Epílogo
Vivir el presente
H ace poco más de seis meses que vivo oficialmente en Middleton, aunque varios días al mes tenga que ausentarme para volar a varios países europeos.
No voy a negar que, al principio, me costó adaptarme a la nueva realidad, pero en poco tiempo me acostumbré a viajar y conocer nuevos destinos.
En un par de ocasiones, he tenido la suerte de que Aiden se tomara unos días de vacaciones para acompañarme y así poder disfrutarlos juntos.
En mis ratos libres, sigo formándome en la técnica de la fotografía y ya he tenido la ocasión de ponerlo en práctica en mis visitas a los monasterios de Meteora, en Grecia; los fiordos de Stavanger, en Noruega; o la belleza de los viñedos de la Rioja Alavesa, en el norte de España.
Aún me siento una intrusa en una profesión que no acabo de controlar del todo, aunque Brad se ha mostrado muy satisfecho con mi trabajo y eso me anima a seguir llevándolo a cabo con mucha ilusión .
Las frías temperaturas de la primavera han dejado paso a un inusual caluroso inicio de verano.
Hoy celebramos mi cumpleaños y hemos reunido a las dos familias para celebrarlo en el porche de nuestra casa.
Sí, nuestra, porque, aunque oficialmente me trasladara a vivir con mi abuela, la realidad es que paso la mayor parte de mi tiempo libre en su casa.
Poco me ha costado habituarme a este hogar, al que ya siento como propio.
Aiden me reacondicionó una de las habitaciones de la planta superior como despacho, desde donde tengo unas magníficas vistas del río Lee y del mar céltico como fondo.
Aunque desde que el tiempo ha mejorado, suelo trabajar en el porche, acompañada de una copa de vino en la mano.
Aiden se ha ofrecido a preparar toda la comida hoy.
Y es que, desde que lo animé a que diera rienda suelta a la creación de nuevos platos en la cocina, su imaginación y el tiempo que ha dedicado a ellos no ha dejado de crecer.
Siobhan lo ha acompañado con la elaboración de nuevos postres que combinen con sus creaciones y están redescubriendo una pasión por la alta cocina, en sus diferentes vertientes.
No puedo dejar de sentirme muy orgullosa de ambos.
Incluso hemos comenzado a mirar locales vacíos donde abrir un futuro restaurante, pero Aiden todavía sigue con muchas dudas al respecto. Lo que sea que decida, yo estaré a su lado para apoyarlo, al igual que él lo ha hecho conmigo en mi nueva carrera profesional.
Observo a Aisling desde la distancia y veo cómo habla por teléfono con alguien.
Quizá sea RJ, su prometido, por la manera en la que tienen de gritarse como si estuvieran a kilómetros de distancia.
Y lo están, en realidad. Porque el roquero se ha ido de gira estival a Estados Unidos y, según me ha comentado, no ha querido que su prometida lo acompañara, un detalle que ha provocado una bronca monumental en la pareja.
No sé qué le deparará el futuro, pero cada vez que habla de él, la joven alegre y risueña desaparece para convertirse en una nube de polvo y ceniza que amenaza con arrasarlo todo.
Siento lástima por ella, porque dos personas que se quieren de verdad no deberían estar en continua pelea.
Todo lo contrario. Así que espero que lo arreglen pronto o, si fuera por mí, preferiría que se olvidara de él y encontrara a alguien que realmente la quiera.
Mi hermana vuelve a la mesa, mientras Shiv prepara la tarta para soplar las velas. Le estoy mostrando a los padres de Aiden las últimas fotografías publicadas en mi revista, cuando mi abuela se acerca, me da un beso en la mejilla y me susurra al oído:
—Tu abuelo estaría muy orgulloso de ti, cariño.
Sus palabras me conmueven porque, gracias a él, comencé a amar la fotografía y, gracias a él, regresé a casa, tal y como dice ella.
Puede sonar cruel admitir que fue su muerte la que me hizo volver a mis raíces, aunque mi yaya asegura que él tenía un corazón tan noble que habría entregado la suya solo por darme la oportunidad de recuperar la mía.
Eso nunca lo sabremos, pero de lo que sí tenemos certeza es de que le recordamos cada día como el mejor abuelo y padre que pudimos tener.
Y hablando de progenitores, James y yo estamos construyendo poco a poco una bonita relación padre-hija. Él es consciente de que nunca reemplazará al hombre que me crio, aunque espera, al menos, poder recuperar todos los años que la vida le arrebató separado de mí.
Solemos tomarnos unas pintas en el pub , donde coincidimos a menudo. Sobre todo, porque tengo mis sospechas de que lo frecuenta por pasar más tiempo con Bridget, la cocinera del Gallagher’s, con la que parece que últimamente ha nacido más que una amistad.
—Me lo estoy pasando muy bien con nuestras familias, aunque ya tengo ganas de que se vayan todos de esta casa para dejarnos a solas —me susurra Aiden al oído, acompañado de una caricia, cuando nos quedamos solos en la cocina.
—No puedo esperar a que me des mi regalo ya. —Una sonrisa pícara se asoma en mi cara, mientras paso mis brazos alrededor de su cuello, y me acerco para darle un beso.
—Quiero que sea especial, íntimo, para que te convenzas definitivamente de quedarte en casa.
Lo dejo que siga hablando, aunque la realidad es que, pase lo que pase con este nuevo contrato a final de año, ya he decidido que me tendrá que aguantar en Middleton por una buena temporada.
—Ah, ¿sí? Esto se está poniendo interesante.
—Sé que acabará el año y puede que tengas que volver a Nueva York, pero quiero hacer todos los esfuerzos posibles para que la balanza se incline a mi favor.
Coge un mechón de mi pelo y lo encaja detrás de mi oreja. Dirige sus labios hacia mi cuello donde deposita un reguero de besos húmedos que me dejan anestesiada.
—Vale, la balanza comienza a inclinarse para un lado.
Mete su mano entre mi camiseta y mi espalda, y la desliza hacia arriba cuando nadie nos ve.
—Un poquito mejor —añado con un hilo de voz notando un foco de calor en mi bajo vientre.
— Oye, parejita, ¿podríais dejar de meteros mano delante de toda vuestra familia? ¡Degenerados! —nos reprocha Aisling, que entra en la cocina dando saltitos y nos asusta con su repentina presencia.
Aiden carraspea, se afana en sostener la bandeja con los cafés y los tés para llevarla al porche, mientras mi hermana carga con las cajas de galletas que lleva la yaya horneando toda la semana.
Los veo desaparecer y me tomo unos segundos antes de salir, contemplando con calma esta preciosa estampa familiar.
Me acabo el último trago de vino y sostengo la copa de cristal frente al gran ventanal de la cocina. Desde aquí veo a todos sonriendo y siento cómo poco a poco las grietas de mi corazón se van sellando para siempre.
Hace tan solo unos meses estaba convencida de que no volvería jamás, y ahora mismo no imagino mejor lugar en el mundo que Middleton, mi verdadero hogar.
Porque las raíces tiran fuerte, pero el amor todavía más.
FIN