18
La residencia
O tra de las tradiciones que hacen que vuelva a recuperar el amor por este pueblo es la solidaridad que existe entre sus vecinos. Cada final de mes, los habitantes de Middleton organizan una merienda especial en la residencia de ancianos para hacer compañía a los más veteranos.
Aiden me explica que su familia es la encargada de preparar los aperitivos y las bebidas, mientras que mi abuela y Siobhan se ocupan de la repostería que hace las delicias de todos los visitantes.
Mary, la dueña de la floristería, decora la sala y el porche del centro de ancianos con sumo detalle, y el resto de los vecinos se suman a los preparativos para que este día resulte un poco menos solitario para nuestros mayores.
Llegamos con antelación, cargados de bandejas llenas de comida, y veo a Aisling sobre un escenario improvisado haciendo las pruebas de sonido para que un cantante local amenice el evento.
Aiden me cuenta que suele reunirse cada poco tiempo con ella para «intercambiar» contactos de artistas que suelen hacer giras por los pubs de toda Irlanda, algunos de los cuales han sido catapultados a la fama gracias a la discográfica donde trabaja.
Recorro la sala con la mirada e identifico muchas caras conocidas. Sin embargo, es un rostro angelical surcado por las arrugas el que capta mi atención de entre todos, abriendo sus brazos para recibirnos ya desde la distancia.
—¡Mi niña! Pero qué guapa estás. Cuánto tiempo sin verte. —La abuela de Aiden se acerca hacia nosotros y veo cómo pasea su mirada de él hacia mí varias veces con doble intención.
—Habló, pero si los años no pasan por usted. Me han dicho que acaba de cumplir los treinta, ¿verdad?
—Al paso que voy, os voy a enterrar a todos.
—No me extrañaría con la guerra que da, abuela. —Su nieto se acerca para darle un beso en la mejilla.
—Menos mal que habéis venido a montar una fiesta, con este muermo de gente así no hay quien se eche novio aquí. —Señala con la mano a un par de yayos sentados frente a la mesa jugando a las cartas—. Espero poder encontrar un maromo hoy.
—¡Abuela! Que usted ya no está para estas cosas —protesta Aiden.
—Uy, a ver si crees que tu abuela todavía no puede echar una canita al aire…
Él blanquea los ojos y yo suelto una carcajada por la buena complicidad que existe entre ambos.
—Bueno, Sarah. Dime que has venido para quedarte. No hay mejor regalo que pudiera recibir mi nieto que tu vuelta permanente a casa .
Esbozo una sonrisa complaciente y veo de nuevo a Aiden emitir un largo suspiro ante la descarada actitud de Adele.
No le falta razón, soy consciente de que sería el mejor regalo de Navidad que pudiera hacerle a mucha gente si decidiera volver a casa.
Aun así, esta es una decisión muy importante y no puedo tomarme a la ligera abandonar mi vida actual para empezar de cero.
—Ojalá pudiera decirle que sí ahora mismo, pero es más complicado que todo esto.
—Abuela, no la agobies —le reprende su nieto que esquiva mi mirada para concentrarse en algún punto encima de mi hombro.
Sin duda, este tema comienza a ser tabú.
Aún me quedan unos cuantos días en Irlanda, pero el reloj ha empezado su cuenta atrás y ninguno quiere afrontar mi inminente marcha.
¿Nos habremos equivocado al empezar lo que sea que estemos teniendo?
Lo que está claro es que para ambos es algo más que una atracción física y, simplemente, hemos plasmado en hechos lo que dejamos en pausa una década atrás.
—Cariño, decidas lo que decidas, haz caso a lo que dicta tu corazón y guíate únicamente por tu propia felicidad.
—Alza su mano para posarla en mi mejilla en un gesto reconfortante—.
Cuando llegas a mi edad, aprendes que todas las decisiones que tomamos con la cabeza a lo largo de nuestra vida, por muy racionales que sean, son las que menos dicha nos han aportado.
Y lo más cruel es que, cuando te das cuenta de ello, a veces ya es demasiado tarde.
Aiden se disculpa para dirigirse hacia la cocina, donde la gerente de la residencia requiere su presencia; aunque soy consciente de que desea alejarse de esta conversación para evitar abrir una herida más.
Asiento levemente, interiorizando las palabras de Adele, mientras veo cómo su nieto ayuda a cada vecino que le pide una mano.
No hay duda de que tiene un corazón de oro y se me hincha el pecho al pensar cómo es apreciado y respetado por todo el pueblo.
—¿Y cómo sabré si la decisión que estoy tomando es la acertada?
La anciana suelta un largo suspiro y se cruza de brazos antes de contestar:
—No lo sabrás hasta que no te tires a la piscina. A veces hay que mandarlo todo al carajo y relajarse a ver qué pasa después.
Suelto una risotada ante su respuesta. La conversación estaba tomando un cariz tan serio que no esperaba escuchar de sus labios ese «consejo». Se disculpa para marcharse a hablar con el resto de los invitados y reconozco a James colgando unas guirnaldas en el jardín.
Conversamos animadamente. Apenas he coincidido con él en un par de ocasiones, pero ese hombre me transmite una paz y una tranquilidad que no puedo evitar.
Quizá sea porque he descubierto que su pasado le une a mi madre y, por muchos años que pasen, me reconforta saber que sigue más viva que nunca entre los recuerdos de la gente.
Atisbo a mi abuela desde la otra esquina del salón y veo cómo nos dedica una mirada de preocupación.
¿Qué es lo que le pasa a esta mujer? No es la primera vez que muestra signos de disconformidad cuando hablo con él y tengo que averiguar a qué viene esa actitud.
Es imposible que James no perciba la sensación de malestar, así que, para evitar cualquier malentendido, se disculpa y se aleja para reanudar su cometido.
Siento la necesidad de compartirlo con alguien, por lo que desplazo mi mirada hacia el escenario donde Aisling charla distraída y de manera muy acaramelada con el nuevo cantante. ¿Se puede saber qué le sucede a esta familia? Espero de verdad que no vuelva a tropezar con la misma piedra.
Mientras sigo enroscada en mis propios pensamientos, Aiden se acerca con un par de copas de vino, me ofrece una y señalo con la cabeza hacia el exterior:
—¿Conoces a James, el hombre que está subido a una escalera allá en el fondo?
Nuestras copas tintinean al brindar y lanza una mirada hacia el porche para asentir con la cabeza.
—Suele ser un habitual del bar. No es muy hablador, pero es educado y jamás lo he visto beber más de un par de cervezas. No sé mucho más de él.
—Parece bastante reservado, sí.
—Dicen por ahí que perdió a su mujer y a su hija cuando era joven. Por eso se le ve siempre con un semblante tan alicaído.
—Vaya, pobre hombre —lamento y crecen en mí unas acuciantes ganas de conocerlo más.
—Creció en Middleton, pero se marchó después al sur de Inglaterra a trabajar en los astilleros de Portsmouth, para regresar unos años después. —Arquea las cejas y se queda pensando—. Un tipo interesante: sabe bastante del mar, aunque se nota que arrastra una tormenta por dentro.
Me quedo asimilando sus palabras mientras da comienzo el concierto y el jolgorio de la fiesta se desata hasta su máxima expresión. Parece mentira que estemos en un evento de una residencia de la tercera edad, porque esos ancianos se mueven como si no hubiera pasado el tiempo por sus huesos.
Aiden me saca a bailar y animamos al resto de invitados a unirse en la improvisada pista. Se nota el entusiasmo de los vecinos para hacer de este día una celebración especial y no puedo estar más orgullosa de esta pequeña gran comunidad.