuestro con el final feliz de la última vez que nos hemos visto esta mañana: haciendo el amor en su cama, tomando un café con pancakes en la cocina y dándome un beso que me ha dejado sin respiración en la puerta de mi casa.

No quiero reprocharle su actitud, comprendo que todo esto sea doloroso para él. Ya lidió con mi marcha una vez, además de con el divorcio de su mujer años después.

Sea lo que sea, es hora de marcharnos, así que inhalo todo el oxígeno que puedo y trato de recuperar las fuerzas de donde soy capaz.

Comenzamos a despedirnos de ellas, con las lágrimas amenazando con acabar con mi entereza.

Mi abuela, por el contrario, no puede reprimirlas y hasta Shiv se contrae de dolor por nuestra marcha.

Nos acercamos para coger las bandejas y dejar nuestras pertenencias cuando unos gritos llaman mi atención:

—¡Sarah!

Me giro y no identifico quién me llama entre el gentío.

—¡Sarah, espera!

—¡Aiden! —Se acerca corriendo hacia mí y observo la sonrisa en las caras de mis hermanas y mi abuela.

—Perdón…, no quería llegar tan tarde…, pero he tenido que…

—Tranquilo, respira, creo que todavía tenemos un par de minutos.

—Lo siento, hubo un problema en la residencia de mi abuela y…

—¿Adele? ¿Se encuentra bien? —le pregunto preocupada.

—Sí, al parecer anoche celebraron la Nochevieja por todo lo alto en las habitaciones.

Y esta mañana uno de los ancianos decía que se había enamorado tanto de mi yaya que le había pedido matrimonio y no se iría de su habitación hasta que le dijera que sí.

Mi abuela la ha montado parda, ya te puedes imaginar.

—¿Cóómo?

No puedo reprimir una carcajada.

—Han tenido que llamar a todos los familiares… —relaja su gesto y acaba riéndose también—. Menudo carácter tiene la mujer.

—No pasa nada, pensaba que te habías arrepentido y no querrías venir a despedirte.

—Jamás. No podría dejarte ir sin darte esto.

Me besa con tanta vehemencia que el corazón se me desboca en su sitio. Sé que hemos provocado una pequeña escena en el aeropuerto, y hasta mis hermanas están aplaudiendo de la emoción, pero me da igual. En este momento, solo estamos él y yo.

—Te iré a visitar a Nueva York.

—Vamos a tomarlo con calma, Aiden —respondo, acelerada por las prisas del momento, pero su rostro se ensombrece y me doy cuenta al instante de cómo ha sonado—. Quiero decir que, cuando llegue allí, hablamos con más tranquilidad de cómo llevar esto.

—Perdona, Sarah. Es solo que… ya te perdí una vez y no quiero hacerlo de nuevo. Sé que las relaciones a distancia son una mierda, pero por ti estaría dispuesto a arriesgarme una y otra vez.

Esbozo una sonrisa llena de tristeza y lo acerco a mi cuerpo. Inhalo su aroma por última vez y me percato en este momento de que no quiero alejarme de él, pero solo puedo decirle:

—Lo sé. Buscaremos la forma.

—Te quiero, Sarah O’Hara.

—Te quiero, Aiden Gallagher.

—Yo también os quiero mucho a los dos, tortolitos —interviene Ash—, pero vamos a perder el vuelo si no pasamos ya por el arco de seguridad.

Nos despedimos con la mano y veo cómo Aiden abraza a mi abuela y a mi hermana, que nos observan con un gesto afligido desde la distancia.

En este momento, me arrepiento más que nunca de coger este avión.

Unas imperiosas ganas de volver corriendo nacen dentro de mí.

Sin embargo, Ash me coge de la mano mientras atravesamos el pasillo que nos lleva hasta la puerta de embarque y, con la cara llena de lágrimas, ya solo puedo confiar en la promesa de sus palabras:

—Todo irá bien.