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El encargo
S i de algo siento nostalgia al no estar en Nueva York estos días, es de la tradición anual que tenemos mi amiga Rachel y yo de cambiar de año contemplando la bola de cristal bajar de uno de los edificios más emblemáticos de Times Square.
Los espectáculos musicales y pirotécnicos amenizan la velada mientras miles de neoyorquinos y turistas se aglomeran en los aledaños para dar comienzo al nuevo año.
—No te acabes todo que nos conocemos. Faltan poquitos días para que nos veamos ya. —Una punzada de ansiedad me encoge el estómago cuando lo menciono en voz alta.
—¿Y cuáles son tus planes para esa noche en ese recóndito pueblo que te tiene tan absorbida?
Soy consciente de que no lo dice como un reproche, pero desde que llegué aquí apenas he tenido contacto con mis amigos de Nueva York, así que no me sorprende esa observación.
—No lo sé todavía, aunque espero celebrarlo de alguna manera especial porque el día de Año Nuevo tengo el vuelo de vuelta. Probablemente nos juntemos en el Gallagher's.
—¿El pub de ese amigo buenorro del que tanto me has parloteado en estos diez años? —pregunta y me percato en este instante de que lo he mencionado más de lo que había imaginado en el pasado.
No puedo reprimir una sonrisa bobalicona ante la pregunta.
—Sí, de Aiden —suspiro y dejo escapar un silencio demasiado elocuente para mi amiga.
—Señorita O’Hara, ¿qué está pasando contigo? ¿No me digas que te estás enamorando? Oh, Dios. ¿No te estarás replanteando mudarte de vuelta a Irlanda?
—No, no es eso.
«Sí, sí que lo es».
—Dime una cosa, de cero a diez, no tienes ninguna gana de volver, ¿verdad?
Cambio el peso de un pie a otro y me reacomodo en el muro de piedra frente a la casa de mi abuela.
—No sabría decirte con seguridad. Estos días están siendo…
Están resultando mejor de lo que esperaba.
Es como cuando te empeñas en recordar lo peor de un lugar que dejaste atrás, pero al regresar descubres que todo estaba en tu cabeza y que, en realidad, es mucho más maravilloso de lo que te habías forzado a creer. ¿Me entiendes ?
—No, la verdad —se ríe entre dientes—. Sabes que he crecido en un suburbio de Baltimore, allí no hay nada mejor que la mala imagen que conservo de mi infancia.
—Qué exagerada eres.
—Claro, si todo es tan precioso en Irlanda como las fotos que subes a tus redes sociales, me atrevería hasta a mudarme yo misma mañana.
—Calla, que estoy alucinando con la atención que están captando. No me dejan de llegar notificaciones al móvil, hasta lo he tenido que silenciar. Si al final va a salir algo bueno de tu lío con el tipo de comunicación —bromeo.
—«¿Algo bueno?» Algo bueno es cómo tengo el cutis desde que este hombre me hace llegar con su lengua al séptimo cielo…
—¡Ajjj, Rei! No sigas por ahí o corto esta llamada ahora mismo.
—Pura envidia. Pero te lo dejo pasar esta vez porque te echo de menos y eres mi mejor amiga.
—Cambia el tono de su voz—. Por cierto, cuando ayer se enteraron en la redacción de que esas fotos las había hecho una empleada de otro departamento, no pudieron salir de su asombro. ¿No te ha contactado nadie?
—Si te digo la verdad, no he prestado mucha atención al móvil estos días, aunque apostaría que no.
—Yo solo te digo que vuelvas a Nueva York con unas cuantas imágenes de calidad como las que estás haciendo, porque puede que alguien te las quiera comprar.
—¿Comprar? ¿De qué hablas?
—Sarah, yo soy una simple redactora, pero me muevo entre fotógrafos cada día y, en este departamento, veo obras tanto de auténticos profesionales como de mediocres. Por eso puedo identificar cuando una persona tiene un don y cuando no para la fotografía.
—Yo ya tengo un trabajo que consiste en mejorar las cuentas de la empresa para poder contratar mejores profesionales.
—Suena fascinante —se cachondea.
—Estas fotos no valen para nada, no soy más que una aficionada. Aunque me encanta trastear con las viejas cámaras que me compraba mi abuelo de adolescente. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con estos paisajes.
—Tú hazme caso y pásame alguna cuando puedas. Moveré mis hilos para que llegues a tener el trabajo de tus sueños.
—¿Y después qué? Será pan para hoy y hambre para mañana. Sabes que la fotografía no da para pagar facturas a final de mes. Volveré a mi cuartito y me encerraré entre las cuatro paredes con mis amigos los números.
—Mujer de poca fe. Ya no te acuerdas de cuando las dos fantaseábamos con recorrer el mundo hace unos años haciendo reportajes. Yo como periodista y tú como fotógrafa.
—Fue una tontería que imaginamos una noche entre chupitos de tequila, no el sueño de nuestra vida.
Suelto una risotada y saludo con la mano a Siobhan que acaba de entrar en casa.
—¿Y no fue bonito mientras duró?
Me quedo unos instantes pensativa y echo la vista atrás.
Estudié Económicas en la universidad por considerarla una carrera con futuro, más que por pura preferencia personal.
Se me daban bien las matemáticas en el instituto y mi cabeza cuadriculada me empujó a tomar una decisión que, en aquel momento, consideré adecuada.
No me quejo de mi actual salario y soy consciente de que, si fuera un poco más ambiciosa, podría ascender y ganar mucho más.
No obstante, si proyecto en mi cabeza mi vida dentro de otra década me costaría imaginarme desempeñando la misma función.
Y, ¡oh, espera!, en ese futuro tampoco concibo seguir viviendo en Nueva York. Es evidente que necesito dar un giro a mi vida antes de echar raíces para siempre.
Rachel sigue divagando con un futuro en Australia como periodista de viajes, ligando con surfistas de piel bronceada.
Sonrío mientras parlotea al otro lado de la línea y me distraigo con la imagen de Cupcake a lo lejos, saltando desde la ventana y rodeando la casa junto a los arbustos que delimitan la parcela.
Me despido de mi amiga y le prometo que le enviaré alguna instantánea, más como una manera de que se olvide del tema que como un futurible sueño hecho realidad.
—¡Cupcake! ¿Dónde te has metido? —Siseo y sigo los pasos del gato de mi abuela hasta el jardín trasero.
Una conversación, en un tono más alto del habitual, llama mi atención y veo a mi abuela hablando acaloradamente con un hombre que reconozco enseguida. ¿Qué estará haciendo ahí con James? Ninguno se percata de mi presencia hasta que me acerco a apenas unos metros de ellos.
—¿Va todo bien? —pregunto. Mi abuela da un respingo porque no esperaba verme ahí, pasmada y con cara de total sorpresa.
James contiene la respiración, traga saliva y posa las manos en sus caderas en señal de inquietud. Su mirada refleja exactamente la misma incredulidad que la de mi abuela, y ella titubea antes de articular palabra:
—Ca-cariño, ¿qué haces aquí?
—¿Se puede saber de qué estáis hablando? —insisto acercándome hasta donde están ellos.
—Grace, creo que será mejor que le digam…
—No, James —mi abuela le corta de una manera tan inusualmente brusca que activa todas mis alarmas—, no hay nada que decir.
—Guau, ¿se puede saber qué está pasando? Necesito una respuesta ahora mismo.
James se pasa la mano por el pelo y frunce el ceño. Puedo ver en su semblante la tormenta que arrastra por dentro, tal y como percibió Aiden. Sus ojos no mienten y delatan que en cualquier momento va a desahogarse.
—Ha pasado mucho tiempo, es hora de contarle la verdad —confiesa el hombre con un hilo de voz.
—Por favor, las niñas han sufrido demasiado ya —suplica mi abuela que lo agarra del brazo para evitar que continúe.
—Ya no soy ninguna niña. ¿Qué se supone que tengo que saber?
—Sarah… —Un silencio invade el espacio exterior—. Soy tu padre biológico.