20
La caja de Pandora
—S oy tu padre biológico.
—¿Cómo?
Mis ojos pasean con inquietud desde mi abuela hacia James y otra vez de vuelta. Ambos se encuentran visiblemente incómodos y los ojos acristalados de la anciana asoman con timidez en un gesto que me parte en dos.
Percibo cómo mis piernas comienzan a flaquear y mi pecho se hincha y deshincha como si quisiera abandonar mi cuerpo y estuviera encerrado en una prisión.
Un susurro quebrado sale de mis labios:
—Mi padre murió hace veinte años. ¿Qué tipo de broma es esta?
El hombre ladea su cabeza en señal de negación, aunque gesticula demasiado despacio, como si con hacerlo de esa manera fuera a reducir la gravedad de su confesión .
—Sarah, cielo —mi abuela trata de acercarse; sin embargo, doy un paso atrás.
—Quiero que alguien me explique ahora mismo qué es lo que está pasando aquí.
—No quería que te enteraras de esta manera, pero… —mira hacia donde se encuentra James— alguien no ha podido mantener su boca cerrada.
—Así que es… ¿es verdad?
El rostro arrugado de la mujer que me ha criado asiente con temor. Su rictus serio contrasta sobremanera con el desparpajo y el júbilo que le caracteriza de manera habitual. No la había visto tan entristecida desde el funeral de mi abuelo.
No doy crédito a lo que estoy escuchando.
Me río sin ganas tratando de poner en orden las piezas del puzle.
Este hombre apareció en mi vida una noche en el bar.
Parecía que conocía demasiadas cosas sobre mi vida y mis hermanas, sin embargo, yo no sabía absolutamente nada de él.
Me explicó que le unió una amistad de su juventud con mi madre y ahora me viene diciendo que parece que hubo algo más. ¿Cuántas cosas me han estado ocultando?
Me giro para esconder las incipientes lágrimas que amenazan con acabar con mi estabilidad y observo cómo mis hermanas nos miran bajo el umbral de la puerta de casa con cara de circunstancia. Puede que hayamos alzado el tono de nuestra conversación y nuestros gritos las hayan alertado.
—¿Qué está pasando? —Aisling se acerca y pasa su brazo por mis hombros para consolarme, pero intuyo por su pregunta que no ha oído nada de lo que me han contado.
Una nube de color cenicienta lleva un rato amenazando con desatar una tormenta, y de pronto una ligera lluvia se cierne sobre nuestras cabezas, acrecentando el ambiente ya de por sí melancólico .
—Chicas, creo que tenemos una conversación pendiente —manifiesta mi abuela, con un tono de voz que delata cierta derrota—. James, nunca pensé que diría esto, pero entra en casa, tenemos que hablar.
—¿Está segura?
—No más secretos. Es hora de abrir la caja de Pandora.
Nos dirigimos hacia la cocina y Siobhan, que lleva un rato callada, se afana en preparar la tetera y deposita cinco tazas sobre la mesa.
Nos sentamos frente a frente, esperando a que alguien se disponga a romper el silencio sepulcral que nos ha invadido por momentos.
Parece que mi abuela amaga con decir algo, pero James se adelanta y se gira hacia mí para tratar de calmar los ánimos.
—Siento la manera en la que te has enterado…
—desliza su mano sobre la mesa para acercarse hacia la mía, pero enseguida se da cuenta de que apenas somos dos desconocidos, así que se detiene en el último instante—.
Ante todo, quiero que sepas que estoy feliz de que tu madre formara una nueva familia y hayas podido tener el padre que te merecías.
No me cabe la menor duda de que fue una gran figura paterna.
—Fue el mejor padre que pude tener —confieso con nostalgia e identifico un gesto de pesadumbre en su mirada ante mi confesión.
—Ambos éramos muy jóvenes y, cuando nos enteramos de su embarazo, yo había encontrado un trabajo en Inglaterra que no podía rechazar. Quería ganar el dinero suficiente para poder traeros a las dos cuando tú nacieras. Sin embargo…
—Mi hija necesitaba un soporte familiar estable que ninguno de los dos estaba en condiciones de dar —interviene mi abuela que sirve el té en las tazas sin mirarnos a la cara.
James asiente y agacha la cabeza. Su voz ronca arrastra una fuerte sensación de agotamiento. El peso de los años se deja entrever en las arrugas de su rostro y el cabello lleno de hebras grisáceas.
—Ella renunció finalmente a venir conmigo y decidió quedarse con vosotros en Middleton. Soy consciente de que, con el tiempo, tuvo que soportar los comentarios malintencionados de algunos vecinos del pueblo. Me sentí fatal por ello.
—¿Qué esperabas? —lo interpela mi abuela—.
Por entonces, ser madre soltera no te otorgaba precisamente la mejor reputación.
Pero era mi hija, y ni Conor ni yo dejamos ni un minuto de apoyarla.
Solo queríamos que no abandonara sus estudios, así que nos empleamos a fondo para cuidar del bebé entre los tres.
—Y os estaré eternamente agradecido por ello, Grace.
—Muestra una sonrisa cargada de tristeza y la mira como pidiendo compasión—.
Sé lo mucho que me habéis odiado y, a veces me arrepiento de no haber luchado más por ella…
, por las dos —matiza—. A lo mejor, si hubiera venido conmigo, no habría perdido su vida tan joven.
—En ese caso, tampoco habríamos nacido nosotras dos —añade Shiv que deposita con brusquedad un plato con pasteles en el centro de la mesa. No obstante, presiento que todos tenemos un nudo en el estómago que no deja espacio para comer en este momento.
—Cierto, no pretendía… —Apoya sus brazos sobre la mesa y se mece hacia delante—.
Me alegré mucho de vuestro nacimiento. De cómo Sarah iba a tener más hermanas y de que vuestra madre rehiciera la vida que yo nunca le pude dar.
Ella me mandaba fotos de ti cada año, por tu cumpleaños y Navidad, y al nacer vosotras añadía alguna más de las tres.
—Vaya, qué calladito se lo tenía mamá —añade Aisling que lleva un buen rato ojiplática ante la revelación.
—Intuyo por tu gesto que nunca supiste de mi existencia — afirma volviéndose de nuevo hacia mí.
Mi respiración ha comenzado a calmarse, según he ido escuchando los retazos de la historia componerse de nuevo.
Aun así, eso no resta peso a la congoja que llevo por dentro.
Tengo la garganta seca y sigo con el corazón hecho pedazos, así que me limito a negar con la cabeza ante su duda y continúa explicando:
—Le escribí todos los años y contestaba con cartas a las fotos que me enviaba de vosotras. Una vez incluso te envié una a ti, contándote mi realidad, y le pedí a tu madre que te la entregara si ella decidía revelarte la verdad cuando fueras adulta.
—No… No tenía ni idea. —Un hilo de voz pugna por salir de mi boca con dificultad.
—Imagino que las tiraría o, simplemente, se perderían tras su muerte.
—¿Has llegado a casarte alguna vez? ¿Tienes más hijos? —Ash plantea la duda que lleva un rato rondando en mi mente y que no me he atrevido a preguntar por miedo a descubrir la verdad.
James mueve la cabeza de lado a lado, en señal de negación, y carraspea antes de contestar:
—Tuve alguna relación temporal que acabó en nada. No fui capaz de reemplazar a vuestra madre. Ella fue el gran amor de mi vida y la noticia del accidente me rompió el alma en mil pedazos. No levanté cabeza hasta el otro día, que te vi en el bar por primera vez, hija.
Las palabras fluyen de su boca empañadas de tristeza. Ya no puedo evitar mostrar mis lágrimas, porque corren sin control por mis mejillas. Que me llame «hija» por primera vez no hace más que profundizar el boquete que se ha abierto en mi corazón .
Aisling se muestra también afectada con la historia y hasta veo de reojo cómo Shiv se gira para llevar la tetera de vuelta a los fogones, mientras se sorbe los mocos y se limpia los ojos con la manga del jersey.
Mi abuela se levanta de la mesa y desaparece para adentrarse en alguna habitación de la casa, ante el gesto de incredulidad de todos los presentes.
No han pasado ni dos minutos cuando regresa con una caja de latón entre las manos. La abre y extrae de su interior una pila de cartas unidas por un cordel. Me extiende el montón, ante el rostro conmocionado de James que ya las daba por perdidas. Sin decir nada, vuelve a tomar asiento de nuevo.
—Sarah, tienes mucho que asimilar con todo esto —manifiesta el hombre en cuyos ojos reconozco, por primera vez, un atisbo de esperanza—.
Te daré tiempo, pero solo te pido una cosa: lee todas las cartas.
Si tu madre no las tiró a la basura fue porque consideró que algún día deberías leerlas.
Si después de eso no quieres saber nada de mí, lo entenderé y me alejaré de tu vida para siempre.