17
La nouvelle cuisine
M e despierto con una sensación agridulce en el estómago y, por un instante, la habitación me resulta difusa. Sin embargo, cuando me acurruco entre las cálidas sábanas e inhalo su aroma, reconozco cómo todo me lleva a él.
A través del gran ventanal, observo la ribera del río y la casa donde me he quedado esta noche a dormir.
Bueno, mejor dicho, hace unas horas, porque después de los secretos y las confesiones, Aiden y yo acabamos comiéndonos a besos y haciendo el amor en su cama hasta que las primeras luces del alba nos han dado la bienvenida.
No puedo dejar de pensar, por la manera en la que me hace sentir, que me resultará difícil tener que volver a Estados Unidos dentro de unos días.
El aroma a café recién hecho y a tostadas emerge desde la planta baja.
Me pongo una camiseta del equipo nacional de rugby, que sobresale del armario de Aiden, y bajo las escaleras descalza.
El suelo calefactado le otorga un extra de calidez sin igual.
Me encanta la decoración de todas sus plantas que, sin ser demasiado opulenta, le confieren una atmósfera hogareña que invita a mudarse a esta casa.
—Buenos días.
—Buenos días, preciosa.
Se acerca hacia mí con una sonrisa radiante en la cara y me besa en los labios.
—Qué bien huele. ¿Eso es para mí?
—Es lo único que tenía en la nevera. Normalmente, suelo almorzar en el bar. Tengo que pasarme a hacer la compra sin falta.
—Es más que suficiente.
—No sabía lo que te apetecía, así que acabo de poner también la tetera en marcha.
—Con un café suelo rendir toda la mañana, aunque ya que estás de cocinillas, no me podré resistir a tu plato estrella.
—Esto es solo el aperitivo. Si me dejaras, te podría cocinar hasta la comida y la cena.
—No suena mal, ¿quién podría resistirse a esta tentación?
—Espero que no estés hablando solo de mi cocina. —Nos reímos y me da una palmada en el trasero.
Me siento en la mesa y me sirve tres tostadas francesas a las que les pone un chorro de nata, frambuesas y espolvorea canela de Ceilán como decoración por encima.
Un plato que, a simple vista, parece tan sencillo, puede convertirse, con un poco de mimo y atención, en algo tan delicioso como el mejor postre de un restaurante de alta cocina, como los que salen en mi revista.
Ya que tengo el móvil en la mano, le saco una foto para subirla más tarde a mis redes sociales.
Los comentarios y las reacciones a las instantáneas no han dejado de crecer; especialmente a las que muestran escenas del mercado navideño de Cork y Middleton, que se han llevado el premio a las más populares.
Aprovecho para enviar un mensaje a mi hermana Aisling y evitar que se preocupe por mi ausencia, aunque me responde que ya daba por hecho que me había quedado en el «hotel Gallagher» a pasar la noche, y me anima a que disfrute hasta más allá de la hora que el check-out me permita. Menuda granuja está hecha.
—En serio, no recordaba que en este país se comiera y bebiera tanto. Me voy a tener que poner a régimen cuando vuelva.
—Te creo, y la Navidad no ayuda, precisamente. Pero no necesitas ningún régimen, así estás perfecta. —Me estrecha contra su cuerpo y deposita un beso en mi pelo.
—Esto está de muerte. ¿Aprendiste a cocinar así en Belfast?
—Digamos que allí adquirí la base de la alta cocina con los mejores chefs y, desde que lo tuve que dejar, he ido perfeccionando por mi cuenta varios platos.
—E imagino que este tipo de comida no es la que más agrada a los clientes del pub … Sospecho que has intentado meter algún plato en la carta, pero los parroquianos de siempre te piden que les pongas el puré de patata y el estofado de siempre.
—¿Cómo lo sabes? —Me mira boquiabierto al reconocer que le he leído la mente.
—No te olvides que crecí en Middleton y conozco a los habitantes de este pueblo como si fueran mi propia familia.
—Sonrío y veo cómo desfrunce su ceño—. Es una pena, porque estoy segura de que, en algunos lugares como Nueva York o Londres, los clientes pagarían una fortuna y matarían por estar en la lista de espera para degustar tus platos.
—Tampoco es mi intención. La hostelería es muy esclava y no me gustaría volver a esa dinámica. Aunque, no te voy a mentir, en ocasiones me nace la necesidad de ponerme frente a los fogones y dar rienda suelta a mi creatividad.
—¿Y qué te detiene?
Se queda unos instantes en silencio y relaja su espalda sobre el respaldo de la silla pensando en una respuesta.
—No sé, la verdad. Supongo que me he conformado con poner cervezas para continuar con el negocio familiar. No me he planteado nada más que hacer unos pequeños cambios en la carta, pero ni aun así veo que los clientes valoren este tipo de cocina.
—Puedes atraer nueva clientela o montar un restaurante nuevo. Algo pequeñito, modesto, con el que hacer realidad tu sueño. ¿O quieres estar toda tu vida viviendo únicamente del legado de tu familia?
Aiden coge los cubiertos para hincarle el diente a las tostadas, pero se queda ensimismado en un punto fijo, como si estuviera rebuscando en lo más hondo de sí mismo una respuesta.
No demuestra que le parezca una tontería lo que le acabo de sugerir.
Es más, creo que le está dando una vuelta en su cabeza.
Nunca ha sido una persona de actuar por impulsos, pero creo que el plan que le estoy proponiendo puede tener viabilidad si lo enfoca desde la perspectiva correcta.
—¿Qué estás haciendo conmigo, Sarah O’Hara? —Levanta una ceja y me dedica una mirada burlona.
Dios, había olvidado cómo ese gesto travieso en su cara me vuelve loca.
—¿A qué te refieres?
—Que llegaste a mi vida de pequeña para ser mi amiga, con veintidós años me diste el mejor beso que me dejó sin respiración, y ahora… me vienes a cuestionar cosas de mi trabajo y aficiones para romperme los esquemas por completo, justo cu ando creía tenerlo todo bajo control.
—Lo siento, no pretendía…
—No, por favor. Ni se te ocurra sentirlo. Eres bienvenida a hacerlo tantas veces como quieras —ensancha aún más la sonrisa y se me desboca el corazón.
Arrastra mi silla hacia él y se aferra a mis caderas para alzarme y colocarme sentada a horcajadas sobre él. Siento su sexo despertarse para darme la bienvenida y cuando introduce su lengua en mi boca, noto una combustión en mi bajo vientre.
—Si me lo vas a agradecer de esta manera, estoy dispuesta a hacerlo cuando quieras.
Clava su mirada en mis ojos y la intensidad de sus enormes pupilas me penetra a través del alma.
—¿Sabes el tiempo que llevo esperando este momento? —Niego con la cabeza, aunque puedo imaginarlo por todas las confesiones que han salido a la luz. Aun así, guardo silencio porque estoy deseando que me lo diga a la cara—. Desde que te vi por primera vez en el pueblo una Navidad de hace mil años.
—Mmm, recuerdo ese momento. Por entonces vivíamos en Galway y veníamos aquí a pasar estas fiestas con mis abuelos —explico hundiendo mis ojos en los felices recuerdos del pasado—. Nuestras madres eran amigas del instituto y la casualidad dio que aquel día nos encontráramos en el parque tú y yo.
—Aisling era un bebé todavía que iba en el carro, pero tú… —se detiene un instante y abre mucho los ojos— llevabas un peto de pana y dos trenzas recogidas en tu precioso pelo negro, a juego con tus ojos.
—¿Cómo puedes acordarte de aquello?
—Cómo olvidarme de ese día… Tampoco olvidaré jamás aquel en el que compartimos pupitre por primera vez en sexto grado, justo después de que te mudaras a Middleton.
Fue ahí cu ando me di cuenta de que tu sonrisa y el brillo de tus ojos habían desaparecido desde que te vi en el parque por primera vez.
En ese instante me prometí a mí mismo que estaría a tu lado para ayudarte a recuperar, aunque fuera al menos, una mínima parte de esa niña risueña a la que conocí.
—Y lo conseguiste. Me presentaste a tus amigos y me incluiste en tu grupo para hacerme sentir como una más.
Solo ahora me doy cuenta de que hizo mucho más que eso.
—No pude borrar todo el dolor que llevabas dentro, pero sabía, en el fondo de mi ser, que volvería a sacarte la sonrisa más preciosa que había visto en mi vida.