Una Navidad irlandesa (Hermanas O’Hara 1) 22
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Feliz Año Nuevo

L levo toda la mañana editando las fotos que enviaré a un contacto del departamento de redacción.

Todavía no sé cómo me convenció Rachel de ello, pero es verdad que parecen interesados en mi trabajo.

Ayer recibí un correo con la propuesta y aún no salgo de mi asombro.

¿Cómo es posible que una amateur como yo despierte tanto interés cuando mi zona de confort se encuentra entre calculadoras y presupuestos?

Asimismo, he comenzado a hacer las maletas con desgana porque eso significa que mi tiempo en Middleton, mi hogar, está tocando a su fin.

Incluso Cupcake lleva todo el día melancólico, ronroneando y buscando arrumacos tumbado sobre mi cama.

Los animalitos son muy inteligentes; hasta él debe notar ya mi inminente marcha.

Por alguna razón, había confiado en que un milagro navideño de última hora hiciera cambiar el rumbo de mi vida. Pero ¿para qué mentirnos? Esto solo pasa en las comedias románticas de Netflix y, en todo caso, el deseo ya me fue concedido cuando pude tomar el vuelo para venir aquí.

Bajo la tapa del portátil y comienzo a prepararme para el evento que tendrá lugar en un par de horas.

Esta noche despedimos el año y damos comienzo a uno con propósitos nuevos.

Los padres de Aiden han invitado a las dos abuelas a cenar junto a ellos y así «los niños» —da igual la edad que tengamos, que Caroline seguirá refiriéndose a nosotros así— podemos celebrar en el pub una fiesta por todo lo alto.

—No me puedo creer que hayas traído estos trapos para Nochevieja, vas a parecer una indigente a mi lado. —Ash amaga con tirarme la ropa por la ventana y, aunque sé que está bromeando conmigo, la detengo en el último minuto.

—Mi trabajo no es tan glamuroso como el tuyo y este viaje fue organizado a última hora, sin ningún orden ni control. ¿Crees que estaba pensando en mucha fiesta aquel día?

—Eso no es excusa. Cualquier momento es bueno para lucir este precioso tipazo que tenemos las hermanas O’Hara.

—Contornea su cuerpo, pone morritos, y yo solo puedo arquear las cejas en señal de incredulidad—.

Menos mal que tu hermana favorita te va a dejar un vestido de lentejuelas con el que vas a dejar a Aiden con la boca abierta.

—Da igual, lo que sea. Lo importante es que esta es la última noche que pasaré aquí, hasta no sé cuándo, y quiero que sea especial.

Mis palabras se quiebran cuando pronuncio la última frase. Aisling lo nota, se gira para sentarse sobre mi cama y posa su mano sobre mi rodilla.

— Sis , sé que estás melancólica. No te voy a negar que yo también me estoy resistiendo a pensar que mañana las dos cogeremos un vuelo de vuelta para dejar nuestro hogar atrás…

—¿Pero? Aquí es donde viene el consejo happy-flower del día.. .

—Que aprecio de verdad estos días que hemos pasado juntas las cuatro. A pesar de que sea el funeral del abuelo el que nos haya reunido de nuevo.

—Has sacado el optimismo de la abuela, ahí no te puedo culpar.

—En serio, Sarah. Todos los viajes que hemos hecho durante la última década: Londres, París, Nueva York, Barcelona… Daba igual el sitio donde estuviéramos, lo único que me hacía feliz era el tiempo que pasábamos las tres junto a los abuelos.

—Visto así, no te falta razón…

—Mira, si algo aprendí de cuando perdimos a papá y mamá es que el tiempo es finito, así que tenemos que aprovechar los instantes que nos brinda la vida con nuestros seres queridos antes de que sea demasiado tarde…

—¿Como con tu prometido? —me atrevo a ironizar.

—Esa es otra historia… —Pone los ojos en blanco y da un manotazo en el aire, intuyendo que tendrá que lidiar con ello a su llegada.

—Creo que he estado tan enfocada en regodearme en el dolor del pasado, que me he puesto una venda en los ojos para evitar vivir el presente como debería —admito.

—Pensaba que tú eras la inteligente de la familia y, mira, va a ser que esta vez te he ganado yo por goleada.

—Anda, vamos, que nos esperan en el pub .

Le palmeo el culo mientras hace un bailecito ridículo.

Las agujas del reloj se acercan con impaciencia a la medianoche.

Los ríos de champán corren por la barra del Gallagher’s anhelando congelar el alborozo de esta velada.

Llevo horas bailando con mi hermana y mis amigos y, aunque tengo hechos polvo los pies de los tacones, reconozco que llevaba meses sin pasármelo tan bien.

Apenas he podido hablar con Aiden desde que hemos llegado.

Junto a mi hermana pequeña y el resto de los camareros, no han parado de servir bebidas y distribuir bandejas de canapés por todo el local, mientras que Becca y yo hemos repartido confeti, matasuegras y gorros de papel entre todos los invitados como obsequio de bienvenida.

Mi amiga y Amanda también se marchan mañana de vuelta a Dublín, y Anna ha tenido que operar un vuelo a Nueva Zelanda esta noche, así que no nos ha podido acompañar para la celebración.

Kirsten y Rob se acercan, después de cenar con la familia, y toda la antigua pandilla nos reunimos de nuevo para celebrar el último día del año como en los viejos tiempos. Definitivamente, me arrepiento de no haber pasado cada Navidad aquí con ellos.

—Vamos, chicos, que solo quedan diez minutos para Año Nuevo. ¿Tenéis todas vuestras copas llenas? —pregunta Aiden que se acerca finalmente y me rodea la cintura para atraerme hacia él.

Todos asentimos con entusiasmo y nos giramos para observar la cuenta atrás del video mapping que se proyecta en la pared del Trinity College de Dublín, a través de una de las pantallas del pub .

El regocijo de los asistentes apenas nos deja escuchar la emisión en directo cuando se acerca el culmen de la fiesta.

No obstante, al posarse la aguja en el cincuenta y nueve, un silencio sepulcral inunda la estancia mientras todos permanecemos absortos frente al reloj que dará la entrada al nuevo año.

Aiden y yo nos abrazamos y, sin decir una palabra, sostenemos nuestras miradas durante esos segundos de espera en los que todos los invitados corean al unísono:

—¡Diez!, ¡nueve!, ¡ocho!, ¡siete!, ¡seis!, ¡cinco!, ¡cuatro!, ¡tres!, ¡dos!, ¡uno!…

—¡¡Feliz Año Nuevo!!

Los gritos del tumulto que nos rodea permanecen en un segundo plano y, en ese instante, nos quedamos solos Aiden y yo. Nos besamos con tanta intensidad que mi corazón parece tomarse una pausa, durante unos segundos, para arrancar en una acelerada palpitación que me deja todo el cuerpo temblando.

—Feliz Año Nuevo, Sarah.

—Feliz Año, Aiden.

—Por los nuevos comienzos —sonríe y acerca su copa hacia mí.

—Por los nuevos comienzos —le devuelvo la sonrisa y el tintineo de las copas se pierde en medio de la algarabía.

Salimos del bar donde ha comenzado el espectáculo de fuegos artificiales, que, según me cuentan, preparan cada año desde Cork.

El juego de luces se proyecta sobre las gélidas aguas del río Lee, que compartimos con la ciudad, y la música del local ameniza una escena que no tiene nada que envidiar a la que suelo presenciar cada Nochevieja en Times Square de Nueva York.

Seguimos la fiesta dentro del pub hasta las tantas de la mañana. Este día es especial y se hacen oídos sordos a las habituales restricciones de ruido y música en el vecindario. Eso sí, tratamos de reducir los gritos y los limitamos a dentro del local .

Cuando acaba la velada, y dejamos a mis hermanas sanas y salvas donde mi abuela, Aiden me ofrece ir a tomar la última al porche de su casa.

Ambos somos conscientes de que la cuenta atrás también nos pisa los talones, sin querer darnos una tregua.

Sin embargo, me propongo vivir el momento tal y como me ha invitado a hacer esta tarde mi hermana.

Reímos, nos besamos, acariciamos, contamos anécdotas de nuestra infancia y adolescencia y, sin pensarlo, me doy cuenta de que un torrente de emociones me ha arrastrado para llevarme de nuevo a enamorarme perdidamente de él.

Pero no pienso en el pasado ni en lo que pasará el mes que viene.

Solo lo contemplo a él, a mí, a nosotros dos; al décimo brindis que nos proponemos en lo que llevamos de noche; a la manera en la que me acaricia el pelo mientras me rodea el cuerpo, sentados en el sofá; a la intensidad que desprende su mirada; a su cálida sonrisa que me embriaga por dentro; a cómo sube y baja mi pecho y se desboca mi corazón cuando me susurra un «te quiero».

Mañana hablaremos de lo que nos deparará el resto de nuestras vidas: sin prisas, sin remordimientos, solo viviendo el instante presente.