21
Siempre nieva en Navidad
D espués de que se marchara James de casa, me metí en mi habitación de la infancia y me puse a leer las cartas.
No tenía apetito, así que deseché con educación la invitación de mi abuela a cenar y me encerré entre las cuatro paredes para tratar de poner un poco de cordura a toda esta maraña emocional que me embargaba por dentro.
Me sentía fatal por ella. No quería culparla por no contarme nada; al fin y al cabo, no era su obligación revelarme el secreto de mi madre. Aun así, no podía evitar la rabia que me recorría al descubrir cómo, durante más de tres décadas, había vivido en la ignorancia.
Pese a ello, leer con atención la ya amarillenta correspondencia, me estaba ayudando a comprender ciertos aspectos del pasado y a recuperar un poquito de fe en todos los cómplices involucrados en la historia.
No recuerdo a qué hora caí rendida, a las tantas de la madrugada, y unos golpes con los nudillos en la puerta me despiertan ahora, bien entrada la mañana.
—Sarah, ¿estás viva?
Abro los ojos y la luz del día me ciega a través de la ventana. Reconozco la energética voz de Ash y me vuelvo a tapar la cabeza con el edredón.
—O abres ahora mismo o tiro la puerta abajo, jovencita.
Qué exagerada es. Una sonrisa se cuela entre mis labios y me siento bien por primera vez desde ayer.
—No te rías, que nos conocemos. Sé que dudas de mi fuerza, por mis brazos enclenques, pero te juro que, como propósito de año nuevo, me apuntaré al gimnasio.
—¿Otra vez? —le reprocho con sorna mientras abro la puerta y me vuelvo a la cama de nuevo—. Ese ha sido el mismo propósito de los últimos cinco años.
—El año pasado me apunté. Pagué la matrícula para todo el año y tenía intención de ir…, lo prometo.
—Apuesto a que en marzo ya lo habías abandonado.
—Primera semana de febrero…, pero no cambies de tema. —Se tira en plancha sobre el colchón—. ¿Cómo estás? —Echa una ojeada a las cartas esparcidas sobre la mesa de mi antiguo escritorio.
—Bien. Creo.
—Vaya, escueta, aunque pensé que no saldrías de la cama en todo el día, así que esto es todo un avance ya.
—Tengo mucho que procesar.
—Y conozco el mejor sitio para hacerlo.
Sonríe y me atrae hacia su cuerpo para espachurrarme en un abrazo intenso.
Vamos dando un paseo y nos dirigimos hacia las afueras del pueblo donde el recinto navideño sigue acogiendo varias actividades festivas hasta pasado el día de Año Nuevo.
Nos plantamos frente a la pista de hielo y, pese a mis reticencias iniciales, las tres hermanas nos acercamos a la caseta de madera para alquilar los patines con los que nos deslizaremos por el circuito cercado.
Mis ánimos van poco a poco mejorando, gracias a las continuas bromas de Aisling y la buena predisposición de Siobhan.
Se nota que mi hermana pequeña está trabajando en sanar sus heridas desde que mantuvimos una charla más seria el otro día.
Me alegra ver que las tres hemos recuperado la sintonía y siento una punzada de nostalgia al pensar que pronto me marcharé y que no volveremos a encontrarnos hasta quién sabe cuándo.
—Llevaba sin patinar desde que íbamos al lago de pequeñas —se lamenta Ash, agarrada de cada brazo en medio de ambas, y se desliza con torpeza como un pato mareado.
—Ha sido tu idea venir aquí, así que ahora no te quejes, llorona —la censuro con una mueca burlona.
—Lo hemos hecho por ti, sis . Después de anoche, queríamos que te distrajeras y te olvidaras un poco de todo lo que te dijo James ayer. Estábamos muy preocupadas por ti y la abuela no ha pegado ojo en toda la noche.
Suelto un largo suspiro y me arrepiento de no haber podido hablar con ella cuando me he levantado.
Mis hermanas me han dicho que ha salido temprano para ir al cementerio a dejar unas flores al abuelo.
Se han ofrecido a acompañarla, aunque ha preferido ir sola en esta ocasión.
No quisiera irme de aquí con este vacío que siento por dentro. Tengo que hablar con ella sin falta.
—¿Y cómo estáis vosotras? —les pregunto cuando nos acercamos a uno de los muros para descansar y Aisling nos lo agradece con la mirada—. Quiero decir que… Ya sé que James es solo mi padre, nada cambia en vuestro caso, pero entiendo que también estéis afectadas por todo lo que descubrimos ayer.
—No te voy a decir que no esté todavía flipando con todo esto, aunque aquí lo importante es que tú estés bien. Para mí nada cambia que nos haya criado a las tres el mismo padre, sea de sangre o no.
Sonrío ante su afirmación. Es algo que tengo claro desde el principio: nada cambia quién me cambiaba los pañales de pequeña, me llevaba al parque o me enseñó a andar en bici.
Miro hacia la derecha, donde Shiv nos escucha con atención sin decir nada.
—Y tú, ¿cómo ves todo esto?
Se queda unos segundos en silencio, pone los brazos en jarra, y suelta:
—Yo ya lo sabía.
—¡¿Perdonaa?! —exclamamos mi hermana y yo al unísono, y nuestras pupilas se dilatan ante su confesión.
—Quiero decir... —se corrige a sí misma evidenciando cierto nerviosismo—. Siempre tuve mis sospechas. Nunca lo supe a ciencia cierta.
—¿Lo conocías de antes? —le interroga Ash, curiosa.
—Sí, es un habitual del bar. Un tipo bastante amable, respetuoso... —comenta, en una descripción compartida también por Aiden—. Cuando no hay muchos clientes, solemos charlar de todo y de nada. Me preguntó en un par de ocasiones por vosotras y ahora lo entiendo todo.
—Vaya, así que llevaba tiempo con ganas de soltar la bomba —añade Ash frunciendo el ceño.
—No creo que lo hiciera a malas —continúa mi hermana pequeña—. Se le ve buen fondo. Había algo familiar en sus ojos que me demostraba que podía confiar en él.
—Eso explicaría porque Sarah tiene el pelo más negro que el tizón y, además, he visto algo en su expresión que… —hace una pausa— mientras hablaba, me recordaba a ti cuando eras pequeña.
—Míralo por el lado positivo, Sarah —apunta Siobhan—, yo apenas conocí a nuestro padre, pero tú… Tú tienes ahora la oportunidad de hacerlo desde cero con el tuyo.
No le falta razón. Aunque aún me quede mucho que procesar, si algo positivo puedo extraer de todo esto es que tendré la ocasión de volver a tener esa figura paterna que tanto he echado de menos.
—Hermanitas, por mucho que me encante vuestra compañía, tengo que empezar mi turno en el pub , así que me largo ya.
—Yo me voy a casa, que tengo una reunión con los de la discográfica en menos de media hora.
—¿Os vais las dos? ¿Así, sin más?
Levanto las manos y abro la boca en señal de estupefacción. Con lo que me ha costado salir de la cama esta mañana y ahora me dejan aquí tirada en medio de la pista.
Comienza a chispear levemente: unas gotas de agua que adquieren una forma densa y aterrizan en el hielo con demasiada vehemencia. Espero que el tiempo mejore, no quiero pensar que me puedan cancelar de nuevo el vuelo de vuelta .
Me abrigo y me predispongo a salir también, no sin antes dar un par de giros más, hasta que escucho a mis hermanas a lo lejos:
—Tú quédate ahí donde estás, un ratito más. —Se carcajean y salen corriendo como cuando eran unas crías.
Muevo la cabeza de lado a lado, en señal de incredulidad, hasta que unos fornidos brazos me agarran de la cintura por detrás. Reconozco los húmedos labios de Aiden depositando un beso en mi cuello. Ahora ya puedo decir que mi día no puede mejorar más.
—Hola, preciosa, he venido al rescate. Ya te echaba de menos.
Me desliza sobre el hielo hasta quedarme frente a él. Sujeta mi cabeza con sus cálidas manos, que contrastan con el frío que nos rodea, y me acerca lentamente para besarme.
—Ya sabía yo que estas dos tramaban algo.
—Me han contado lo que pasó ayer.
Ladeo la cabeza y finjo una mueca de reprobación.
—No las culpes, solo se preocupan por ti. Anoche no me contestaste a los mensajes y temí que algo hubiera sucedido, así que cuando Siobhan vino al bar, creo que le di tanta lástima que se rindió y me contó todo lo de James.
—Seguro que le pusiste ojitos de cachorro. Nadie puede resistirse a esa mirada. —Le dedico una mueca traviesa—. Y si no…, siempre la podrías haber amenazado con doblar el turno.
—Eso sería un premio para ella, le gusta demasiado su trabajo.
—Eso parece… Gracias por cuidar de ella. Y de mí.
—Por ti lo haría encantado una y mil veces.
Mis manos se aferran a sus hombros y hundo mi rostro en el hueco de su cuello. Un tímido beso roza mi sien y me envuelve entre sus brazos. No hay sensación de hogar más profunda que esta, y presiento que, ahora sí, nada podría mejorar este instante.
Miento. Acaba de empezar a nevar con más intensidad y está dejando una preciosa postal navideña difícil de igualar.